
La necesidad del Atleti pasa por Griezmann y la necesidad de Griezmann pasa por sentirse querido. Es como el hermano mayor que busca la atención del progenitor porque el pequeño se lleva todas las atenciones. No basta con ser el más guapo, ni el más hábil, ni el más rápido, ni el más eficaz, de alguna manera, el padre, en este caso, se deja llevar más por lo intangible. La afición, en este caso, tendenciosa y tribunera, siempre ha buscado el beso al escudo por encima del gol decisivo. Es la consecuencia del tipo de aficionado que ha cultivado la sociedad; el borreguismo por encima del análisis.
La falta de cariño lleva a la persona al límite del ego, la falta de reconocimiento lleva a la persona al límite de la expresividad. La situación, pendiente de un hilo, ha estirado tanto el sentimiento de afectividad que, de Griezmann se espera una palabra de amor antes que un gol y un beso al escudo antes que las ganas de competir. La realidad, sin embargo, es más práctica que sentimental, más sencilla que compleja; Griezmann es jugador del Atleti, pero no es hincha del Atleti en la medida de que tampoco lo es del Barça; es un gran profesional que hace su trabajo a la perfección. Cuando decidió dejar la Real para llegar al Atleti no salieron los remilgados; y allí sí había un sentimiento porque allí dejaba una infancia y una progresión. La demagogia, en fin, no es el camino hacia el afecto. Los goles y el rendimiento, sí lo son. No le volvamos loco, decida lo que decida, mil gracias y a seguir jugando.
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