jueves, 9 de febrero de 2012

Se podía jugar a otra cosa

Las tradiciones marcan una hoja de ruta irrefutable, señalan, con su dedo añejo, el camino a seguir y el mapa que debe quedar trazado en la memoria de las futuras generaciones. La mayoría de las ocasiones, tememos romper con sus preceptos por miedo a que nos tilden de revisionistas e imprudentes. No hay mucha historia más allá de una tradición mal entendida; generalmente se tropieza con la misma piedra y nos volvemos a levantar para volver a tropezar. Si nos preguntamos por qué antes no nos caíamos y ahora no hacemos más que limpiar el barro de nuestras rodillas, deberíamos respondernos que, quizá, algo estábamos haciendo mal.
Durante años, la Juventus de Turín se auto forjó una leyenda que terminó por denominarle como un equipo apático y desligado del deseo de volar. Una máquina sin sentimientos que ganaba por la mínima una y otra vez y coleccionaba títulos sin piedad a costa de una reputación demasiado pétrea como para reportar felicidad al aficionado neutro. Con Trapattoni primero y con Lippi después, la Juve cultivó balones de oro franceses y despojó al Calcio de cualquier intención de hacerle frente. Se ganó fama de aburrida y siguió ganando, porque así lo marcaban sus cánones, porque no se podía tirar a la cuneta un estilo que se había cultivado a base de puro catenaccio y mucho talento en la zona letal.

Lo de nadar y guardar la ropa le sirivió hasta que el río se quedó sin agua. Algunos directivos jugaron con la historia del club y los aficionados, esos que pagan los platos rotos pese a no dejar de adorar la cerámica de su vajilla, tuvieron que sufrir el descenso de su equipo a la Serie B. Se trataba de empezar de cero y no quedaban cimientos sobre los que sujetarse. Alguien pensó en regresar hacia detrás cuando lo que realmente necesitaba el equipo era un paso hacia adelante. El regreso a la élite se consiguió por puro poder de convencimiento; hay lugares que no están hechos para determinados equipos, y la segunda no era el lugar de la Juventus, pero el problema surgió a la hora de reestablecerse en el lugar de los privilegiados. Muchos equipos le habían comido la tostada y el equipo se perdió en proyectos que únicamente señalaban un sólo camino, el de la tradición. Si a la Juve le había ido siempre bien con una manera de jugar ¿Para qué cambiarla?

Pero había que hacerlo. Tardaron un lustro en darse cuenta de que había otra manera de jugar al fútbol, que se podía fichar a otro estilo de futbolista que se podía dar una vuelta de tuerca al pasado y darle una patada en el trasero a la tradición. Pirlo y Marchisio simbolizan la revolución ideada por Antonio Conte. Al bueno de Andrea le conocemos de sobre mientras que en Claudio no reconocemos ahora a aquel tipo que anduvo perdido en zona de nadie durante los últimos años de su carrera. Ambos, salvaguardados por un todoterreno como Arturo Vidal, se dedican a jugar al fútbol y a generar, una y otra vez, el último pase que aporte una ocasión irrechazable para sus delanteros. Un centro del campo que ya no juega a esperar, robar y darle el balón al bueno, un equipo que aprieta arriba y que tiene en Matri a un maravilloso punta de lanza y a Pepe y Vucinic como dos puñales casi mortales. Una Juve reinventada que ahora no aburre, si no que entretiene.

La Juve ha vuelto, por fin. Sin corsés, sin balones largos y sin resultados cortos que amordazasen al rival. La revolución ha reinventado el estilo y ha dado la espalda a la solución y ahora todos ven que sí, que se podía jugar a otra cosa.