jueves, 1 de marzo de 2012

Tiqui taca

El malogrado, e inolvidable, Andrés Montés, acuñó la expresión "Tiqui taca" para ensalzar el juego de nuestra selección allá por el 2006 cuando Luis Aragonés intentaba cambiar la expresión del equipo. Eran días turbios, la opinión se encontraba dividida y el seleccionador había decidido apostar por un sólo rumbo. Durante años anduvimos turbados por la falta de esencia y el equipo caminaba sin un estilo que lo identificase; quisimos ser furia con Clemente, expresionismo con Camacho y mezcla con Sáez. Lo único que hicimos fue coleccionar fracasos, regresos angustiosos y una colección de titulares para olvidar.

Pero el camino de Luis era el correcto. España era el germen de una generación de inolvidables centrocampistas. Si durante años anduvimos admirando las maravillosas pandillas que habían formado sobre el césped Genghini, Giresse, Tigana y Platini o Falcao, Sócrates, Zico y Cerezo, no entendíamos porque nosotros no podíamos sentar cátedra histórica con Xabi, Xavi, Iniesta y Silva ¿Acaso los nuestros eran peores que aquellos? Ni lo eran, ni lo desaprovechamos. El despechado Luis retomó su apuesta, el equipo comenzó a ganar y en el triunfo se consolidó un estilo.

Partidos como el de anoche sirven para reconciliarse con los sueños. El rival, que a priori podía sonar a Cenicienta y a posteriori suena a pluff, era, ni más ni menos, que un semifinalista de la Copa de América, más concretamente, el equipo que se quedó a un penalti de alcanzar la final. Podríamos hablar de Arango, de Rosales, de Amorebieta, de Miku, de Rondón, de jugadores de un país que hace diez años era comparsa y ahora ocupan titularidades en ligas de alto nivel, pero sería un error citar al contrario para dejar de hablar de los nuestros. Porque los nuestros no son solamente muy buenos, son los mejores.

Basta ver una combinación entre Iniesta y Silva para darse cuenta de que en el fútbol, lo más sencillo es lo más complicado. El ejercicio de precisión y coordinación de anoche solamente es semejante a un sueño perfecto; miles de veces hemos imaginado la jugada ideal, esa en la que seis tipos se asocian al primer toque y filtra el balón entre la defensa contraria para regalársela al delantero centro. El tercer gol de anoche fue pura magia. Antes habían abierto la lata nuestros dos pequeños genios de aspecto frágil y esencia mágica. En ellos vive el fútbol de verdad, en Cesc vive el vértigo del penúltimo pase siempre en la dirección correcta, en Xabi Alonso vive una brújula que siempre encuentra el norte aún mirando hacia el sur y en Busquets vive el rigor táctico en estado puro. Puede que no ganemos la Eurocopa, pero quien quiera derrotarnos va a tener que jugar muy bien al fútbol. Y hacerlo mejor que nosotros es prácticamente imposible.