
El genio siempre ha estado ahí, aunque no le hayamos
visto. Aunque no le hayamos percibido. El tipo que todo lo hace bien pero no le
importa ocupar el rol de secundario. El hombre silencioso que cuando tiene que
dar un paso al frente lo hace sin traumas porque sabe que tiene el talento
suficiente como para acaparar todas las miradas. Adiós al hombre gris. Hola al
genio que enciende todas las luces y nos hace ver todo de diferente color.
Hoy poca gente se acuerda, pero a Andrés Iniesta le
costó mucho afianzarse como titular en el Barcelona. Durante un lustro hubo de
verse abocado a convertirse en complemento; un parche necesario ante la
política de alineaciones consensuadas. Siempre por detrás de Xavi y Deco en el
medio y acudiendo al rescate de las ausencias de Ronaldinho o Messi en la parte
delantera, Iniesta se convertía en un chico de los recados que igual acudía al
quite que lo hacía al regate. La gente solicitaba su presencia, pero siempre
había un Edmilson, un Van Bommel o un Giuly que le cortaba el paso.
Cuentan que un día Guardiola acompañó a Xavi al campo
de entrenamiento de los jugadores de categoría cadete. Desde la banda le señaló
a un chico escuálido, de mirada huidiza y que arrastraba los pies mientras
buscaba la pelota. “Tú me vas a retirar a mí”, le dijo. “Pero ese chico te
retirará a ti”. El chico era Andrés Iniesta. Un niño que trataba de pasar
desapercibido fuera del campo pero que dentro era un dechado de virtudes.
Tantas que, pocas semanas después de aquello, el entrenador del primer equipo,
Serra Ferrer, le llevó a entrenar junto a las grandes estrellas del equipo.
Tenía quince años y apuntó algunos buenos detalles. Terminada la sesión, el
propio Guardiola obligó a sus compañeros a saludar al chico. “Este es Andrés
Iniesta. Deberíais darle la mano porque algún día estaréis orgullosos de haber
podido entrenar con él”.
Ante semejante derroche de admiración no era de
extrañar que fuese Guardiola el primer técnico en otorgar galones de verdad a
Andrés Iniesta. El tipo que era indiscutible en la selección antes que de serlo
en su club. El que había ganado el corazón de sus aficionados, pero no el de
sus entrenadores. Para ello, su nuevo entrenador hubo de limpiar la plantilla
de condicionantes y prescindió de Deco, de Edmilson, de Van Bommel, de Giuly y
de Ronaldinho. Tenía claro que el futuro del equipo pasaba por la evolución de
dos tipos que él consideraba como irrepetibles. Lío Messi y Andrés Iniesta. El
primero aún tenía veintiún años, pero el segundo ya había cumplido los
veinticuatro.
Desde aquel momento, Iniesta se convirtió en
imprescindible. Asumió que Messi era la estrella en su equipo y que la
selección tornaba alrededor de Xavi Hernández. Consagrado aquel y retirado
este, se vio obligado a asumir el rol de protagonista y lo hizo con la mayor
naturalidad del mundo. Han pasado ya diez años desde que nació aquel gran Barça
de Guardiola, aunque a muchos les parezca un mundo, y aquel chico terminó
convirtiéndose en el hombre a través del cual gravitaba el juego de una de las
mejores selecciones del mundo. Y Andrés, que parecía seguir flotando en
silencio sobre el césped, manejaba el tiempo y el espacio con la soltura de un
Jedi. Adoctrinaba a sus jóvenes padawans y utilizaba la fuerza para hipnotizar
a los contrarios. El hombre silencioso que jubiló a Xavi y del que muchos aún
se sienten orgullosos por haber podido entrenar con él, se convirtió en el
ídolo de toda una generación. Y lo hizo a su manera, sin estridencias y
componiendo partituras de emoción. El silencio se hace grande cuando lo maneja
Andrés Iniesta, y eso se observa en los ojos ensombrecidos de sus nuevos compañeros.
Cuando él habla, los demás callan. Cuando ellos hablan él escucha. Y sigue
jugando. Y sigue componiendo.
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