
Como el fútbol es un juego de contrastes, se puede interponer una línea de tres atacantes dispersos para atormentar a una línea de cuatro zagueros en zona de nadie. Luis Enrique ordenó adelantar las líneas para no dejar respirar a los ingleses, y el plan hubiese surtido efecto si Saúl y Thiago hubiesen sabido gobernar la zona ancha, pero allí, en el campo de minas programado por Southgate, terminó implosionando el juego inglés. Cada pérdida era una contra letal que terminaba en un mano a mano contra De Gea. El portero, vendido ante la adversidad, no pudo sino mirar como el balón perforaba sus redes una y otra vez.
Lo que arregló España en la segunda parte fue más el problema coyuntural que el conceptual. Debió aprender, al menos, que si todos reman, el barco avanza. Inglaterra, con un botín suculento, se aculó en tablas y la roja supo que, para las remontadas sólo sirven los arrebatos de orgullo. Lo intentaron hasta el último suspiro y por ello no podremos reprocharles nunca nada. Hay una enorme diferencia entre morir nadando contra la marea a morir tan sólo con la pose. Aquella tarde en Rusia ante el anfitrión fue el ejemplo perfecto de cómo no se debe perder. Lo de anoche, en Sevilla, fue el ejemplo perfecto de que, por muy claro que lo tengas, también se puede perder.
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