
Entretenidos como
estamos con la excelencia goleadora de esta nueva España de Luis
Enrique, corremos el riesgo de tender a la exageración y obviar el
análisis. Los partidos importantes, como
los trascendentales, se juegan con el corazón, pero primero ha de
primar la cabeza. Nos vanagloriamos ante el regreso de una furia
goleadora que nos había querido dar la espalda cuando quizá no hemos
querido a parar a analizar las causas antes que las consecuencias.
Aquella España de Lopetegui, grandes resultados mediante, era un
poquito peor que la España de Del Bosque y Luis. Y lo era porque, en
mitad del camino, varios de sus caballos había optado por regresar a sus
cuadras. Nos quedamos, de repente, si los milagros de Casillas, el
liderazgo de Puyol, la sobriedad de Xabi Alonso, la dirección de Xavi
Hernández y la definición de Villa.
Quisimos sobrevivir a nuestros antepasados y lo hicimos con ilusión. En aquel equipo de entreguerras, liderado por las nuevas generaciones, Isco mediante, aún sobrevivía el aliento de tres tipos que insuflaron energía y destilaron fútbol por los cuatro costados.
Todo será vino y rosas mientras los soldados de Luis Enrique sean capaces de ejecutar el plan. Ya sea Inglaterra, Croacia o, quien sabe, menesteres superiores. Pero no debemos olvidar la etiqueta de favoritos con la que llegamos al último mundial y el trastazo que nos dimos para tener en cuenta que la prudencia, en muchas ocasiones, es más valiosa que la euforia.
Por ello, más allá de la ilusión, no debemos obviar que este equipo de Luis Enrique, al igual que aquel de Lopetegui, también es un poquito peor, porque, de buenas a primeras, nos hemos quedado sin la persoanalidad de Piqué, la magia de Iniesta y la capacidad asociativa de Silva. Las leyendas, al igual que los hombres, tienen un final. La diferencia con el resto de los mortales es que ellos tendrán un espacio en la memoria colectiva y sabremos recurrir a ellos cuando apliquemos, una vez más, el conducto de la memoria.
Quisimos sobrevivir a nuestros antepasados y lo hicimos con ilusión. En aquel equipo de entreguerras, liderado por las nuevas generaciones, Isco mediante, aún sobrevivía el aliento de tres tipos que insuflaron energía y destilaron fútbol por los cuatro costados.
Todo será vino y rosas mientras los soldados de Luis Enrique sean capaces de ejecutar el plan. Ya sea Inglaterra, Croacia o, quien sabe, menesteres superiores. Pero no debemos olvidar la etiqueta de favoritos con la que llegamos al último mundial y el trastazo que nos dimos para tener en cuenta que la prudencia, en muchas ocasiones, es más valiosa que la euforia.
Por ello, más allá de la ilusión, no debemos obviar que este equipo de Luis Enrique, al igual que aquel de Lopetegui, también es un poquito peor, porque, de buenas a primeras, nos hemos quedado sin la persoanalidad de Piqué, la magia de Iniesta y la capacidad asociativa de Silva. Las leyendas, al igual que los hombres, tienen un final. La diferencia con el resto de los mortales es que ellos tendrán un espacio en la memoria colectiva y sabremos recurrir a ellos cuando apliquemos, una vez más, el conducto de la memoria.
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