
A pesar de que Busby no dejó al equipo en la mejor situación posible y este, tras el descenso, tuvo que volver a reinventarse para regresar a la élite mundial, no son pocos los que afirman que sin no hubiese existido Busby, el Manchester pulularía en las divisiones inferiores del fútbol inglés. Él dotó al equipo de una identidad, echó mano de los chicos de la cantera para crear un conjunto de fieles jugadores y, de la mano de chicos como Byrne, Colman, Jones, Edwards, Whelan, Taylor, Pegg y Bent, bautizados por el pueblo como "Busby babes", el Manchester ganó títulos en su país y se codeó con los grandes de Europa. Un equipo que, roto por la desgracia acaecida en Munich, hubo de recomponerse para regresar a la élite solamente un lustro después cuando, en 1963, se proclamaran campeones de la FA Cup. Después llegaron la liga de 1967 y la Copa de Europa de 1968 para terminar por mitificar a un tipo que había llegado a la sede del club bajo la mirada recelosa de quien le examinaba como ex jugador de los grandes enemigos, Manchester City y Liverpool, y que ya no tendría otra salida que no fuese la de marcharse colmado de gloria y honores.
Después de llevar, por vez primera a suelo inglés, la Copa de Europa, Busby fue nombrado caballero de la orden del imperio británico por su majestad la reina Isabel. Eran días de gloria para un tipo que no sabría haber sobrevivido en la élite sin la inestimable ayuda de su compañero de fatigas, Jimmy Murphy. Murphy, que ejerció de alter ego de Busby durante los veinticinco años que duró su aventura en Old Trafford, era la mente lúcida que sondeaba los campos de barro de las categorías inferiores para descubrir talentos y presentárselos a Busby como los nuevos mesías del equipo. Era tal el control que Busby ejercía sobre la cantera del equipo que no dudaba en enviar a sus emisarios y ayudantes a cualquier rincón de las islas británicas. En una de aquellas excursiones, uno de sus lugartenientes, Bob Bishop, llegó a Belfast para fascinarse con un muchacho y enviar un telegrama urgente a la sede del club: "A la atención de Matt Busby. He encontrado un genio". Aquel genio se llamaba George Best, Busby viajó personalmente a Irlanda, cogió al joven del brazo y le hizo debutar en la liga inglesa. Pocos meses más tarde ya era el mejor jugador del mundo.
Murphy murió un frío día de noviembre de 1989 y Busby lo hizo apenas cuatro años después. Ambos se marcharon en invierno, la misma estación que les vio nacer de nuevo cuando un avión procedente de Belgrado se había estrellado en Munich para advertirles que el destino puede ser tan impredecible como un partido de fútbol.
Aquel día de enero de 1994, Old Trafford guardó el más respetuoso de sus silencios en honor de su entrenador más querido. Igual que ocurrió el día en el que Busby les habló desde el hospital de Munich para calmar sus miedos; "Damas y caballeros, les hablo desde una cama en el hospital de Munich. Después del accidente sufrido hace aproximadamente un mes, les gustará saber que los jugadores que quedan y yo mismo nos estamos recuperando poco a poco". Aquellas palabras, dichas desde el dolor y la esperanza, nacieron desde la ignorancia de conocer que su más deslumbrante descubrimiento, Duncan Edwards, había muerto unos días antes. Igual que Edwards, Busby había sido un mediocentro de zancada ágil y amplio recorrido, igual que Edwards, Busby veía el fútbol como un tablero de juego donde el balón se desplazaba hacia la ficha mejor situada, igual que Edwards, Busby dejó el mundo para sobrevolar cada fin de semana sobre el cielo del teatro de los sueños.
Así rebautizó al estadio Bobby Charlton y así lo hubiese querido llamar sir Matt Busby. El entrenador que resucitó al Manchester en dos ocasiones para llevarlo a la cima, el primer gran mánager del fútbol inglés, el tipo al que muchos recordaron como un buen centrocampista y que pasó a la historia como un gran entrenador.
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