
El Chelsea, sin salirse de la vía italiana, cambió el fútbol directo de Conte por el fútbol elaborado de Sarri. El plan, a priori, parecía atractivo vistos los antecedentes del entrenador en Nápoles y analizando, uno a uno, los futbolistas con los que contaba en la plantilla. Los comienzos fueron esperanzadores y, por un momento, empezamos a creer que había nacido un nuevo Chelsea. Señalado en las últimas décadas como un equipo rocoso y serio, las huellas pragmáticas de Mourinho, Ancelotti o el propio Conte habían marcado el estilo de un equipo que se había acostumbrado demasiado a la victoria como para no tenerle en consideración.
Pero las esperanzas duran lo que tardan en aparecer las dudas. La primera derrota inesperada, el primer traspié serio, la primera goleada en campo rival, las primeras decisiones impopulares. Cuando el discurso de un entrenador no cala entre la plantilla, normalmente es el entrenador el primero en saltar al disparadero. El Chelsea ha aguantado a Sarri en espera de superar el tramo más complicado de la temporada y con la duda de si la plantilla ya venía viciada de antes o realmente tiene el potencial para resurgir de las cenizas.
Alejado en la clasificación de los primeros puestos y sin opciones de ganar un título nacional, el equipo se agarra al salvoconducto que ofrece la Europa League y a la esperanza que otorga poder aspirar al cuarto puesto. Aún hay tiempo de salvar la temporada, pero episodios como el vivido por Kepa durante el úlitmo domingo invitan a pensar que el grupo está más roto que unido y que un equipo de fútbol sin un buen estado de ánimo no es más que un grupo a la deriva en espera de encontrar, quien sabe, un nuevo capitán.
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