
Alguien dijo que en el fútbol lo más normal es
equivocarse. Es un análisis sencillo puesto que todos sabemos que el fútbol es
un juego de errores. Sin errores no hay aciertos. Sin aciertos no hay
espectáculo. Como remedio contra el error, Cruyff recetó algo muy sencillo:
dale siempre la pelota al compañero mejor situado. Y eso, que parece lo más
fácil del mundo y que conlleva tres simples pasos; recibir, mirar y descargar,
termina siendo lo más complicado porque la mayoría de los futbolistas se
empeñan en ser héroes por su propia cuenta mientras no son conscientes de que
la única manera de alcanzar a la heroicidad es la de jugar en equipo.
Si alguien conoció a la perfección todos los secretos
del juego, este fue Andrés Iniesta. Con esa manera suya de flotar por el césped,
con esa aparente endeblez física y esa engañosa debilidad de espíritu, muchas
veces pudo parecer inocuo; pero siempre estaba. Siempre aparecía para aclarar
la jugada, siempre, para desequilibrar con un regate certero o una conducción
prodigiosa, siempre, para situar a su equipo de cara a la meta contraria. Su
secreto, aparte de una calidad técnica prodigiosa, fue una asombrosa concepción
del juego. Ese punto extra que vive en la cabeza de los más grandes.
Dijo Guardiola que ningún otro futbolista maneja el espacio y el tiempo como Iniesta. Observando como acude siempre al lugar
preciso, como encuentra siempre la pelota de frente, como gira hacia campo
libre cuando se siente presionado, como descarga siempre hacia el lugar preciso
y como aparece siempre para detectar el error del rival, podemos decir que
Guardiola tiene toda la razón del mundo. Nadie lo ha hecho tan fácil como
Iniesta. Pero no intenten jugar como él; hay especies que son clasificadas como
únicas porque, simplemente, son genética y matemáticamente imposibles de
igualar.
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