lunes, 10 de noviembre de 2008

Por un delito que no cometió

Las manos en los bolsillos, la cabeza agachada y la mirada fija en el suelo. Entró en el viejo mercado tragando saliva, no se atrevía a levantar la frente, avergonzado por el hecho de ser culpable aún sin sentirlo. Por un solo instante arqueó una ceja, levantó la mirada y observó a una señora que peinaba a su hijo con la palma de la mano; una mano que levantó en aspecto inquisitivo, el gesto furioso y el dedo amenazador. “Mira hijo, ese es el hombre que hizo llorar a todo Brasil”.

De vez en cuando estiraba los brazos e intentaba atrapar el viento mientras soñaba que atajaba el disparo ratonero de Alcides Ghiggia. A Moacir Barbosa siempre le pareció un disparo fácil, un balón ligero empujado por la brisa, una efímera intención de gol que terminaría palmeada por encima del larguero. Quisiera olvidar el momento en el que volvió la cabeza y vio el balón paseando en el fondo de la red. Por ello caminaba siempre con la cabeza baja y la mirada perdida; sentía vergüenza del tiempo, de las palabras y de su maldito instinto. Nunca pudo arrepentirse de nada porque correr hacia atrás es de cobardes y porque para perder finales primero había que jugarlas.

Habían pasado muchos años y nadie olvidaba aquel gol. No podía hacerlo Barbosa y mucho menos el pueblo brasileño. En la soledad de la tarde, con la penumbra sembrando aciagos recuerdos sobre el sofá de su desgastada casa, el timbre del teléfono le sacó de la inopia. Solamente la sonrisa perenne de su mujer le ayudaba a mirar la vida dos pasos por delante de las añoranzas. Querían hacerle un reportaje. Los ingleses, con sus modernos atavíos y sus sofisticados equipos de televisión querían llevarle a la concentración de la selección brasileña y permitir que el viejo Barbosa saludase a sus paisanos y, de paso, desearles suerte de cara al mundial que se disputaría en Estados Unidos. No llegó a pisar el césped. El viejo Zagallo, antaño lobo de la línea de cal convertido en zorro de banquillo, no quiso ni escuchar su nombre; “Ese gafe no se encontrará con mis chicos. Su presencia es lo que menos necesitamos, solamente queremos buena suerte y Barbosa es lo más parecido a una desgracia”. Regresó a su casa con el alma rota y el eterno recuerdo palpitando a flor de piel bajo su pecho. No hubo reportaje, ni homenaje ni, mucho menos, reconocimiento. Respiró hondo y regresó a su viejo sillón, taciturno, pensativo y con los ojos empapados en incomprensión. Volvió a perderse en la sonrisa de su mujer; una vez más, la vida le obligaba a vivir dos pasos por delante de las añoranzas.

De nuevo el micrófono bajo la nariz, de nuevo el periodista midiendo el aguante de la víctima y de nuevo Moacir Barbosa forzado a reinventar su paciencia. “Si no hubiese aprendido a contenerme cada vez que la gente me reprochaba lo del gol, habría terminado en la cárcel o en el cementerio hace mucho tiempo”. Vuelta al suspiro, vuelta al recuerdo y vuelta a la exculpación; viviendo en pecado sin haberlo cometido, buscando la redención entre un circo de miradas inquisidoras. “No fue culpa mía”, vuelve a repetir. “Éramos once”.

Filigranas de la vida; le condenaron por un campeonato perfecto. Barbosa murió en vida la tarde del dieciséis de julio de mil novecientos cincuenta, minutos antes de que le concedieran el trofeo como mejor portero del mundial ¿El mejor portero del mundial culpable de todo? Imposible. Es la misma afirmación que defendió hasta el día de su muerte. “Imposible”, volvió a repetir la noche del siete de abril del año dos mil, mientras sus ojos se cerraban para siempre y el semblante descansaba, por fin, tras cincuenta años de amargura. La prensa brasileña se hizo eco de la triste noticia reflejando un titular: “La segunda muerte de Barbosa”. Ilustrativo, explicativo, emotivo, injusto.

Durante décadas, y aún hoy para la mayoría de brasileños que sobrevivieron al tiempo y al desastre, aquel mundial no lo perdió Brasil sino que lo perdió Barbosa. Es la sensación que quedó en el aire y contra la que tuvo que luchar el viejo portero durante toda su vida. Cariacontecido, se sentaba en cualquier banco del parque y observaba el vuelo de los pájaros. En cierto modo, él había sido como ellos, un soñador con alas, un Ícaro que voló demasiado alto y no supo atajar la pelota en el vuelo más rasante.

Había atrapado todas menos una. Por arriba, por abajo, en duelo directo y en disparo lejano, cabezazos a bocajarro y despejes desafortunados, colocados y mordidos, rectos y curvos. Incluído aquel penalti detenido a Labruna en el cuarenta y nueve y que había coronado a Vasco como campeón sudamericano. Había sido el mejor portero de Brasil; el mejor de la época, el mejor de siempre.

El presidente de la federación le llamó a su despacho, había llegado la hora de la jubilación y Barbosa tomó sus bártulos para despedirse por siempre de Maracaná. El mismo estadio que le condenó para siempre había sido su lugar de trabajo durante los últimos cuarenta años. El césped bien cuidado, el material siempre repuesto, los vestuarios adecuados para los futbolistas, las gradas dispuestas para los aficionados. Regates del destino, defenestrado primero y condenado a cuidar el estadio después. En su último día de trabajo en el estadio más grande del mundo le ofrecieron la portería maldita como regalo y Barbosa reunió a los pocos amigos que le quedaban para ofrecerles un ritual. Tomó los dos postes, el larguero y la red y prendió fuego a sus males y sus recuerdos en el patio de su casa. Creyó espantar los malos espíritus, más solamente borró una pequeña gran parte de la historia del fútbol.


Repudiado en las concentraciones, señalado en los mercados y expulsado de los bares donde intentó tomar una taza de café acompañada de nostalgia. Barbosa terminó muriendo solo y sumido en la pobreza. Incomprendido y triste, desamparado y desconocido. Poco antes de caer en el sueño eterno dejó testamento de sus pesares delante del último micrófono que visitó su aposento: “En Brasil, la pena mayor de cárcel que establece la ley es de treinta años. Yo hace casi cincuenta que pago por un delito que no cometí”.

11 comentarios:

Jorge dijo...

La injustcia del mundo del fuitbol

Muy guapo el post me ha molado mucho,lo del mercado y lo de que fue votado el mejor portero de Aquel mundial

Un abrazo Pablo

Silvi dijo...

Impresionante tu post de verdad. Me he emocionado al leerlo y cuando uno a través de las letras llega al "cuore" o la "cabeza" de la gente es que lo que ha escrito está bien.

Y respecto al contenido es la viva imagen de lo injusto que a veces es el fútbol con las personas y sobretodo el paises como Argentina o Brasil donde el balompié es cuestión de estado.

Me llama la atención, la frase que nos dejas de la prensa brasileña cuando murió: "“La segunda muerte de Barbosa", muy fuerte e inimaginalbe por lo cruel de la misma.

Un beso y felicidades por este post!

JOSÉ I. FERNÁNDEZ dijo...

Impresionante relato, ciertamente. Me parece increíble que de verdad la prensa brasileña tuviera la desvergüenza de titular “La segunda muerte de Barbosa”.
¿Es que no tenía familia ese pobre hombre?
¿Para tanto fue la cantada? En España, Toni Jiménez y Zubizarreta se la metían pa dentro y nadie decía nada. Como mucho, les tiraban huevos (al primero).

Por cierto, hablando de porteros, te falta José Francisco Molina en la lista de porteros de la historia de la Liga. Fue el mejor portero español durante muchos años, en el Atleti y en el Depor, y un error, como a Barbosa, le condenó. En la Euro de Bélgica y Holanda.
También te falta Abel Resino Gómez, récord de imbatibilidad mundial aún sin superar.
Igual me tiran los colores, no lo niego…

Un saludo!

piterino dijo...

Esta historia sí la conocía, las anécdotas y curiosidades en torno al célebre Maracanazo del 50 son múltiples, aunque narradas por ti hablamos de otra cosa.

Reconozco que soy de los que tal vez se toman el fútbol demasiado en serio, pero conviene no dramatizar en exceso. Sucesos como el de Andrés Escobar deberían hacernos pensar un poco ...

Saludos, genio!

Pol Gustems dijo...

Es brillante el artículo. Lo escribes muy bien y tienes una documentación muy buena. Me parece fascinante la historia, aunque es lo que comentan. Si llega a pasar aquí quizás no se hubiera perdonado más. Ya sabemos qué significa el fútbol en Brasil. A veces muchos desearían que fuesen cosas paralelas, que no afecten, pero perdería toda su esencia.

Saludos!

Pablo dijo...

@ jorge

Pues sí, curiosamente, nadie le recuerda hoy como el mejor portero de aquel mundial. Más bien, quedó la sensación de que es el peor portero de la historia de Brasil, y nada más lejos de la realidad.

@ silvi

Muchas gracias por tus palabras. La gente en Brasil tenía la real sensación de que habían matado a Barbosa en vida aquel aciago día de 1950.

@ jose i. fernandez

La prensa suele ser cruel en más de una ocasión, más en aquella ocasión no era más que el reflejo del sentir social. En cuanto a la encuesta, no quise pasar de diez nombres por puesto y, realmente, creo que los que puse fueron los más relevantes en la historia de la liga. Me dejé en el tintero a grandes porteros como los que citas, como Reina o como Marcel Lorenzo, sin salir del Atleti, por ejemplo. Más creo que el portero más importante de la historia rojiblanca fue Madinabeytia.

@ piterino

Yo también soy demasiado pasional, pero está claro que existe una línea entre la pasión y la venganza cuyo umbral nunca deberíamos atravesar. Gracias, amigo. Un saludo.

@ pol gustems

Bueno, aquí tuvimos el ejemplo de Arconada en la final del 84 y, aunque es cierta la injusticia de recordarle más por aquel error que por sus milagros bajo palos, en ningún momento he visto a Arconada quejarse de que la gente le señala por la calle como un apestado. Y si así se tratase, sería terriblemente injusto y denunciable.

Orly dijo...

Espectaculares historias. Me recuerdan a las que Petón cuenta en el larguero los jueves bien entrada la madrugada. creo que son las historias de fútbol que deben conocerse, para devolver al fútbol a la categoría de deporte y no de juez y parte de la vida de algunos de sus protagonistas. Imagino que mientras la pasta sea parte implicada, el forofismo sea parte activa, seguirá habiendo chivos expiatorios en todos y cada uno de los paises en que el fútbol es lo que para los romanos era el circo... algo que los saca de la triste realidad de sus vidas. barbosa, repudiado en Brasil durante diez lustros. Escobar, acribillado tras la eliminación de Colombia en el mundial del 94. Tanto monta, monta tanto. Nadie puede ser juez de nadie por un deporte. Ni condenarle a cincuenta años de repudio general, ni descerrajarle cuatro tiros a boca jarro cuando andaba por la calle.

P. D.; Veo que ahondas en historias humanas de leyendas de fútbol, así que obviaré comentarios sobre historias parecidas o distintas, pero igual de humanas, porque seguro, que tras ésta que he leído, disfrutaré con otra que ya rondará por tu mente. Un abrazo.

Alvaro Cabrera dijo...

Una historia conocida por estas tierras que narras de manera magistral. Aquella tarde de 1950 el delito lo cometió Ghiggia, les robó la copa de las manos y nos dió la mayor alegría de toda nuestra historia deportiva.
Saludos.

wollen dijo...

Me has emocionado. Se nos olvida a todos que los futbolistas antes que eso son personas, que sufren, que padecen y que tambien tienen malos momentos. Este es el vivo ejemplo, lastima que no todo el mundo lo vea con tus ojos

Salu2!!!

Suca dijo...

De los mejores relatos que te he leído, y eso que los has escrito realmente buenos. Quizá sea porque es más emotivo que otros. En fin, pobre Moacir Barbosa. Creo que no tengo más que añadir, todos habéis reflejado lo injusto del caso. Un saludo.

SUCA

José Mª dijo...

Bonita historia, al parecer muchos la conocían, pero para mi ha sido completamente nueva.
saludos