lunes, 11 de agosto de 2008

Cuando en África hablaban de un tal Pelé

A menudo, entre las palabras de los hombres más sabios, encontramos las conversaciones más sencillas y, al mismo tiempo, más trascendentales de nuestra historia. “He descubierto a un joven que es una maravilla”; José Carlos Bauer hablaba con la voz tranquila mientras el barbero remojaba su barba y miraba, reflejado en el espejo, a su viejo amigo Bela Guttman. “¿En África?”. “Sí. A mí no me dejarían probarlo en Brasil, ya que allí tenemos cientos como él, pero seguro que a ti te vendría muy bien”. “Habrá que ir a buscarlo”. “No lo dejes escapar”.

En Portugal se hablaba de un joven portento africano y en África solamente hablaban de un brasileño prestigioso, goleador y mágico al que llamaban Pelé. Nadie había visto jugar jamás a Brasil y mucho menos a Pelé, pero las historias que corrían de boca en boca y las maravillas que se contaban como si de leyendas se tratasen, convertían en vidrio soñador la mirada de cada uno de aquellos flacuchos niños que jugaban al fútbol en las playas y barbechos con los pies descalzos y persiguiendo una raída pelota de trapo.

Al joven portento le gustaba pintarse un número diez en el reverso de su camiseta. Sus vecinos, rivales y compañeros le jaleaban cada vez que le veían golpear la descosida pelota. “Pelé, Pelé, Pelé”. Hablaban de un chico negro, fuerte, ágil, goleador. Hablaban de él. Tras el último partido, empapado en sudor y con la camiseta rota echada sobre su hombro vio acercarse hacia él a un señor de mediana edad, paso lento y mirada caída. Le tendió una mano y le habló en portugués. No le costó entenderlo pese a su complejo acento norteño. “Me manda el señor Bela Guttman. Quiero que vengas conmigo”, se presentó al tiempo que sujetaba firmemente su mano. “Yo soy Eusebio Da Silva Ferreira”.

Era muy bueno. Rápido, fuerte, lo suficientemente hábil como para llegar al área con ventaja y con un golpeo brutal del balón. Le ayudó a hacer el petate, le prometió la gloria, dio un par de explicaciones a su padre y volaron desde Mozambique hasta Lisboa para esconderle, entrenarle y enseñarle a jugar al fútbol.

El veintiuno de junio de 1961, con el verano en pleno nacimiento y el cielo de París tintado de azul, Santos de Brasil y Benfica de Portugal se enfrentaron en la final del prestigioso torneo parisino. Aunque se trataba de un torneo amistoso, la calidad de los equipos que allí se presentaban un año tras otro, había convertido el trofeo en un suculento caramelo lleno de fama y opulencia. En el Santos jugaba aquel Pelé del que tanto se hablaba en África y al que tanto se adoraba en el resto del planeta. En el Benfica no jugaba Eusebio porque Bela Guttman aún no había querido enseñárselo al mundo.

El primer tiempo fue un monólogo del Santos. Los brasileños no jugaban tan rápido como lo hacían los grandes equipos europeos, pero eran muy precisos y, técnicamente, eran inigualables. En sus vueltas al mundo habían ganado fama y leyenda; una delantera mágica formada por Dorval, Coutinho, Pelé y Pepe que jugaban de una manera distinta a lo visto hasta entonces. Los defensas portugueses los buscaban y los encontraban siempre un segundo más tarde. Se recreaban, venían y volvían, salían hacia un lado y regresaban al centro, combinaban, driblaban y disparaban. Y sobre todo goleaban. Tres a cero al descanso y la sensación de que el Benfica, pese a ser el campeón de Europa en vigencia, no era equipo suficiente para enfrentar al gran Santos.

Inexplicablemente, Pelé no había estado. Sí en presencia, pero no en aportación. Parecía como si la afrenta no le motivase lo suficiente como para lanzarse a demostrar su valía. Una escueta participación en algún gol, alguna pincelada furtiva y par de regates marca de la casa; pero del futbolista decisivo del que todos hablaban, nada de nada. Y Eusebio lo veía todo desde el banquillo. A él le llamaban Pelé en su Mozambique natal; no podía ser que aquel futbolista fuese el Pelé del que tanto le habían hablado. Recordó sus partidos de barrio en los que formaba equipos con sus amigos y siempre se hacían llamar Brasil, sus remates imposibles imaginando que imitaba al gran Pelé del que todos hablaban, su número diez pintado en la espalda, sus intentos por regatearse al mundo entero. Pero aquel no era el futbolista del que le habían hablado; parecía bueno, pero no era mágico.

La segunda mitad comenzó como había terminado la primera. Un baile a cámara lenta, un espectáculo de salón, un ejercicio constante de precisión. Un gol más y Guttman con el velo del ridículo pintado en su mirada. Media vuelta y dirección al banquillo; “Caliente”. Eusebio se levantó del banco y recorrió la banda en dos interminables carreras; se moría por jugar. Su entrenador, sabio como pocos y laureado como el que más, sabía que aquel baño no podía continuar durante mucho más tiempo. Corría el minuto veinte de la segunda parte y pidió el cambio. El público vio saltar al joven Eusebio y comparó el perfil con el del número diez del equipo del Santos. Este, blanco impoluto, deambulaba por el campo con la cabeza distraída y el cuerpo inmóvil. Aquel, vestido de rojo, ancho de espaldas y de mirada asesina, giraba la cabeza sobre su cuello y pataleaba el terreno con el ansia del que sueña triunfar desde el primer minuto.

Guttman había guardado a la joven perla en el cajón de sus mejores secretos. Pulió su técnica con entrenamientos durísimos y lecciones constantes. Había fichado un atleta y no cesó hasta convertirlo en un jugador de fútbol. Cuando había estimado que era hora de presentarlo en sociedad le instó a hacer las maletas y hacer que acompañase a París al resto del equipo. Y allí, frente a Pelé y su grupo de impresionantes compañeros, el preparador húngaro lanzó a Eusebio hacia el vacío, confiando que sus condiciones se impondrían por encima de cualquier adversidad. En tan solo diez minutos el marcador se ajustó tan al límite que los espectadores pensaron estar viendo una película de misterio y agónico suspense. Eusebio tomó el balón tres veces cerca del área y con tres zapatazos marca de la casa anotó tres goles que pusieron en vilo a todo el Santos y en alerta al mismo Pelé.

Pelé había estado ausente y desmotivado hasta entonces. Contempló atónito los tres goles de Eusebio, analizó aquel conato de remontada y por fin sonrió. Alguien a su medida, una horma para su zapato. Ya era hora. Necesitaba demostrar que era el mejor jugador del mundo y no pensaba permitir que aquel muchacho se entrometiese en su reinado y, mucho menos, le quitase protagonismo en los lances de aquel partido. Si hasta entonces se había dedicado a descuidar el balón y asumir su rol de mero espectador, sería desde aquel momento cuando se viese al auténtico Pelé. Un Pelé de quince minutos. En su primera intervención se le vio imparable, tocado por el ánimo, inquieto por resurgir. Eusebio predijo que se vería otro Pelé, motivado por su presencia, ansioso por demostrar al mundo que el día que le habían apodado como “O Rei” no se habían equivocado.

Condujo el balón con maestría, combinó con elegancia y definió como el artista que realmente era. En un momento anotó dos goles y dejó servida una sentencia que debió haberse cerrado mucho antes. Por unos instantes había parecido que nacía un nuevo rey para el fútbol mundial; instantes después, el fútbol mundial fue consciente de que tenía rey para mucho tiempo. Mientras Pelé se retiraba del campo observó como el joven africano se dirigía hacia él con el paso rápido y la mirada nerviosa. Ambos sonreían, ambos estaban satisfechos, ambos ignoraban que el siguiente número de France Football, impresionado ante el espectáculo mostrado, titularía en letras grandes “Eusebio 3, Pelé 2”. Ambos se tendieron la mano y se saludaron deportivamente. El brasileño no dejaba de sonreír, el africano, dominado por la nostalgia y el recuerdo de las historias que había escuchado en su Mozambique natal, no pudo sino afirmar la verdad: “Realmente, eres tan bueno como me habían contado”.

7 comentarios:

Atleti1903 dijo...

Que crack que era Pele,junto a Maradon,lo mejor que ha salido en la historia,hasta ahora que salió el Kun Agüero,venga,saludos!
www.atleti1903.blogspot.com

FERNANDO SANCHEZ POSTIGO dijo...

HOy en día, un jugador de la talla de Eusebio valdría mucho más que el tan cacareado Cristiano Ronaldo. Un abarzo.

lavidaendomingo.es dijo...

A mi con Eusebio siempre me ha quedado una duda. ¿Era unnjugador potente y un poco habil como, digamos Whea?
¿o un técnico?

Un abrazo Pablo, tu blog es la crema.

miguel diaz dijo...

Cada década ha tenido su estrella. A Di Stefano en los 50/60 le siguió Pelé en los 60/70, a éste Cruyf en los 70/80, luego Maradona en los 80/90 y en los 2000 ???Zidane? Ronaldo? Ronaldinho? NA-DI-E.
La pena es que Eusebio coincidió en la misma época que Pelé.
un abrazo. miguel

DoKiÈh dijo...

Fue la primera joya que el fútbol europeo encontró en África. Todo un pionero.

Suscribo lo de Sergio. Tu blog es la crema, Pablo.

Saludos.
Saque de Esquina

piterino dijo...

Eusebio tenía origen africano, cierto, pero era un futbolista muy "europeo", lo que ha enseñado de alguna manera cómo insertar con éxito la fuerza y la potencia negra en la exigente élite europea.

Saludos.

NoTe dijo...

Las cosas cambian pero qué jugador éste. Hoy hubiese valido una fortuna más que nadie. Saludos