
Matteo Guendouzi es un tipo improbable en un fútbol de avasalladores. No es el más rápido, ni el más fuerte, ni siquiera el más preciso, pero tiene una cualidad y es que sabe posicionarse. Al más puro estilo del mediocentro de toda la vida, ofrece una salida limpia de la pelota con la simple elección de colocarse en una posición entre los centrales. Ahí comienza a jugar, generalmente en corto y ahí comienza su juego de desahogos.
Está demasiado verde, no lo vamos a negar, aún no tiene asimilados los conceptos defensivos que requiere un tipo en su posición y debe ganar en fortaleza para convertirse en el amo de los balones divididos. Pero todo jugador tiene un comienzo. El de Guendouzi comienza con la confianza de un entrenador que ha obviado el fichaje de Torreira para confiar en un imberbe de diecinueve años. Su experiencia no iba más allá de un puñado de partidos en la segunda división francesa. Y ahora, de repente, se ve como titular en la élite de la élite. Como dijeron los sabios: algo tendrá el vino cuando lo bendicen.
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