viernes, 30 de mayo de 2008

El fútbol de Calígula

Podría decir que no recuerdo cuando tomé el fútbol o quizás que desde siempre juego al fútbol. Buenos Aires vivía un paulatino cambio que terminó de plasmarse en los años 90. Hasta entonces, cuando la especulación inmobiliaria no había aterrizado, había potreros y ahí, sólo ahí, se veían los pingos, entre apuestas, piedras sobre la tierra y arcos de palos con travesaños de goma. Cuando los potreros fueron desapareciendo, y de hecho ya no quedan, la calle fue el campo y las ventanas fueron plateas desde donde también caían, como en nuestros grandes estadios, quejas, insultos y amenazas; partidos chivos de obstáculos urbanos como desniveles, árboles, adoquines desparejos, autos y doñas de compras.

Señas ancestrales hubieron dado la capitanía no al mejor jugador sino al más grande, que entonces decidía salir a los barrios sin camiseta; pensaba que el asunto de ir sin uniforme daba lugar a cierta subestimación que nos jugaba a favor. Aquel asunto fue una eterna discusión que terminó por resolverse rifando una canasta familiar a nombre de todos los vecinos. Así, a poco de comprar las camisetas, las mudanzas, los cumpleaños, las novias y otras yerbas dieron por terminadas nuestras presentaciones en aquel campeonato sin tablas. Las otras dos terceras partes del día las repartía en el colegio, jugando para el Oratorio que creara el benemérito Lorenzo Massa en la misma cancha donde se fundara San Lorenzo de Almagro y, por la tarde en los torneos internos de Ferro Carril Oeste.

Y transité las canchas por las inferiores de 3 clubes de primera, desde que no veía casi el horizonte y no sentía la pelota en los pies abotinados hasta entender la importancia de la táctica, la repartición de roles, la dosificación de la energía, la distribución del juego, la sincronización para tirar un off side, como pegarle a la pelota, el tiempo de un buen vendaje o de por qué un jugador es hincha del club donde juega. El olor del césped húmedo, los entrenamientos bajo la lluvia, los agujeros en los alambrados que usaban los números 10 para cortar camino y no trotar, los abdominales, los piques cortos, la popular, las infinitas gradas de la popular arriba y abajo, el dolor de piernas, los viajes en micro, los entrenamientos de la primera y alcanzando pelotas a Diego, Kempes, el pato Fillol, Passarella, Tarantini, Bochini, Chilavert, Cacho Saccardi, los consejos de Timoteo Griguol, los vestuarios con Rubén Insúa, la despampanante rubia de Miguelito Brindisi, los asombrosos entrenamientos de arqueros.

Puedo hablar horas de mi experiencia futbolística, que aun hoy, con otro handicap, continúa. Para mencionar dos o tres tópicos interesantes diré que si Umberto Eco encuentra dificultades para describir la diferencia entre el olor de la verbena y el romero, no imagina, por caso, la complejidad de explicar el fútbol, de pasarlo a palabras, desde sus dinámicas hasta sus técnicas pasando por la infinidad de situaciones que no son susceptibles de descripción. En mi caso, algo como describirte el olor del césped húmedo.

Por eso no dejo de sonreír cuando escucho un jugador reporteado después de un buen partido y, sobretodo, después de un gol de suma precisión.

Diré que el ambiente del fútbol es un nido de víboras sembrado de vicios y corrupciones desde los más bajos estratos.Y diré por último en esta amena invitación que me hace Pablo y que lleva implícitos los naturales límites de un post, que no dejemos de pensar y opinar cuando oímos sobre contratos, subvenciones, emigraciones y traslados de familias enteras atrás de un chico de 10, 11 o 12 años: he conocido más de trescientos jugadores de inferiores; de todos ellos sólo 2 llegaron a la primera división.



P.D. Calígula es administrador del blog La Pelota No Dobla, una magnífica bitácora donde poder asomarse al fútbol argentino, analizado con frescura, ironía y una seria y divertida dosis de humor. Sin duda uno de los mayores referentes a la hora de buscar información en las tierras hermanas de sudamérica.

10 comentarios:

Anfield dijo...

Yo soy de Sevilla y jugaba al futbol en mi plaza, de cemento. Me habre 'hecho polvo' la rodilla unas 1.000 veces al caerme. Y tambien nos decian cosas desde las ventanas y desde los comercios.Esto demuestra que seas de donde seas nos une una cosa llamada FUTBOL.

UN SALUDO

WILDE dijo...

Grande Caligula. Y la verdad es que juega todavia muy bien.

Saludos.

Ursula dijo...

De 10 el artículo, la verdad que no se puede escribir mejor :D

Sergio Medina dijo...

El fútbol es algo maravilloso de lo que se intenta aprovechar demasiada gente.

piterino dijo...

Un lujo contar con Calígula a este lado del charco. Un placer disfrutar de sus líneas en un blog de referencia.

Un post muy rico en detalles para reflexionar, salpicados de enriquecimiento personal del autor.

Un saludo.

miguel diaz dijo...

Cuando acudimos al estadio, de una u otra forma, la visión de los jugadores nos retrotrae a momentos y situaciones donde disfrutábamos de este deporte. En mi caso concreto, a un jugador le perdono todo menos la desgana, la chulería y la falta de amor a unos colores, que se traduce en el ansia permanente de la victoria.

un abrazo. miguel

CALIGULA dijo...

Gracias Pablo por tu invitación y a los comentaristas y amigos que se tomaron el tiempo de leer y comentar.

Viva el fútbol!

fernando dijo...

El verdadero fútbol es cuando unos niños se ponen a jugar en la calle con un balón y unas piedras de portería. Un gran post. Un abrazo.

Devo dijo...

la calidad de caligula esta a la vista, gran escritor y gran blog

saludos

devo

PD: MAÑANA SUBIRE UN POST CON LA OPINION DE COMPAÑEROS BLOGGERS CON RESPECTO A LA EURO, ECHALE UN VISTAZO, Y SI QUIERES DEJA TU OPINION, UN SALUDO

Suca dijo...

Excelente relato, Calígula. La verdad es que uno desde España tiene la impresión de que muchos grandes futbolistas argentinos empezaron a jugar así, como tú relatas. Me ha gustado.

Un saludo!