jueves, 16 de febrero de 2012

Despejando las dudas

Dudé de él, no voy a decir lo contrario. Subirse ahora al carro de los ilustrados sería de un oportunismo detestable. Nada más conocer su fichaje hablé de él como un "jugador de segunda" y ahora me veo en la obligación de redimirme. Me equivoco demasiadas veces como para tildarme de visionario, he puesto muchas veces la mirada en chicos que parecían bombas y se quedaban en petardos y la he apartado tantas veces de otros que, de pura discrección, no parecían aptos ni para la más mínima exigencia.

Como todos tenemos nuestro lado prejuicioso en alguna de las fronteras del pensamiento, la imagen que me quedaba de Adrián era la de un tipo pusilánime que podía dejar algún detalle pero cuya inconsistencia le condenaba a ser carne de fracaso en no demasiado tiempo. En algunos partidos del Deportivo, pegado a banda y contra aguerridos defensores que no escondían cartas, parecía alejar el pie del balón y querer buscar un escondite en la caseta. Rehuía las guerras y nunca demostraba ni una sola pizca de aquellas promesas que vendieron con su primera aparición estelar. Marcó un golazo en el Camp Nou con diecinueve años y parecía querer vivir toda la vida de aquello.

Pero tenía guardado mucho más. Parecía que el Atlético fichaba a un tipo para calentar banquillo, para despertar la ira de una afición dormida y para figurar en aquella larga lista de fracasos escrita en tinta roja y blanca. Pero no fue así. De pronto comenzamos a ver a un chico que se movía por el frente en silencio pero siempre encontraba la posición idónea para recibir; con el balón no era torpe y aunque su relación con el gol no fuese idílica tenía ese pequeño duende que habita en el corazón de los genios que le otorgaba el don de elegir siempre la opción correcta.

El chico pusilánime y cargado de prejuicios es hoy un delantero interesante que se asocia, se desmarca y se vuelve a asociar. Le sigue faltando gol, es cierto, pero sabe vivir a la sombra de un depredador del área como es su socio colombiano. Conjugan tan bien el entendimiento que ha hecho que, por momentos, la parroquia atlética se haya olvidado de aquellos dos monstruos que le ayudaron a levantar la Europa League. Adrián es un filtrador silencioso, un esprintador de diez metros, una anguila con pies de pluma. Sabe asociarse y entiende el fútbol como un ejercicio de colectividad. Es listo y tiene una estrella iluminada sobre su cabeza. Si consigue que no se apague, quizá un día reciba el premio de la internacionalidad. Yo creo que está más cerca de lo que muchos quieren pensar.