martes, 22 de febrero de 2011

El pequeño diablo

Había un tipo que apenas levantaba un par de palmos del suelo, las piernas fuertes, la cabeza siempre levantada y las rodillas preparadas para el último sprint. A veces se acostaba a la izquierda para regalar goles y en otras ocasiones oscilaba desde la derecha para buscar el palo largo del portero. Verle cabalgar por la banda era una delicia, verle regatear en la línea de tres cuartos era un sueño hecho realidad.

Los seguidores de la Real Sociedad soñaron durante más de una década gracias al ingenio de su diminuto extremo. Hoy sería un socio perfecto para esta generación de pequeños aprendices de mago, ayer fue el motivo más sondable para que los aficionados llenaran las gradas del viejo estadio de Atocha.

Allí, entre el barro del invierno y el verde césped de la primavera, el pequeño número once cumplió el deseo de miles de aficionados e hizo contener el asombro a millones de españoles que asistían impávidos a sus exhibiciones desde sus nuevos televisores en color. Cada regate era poesía, cada centro era una declaración de amor. Al delantero, al compañero, al amigo, le tocaba el turno de devolver el grado de aquel sonoro beso. Un tipo que jugaba para divertir y que terminó levantando títulos. Un par de ligas que llevaron el sello de un entrenador humilde, de un grupo de amigos que jugaban al fútbol cada domingo por la tarde y de un pequeño diablo que, de vez en cuando, levantaba a la gente de sus asientos.