
Lo que venía a decir Rogelio es que el fútbol, antes
de con los pies, se juega con la cabeza, que lo importante es estar en el lugar
preciso en el momento adecuado y basta, muchas veces, tener un pie privilegiado
que cumpla las órdenes de tu cerebro para poder convertirte en un jugador
imprescindible.
Pocos recordamos al Stefan Effenberg de los inicios.
El jugador que recorría la cancha de punta a punta y conectaba con los
delanteros después de recorrer la medular con un par de paredes precisas. Era
un gran jugador, pero demasiado inconsistente. Sin embargo, somos muchos los
que nos acordamos de aquel veterano jugador que impartió magistratura en el
centro del campo del Bayern Munich en los albores del siglo XXI.
Aquel jugador que no corría, que aparecía en el lugar
preciso en el momento idóneo y cuyo pie derecho ejecutaba a la perfección las
ideas que lanzaba su cerebro. Un tipo elegante que se acrecentaba en los
partidos grandes y que se defendía con la pelota siempre con los mejores
argumentos. Hubo un día en que la revista France Football premió con el Balón
de Oro a Mathias Sammer, pero con el tiempo todos supimos que el mejor centrocampista
de su generación era otro. El rebelde sin causa al que expulsaron de la
selección alemana por considerarse distinto y que impartió cátedra con la
camiseta de un Bayern en el que todos corrían y él, aposentado en el círculo
central, dirigía con precisión.
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