lunes, 3 de mayo de 2010

El canto del cisne

Existía una vieja leyenda, aclamada por los románticos como un símbolo explicativo de la belleza que para ellos representaba la maldición del fracaso, que decía que el cisne cantaba una sola vez en su vida y lo hacía en el instante exacto que antecedía a su muerte. En realidad, el cisne no canta nunca si no que emite un ligero ronquido, realmente no lo hace ni a la hora de morir, pero aquel detalle mitificado quedó para siempre como frase organizativa de una verdad disfrazada; se decía que la última gran obra de un maestro de las artes debía ser definida como su “canto del cisne”. A raíz de él, la caída hacia los infiernos no haría más que engrandecer su leyenda y subrayar la bella trama de su maldición. Jamás volverían a ser lo que fueron.

El fútbol, como buen arte que se precie, también tiene sus artistas y, por ende, también tiene sus momentos para la adoración, sus leyendas y sus cantos de cisne particulares. Si la poesía tuvo a sus malditos, no se puede negar que el fútbol, y sobre todo la palabrería que lo encubre, está dispuesto a crear los suyos propios y es ahí donde aparecen leyendas de pupas, equipos que son así y cantos de cisne personales, como el que atribuyen al Atlético de Madrid en aquella soleada tarde de abril de 1975.

Sucedió aquel año que el Bayern Munich alegó incompatibilidad de fechas para no asistir a su duelo contra Independiente en la Copa Intercontinental, sucedió que el invitado para disputar el torneo fue el Atlético de Madrid y sucedió que en una temporada difícil, los rojiblancos aparcaron la liga para embarcarse en un viaje que terminaría por cambiar su historia.

El Atleti disputó un aburrido partido bajo las gradas de una abarrotada “doble visera” que terminó perdiendo por uno a cero después de ver como Balbuena anotaba un gol casi a la desesperada. El resultado, por corto e incierto, levantó el ánimo de una hinchada que no deseaba dejar de tocar el cielo con las manos y que abarrotó las gradas del Vicente Calderón para clamar a favor de su equipo. Era el día doce de abril de 1975 e Irureta no tardó en empatar la final con un cabezazo casi imposible llegando desde atrás. La ilusión se vistió de fiesta en el momento de besar la red un gol de Ayala y la fiesta se convirtió en leyenda cuando Adelardo levantó al cielo de Madrid la Copa que convertía al Atleti, durante una noche, en el mejor equipo del mundo.

El valor de aquella Intercontinental lo midió el tiempo. En aquellos años, los aficionados atléticos se habían ganado el derecho a soñar con todo y, según fue pasando el tiempo, se vieron obligados a conformarse con cada vez menos. Tras aquella remontada, tras aquella tarde de abril, ambos contendientes comenzaron a vivir más del pasado que del presente, y si bien Independiente aún vivió algunos años agarrado a la magia de Bochini, para el Atlético siguieron años en los que siguió siendo grande pero se fue haciendo más pequeño.

El Atlético cumplió su misión en parte por contar con una plantilla plagada de jugadores talentosos y comprometidos y en parte por tener sentado en el banquillo a un principiante que terminaría convirtiéndose en leyenda. Apenas unos meses antes, Luis, el interior derecho, había colgado en el vestuario las botas de jugador para ponerse el chándal de entrenador y convertirse en Luis Aragonés, el mister.

El mister que habló con sus jugadores, muchos de ellos compañeros, muchos de ellos amigos, y que les recordó lo grande que era aquel equipo. Volvía el Atlético de Luis, el de Gárate, el de Irureta, el del incansable Adelardo, el de las alineaciones de carrerilla. Aquel que un día fue el mejor equipo del mundo, el que durante unos meses llevó la etiqueta colgada del cuello y la paseó con orgullo por todos los campos de España; un Atlético de plata y oro, un Atlético intercontinental.

Dijo Goya, en plena ebullición hacia la locura, que el sueño de la razón produce monstruos. El transcurso de los años y el dolor de los fracasos han provocado más palabras que hechos en el entorno del Atlético de Madrid. Como el olvido es mucho más proclive a la mentira que los hechos tangibles, ha sido la ausencia de estos últimos la que ha colocado al Atleti un peldaño más abajo de sus pretensiones. Sus sueños, cada vez más grandes cuando el equipo se hacía más pequeño, produjeron monstruos muy difíciles de espantar. Primero fue el Pupas, después fue el victimismo arbitral, después fue el Infierno y más tarde la duda; “Papá ¿Por qué somos del Atleti?”. Conviene recordar, ahora que la gloria vuelve a estar tan cercana como lo estuvo antaño, que hubo una vez que cantó el cisne y la gente pensó que aquello era un certificado de defunción. El Atleti está vivo y de confirmarlo se han encargado los gritos nacidos desde lo más profundo del alma. Ahora, un enfermo no se cura con arrebatos de orgullo si no con medicina y cuidados. Los monstruos del equipo siguen vivos, eliminarlos de una vez por todas dependerá de una cuestión trascendental; “¿Seguimos creciendo o nos conformamos?”

Estas dos finales, como aquella del 75, bien pueden significar una redención o bien pueden convertirse un nuevo canto del cisne.

4 comentarios:

FI dijo...

Uff, tremendo artículo, te felicito.

El Atleti, sobre todo su afición, ya se merece un título.

CALIGULA dijo...

Muy buena nota de víspera.

Abrazo Pablo.

FUTBOL MUNDIAL 2010 dijo...

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Matías Rodríguez dijo...

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Fobal2000