martes, 7 de junio de 2011

Pancho

Era un futbolista brutal; estético en el control, de pesada cabalgada, preciso en el golpeo y letal en la definición. Decían que le sobraban kilos pero realmente nunca necesitó ser un adonis para convertirse en un futbolista descomunal. Su pronimente barriga daba saltos en cada carrera, parecía que los defensores podían alcanzarle pero siempre llegaban una centésima más tarde; él, Pancho para los amigos y un terror para los enemigos, pisaba el área y se convertía en un atila del gol.

Jugar junto a los genios siempre aporta mayor capacidad para la inventiva. Le gustaba buscar el espacio, llegar a la pelota y romperla en las redes. Para ello tuvo socios de primer nivel; primero Hidegkuti, un delantero escondido en el cuerpo de un centrocampista que confundía a los extraños y regalaba goles a los propios. Después Di Stéfano, una saeta incontrolable que recorría el césped como un soldado y ganaba batallas como un mariscal. Más allá, con el diez en la espalda y los pantalones por encima de la cintura, aparecía el mejor goleador de la historia del fútbol. Setecientos un partidos, seiscientos ochenta y un goles; poco más que decir, mucho que aplaudir.

Se convirtió en la estrella de un Honved de Budapest al que el tiempo ha colocado como uno de los mejores equipos de la historia. Allí, doble uve eme incluída, el bueno de Pancho tocaba de primeras, buscaba el área y remataba con soltura. Casi nunca hacía un gol feo, era capaz de romper la pelota, de generar una estela de fuego, de causar miedo a los porteros rivales. A balón parado, en movimiento, con barrera o sin ella, las escuadras eran su lugar favorito donde depositar la pelota, machacaba los postes, levantaba un silbido en el aire, marcaba goles como quien escribe palabras.

En el cincuenta y dos se bañó en oro en Helsinki, en el cincuenta y tres lideró una gesta histórica en Wembley y en el cincuenta y cuatro cayó con las botas puestas mientras miraba a los alemanes abrazarse entre el estupor. Entonces no daban balones de oro. Pero si los daban más tarde, en 1960 marcó veinticinco goles en liga y doce en la copa de Europa, cuatro de ellos en la final, ganó este último torneo y resultó decisivo en la conquista de la Copa Intercontinental después de anotar dos goles en los primeros ocho minutos del partido ante Peñarol, pero France Football le dio el trofeo a Luis Suárez. No hubo más oportunidades para él, siguió marcando goles, siguió arrancando ovaciones desde los gallineros de Chamartín, siguió fabricando recuerdos. Su luz se apagó con el tiempo y el Alzheimer apagó su memoria. Los que le vieron no le olvidarán nunca. Los que hemos aprendido sus hazañas, tampoco.