
Está claro que el pasado es un factor que siempre atemoriza al presente y que también, tras ser testigos de agresiones esporádicas en noticiarios, se tienda a pensar que todos los hinchas ingleses son unos becerros y no conocen el civismo cuando cruzan su frontera. Es el problema de la estigmatización; llenas un saco manzanas y la única que se pudre las va corrompiendo a todas. El saco es tan extenso que basta con mirar las estadísticas y comprobar quienes son los causantes del alboroto. Si realmente están identificados, no deberían viajar a Madrid y no deberían existir portadas tan temerarias como las que vimos ayer.
Porque el fútbol debería ser una fiesta en la que no debería haber excepciones. Hemos visto finales entre Madrid y Barça, entre Barça y Atlético y entre Milan y Juve. Las hemos visto entre Manchester United y Chelsea y entre Bayern Munich y Borossia Dortmund; en cada rivalidad existe un conato de prudencia, pero ante cada acontecimiento debe existir, siempre, un conato de ilusión.
Confiar en las fuerzas de seguridad y pararle los pies a los cuatro tontos que siempre tienen ganas de montar lío. Eso, y dejar que la gente que viene a disfrutar del fútbol, lo disfrute. No quedan más opciones, porque poner en pie de alerta a una ciudad y convocar al cierre de comercios y portales solo es una manera de hacer creer a la gente que los que vienen son una horda de bárbaros y yo quiero creer que son simplemente fieles aficionados a un equipo de fútbol.
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