miércoles, 25 de abril de 2007

El mediapunta de toda la vida


Cuando el fútbol se latinizó, como nadie encontró un camino más corto para alcanzar el éxito, el juego perdió en estilo para ganar en coraje. Aún así se conservaron los valores y los criterios de las escuelas del este de Europa. Se trataba de jugar mejor y más concienzudamente que el rival, se trataba de levantar una copa, sí, pero por encima de todo importaba mantener intacto el orgullo propio.

Cuando el fútbol se britanizó, se perdieron goles pero se ganó en rigor. El juego seguía siendo trepidante, pero ya no existían aquellos extremos que años atrás habían quedado en la memoria como reflejo de un tiempo mejor. Y mientras andaban debatiendo sobre la verdad de cada estilo, los que manejaban el tiempo y las alineaciones se empeñaron en dar pasitos de cangrejo; siempre guardando la ropa antes de nadar, siempre echando dos vueltas a la llave del candado de sus propios miedos.

El fútbol se italianizó y se perdió todo. Los extremos ya no eran una especie en extinción sino una añoranza lastimera. Se perdió al creador de fútbol y mientras los alabadores del resultado firmaban sentencias de muerte apoyando su codo en el cadalso del engaño, el número diez al que siempre habíamos querido imitar mientras manteníamos las palmas enrojecidas por el aplauso, se fue diluyendo en el corsé táctico del doble pivote.

Por eso, cuando vivimos en la época de las miradas de reojo y los recuerdos furtivos, nos colmamos de aleluyas cada vez que descubrimos los últimos ejemplares de especies futbolísticas en extinción y se nos llenan los ojos de lágrimas cuando vemos jugar al único mediapunta de estilo clásico que sobrevive en la jungla de la táctica. Como Kaká sabe que para hacer daño hay que apostar por el riesgo, supedita su radio de acción a la cancha del rival. Como conoce los lugares donde habita la diferencia entre los buenos y los malos jugadores, siempre que pone en marcha el motor se convierte en el obrador de todos los milagros. Unas veces salen y otras no. Cuando es que sí, es la grada quien relame con gusto el rebozado de sus promesas. Cuando es que no, somos todos quienes le perdonamos el error porque por encima de todo perdura el eco de la intención.

Si una promesa es capaz de mover tantas montañas como la fe, independientemente del resultado final o cumplimiento de la misma, cada vez que vemos jugar a Kaká entendemos un poquito mejor por qué Ramón Calderón ganó las elecciones a la presidencia del Real Madrid.

1 comentario:

Javi dijo...

No veas las discusiones que he tenido con todos los culés, sobre si Kaka' puede ser el sustituto de Ronaldinho. Espero que se den cuenta de que no está a años luz como ellos decían. Que pedazo de futbolista. Cristiano Ronaldo, el crack de la prensa, estuvo desparecido como en todos los partidos importantes, individualista y aportando muy poco al equipo.

Saludos