
Lo que les quiere contar este nuevo vikingo llegado desde Noruega para golear es que lo suyo no es la típica aparición fulgurante que, con el tiempo, termina siendo tachada con el calificativo de casual. Porque Haaland no es ya el niño que anotó nueve goles a Honduras en el mundial sub 20, ya no es el joven que anotó nueve goles en la primera fase de la Liga de Campeones, ya no es el chico que anotó cinco goles en sus primeros dos partidos con el Borussia Dortmund. Erling Haaland es un asombro constante con el gol en la cabeza y el remate en los pies.
Los dudosos, aquellos que siempre viven por delante porque prefieren la razón por encima de la lógica, esperaban al chico con los brazos cruzados porque decían que aún no le había marcado a nadie. Pero el chico no entiende de colores y, mucho menos de rivales, más allá del juego sólo entiende de momentos y cada momento no es más que una excusa para sacar a pasear sus virtudes. No es el más ágil, no es el más hábil, no es el más coordinado, pero corre como un rayo, ve la portería como un arcoiris y le pega a la pelota como los mejores cañoneros.
Ayer fue el Paris Saint Germain como bien podría haber sido el Liverpool, el Bayern Leverkusen o cualquier equipo de la liga austriaca donde se paseó sin piedad. Porque quien vive del gol no entiende de colores, quien vive del gol no entiende de dudosos, ni de etiquetas, ni, mucho menos, de casualidades.
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