
En el verano de 1982 Maradona era el chico de los ocho millones de dólares. El Barça había saltado la banca y se había hecho con los derechos del que decían era el mejor jugador del mundo. Tanta expectitva obliga a una continua demostración. El problema, ansiedad añadido, era que la forma física no era la idónea y en un deporte que respira talento pero sulfura sudor, la condición física marca la diferencia entre los campeones y los aspirantes.
Argentina pasó un mes en Villajoyosa. Entre sol, playa y tiempo libre se olvidaron de entrenar lo necesario. Se creían campeones, porque lo eran de facto y porque habían incorporado a Maradona, el niño de oro. Pero la realidad cayó como un misil el día que enfrentaron a Bélgica y el mundo les vio con la lengua fuera. Perdieron y tuvieron que ir a remolque para superar a las cenicientas del grupo; cuatro a uno a Hungría, don dos goles de Diego, dos a cero a El Salvador. Misión cumplida pero abocados a una cruenta pelea contra dos potencias del fútbol: Italia y Brasil.
El partido contra Italia fue el partido del marcaje de Gentile. El tosco defensor italiano secó a Maradona con un marcaje que rozó el límite de la ilegalidad. Golpes, empujones, pellizcos, patadas, e Italia como ganadora del duelo después de que Tardelli y Cabrini batiesen a Fillol. Quedaba una bala pero quedaba, también, muy poco aliento. Y la bala era Brasil. Como imaginar que has estado soñando durante un lustro con esta oportunidad y te tienes que jugar las esperanzas a cara y cruz contra el mejor equipo del mundo. Brasil ganó fácilmente ante una Argentina que ni opuso oposición ni puso fútbol. Y cuando el tres a cero iluminaba el marcador del viejo Sarriá, Maradona perdió su enésimo balón. Creyendo que era Falcao quien le había segado la pelota una vez más, soltó la plancha e impactó en la entrepierna de Batista. Dolor, gritos y una tarjeta roja que marcó la trayectoria de Diego por el doudécimo mundial de fútbol.
La ventaja del fútbol es que siempre ofrece revancha. Diego se prometió volver y volvió. En aquel ochenta y dos, además, sus paisanos estaban siendo masacrados por el ejército inglés en Las Malvinas. Todo pesaba, el dolor y la conciencia también. La Argentina que viajó a México era menos glamourosa pero más decidida. Vengaron las afrentas; Maradona burló a Bérgomi en ausencia de Gentile y sus piernas (mano incluída) burlaron a toda Inglaterra. Se vengaron las afrentas y se abrió un nuevo espacio para la memoria. Las primeras veces suelen estar trufadas de incertidumbre y el éxito y el fracaso dependen de factores externos. Maradona perdió los nervios en España y en México ganó la inmortalidad. Porque fue líder y no complemento, porque encontró fe y no dudas, porque eran tipos con ganas y no niños desentrenados.
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