
Son muchas las historias de chicos que se iban a comer el mundo y terminaron engullidos por la responsabilidad. La de Josh McEachran no es sino una historia más en la leyenda negra de los tipos que quisieron ser leyenda y hubieron de vivir acostumbrándose a ser, simplemente, buenos futbolistas.
Porque la excelencia es un lugar donde sólo habitan los elegidos y donde solo aguantan los decididos. La virtud, más allá de llegar, consiste en aguantar el pulso y en saber que el fútbol, además de un juego, se ha convertido en una competición de presiones donde el más fuerte se come la tostada. McEachran era talentoso, descarado y vistoso; a priori, el futbolista ideal sobre el que depositar la esperanza de una entrada, el jugador sobre el que soñar un futuro perfecto.
Lampard le ponderó, Ancelotti le fue dando cancha y la prensa, tan ávida de ídolos como quien busca un nuevo pedazo de carroña, lo situó en el altar de las futuras glorias. Pero el talento, sin físico, no es más que un soplo en mitad de un vendaval. El fútbol a mil por hora del nuevo siglo terminó devorando sus expectativas y el chico voló de casa para enfrascarse en pequeños proyectos en los que sólo dejó gotas de esencia perdida.
Hoy busca su lugar en la segunda división del fútbol inglés, acomodado en Brendtford, busca la pelota sin presión y la entrega sin condiciones. Ya no es una promesa, ahora es un futbolista más dentro de un mundo que devora niños antes de vomitarlos como hombres. Un mundo que no entiende de esperas porque la parada del autobús está llena de tipos dispuestos a empujar para ser los primeros en coger sitio.
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