martes, 6 de diciembre de 2011

Balones de oro: Omar Sívori

A los diecisiete años debutó en la primera división argentina, a los veintidós asombro a toda sudamérica y a los veintiseis ya era considerado el mejor jugador del mundo. La carrera de Enrique Omar Sívori no se escribe con títulos si no con sensaciones, y es que, quienes le vieron jugar, no han dudado nunca de que se trató de uno de los más grandes. Pandillero de potrero, ingenio de césped recién cortado y gobernador de área grande, Sívori fue un genio pegado a una pelota de cuero en cuyos actos sobrevive la esencia del fútbol de verdad, aquel que se aprende en la calle, con un balón de trapo y unas zapatillas viejas.

No tardó en deslumbrar a los escépticos cuando debutó en el primer equipo de River y alguien le señaló como el sustituto de aquella saeta rubia que había volado a Madrid con escala en Colombia. Saltó al campo para redondear la goleada ante Lanús y le tocó sustituir al mito Labruna. No decepcionó; anotó el quinto y dejó el poso de un jugador al que se quería volver a ver. Y se le vio de nuevo, y se le volvió a ver, y se le volvió a disfrutar. Fue en 1957 cuando alcanzó la cima del mundo al alinearse, vistiendo la albiceleste, junto a Corbatta, Maschio, Angelillo y Cruz. Les llamaron los "carasucias", anotaron veinticuatro goles, ganaron la Copa América y Argentina les recibió como el mejor equipo de su historia. Por fin un soplo de aire tras décadas de amargura. No duró mucho la epopeya, el mejor de todos ellos, Sívori, voló hacia Italia atraído por las liras y las ganas de comerse el mundo. Tan bien lo hizo que en 1961 la revista France Football le galardonó con el Balón de Oro que le distinguía como el mejor futbolista del año. Tras el fútbol y los éxitos llegó la soledad y las ganas de reinventarse. Probó en los banquillos y no le fue demasiado bien, probó con la pluma y dejó varias docenas de buenos artículos plasmados en las hojas del diario Clarín.

Pero antes del columnista hubo un futbolista, y muy bueno. En Italia le llamaban el "fuoriserie" porque, realmente, no había adjetivo específico para definirle; era un jugador bajito y delgado, pero muy listo, tenía una culebra en la cintura y un arma de precisión en los pies, salía airoso de cualquier entramado gracias a su habilidad y siempre llegaba franco a la portería contraria gracias a su inteligencia para leer el juego. Era un buen goleador y un excelente pasador, un tipo imprevisible, un ganador de batallas que disputó cuatrocientos cuarenta y un partidos y anotó doscientos veintiocho goles a lo largo de su carrera. Una cifra nada despreciable que aderezó con sus dos campeonatos argentinos que logró vistiendo la camiseta de River y los tres Scudettos y dos Coppas que ganó vistiendo la blanquinegra de la Juventus de Turín. Siempre a la sombra del gran Di Stéfano, hubo de sucumbir a su omnipotencia en aquella inolvidable semifinal de la Copa de Europa en 1962 que se llevó el Madrid con desempate incluido. Aún a la sombra del honorable, jamás escondió su admiración y devoción por el nueve blanco. Uno nacionalizado por España y el otro por Italia, ambos, los dos mejores futbolistas de la época y Argentina llorando su sueño creyendo haber intuido lo que hubiese sido de su selección si ambos no hubiesen abandonado su hogar y hubiesen disputado, juntos, los mundiales de 1958 y 1962. Quizá otro gallo les hubiese cantado.

En los potreros de Buenos Aires le llamaban "chiquín" por ende de su baja estatura y su endeblez física y en las cachas profesionales le apodaron "cabezón" por aquella prominente cabeza sobre un cuerpo tan delgado. Pero no había defecto físico que impidiese a Sívori disfrutar del fútbol; utilizaba su endeblez física para burlar rivales y la cabeza, siempre, para pensar un segundo antes que los demás. Fue un centrocampista creador que deleitó sobre el césped y, fuera de él, se convirtió en un terrateniente que invirtió sus ahorros para generar una fortuna que le ayudase a sobrevivir una vez que abandonase los campos de juego.

Lo hizo en diciembre de 1968 después de que su rodilla crujiese y le pidiese a gritos que dejase de exponerla a esfuerzos inafrontables. Entonces era jugador del Nápoles y una celebridad en el sur de Italia. Había llegado a la Campania después de deleitar en el Piamonte; muchos decían que ya no le quedaba fútbol pero jugó cuatro años a un extraordinario nivel, tanto que él y su fútbol colocaron a Nápoles en un lugar jamás visto hasta entonces: la segunda posición del Calcio italiano. Gesta que repitió en dos ocasiones y que le hizo salir vitoreado de San Paolo en más de una ocasión. En su aureola de mito precedió a Maradona como el auténtico Dios de Nápoles. Y eso que precedía del enconado rival del norte, una Juventus donde sentó cátedra y donde aún le recuerdan como el más destacado jugador de aquel "trío mágico" formado por Boniperti, Charles y él mismo que tantas tardes de gloria regaló al viejo estadio Comunale. Y es que lo suyo fueron las asociaciones imparables, como aquella que formó con Beto Menéndez en sus inicios en River y que aún recuerdan por destrozar a Boca Juniors en un duelo inolvidable que terminó con victoria de River en La Bombonera.

Sívori, que había nacido una soleada tarde de octubre de 1935 en el humilde pueblo de San Nicolás de los Arroyos, murió en el año 2005, a los sesenta y nueve años, en su misma localidad de nacimiento, lugar al que había regresado para perderse con el tiempo y dejar que la memoria guardase un hueco en los párrafos más inolvidables. Se le lloró en Buenos Aires, en Turín y en Nápoles. Se le lloró en todo el mundo porque los genios siempre dejan el poso de la inmortalidad. En su honor sigue en pie una de las tribunas del Estadio Monumental, la misma que se costeó con el dinero obtenido por su traspaso a la Juventus. Se había marchado el ídolo, pero el eco de las voces que corearon su nombre permanece perpetuo, para siempre, en un rincón del campo que le vio nacer como futbolista.