
La velocidad y la fuerza mal entendidas llevan implícito un peligro peor que el de la ausencia
de frenada, el de la ausencia de emotividad. El fútbol, aunque se culmina en
los pies de los más rápidos y hábiles, es esencial que se fabrique en los pies
de tipos menos fuertes, pero más cerebrales, menos rápidos de piernas, pero con
un cerebro que funcione a mil por hora. Es por ello por lo que la velocidad,
bien entendida, se hace necesaria en los lugares decisivos y no hay lugares más
decisivos en fútbol que los de la vanguardia.
Iñaki Williams es un futbolista atípico. Es un híbidro entre extremo y delantero en un club donde los grandes ídolos, generalmente, han tenido siempre una posición muy definida. Al contrario de los clásicos, Williams mira el fútbol de espaldas porque gusta de encontrar el desmarque, buscar, y entender, la velocidad, y amartillar a los porteros, más por presencia que por insistencia. No es un goleador al uso, tampoco un extremo al estilo clásico; es un tipo con el que ir a la guerra y jugarte el tipo cara a cara. Para los defensas, tener enfrente a un tipo que utiliza su fuerza sin miedo y su velocidad con freno, es un problema difícil de resolver porque el camino hacia la ecuación tiene muchas fórmulas pero siempre una misma solución. Y generalmente suele ser el gol.
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