
No hay nada mejor para un entrenador, que un tipo
abnegado. Y nada mejor para una afición que un tipo fiel. O, en su defecto, un
tipo profesional; entendido esto como un jugador que ejecuta su trabajo sin
excesos, pero también sin defectos. Llego, lo hago, cobro y me voy. Entre los
mercenarios capaces, existen tipos de finura especial que hacen lo suyo mejor
que el resto y, además, no dejan problemas porque saben para qué les han
fichado.
A Juan Carlos Valerón le llamaron “El Mago” el día que
filtró un pase imposible después de dejar atrás a dos rivales con la facilidad
de quien pasea por el campo. Como si no le costase trabajo, tomaba la pelota en
el centro del campo y avanzaba sigiloso, casi inexpresivo, con la pelota
siempre pegada a su pie. Podía regatear en corto, buscar una pared o filtrar un
pase de gol. Lo que hacía, lo hacía tan bien y parecía tan fácil, que nadie
quería alejarse de su compañía. Los compañeros, convertidos en amigos,
fabricaban sociedades junto a ese tipo flacucho y desgarbado que dibujaba
clases de fútbol en cada incursión en campo contrario.
Roy Makaay era otro tipo improbable. Quizá más que
Valerón. También era desgarbado y, en apariencia, torpe. Era liviano y aparentaba debilididad.
Parecía desorientado, pero tenía el instinto animal de los que saben siempre
donde llegará la pelota. Atacaba casi siempre al espacio porque conocía sus
límites y depuraba sus virtudes; gracias a su velocidad anticipaba al
defensor, o ganaba las dos primeras zancadas en cada carrera. Sus definiciones eran extraordinarias y
era un especialista en el engaño porque parecía que nunca saldría
del atolladero y, sin embargo, muchas veces, sin saber cómo, se encontraba de
cara con el portero en posición de fusilarle. La casualidad, que generalmente
se trabaja, suele acompañar, casi siempre, a quien conoce el oficio.
Fran González era mucho más poético. Un interior de los de toda la vida; de finura en la conducción, regate certero y pase sencillo al compañero mejor colocado. Se
marchó como un ídolo del Deportivo porque, al contrario que muchos de sus contemporáneos, no buscó el acomodo de los grandes para engrosar el palmarés. Compitió, y lo
hizo con los dientes apretados hasta hacer del Dépor un equipo campeón. Atrás
dejaba centenares de detalles y tres grandes títulos que situaron a La Coruña en el epicentro del mapa futbolístico. Gustaba
de tirar diagonales, de buscar la pelota de cara y de ofrecer un auxilio constante desde el centro del campo. Ese lugar donde la inteligencia y la intuición juegan un
papel esencial a la hora de fraguar el éxito. Y esas, no son cualidades propias
de los tipos vulgares.
Los adioses son momentos complicados porque los
ídolos nunca se borran de la memoria. Uno se ha acostumbrado a los pases, a los
desmarques y a los goles y cree que la magia es eterna. Asumir la despedida de
los grandes es asumir tu propio viaje por el tiempo. Nos hemos hecho mayores
viendo como algunos tipos nos levantaban de sus asientos. Los grandes momentos
quedan cada vez más lejos, y los que están por venir sólo generan
incertidumbre. Aquel centenariazo, el día que el Milan mordió el polvo en Riazor, las exhibiciones en los mejores estadios del mundo. Aquellos días de Valerón, Makaay, Fran y el superdépor. Actores
principales en un teatro de sueños. Se bajó el telón, se acabaron los sueños, pero siempre, sin remisión, permanecerán los recuerdos.
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