miércoles, 17 de noviembre de 2010

El cabezazo que impidió un record

Si hubo un equipo francés que algún día fue grande de verdad, este fue el Olympique de Marsella del primer lustro de la década de los noventa. En aquellos años alcanzó dos finales de la Copa de Europa con distinta suerte; en la primera, se estrellaron en la tanda de penaltis ante el Estrella Roja del deslumbrante Prosinecki y en la segunda tocaron el cielo después de superar al imponente Milan de Fabio Capello.

Eran tres grandes equipos. El Estrella Roja porque contaba con lo más selecto de la última gran generación del fútbol yugoslavo. Era un equipo que representaba a un país en descomposición y, como tal, no tardó mucho tiempo en descomponerse. Allí deslumbraban el citado Prosinecki, un rubio de zancada fina y regate fulgurante que terminaría estrellándose en el Real Madrid; Savicevic, un extremo de soberbia conducción y clase a raudales; Mihajlovic, un zurdo de pegada descomunal; Jugovic, un centrocampista de largo recorrido que terminó haciendose un sitio entre los más granado del fútbol italiano; y Pancev, un demoledor del área que una vez hubo conseguido su bota de oro se fue difuminando en la misma medida en la que el olvido fue siendo injusto con aquel equipo.

El Milan de Capello era otra cosa. Durante la temporada 1992-93, después de cumplir una sanción impuesta por la UEFA tras haberse retirado en pleno partido de cuartos de final de la máxima competición ante el Olympique de Marsella, había demostrado que había regresado a la élite para destrozar todos los registros. Tras más de un año invicto en el Calcio, se presentó en la final de la Copa de Europa dispuesto a pulverizar todos los registros históricos; desde que el mes de septiembre había comenzado la competición, el Milan había ganado a todos y cada uno de sus rivales en todos y cada uno de los partidos disputados. Era un equipo demoledor, no demasiado vistoso más sí muy eficaz y que contaba en la punta de lanza con un Van Basten en estado de Gracia y un Papin que durante un año estuvo buscando el lugar que había dejado olvidado en algún rincón del sur francés.

Con un parcial de siete a cero, se deshicieron del Olympia Lubljana en primera ronda; en la segunda se deshicieron del Slovan de Bratislava por un compendio de cinco a cero; ya en la fase de grupos ganaron todos sus partidos tras enfrentarse a Gotteborg, PSV Eindhoven y Oporto. Solamente faltaba la victoria sobre un equipo francés para marcar con última última muesca su revólver y firmar una Copa de Europa completamente inmaculada.

Precisamente era ese equipo francés el mismo ante el que habían atentando contra el espíritu de la competición un par de años antes. Había sido en un partido de vuelta, el equipo de Sacchi, en pleno estertor antes de su defunción definitiva como equipo cíclico, se jugaba la honra y el pase a semifinales en el Velodrome ante un equipo de incipiente talento y hambre voraz. Corría el minuto noventa y virtualmente eliminado por el marcador en contra que reflejaba el marcador, el Milan decidió retirarse del campo una vez la luz del estadio se apagó por completo. Lo que supuestamente había sido un fallo técnico, ellos lo tomaron como una trampa; la peor manera de frenar sus últimas y desesperadas acometidas.

Sea como fuere, tras aquella eliminatoria nacieron dos equipos campeones de Europa. Uno de ellos, el francés, se fraguó gracias a la fuerza de su línea defensiva y a la creativa genialidad de su tridente de ataque. El otro, el italiano, resucitó de la mano de un Capello menos romántico pero más efectivo que Sacchi. Dos equipos, dos estilos y un puñado de grandes jugadores enfrentados por el máximo segundo de gloria.

Y fue Basile Boli, el defensa francés, oriundo de Costa de Marfil, quien, con un cabezazo certero a la salida de un córner, destrozó los pronósticos y dejó al Milan de Capello con dos cuartos de narices y el deseo de un record inmaculado en el baúl de los asuntos pendientes. El Olympique, que ganó aquella copa terminó autodestruyéndose por culpa de un presidente que, de tanto desear el éxito, terminó ahogándose en sus propias miserias. Y el Milan, que salió derrotado, siguió creciendo un año más hasta demostrarle al mundo que no había equipo invencible por muy sublime que fuese y terminó despedazando al Barcelona de Cruyff en una de las finales más inolvidables de la Copa de Europa. Pero esa, como tantas otras, es otra historia.

2 comentarios:

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