jueves, 24 de abril de 2008

La manta corta

En numerosas ocasiones, la intención de un padre a la hora de ponerle un determinado nombre a su hijo recién nacido es, más que un simple capricho, una llamada al destino. Cuando el ferroviario brasileño Vargas Lima quiso recompensar su admiración hacia el emperador Napoleón Bonaparte dando a su hijo el nombre de la isla donde falleció, no pudo imaginar que en el nacimiento de aquel débil bebé estaba contemplando el nacimiento del mayor estratega futbolístico que Brasil hubo de regalarle al mundo.

El pequeño Elba de Pádua Lima creció sumido en la pobreza y llorando la pérdida del padre que tanto luchó por él. Como cuenta cualquier historia de héroes y bondadosos, Elba hubo de trabajar mucho para llegar muy alto; aferrado a la mano de su madre, se hizo grande con la boca cerrada por el hambre y las manos manchadas por el barro. Y los pies, como toda gran estrella que se precie, pegados por siempre a una pelota desde el primer día que descubrió que las calles encharcadas eran el escenario perfecto para jugar un partido interminable.

Siempre con un balón en el filo de sus sueños y una vieja pelota de trapo sobre sus pies descalzos, su madre no pudo impedir que el pequeño Ti (sobrenombre que le dio nada más nacer), apartase el ejercicio de sus deberes para dedicarse por completo al ejercicio futbolístico que tanto le encandilaba. Allí, en las calles de Sao Paulo, Ti se convirtió en Tima y, con el paso de los años, es el centrocampista de Botafogo, Tim; jugador de visión privilegiada, técnica depurada y zurda divina.

A medida que fue quemando etapas, al joven Tim le fueron saliendo admiradores detrás de cada piedra. Campeón del campeonato nacional de selecciones estatales, el joven líder del combinado de Sao Paulo fue aclamado por una afición que exigió, a gritos, su inclusión en el equipo nacional que habría de jugar el sudamericano que se disputaría en Buenos Aires unos meses más tarde. Por entonces, Tim tenía veinte años, un corazón tan grande como un estadio de fútbol y unas condiciones impagables para jugar y disfrutar del fútbol. En Argentina, Tim cuajó un torneo sublime y la prensa argentina, acostumbrada a centrocampistas más corajudos que estilistas y más físicos que inteligentes, le rebautizó con el sobrenombre de “El Peón”, porque como buen guía, cada vez que lanzaba a su equipo al ataque, se asemejaba a un peón pampero, vara en mano, guiando a su rebaño por el sendero correcto.

Botafogo intentó retenerlo durante un par de ocasiones, pero solamente en una lo consiguió. Tras una breve estancia en la Portuguesa de Santos, Tim, sorbido por la “saudade” regresó a casa para marcharse poco después rendido ante la poderosa oferta económica de Fluminense, club en el que se convirtió en estrella y leyenda.

Tras sus primeros campeonatos con el tricolor, el seleccionador brasileño Ademar Pimenta se acordó de él y le consideró una pieza importante de cara afrontar el que sería tercer campeonato mundial de fútbol. Tim voló a Francia con la cabeza cargada de sueños y regresó de Europa con unos pocos minutos jugados y la desilusión de un desencuentro que nunca tuvo reconciliación. Y es que Tim, como el ave libre que siempre se quiso sentirse, buscó en cada calle francesa un rincón de diversión que le ayudase a sobrellevar los días sin fútbol, pero le cortaron las alas el día que le descubrieron mientras escapaba, en busca de una nueva fiesta, por la ventana de su habitación.

Tim jugó ocho años en Fluminense antes de regresar a Botafogo para retirarse cerca de casa. Como el fútbol le corría por la sangre como un veneno sin antídoto, cambió el balón por la libreta y los pases medidos por las pizarras y decidió sentarse en la silla eléctrica del banquillo con su traje de entrenador. Empezó en su querido Botafogo, probó en la enriquecida liga colombiana y regresó a Brasil para convertirse en leyenda. Si su padre había homenajeado a Napoleón el día de su nacimiento, Tim se convirtió en un Bonaparte perfecto a la hora de dirigir a sus jugadores. Si en Argentina le habían llamado “El Peón” por su capacidad de dirección en el campo, Tim demostró que aquella capacidad cabía en su cabeza para todo el fútbol y que también desde el banquillo era capaz de conseguir las gestas más grandes.

Innovaba siempre que podía; explicaba las tácticas con botones de colores, intentaba mantener una distancia respetuosa con los futbolistas, atormentado tras sus lamentables experiencias como jugador, e intentaba hacer prevalecer la ironía en su discurso como una manera eficaz de mantener la tensión sin hacer que el buen humor desapareciese del entorno. Una prueba única de su extraordinaria capacidad humorística y del sentido libre que le daba al fútbol, la dio el día en que un joven muchacho de buenas cualidades y obedientes actuaciones se acercó hacia él para intentarle convencer de su valía; “Entrenador, estoy preparado. No bebo. No fumo. Nunca voy de fiesta”. Tim lo miró de arriba a abajo y sin desprenderse de su sonrisa le espetó: “No se preocupe. Aquí usted también aprenderá a hacer todo eso”.

Y es que Tim sabía que en la felicidad del jugador residía el mejor secreto de su rendimiento. Por ello no dudaba a la hora de alabarles, de quitarles presión o de criticarles como lo haría un padre. Como era un gran cocinero, organizaba grandes comidas en su jardín para unir a su plantilla. Como era un gran futbolero, explicaba las virtudes y defectos de cada rival con la naturalidad que aporta la experiencia. Como era un gran psicólogo, cada jugador ya sabía lo que era capaz de hacer antes de saltar al campo. Por ello, crítica, afición y jugadores se rindieron a sus métodos de trabajo; en la eficiencia y la felicidad basaba sus triunfos y en la seguridad basaba su trabajo, prueba de ello son las palabras del gran Domingos Da Guía, posiblemente el mejor defensa central nacido en Brasil, que, preguntado por el éxito de Tim, respondió, con voz tranquila: “Nunca lo vi errar”.

Si existe un lugar donde recuerden al gran Tim con un especial cariño y un impagable agradecimiento es en San Lorenzo de Almagro. Tim llegó a Buenos Aires a finales de los años sesenta y se encontró un equipo pleno de calidad pero falto de ganas. Aquel San Lorenzo venía de vuelta tras varios años de éxitos bajo el sobrenombre de “los carasucias”, una especie de homenaje y continuidad a la gran selección argentina que conquistó Lima en el sudamericano del 58. Al equipo entrenado por Tim, consagrado a base de victorias apabullantes y juego espectacular, le apodaron como “los matadores”, gracias, en gran medida, a la eficacia contundente de una delantera formada por Gonzalez, Rendo, Fischer, Telch y Veglio.

Tim llegó a un fútbol argentino demasiado europeizado, por lo que su principal misión fue la de liberar al futbolista de los corsés tácticos que promulgaban la fórmula del éxito y, renunciando a las panaceas, se volcó en un discurso sencillo; “Tenemos talento, tenemos técnica y tenemos hambre. Tenemos lo justo para ganar”. Y ganaron. Ganaron tanto que acabaron el año como invictos, arrollaron en las rondas finales y levantaron el trofeo frente a una multitud enloquecida ¿El secreto? Tim, sonreía. “Simplemente, lo que a mí siempre me gustó tener cuando era futbolista: libertad y confianza”. Habiendo calidad, no hacía falta mucho más.

Por ello, cuando en la algarabía del éxito, alguien se atrevió a preguntarle si por fin había encontrado la fórmula del equilibrio futbolístico, Tim dejó para la historia una de las frases más populares y que describe el fútbol a la perfección. El equilibrio no existe porque “jugar al fútbol es como tratar de taparse con una manta corta. Si uno se cubre la cabeza, es inevitable impedir que se descubran los pies. Y si se cubren los pies, queda descubierta la cabeza”.

Y así ha sido para siempre el fútbol. Existieron equipos que, con los pies descubiertos fueron capaces de romper los moldes y otros, que con la cabeza al aire, destronaron mitos y reescribieron leyes. Tratar de mantener ambos tapados es como intentar lanzarse al agua y mantener la ropa seca.



P.D. Tal día como hoy, hace exactamente un año, este blog inició su andadura impulsado por el empujoncito de ánimo de Javi; posiblemente el blogero que más control y sapiencia tiene sobre el planeta futbolísitico y uno de los que más creyó en mí. De antes también conocía a Álvaro, de quien siempre me asombró la entusiasmada lucidez que le aportaba su corta edad. Y tras reiniciarme en este mundillo con este nuevo blog, tuve la suerte de cruzar mi camino con una serie de auténticos maestros de la palabra y la razón; hablo de Christian, Piterino, Guille, Silvi, Carlos, Fernando, Juan y otros tantos a los que quiero dar las gracias por leerme y, sobre todo, por enseñarme. Y gracias también, de manera especial, a Suca y a Juanra porque ellos ya llevan muchos años aguantándome y creyendo en mí. Sin vosotros no hubiese aguantado todo un año ni hubiese escrito estos cien post (doble celebración). Gracias.

4 comentarios:

Alvaro dijo...

Mañana tengo exámenes, Pablo, y ahora mismo estoy estudiando. Recordé que tu blog cumplía año una semana después del mío, y por eso dejo al margen los estudios durante un par de minutos para felicitarte con toda la sinceridad de la que dispongo. Muchas gracias a tí, fenómeno. Hay que ver lo rápido que ha pasado todo, ¿verdad?

Un abrazo.

Suca dijo...

Bueno, felicidades a ti y a tu blog por ese año de vida y por esos cien post. Muy bueno este último, como todos (o casi todos, no te lo vayas a creer). Por cierto, magnífica la metáfora de Tim de la manta y el fútbol. Yo no me canso de escucharla porque creo que es perfecta la comparación.

Un abrazo crack, a por otros 100 post.

Carlos dijo...

Pues felicidades a tí y a tu blog. Sobre todo darte las gracias porque he disfrutado leyendote como a pocos. No solo aquí, en tú blog, si no también en el blog de Javi, con tus extraordinarios cuentos. Chapeau! Pablo. Un honor que me menciones.

Saludos

piterino dijo...

Qué mejor forma de conmemorar un año de este lugar común de delicada sabiduría y sesuda sensibilidad que con otro post magistral. Y digo bien, magistral, porque creo que es al revés de como lo cuentas: para nosotros (creo acertar al hablar por todos), el maestro eres tú y aquí aprendemos cada semana.

Saludos.