
Cuentan que un día, vestido ya con la camiseta del Valencia, saltó al campo del Sevilla completamente ebrio. Haciendo eses se dirigió a su punto de partida y a los pocos minutos de comenzado el partido erró un penalti mandando el balón al banderín de córner. Sevilla, que siempre fue una ciudad de salero, comenzó a burlarse de él y fue entonces cuando Gorostiza pulsó el interrumpor del genio y comenzó uno de aquellos recitales que tanta fama le dieron. El partido terminó uno a cuatro a favor del Valencia y el bueno de Guillermo anotó los cuatro goles. Los que se habían burlado de él se pusieron en pie para despedirle como a uno de sus mejores toreros.
La de Gorostiza fue una carrera larga que comenzó profesionalmente en Getxo y terminó en la habitación de un hospital para tuberculosos. Cuando murió, en un cuarto descuidado y entre cajones desordenados encontraron el único objeto de valor que no se atrevió a malvender en vida; era una pitillera de plata, obsequio de don Luis Casanova, presidente del Valencia, en cuya tapa había grabada una dedicatoria: "Al mejor extremo izquierdo del mundo de todos los tiempos". Había dejado un recuerdo imborrable y un palmarés envidiable que completaban seis ligas y cinco copas de España.
Fue, además, máximo goleador del campeonato de liga en dos temporadas, anotando diecinueve goles en la 1929-30 y doce en la 1931-32, jugando un total de doscientos cincuenta y siete partidos en liga y anotando ciento ochenta y cinco goles. Cuando iniciaba el desmarque, allá en el costado izquierdo de San Mamés, apenas podía distinguirse el blanco de las líneas verticales de la camiseta, aquella estela colorada en carrera la valió el sobrenombre de "la bala roja"; un color que cambió al blanco en 1940 cuando, presionado por un vestuario que le reprochaba su ideología carlista, dejó Bilbao para firmar por el Valencia y seguir impartiendo magisterio balompédico. Allí jugó durante seis temporadas, ganó dos ligas y una copa y dejó una huella imborrable. Pero allí se acrecentaron sus excesos, se vio vencido por la edad y el alcohol y regresó al norte para iniciar un periplo que tuvo parada y fonda en Baracaldo y Logroño antes de llegar a la pequeña aldea asturiana de Trubia donde seguiría jugando hasta cumplir los cuarenta y dos años, necesitado de dinero para pagar sus deudas y en un estado físico tan deplorable que hacía daño al recuerdo imperecedero que habían fraguado sus jugadas de antaño.
Que Guillermo Gorostiza había nacido futbolista fue algo que tuvo que aceptar su padre al comprobar como todos los castigos impuestos no causaban el efecto deseado. El padre, que había sido un respetable médico, quiso iniciar a su hijo en los procedimientos medicinales, pero el joven Guillermo prefirió trabajar como tornero en una fábrica de Santurce sabiendo que allí ganaría menos dinero pero más tiempo libre para dar rienda a su pasión. Ya como futbolista, dos hechos puntuales marcaron su vida junto a los colores del Athletic Club de Bilbao. La primera fue cuando se fraguó su fichaje; Gorostiza, enrolado en las filas del modesto Racing de Ferrol, enfrentó en un partido al Español de Barcelona liderado por el famosísimo arquero Ricardo Zamora. El Divino, que marcaba ínfulas de portero imbatible tuvo que ver, descorazonado, como un pequeño diablo arrancaba desde la izquierda y le fabricaba un gol de antología ¿Quién es ese chico vasco que juega en Galicia? Se preguntaron todos. Y la pregunta llegó a Bilbao y la respuesta se concedió en Getxo: "Ese chico nos pertenece". El Athletic hubo de pagar veinte mil pesetas al Arenas de Getxo y Gorostiza vestió la roja y blanca desde 1929 hasta 1940, un año después de concluir la Guerra Civil española.
Fue en la guerra donde encontró el picaporte de la puerta de salida de San Mamés. Gorostiza, enrolado en las filas de una selección vasca que recorrió Europa en busca de fortuna, alimento y dinero, decidió desertar en silencio y regresar a España para combatir junto a sus compañeros del requeté carlista. Aquello no sentó nada bien entre sus compañeros del Athletic y, una vez concluído el conflicto y reunidos todos de nuevo en un vestuario crecido en años y en heridas, el grueso del grupo optó por dar la espalda a su extremo izquierdo titular. Gorostiza, entrado en años y plagado de intenciones, fichó por el Valencia para formar parte de la famosa delantera eléctrica formada por Epi, Amadeo, Mundo, Asensi y él mismo, maravillar a España, ganar dos ligas y hacerse un hueco en la memoria colectiva de los aficionados que abarrotaban Mestalla cada domingo para verles impartir cátedra.
Gorostiza, que ya había formado parte de la primera delantera histórica del Athletic, junto a Iragorri, Bata, Chirri y Unamuno, fue un extremo izquierdo veloz, contundente, listo y goleador. Sus arrancadas eran tormentas arrebatadoras e igual que frenaba, volvía a arrancar para dejar sentados a los sufridos zagueros que, en la mayoría de las ocasiones, terminaban por aceptar la pérdida del reto con un suspiro de resignación. Ganó muchas batallas dentro del césped pero perdió tantas otras en la vida cotidiana. La más importante de ellas le puso de cara a la pared en un hospital de tuberculosos de Bilbao; sólo, arruinado y enfermo, no pudo emprender la huída como aquella vez con dieciocho años cuando no quiso inclinar la cerviz ante la directiva del Arenas de Getxo y se escondió en Buenos Aires para perderse ante los ojos del mundo. Volvía a ser un desconocido, memoria viva de nuestro fútbol que se moría de hambre mientras su mirada se apagaba. Murió en pleno verano, cuando las tardes de agosto hacían soñar al público con el comienzo de una nueva temporada. El veintirés de agosto de 1966, murió Guillermo Gorostiza. Tenía cincuenta y siete años y muchas deudas pendientes de pagar. También dejó varias pendientes de cobrar, quizá el fútbol español jamás terminó de agradecerle todo lo que hizo por él.
Que Guillermo Gorostiza había nacido futbolista fue algo que tuvo que aceptar su padre al comprobar como todos los castigos impuestos no causaban el efecto deseado. El padre, que había sido un respetable médico, quiso iniciar a su hijo en los procedimientos medicinales, pero el joven Guillermo prefirió trabajar como tornero en una fábrica de Santurce sabiendo que allí ganaría menos dinero pero más tiempo libre para dar rienda a su pasión. Ya como futbolista, dos hechos puntuales marcaron su vida junto a los colores del Athletic Club de Bilbao. La primera fue cuando se fraguó su fichaje; Gorostiza, enrolado en las filas del modesto Racing de Ferrol, enfrentó en un partido al Español de Barcelona liderado por el famosísimo arquero Ricardo Zamora. El Divino, que marcaba ínfulas de portero imbatible tuvo que ver, descorazonado, como un pequeño diablo arrancaba desde la izquierda y le fabricaba un gol de antología ¿Quién es ese chico vasco que juega en Galicia? Se preguntaron todos. Y la pregunta llegó a Bilbao y la respuesta se concedió en Getxo: "Ese chico nos pertenece". El Athletic hubo de pagar veinte mil pesetas al Arenas de Getxo y Gorostiza vestió la roja y blanca desde 1929 hasta 1940, un año después de concluir la Guerra Civil española.
Fue en la guerra donde encontró el picaporte de la puerta de salida de San Mamés. Gorostiza, enrolado en las filas de una selección vasca que recorrió Europa en busca de fortuna, alimento y dinero, decidió desertar en silencio y regresar a España para combatir junto a sus compañeros del requeté carlista. Aquello no sentó nada bien entre sus compañeros del Athletic y, una vez concluído el conflicto y reunidos todos de nuevo en un vestuario crecido en años y en heridas, el grueso del grupo optó por dar la espalda a su extremo izquierdo titular. Gorostiza, entrado en años y plagado de intenciones, fichó por el Valencia para formar parte de la famosa delantera eléctrica formada por Epi, Amadeo, Mundo, Asensi y él mismo, maravillar a España, ganar dos ligas y hacerse un hueco en la memoria colectiva de los aficionados que abarrotaban Mestalla cada domingo para verles impartir cátedra.
Gorostiza, que ya había formado parte de la primera delantera histórica del Athletic, junto a Iragorri, Bata, Chirri y Unamuno, fue un extremo izquierdo veloz, contundente, listo y goleador. Sus arrancadas eran tormentas arrebatadoras e igual que frenaba, volvía a arrancar para dejar sentados a los sufridos zagueros que, en la mayoría de las ocasiones, terminaban por aceptar la pérdida del reto con un suspiro de resignación. Ganó muchas batallas dentro del césped pero perdió tantas otras en la vida cotidiana. La más importante de ellas le puso de cara a la pared en un hospital de tuberculosos de Bilbao; sólo, arruinado y enfermo, no pudo emprender la huída como aquella vez con dieciocho años cuando no quiso inclinar la cerviz ante la directiva del Arenas de Getxo y se escondió en Buenos Aires para perderse ante los ojos del mundo. Volvía a ser un desconocido, memoria viva de nuestro fútbol que se moría de hambre mientras su mirada se apagaba. Murió en pleno verano, cuando las tardes de agosto hacían soñar al público con el comienzo de una nueva temporada. El veintirés de agosto de 1966, murió Guillermo Gorostiza. Tenía cincuenta y siete años y muchas deudas pendientes de pagar. También dejó varias pendientes de cobrar, quizá el fútbol español jamás terminó de agradecerle todo lo que hizo por él.
3 comentarios:
Sensacional, una entrada altamente recomendable. ¡Hace cuanto que no me pasaba por tu blog! Un sacrilegio de mi parte.
Estas son las historias a las cuales hay que sacarle el polvo. Cuantas anécdotas y vivencias de verdaderos hombres.
Celebro este tipo de entradas. De paso expongo públicamente que me pasaré más seguido por aquí.
Abrazo,
Miguel
Gran post. Este es el fútbol que se debería potenciar. Da gusto leer sobre los jugadores antiguos.
Es una maravilla poder aprender cosas nuevas y más si son del pasado. Coincido plenamente con Fernando.
Un saludo!
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