jueves, 4 de agosto de 2022

El villano

Todo aquel que disfrute del cine sabe que no hay una buena película sin un buen villano. Ese tipo casi cuerdo pero de apariencia esquizofrénica, que mata sin preguntar, que se sigue levantando tras los golpes y que, hasta cuando muere, conserva esa sonrisa de superioridad en los labios.

En la película de mi vida no ha existido un villano más aterrador que el Real Madrid. Puede tirar ligas en Navidad, sentirse sofocado en febrero y pasarlas canutas ante equipos de segundo nivel como el Shaktar o el Wolfsburgo. Pueden alargar la agonía hasta el minuto noventa y alcanzar un puñal escondido en la bota y clavártelo en el corazón. Es un villano terrible, de los que siempre sobreviven aun en las peores circunstancias. De alguna manera sabes que siempre estará ahí, al acecho, para volver a rescatar mis peores pesadillas.

Puede jugar una final casi a la expectativa, sabiendo que, en algún momento, sacará su arma y te dejará frito. Aunque sepas que el rival ha merecido mejor suerte. Aunque muchos te digan que murieron con orgullo. Por más que intenten consolarte, Darth Vader seguirá siendo un villano y la copa terminará siempre en sus resplandecientes vitrinas.

El orgullo vale de poco cuando mueres a manos del villano. Más bien se te queda cara de tonto y ninguna gana de volver a cruzarse en su camino.

Sólo queda la esperanza de que esta sea una buena película de acción y al final, aunque sea muy al final, el héroe le acabe ganando al villano tras un combate memorable.

Al fin y al cabo, que sería de una buena película sin un buen villano.

jueves, 14 de julio de 2022

Un desafío llamado Erling Braut Haaland - Por Miguel Quintana

Erling Braut Haaland nos resulta fascinante porque no es como los demás nueves, pero también porque al mismo tiempo es como todos pensamos que debería ser un delantero centro. Contundente, directo, frío. Si algo caracteriza el juego del noruego es la absoluta ausencia de rodeos. Él no pregunta, responde. No argumenta, impone. No piensa, hace. Sin sentimientos ni artificios que le distraigan de la misión para la que vino al mundo. En la era en la que los delanteros piensan más en sus centrocampistas que en los porteros rivales, Haaland supone un absoluto desafío al fútbol actual.

Si hay algo que ha quedado claro en las dos últimas temporadas es que el fútbol
en 2020 se estructura y define a partir de las presiones altas. La mayoría de partidos que se ven ahora mismo en Europa, independientemente del nivel o la competición, se pueden explicar simplemente exponiendo cómo un equipo presionó la salida de balón del conjunto contrario y qué hizo éste último para evitar dicha presión.

Esto es exactamente lo que sucedió en la final de la pasada Champions, un encuentro en el que mandó el PSG de Tuchel hasta que Thiago consiguió superar su primera línea de presión. Pero también lo que marcó el Manchester City-Real Madrid, el Bayern-Barcelona, el PSG-RB Leipzig o cualquiera de los cruces del sorprendente Ajax y del campeón Liverpool en el curso 2018-19.

Paradójicamente, aunque cada vez haya más espacios entre la defensa y el portero, cada vez hay menos nueves capaces de atacarlos. Incluso algunos que podrían hacerlo, como es el caso de Timo Werner, Kylian Mbappé o Aubameyang, terminan partiendo desde un costado para poder despegar con mayor facilidad. A los nueves ahora mismo se les pide otras cosas, más relacionadas con salir de la presión que con atacar el espacio que esta deja como consecuencia.

Esto no supone ningún problema si los de fuera, que a menudo son delanteros y no extremos, como pasa en los últimos dos campeones de la Copa de Europa, compensan este déficit con velocidad y agresividad. Al final hay muchas formas de jugar al fútbol. Lo de que los laterales tienen que defender primero y atacar después o que los delanteros lo que deben hacer es marcar goles es un debate que continúa, pero que en realidad debió quedar aparcado en el Bar Manolo allá por 2009. El caso es que si los de fuera no compensan dicho problema, el equipo quizás pueda salir de la presión, pero no va a poder castigar el riesgo que asume el rival al presionar arriba. Y si no penalizas dicho riesgo, el contrario no va a tener ninguna razón para aminorar. Se hará más fuerte, continuará arriesgando y será cuestión de tiempo que cobre la inversión.

Por todo esto la aparición de Erling Braut Haaland supone una respuesta quirúrgica a las nuevas preguntas que se hace el fútbol. El noruego no es sólo uno de los mejores definidores del planeta, sino que además también es el futbolista con más capacidad para plantarse solo delante del portero. Así que no hace falta ser ingeniero para saber lo que supone la suma de ambas circunstancias para los rivales de Haaland.

Lo primero que llama la atención en Haaland es, evidentemente, su altura. Esos ciento noventa y ocho centímetros tan característicos del fútbol noruego que antes suponían una limitación a campo abierto y que ahora él los utiliza como el mejor de sus argumentos para llegar antes que nadie a la zona donde se ganan los partidos. Es increíblemente explosivo en la arrancada, es capaz de sostener su velocidad punta a lo largo de todo el campo gracias a su cadencia y es, sobre todo, tremendamente coordinado. Esto es lo que le convierte en un delantero muy especial. Su relación con la pelota, con el espacio y con sus propias piernas no es propia de un futbolista con el centro de gravedad tan alto.

Es habitual ver a Haaland arrancar desde muy atrás, imponerse con claridad a un defensa que partía con ventaja y, una vez se planta ante el portero, reajustar su velocidad con una facilidad pasmosa para poder controlar y chutar en las mejores condiciones posibles. Y esto no es normal. Tras sesenta metros te falta el aire en los pulmones, eres incapaz de pensar y todavía más de pararte. Si te paras, de hecho, lo normal es hacer un mal control, pues tu cabeza pretende ir a una velocidad diferente a la de tus piernas. Pero para Erling Braut Haaland esto es facilísimo; a fin de cuentas lo bueno que tienen los ciborgs es que ni sienten ni padecen.

Esta velocidad de por sí ya le permitiría quedarse a menudo delante del portero, pero es que además Haaland es tremendamente inteligente. Lee muy bien los espacios vacíos, tiene un gran timing para iniciar el desmarque y una calidad mayúscula para el control, que como todos sabemos siempre es el padre del gol.

Pero donde Haaland lleva su ortodoxia y pragmatismo hasta el final es en la definición. O más bien en la ejecución, pues Haaland no define, ejecuta. Normalmente los mejores finalizadores del mundo han hecho del engaño su mejor virtud. Ronaldo y Romario eran auténticos trileros. Sin embargo, Haaland no sólo no suele regatear, sino que tampoco es nada creativo a la hora de finalizar las jugadas. Ni picaditas como Messi, ni fintas con la cintura ni nada que se le parezca. Empeine interior, escuadra y gol. Francisco Umbral estaría orgulloso de él. Cristiano, también.

Este cocktail de cualidades es el que está provocando que Haaland tenga unos números inalcanzables para el resto de delanteros. Más allá de sus impresionantes registros goleadores, está su increíble eficacia. En la pasada Champions League marcó diez goles en diecinueve disparos (53% de acierto). En la pasada Bundesliga anotó trece en veinticinco disparos (52%). Haaland es mortal de necesidad.

Conscientes de que a Iván Drago le bastó con su potencia para matar a Apollo Creed pero no para superar el juego de pies de Rocky Balboa, los aficionados se preguntan si Haaland podrá mantener su ritmo goleador cuando no haya tantos espacios y las defensas se cierren. Es una pregunta lógica para la que todavía no hay respuesta. A todos los jugadores les cuesta más atacar sin espacios. La diferencia entre los buenos y los mejores es la capacidad que tienen para creárselos. Y, aunque haya que insistir en que todavía no hay respuesta, Haaland ha insinuado que es uno de estos últimos.

Además, como suele decir Adrián Cervera, lo que marca la evolución del fútbol es donde están los espacios. En la década actual estos se encuentran a la espalda de la primera línea de presión, y esto no parece que vaya a cambiar.

De hecho, el Borussia Dortmund esta temporada viene utilizando la salida de balón como cebo para el contrario. Es algo parecido a lo que intenta Mikel Arteta en el Arsenal: sumar pases, atraer al rival y luego soltar rápidamente para correr con espacios por delante. Y al final el fútbol se trata de eso: jugar con los espacios y la voluntad de tu rival hasta utilizarla en tu favor. Con Erling Braut Haaland esto es mucho más fácil. El noruego es como un hacker que se cuela por las grietas de un sistema que, de momento, no ha encontrado la forma de defenderse.


Publicado en "Panenka".

miércoles, 6 de julio de 2022

En el nombre del padre

A finales de los años cuarenta Italia se recuperaba de los destrozos físicos, psíquicos y económicos que había provocado la gran guerra sobre su territorio y en su ejército. Todo el país buscaba un motivo para la ilusión y encontraron en el fútbol la excusa perfecta donde derrochar todos sus ánimos y si había un equipo que hubiese heredado los viejos valores de la escuela italiana que había sido dos veces campeona del mundo, ese era el Torino.

El Torino era el equipo del pueblo turinés, un conjunto de futbolistas que había conseguido revolucionar el fútbol cuando el siglo veinte amenazaba con cumplir la mitad de su vida, un grupo de personas que ganaron tantos partidos como podía haberles permitido su propia imaginación.

Y en aquel Torino, base de la selección italiana, destacaba, por encima de todos, la figura de Valentino Mazzola, un futbolista fuerte, de rápidos movimientos y una certera ejecución de cara a la portería; un jugador que escribía una leyenda en cada partido portando en su brazo el brazalete de capitán, un ídolo nacional al que sus compañeros respetaban y los aficionados adoraban como el ídolo más esperado.

Después de pasearse por Italia ganando cinco scudettos consecutivos, el equipo comenzó a ser reclamado en el resto de Europa como un atractivo representante para los aficionados. Y así fue como el Torino comenzó, en la primavera de 1949, una gira por Europa que le llevó a disputar partidos en los mejores campos del continente. En aquella gira el Torino hizo valer su fama y, poco a poco, fue constituyéndose como el mejor equipo del mundo a ojos de todos. Y con esa convicción vistiendo el orgullo de cada jugador, el equipo embarcó en Lisboa para coger un vuelo rumbo a Italia después de haber disputado un épico partido contra el Benfica.

Aquel vuelo comenzó con la promesa de un nuevo partido y terminó en una tragedia que paralizó a todo el país. El avión sufrió una avería en pleno vuelo mientras sobrevolaba las inmediaciones de la localidad de Superga y fue a estrellarse contra la iglesia de la localidad. Todos los jugadores murieron, incluído Mazzola, quien dejó un recuerdo imborrable y un hijo de seis años que conoció la crudeza de la vida en plena infancia.

El pequeño Alessandro, nombre con el que el gran Valentino había bautizado a su retoño, se crió en brazos Benito Lorenzi, delantero titular del Inter de Milán y compañero de su padre en la selección italiana, y con él aprendió que el fútbol no solamente vivía en su corazón sino también en su cabeza.

El pequeño Mazzola creció como futbolista desde el mismo momento en el que la desgracia entró en su vida por la puerta de atrás y sus deseos eran tan grandes que no existió obstáculo que impidiese su evolución hasta consagrarse en la élite. De la mano de Lorenzi llegó al Inter cuando sólo tenía dieciséis años y un año después ya disputaba partidos como titular en el primer equipo. La llegada de Helenio Herrera le había hecho mejor jugador y del Mazzola alborotado de su primera época había pasado a convertirse en un Mazzola más ambicioso, un jugador que utilizaba su fortaleza física para dominar el juego y que jugaba por todo el campo sintiendo especial comodidad en las inmediaciones del área rival. Fue por todo ello por lo que Herrera le bautizó como un jugador de todo campo, porque Mazzola no se dedicaba exclusivamente al gol sino que participaba en la jugada desde sus inicios y generalmente ponía la puntilla definitiva en el corazón del área.

Claro que, como bien opinaba Mazzola, jugar bien en aquel equipo era tarea fácil y se sentía en sí mismo eternamente agradecido sus compañeros por haberle ayudado a convertirse en un gran jugador. Mazzola protagonizaba sus mejores jugadas generando combinaciones majestuosas con el brasileño Jair desde el flanco derecho del ataque, pero la verdadera esencia de aquel equipo residía en la banda izquierda donde Fachetti, Suárez y Corso impartían magisterio partido tras partido y enseñaban al propio Mazzola que jugar bonito es cuestión de proponérselo.

Y aquel equipo, que ya había sido campeón de Europa en 1964, se presentó de nuevo en la final de la máxima competición el año siguiente y, pese a que el Benfica se había convertido en leyenda bailando al ritmo de Eusebio, aquella táctica tan disciplinada y aquel sistema donde primaba el orden por encima de cualquier licencia, había colocado al Inter como principal favorito de cara al partido.

El Inter de Herrera vivía de tres líneas bien diferenciadas, un cuatro, tres, tres en el que Picchi ponía el corazón y Suárez y Mazzola ponían el fútbol, un equipo donde creció Fachetti como el primer lateral moderno y un equipo en el que Corso se consolidó bajo el apodo de “El pie izquierdo de Dios”. Era fácil jugar allí, sí, volvió a pensar Mazzola, y pensaba en el fútbol en tantas ocasiones como en las que pensaba en su padre, porque de su padre había aprendido a ser un ídolo y de su padre había aprendido a triunfar y seguir deseando la victoria por encima de todo.

Mazzola volvió a saltar al campo vistiendo la camiseta con el número ocho cosido a la espalda y sintió un emotivo cosquilleo que le recorrió todo el cuerpo e hizo que todos sus pelos se erizaran cuando vio como toda la grada de San Siro se volcaba, un partido más, con su equipo. El viejo San Siro era su talismán, el campo donde se sentía como en su propia casa y, por una afortunada gestión del destino, el estadio designado para convertirse en sede de la final de la Copa de Europa de 1965. Y en San Siro volvió Mazzola a pensar en su padre, y pese a que el recuerdo que tenía de su progenitor era muy leve, quiso remitirse a una imagen de su infancia que le presentaba de nuevo a su padre dedicándole un guiño, y se sintió tan emocionado como aquel día en el que Ferenc Puskas buscó abrazarle para decirle al oído: “Yo vi jugar a tu padre y puedo asegurarte que has honrado su nombre de la manera más grande”.

Había sido en aquel momento, cuando había escuchado aquellas palabras de boca del mayor ídolo de su infancia, cuando Mazzola se había sentido futbolista de verdad por primera vez en su vida. Ganar al Real Madrid había sido algo grande, pero mucho más grande había sido recibir los elogios de quien un día había sido el jugador más admirado del mundo. Y ahora tocaba refrendar todos los logros y demostrarle a toda Europa que el título conseguido durante el año anterior no había sido fruto de un golpe de suerte y eso pasaba por vencer al Benfica.

Precisamente el Benfica. Mazzola respiró hondo e intentó que la emoción no se apoderase de sus instintos ganadores; el Benfica había sido el último rival al que se había enfrentado su padre antes de dejarse la vida en un avión y el Benfica había de ser su último rival en aquella décima final de la Copa de Europa.

Mazzola jugó un partido trabado e intentó en todo momento incluir su talento en cada jugada para ayudar a su equipo a lograr su objetivo. Pero fue un partido feo porque los nervios se habían apoderado de las capacidades de cada uno de los jugadores y porque el Inter se había preocupado más de impedir jugar a Eusebio que de conseguir que sus centrocampistas se hiciesen amos del balón. Un gol de Jair liquidó a los portugueses y un pensamiento de gloria volvió a nacer en la cabeza de Sandro Mazzola, porque, aunque no estaba tan seguro de haber honrado el nombre de su padre como lo había hecho durante la final del año anterior, sí se sentía orgulloso por haber honrado su memoria y haberse reafirmado en la élite del fútbol venciendo, en el partido más importante del mundo, al mismo rival al que su padre pudo derrotar por última vez.

miércoles, 22 de junio de 2022

Denominación de origen

Como vasos comunicantes, los dos grandes del fútbol argentino se retroalimentan al tiempo que se contradicen y fraguan una rivalidad ancestral que obliga al esfuerzo, la competitividad y el amor propio, algo de lo que se ha alimentado históricamente la selección argentina, obteniendo resultados dispares, pero siempre previamente ilusionantes, sabiendo que tipos de raza pétrea y corazón indomable, defenderán la albiceleste en su viaje hacia el cielo.

Dicen que Boca es la mitad más uno y quizá ese uno que se le resta sobrevuela, cual espíritu irrefrenable, sobre el césped del estadio de Núñez donde una monumental estructura espera, a rebosar, el nacimiento del último talento en cuyos pies sobrevivirán sus esperanzas y en cuya cabeza vivirán los goles más memorables.

A Roberto Cerro le italianizaron el apellido para llamarle Cherro y convertirle en inmortal. Criado en Sportivo Barracas y modulado en Ferrocarril Oeste, Cherro llegó a Boca para iniciar un legado de victorias que aún no ha cesado casi un siglo más tarde. Con él como goleador, los xeneizes ganaron sus primeros títulos y con él como goleador, Argentina rozó la gloria en dos ocasiones viéndose frenada por la gran Uruguay de los años veinte. Apodado "Cabecita de oro", Cherro fue un malabarista del gol que vistió en dieciséis ocasiones la camiseta nacional argentina en los que anotó trece goles.

La de Benjamín Delgado podría haber sido la historia de un futbolista efímero que hizo una memorable Copa América en 1929 y formó un buen cuarteto de ataque durante un par de año junto a Cherro, Tarascone y Evaristo, en Boca, ganando un par de títulos. Anotó tres goles con Argentina, los tres en aquel torneo celebrado en Perú y poco a poco fue desapareciendo de las alineaciones hasta que, siendo un veterano futbolista de Tigre, sufrió un ataque de celos que le llevó a la cárcel. Cuando su esposa, Josefa Sacagna, le dijo que le abandonaba, la mató de un disparo en la cabeza y él acabó en el infierno que suponía para los hombres la indómita prisión de Ushuaia. Tras siete años de encierro, Perón clausuró el penal y Delgado recibió el indulto. Podría haber vivido en paz, pero cinco años más tarde se enteró de que su nueva esposa, Teófila Balsamo, le engañaba con el porteador Jenaro Tenara. La cabeza le volvió a colapsar; cargó de nuevo la pistola, disparó y mató a Tenara y de Delgado nada más se supo, engrosando las filas de desaparecidos en las prisiones argentinas de los años de plomo.

Mario Evaristo fue el gran socio de Roberto Cherro en la delantera de Boca Juniors. Allí obtuvo sus mayores éxitos durante las cinco temporadas en las que se apropió del costado izquierdo del ataque y se ganó el derecho a vestir la camiseta de la selección argentina. Jugó el mundial de 1930 y fue subcampeón anotando un gol. Jugó la Copa América de 1929 y fue campeón anotando dos goles. No marcó más goles como internacional, pero fueron suficientes para marcar una estela y dejar un recuerdo. El recuerdo de un jugador hábil y rápido que enviaba caramelos al área para que sus delanteros fueran felices.

El Nolo Ferreira es uno de los futbolistas más importantes en la historia de Estudiantes de la Plata. Como pincharrata hizo goles, ganó trofeos y dibujó una leyenda. Leyenda que se acrecentó cuando, tan sólo un año después de fichar por River, suplicó regresar a casa para retirarse con honores. Jugador de carácter y goleador fiable, anotó once goles en veintiún partido con Argentina y portó el brazalete de capitán en los Juegos Olímpicos de Amsterdam y el mundial de Uruguay.

Francisco Varallo, Pancho para los aficionados, fue otro ilustre jugador platense que hizo historia vistiendo la casaca de la selección argentina. Adorado en La Boca, Varallo jugó seis años vistiendo la camiseta azul y oro en los que ganó cuatro títulos. Jugador completo y muy listo, empezó como centrocampista para terminar como un delantero total. Hasta la llegada de Martín Palermo, ostentaba el récord de goles en Boca desde la creación del profesionalismo. Con Argentina jugó dieciséis partidos, siendo el componente más joven del equipo subcampeón del mundo de 1930, y anotó seis goles. Veloz, invisible para los defensores y gran definidor, su nombre está escrito en mayúsculas dentro del club xeneize.

Bernabé Ferreyra no jugó mucho con Argentina a pesar de ser el único futbolista de la historia de River Plate con más goles que partidos disputados. Probablemente es el primera gran jugador de la historia del bandasangre y, según cuentan las crónicas, el jugador de la historia que más fuerte le ha pegado a la pelota. Apodado "El Mortero de Rufino", la gente llenaba los estadios para verle patear la pelota. Toda esa energía se le terminaba cuando salía del campo y se volvía el chico más tímido del mundo. Desmayó a porteros, hizo grande a River y forjó un sobrenombre para River que le acompañará hasta la eternidad; y es que los treinta y cinco mi pesos abonados a Tigre por su pase les hizo creer al mundo que aquel era un club de Millonarios.

Carlos Peucelle era el ídolo incomprendido. Desde su lugar en el costado derecho del ataque, recibía alabanzas y reproches por doquier porque era artista y riesgo al mismo tiempo. Le llamaban Barullo por su insistencia en regodearse en el regate. Era hábil y bueno, pero no era un ganador. River jugaba a su ritmo pero no ganaba, por ello, la llegada de Ferreyra alivió su fútbol y engrosó su palmarés. De repente tenía un compañero para finalizar sus jugadas. Jugó diez años en River Plate y otros tantos en la selección argentina con quien subcampeonó en el treinta y con quien campeonó en el veintinueve y el treinta y siete. En aquel mundial de Uruguay hizo un gol en la final y dos en semifinales, a sumar a los otros once que hizo como internacional y a los muchos que hizo como futbolista incombustible.

José Manuel Moreno era bohemio y soñador, a veces truhán y a veces señor, amaba la vida y amaba el amor; dueño de su destino de día y dueño del destino del mundo cada noche de club y orquesta. Agarrado a una botella deliraba sus sueños y agarrado a la pelota hacía soñar al mundo. Probablemente sea el mejor jugador de la historia de River Plate; un todocampista que hacía diabluras, ponía en pie a la platea y caminaba con aires de artista. Y es que, realmente, fue un artista. Campeón de liga en cuatro países y de América en dos ocasiones con su selección, dio el relevo en el cuarenta y siete cuando levantó la Copa e hizo sociedad con un joven futbolista rubio que se apellidaba Di Stéfano.

La Máquina de River estaba engrasada por Pedernera, tenía el brillo de Moreno y funcionaba gracias a los goles de Ángel Labruna; goleador de escorzos, hombre de área, oportunista incesante y perforador de redes. Es el máximo goleador en la historia de River Plate, con trescientos diecisiete goles y el máximo goleador en la historia de los superclásicos con dieciséis. Diecisiete anotó con Argentina, con quien ganó las Copas América del cuarenta y seis y el cincuenta y cinco, una época en la que ser goleador en Argentina se pagaba con fuerte competencia, sólo que Labruna sólo entendía de competir consigo mismo.

Alfredo Di Stéfano apenas jugó como internacional argentino, pero en seis partidos hizo seis goles y ganó un campeonato sudamericano. Después vino su triunfo en River, la huelga de futbolistas, su marcha a Colombia y su aterrizaje en Madrid para convertirse en el mejor futbolista del planeta. Primero fue saeta por su velocidad y después hombre orquesta por su polivalencia. Que tres de los cinco mejores futbolistas de siempre sean argentinos habla claro sobre un pais donde el fútbol es una religión, la pelota un cáliz y el juego un evangelio.

A José Borello le llamaban Pepino y le alababan por sus goles. Formado en el modesto Olimpo de las divisiones inferiores, pasó fugazmente por Estudiantes de La Plata antes de recabar en Boca y convertirse en ídolo. Con la franjaoro ganó el campeonato del cincuenta y cuatro y con la selección argentina la Copa América del cincuenta y cinco. No marcó muchos goles como internacional, pero hizo muchos como bostero. Famoso por sus cabezazos y sus disparos lejanos, se convirtió en el temor de los porteros durante el lustro que duró su apogeo.

La carrera de Angelillo en el fútbol argentino fue tan fugaz como asombrosa. En 1952 jugaba en Arsenal Lavallol y cinco años más tarde era un ídolo en el fútbol italiano. Allí, en Italia, forjó una carrera llena de goles y grandes momentos, igual que lo había hecho en el verano en el que viajó a Europa, siendo la punta de lanza de una delantera asombrosa e inolvidable apodada Los Carasucias. Angelillo jugó efímeramente en Racing y en Boca, vistió trece veces la albiceleste, hizo doce goles y levantó la Copa América en el verano en el que Los Carasucias se convirtieron en un equipo memorable.

Omar Sívori fue Maradona antes que Diego. Por placer era capaz de regatear a su sombra y por entusiasmo era capaz de regatear a una defensa entera. Virtuoso y artista, se convirtió en ídolo de la Juve cuando ya lo había sido de River. Uno de los mejores futbolistas de la historia, balón de oro y ganador de la gloria memorística. Marcó nueve goles con Argentina y regaló muchos más como profesional, porque lo suyo, más que el gol, era el arte, el juego, la prestidigitacion. En el cincuenta y siete lideró a los Carasucias. Aquel verano no sólo ganó la Copa América sino un billete hacia la inmortalidad.

Al Beto Menéndez le tocó en suerte bailar con la más fea y es que suya fue la responsabilidad de ocupar el puesto de Ángel Labruna cuando el gran goleador se marchó de River. Aprovechando la inercia competitiva, River siguió ganando y así se hizo con los títulos del cincuenta y cinco, cincuenta y seis y cincuenta y siete. De esta manera, sólo era cuestión de tiempo que El Beto se hiciese un hueco en la selección argentina. Vistió catorce veces la albiceleste y anotó cuatro goles. Versátil y listo, servía como complemento en cualquier delantera, por ello, cuando River lo traspasó a Huracán, Boca anduvo listo y se hizo con sus servicios. Con ellos ganó otros tres títulos, consiguiendo ser el único futbolista de la historia en campeonar tres veces con los dos equipos más importantes de Argentina.

A Martín Pando le apodaron La Radio porque no cesaba de hablar durante los partidos. Hartos de él, los defensores solían despacharle con una patada y los compañeros con una carcajada. Un excelente armador de ataque que jugó dos años en River y formó parte del plantel que Argentina presentó en el Mundial de Chile. Nunca olvidaría su debut con la bandasangre; fue un partido contra el Santos de Pelé y anotó el gol de la victoria. Sucesos así no le ocurren a muchos futbolistas. Momentos así no le ocurren a muchas personas.

Marcelo Pagani tuvo un gesto que le convirtió en impopular en Núñez, pero le alzó hacia los altares en Rosario. Hincha de Central desde pequeñito, dejó a los canallas durante unos meses para jugar con River Plate, sin embargo, cuando llegó el día de enfrentarse a Rosario Central, dijo que nones, que contra su equipo no jugaba. Fue despedido y recibido con vítores como un hijo pródigo en su tierra. Fue seis veces internacional y formó parte del plantel Argentino en el Mundial celebrado en Chile en 1962.

Roberto Héctor Zárate jugó diecisiete años en Primera repartidos entre River y Banfield. Con la bandasangre fue un delantero exitoso, apodado El Mono por su habilidad, que ganó cinco títulos seguidos entre el cincuenta y cinco y el cincuenta y nueve. Fue catorce veces internacional en una selección argentina intergeneracional con la que anotó cinco goles y no ganó ningún título.

Pinino Más fue un trotamundos en el final de su carrera porque en el comienzo se comió toda la gloria con River. Anotó más de doscientos goles con los Millonarios y se ganó el corazón de medio país. Titular con la selección argentina en el mundial de Inglaterra, clamó junto a Rattin el asalto del señor Kreitlein. Probó suerte en el Real Madrid, pero sus locuras sólo eran comprendidas en Argentina. Volvió a Núñez y buscó su lugar en el mundo hasta que un gol con Quilmes le sumió en la tristeza. Fue el día que le marcó un golazo a Fillol y, mientras él lloraba, veía como toda la afición de River Plate aplaudía, por primera vez en la historia, un gol en contra de su equipo.

Cuando Luis Artime nació, el médico le dijo a su madre "Ha tenido usted un goleador". Y es que el lugar de residencia de Artime era el área y su mejor baza era la intuición. Siempre estaba en el lugar idóneo en el momento preciso. Hizo muchos goles, algunos para River, otros para Independiente y los más importantes para Nacional de Montevideo dónde hay se le adora como al Dios pagano que es. Con Argentina jugó veinticinco partidos y anotó veinticuatro goles, tres de ellos en el Mundial del sesenta y seis, estableciendo una media goleadora de las más altas en la historia de la selección argentina.

Argentina tuvo que esperar muchos años y quemar muchas generaciones hasta que consiguió proclamarse campeón del mundo. Cuando lo hizo, su centrodelantero era el nueve de River Plate, Leopoldo Luque. Un tipo hosco, pero muy eficaz, que estuvo a punto dejar el fútbol cuando Unión de Santa Fe le cortó con veintitrés años de edad. Pero todo aquel que tiene fe y sabe reinventarse suele contar con una segunda oportunidad. Luque regresó a Santa Fe, viajó a Buenos Aires y se convirtió en ídolo. Formó pareja con Kempes en aquel mundial de Argentina en cuyo transcurso perdió a su hermano y se obligó a ganar por y para él. Por ello, aquellos últimos abrazos contenían alegría, tristeza y una pizca de rabia. Los hombres como Luque siempre se vieron obligados a luchar por una pulgada más de terreno.

Ya hemos citado a Kempes al hablar de Luque y no se puede dejar pasar a un tipo que no sólo vistió y campeonó con la camiseta de River, sino que también fue el máximo goleador y mejor jugador del Mundial que Argentina ganó en su país en 1978. A Kempes lo llamaban El Matador porque no tenía piedad ni dentro ni cerca del área. Su disparo era terrorífico, su potencia era insalvable y sus remates eran certeros. En Valencia le adoran como a un Dios y en Argentina se le tiene un respeto casi bíblico. Ídolo en Rosario, este Cordobés de pelo largo y piel morena nació para ser grande e hizo aún más grande al país que siempre soñó por encima de su mirada.

Dios jugó en Boca e hizo sus mayores milagros con Argentina. A estas alturas Maradona ni necesita presentación ni epítomes porque de él ya se ha dicho todo. Fue el mejor de siempre, el más talentoso, el más imaginativo, el más carismático. Ganó el Mundial y levantó a un país de sus asientos. Argentina es Maradona desde entones y el listón se ha llevado por delante tantas promesas que hasta Messi hubo de llorar en su recuerdo buscando un momento de compresión.

Todo mago necesita un conejo en su chistera. Caniggia fue pájaro fugaz, truco o trato, picotazo certero y carrera ganada a la defensa. En su haber está aquel mundial de Italia donde el mundo conoció su melena al viento y su sociedad con el Diego. Jugó en River por méritos y en Boca por petición popular. Hizo goles, carrera y fortuna y cuando parecía en la cima, igual que su Dios y amigo, conoció el infierno y cayó en la cueva de la que sólo salió gracias al recuerdo.

Batistuta fue un goleador descomunal. Batigol para los aficionados, goleó en Boca en sus inicios y goleó en Florencia durante el grueso de su carrera. Ganó su scudetto en Roma y ganó dos Copas América en los noventa, marcando un punto de inflexión imposible de superar hasta que Di María le marcó a Brasil el verano pasado y le quitó una losa de encima a Messi y a toda Argentina. Con la albiceleste anotó en cincuenta y seis ocasiones, estableciendo una marca sólo superada por Lío y dejando el recuerdo de un tipo que, cuando encaraba el área ya celebraba el gol en su cabeza porque en su seguridad residía su eficacia.

Ramón Medina Bello dudó entre ser portero y delantero y terminó siendo goleador en River donde hizo casi sesenta goles. Como uno de esos tipos discretos cuyo nombre nunca suena en las grandes quinielas, supo hacer del trabajo en equipo su seña de identidad y se coló, por méritos propios, en las listas de convocados de los equipos argentinos campeones de América en el noventa y uno y el noventa y tres. También estuvo en el Mundial de Estados Unidos donde, desde una posición testimonial, fue testigo de cómo, con la caída de Diego, se caía todo el castillo de naipes.

Abel Eduardo Balbo formó, durante algunos años, la doble B en la delantera de Argentina junto a Gabriel Omar Batistuta. Tal honor lo consiguió por ser un oficiante del gol, un tipo cargado de amor propio que creía en sus posibilidades y sabía estar siempre en el lugar correcto. La rompió en Newell's, utilizó el trampolín de River y saltó a Europa para consagrarse en Udine primero y convertirse en ídolo en Roma después. No ganó nada con Argentina puesto que, tras Bilardo, Basile no contó con él para las Copas Américas de Chile y Ecuador, pero regresó al equipo con Bielsa y fue muy importante en el repechaje contra Australia en el noventa y tres después de haber sido humillados por Colombia. Regresó a River para decir y adiós y dejar el recuerdo de un tipo bravo y formidable.

Marcelo Gallardo era muñequito en la cancha y mago en la memoria de los aficionados de River. Aún continúa en Núñez, haciendo milagros desde el banquillo y evocando tiempos en los que el diez era suyo y los goles eran de otros, pero siempre fabricados desde de maravillo pie derecho. Probó en Franci y lo hizo bien, pero un hilo conductor lo unió para siempre a River a pesar de convertirse en ídolo tardío al otro lado del Río de la Plata. Sigue campeonando y sigue recordando. Con Argentina disputó dos mundiales y anotó catorce goles. Una buena cifra para alguien que no era goleador por intuición sino por mera imposición del talento.

La Copa Libertadores de 1996 ganada por River tiene en letras de oro el nombre de Hernán Crespo. Valdanito para los entendidos y Herángol para los súbditos, anotó los dos goles que remontaban el uno a cero del partido de ida ante América de Cali. Y es que el oficio de Crespo durante toda su carrera fue la de anotar goles uno detrás de otro. Heredero del nueve de la albiceleste legado por Batistuta, Crespo supo compartir delantera con Batigol antes de convertirse en referencia y esperanza. Aquella Argentina ya era presa de las urgencias y no supo dar el paso victorioso que se le presuponía. Aún así, en Italia se le sigue recordando como un tipo implacable en el área y estiloso fuera de ella. Un delantero eficaz que sabía jugar la pelota y depositar, con elegancia, el balón dentro de la red.

Martín Palermo fue el loco más querido en la historia de La Bombonera. A pesar de probar suerte en Villarreal y Alavés, un hilo rojo, casi transparente, lo ataba por siempre a Boca Juniors, donde ganó respeto, gloria y muchos títulos. Hombre récord, supo hacer de la extravagancia su mundo y del gol su forma de comportarse. Todo valía, incluso pegarle mal a la pelota porque siempre terminaba dentro del arco. Maradona, como técnico, confió en él para llegar a Sudáfrica y el Loco hizo los goles necesarios para poner al país de pie y al Diego de brazos abiertos en rueda de prensa. Se retiró colmado de honores, de títulos y de recuerdos. Nada fue igual en Boca desde que Román y el Loco se marcharon para siempre dejando el aroma de un recuerdo imperecedero.

El conejo saltarín driblaba rivales, se entendía con Aimar y Ángel e ilusionó a la mitad menos uno de Argentina haciendo goles de oportunista. Javier Saviola fue esperanza frustrada en Barcelona y trotamundos que terminó en Madrid cumpliendo con su oficio y dejando atrás las promesas de su amanecer. No fue un mal futbolista, pero le pesó la etiqueta de su precio y las esperanzas depositadas. Fue internacional en cuarenta y tres ocasiones en las que anotó doce goles. Una cifra respetable para una selección de entreguerras que se frustró buscando un lugar que tardó tiempo en encontrar.

A Gonzalo Higuaín siempre le persiguió un estigma: fallar las ocasiones más claras en los momentos más trascendentales. Pasará la historia por algo injusto puesto que para fallar hay que jugar y para tenerla hay que saber situarse y el Pipa siempre fue listo en el área y certero en el gol. Hizo goles en River, en Madrid, en Nápoles y en Turín. Un jornalero del gol que tuvo la gloria a dos centímetros del poste y se topó con una realidad que lo condenó de por vida.

Cien años de historia, miles de goles en la memoria y muchos momentos de gloria. Argentina sobrevive gracias al fútbol y se materializa en sus goles. Muchos de ellos llegaron desde todos los rincones del país, pero hay que recordar que dos equipos se juegan la supremacía y en sus carnes se fraguaron tipos que hicieron carrera y escribieron líneas de enciclopedia. Claro que hay vida más allá de Boca y River; jugadores como Seoane, Corbatta, Sanfilippo, Houseman, Di María o incluso Messi, así lo atestiguan, pero sería de necios no reconocer la importancia capital de los dos gigantes en la evolución de la selección argentina, porque sus camisetas las vistieron los más grandes y las honraron los más importantes. Porque de sus inferiores nacieron las sonrisas más importantes y en sus camisetas diseñaron los gritos más certeros a la hora de despertar a un país de un letargo y a una nación de un sueño.

martes, 31 de mayo de 2022

Balones de oro: Oleg Blokhin

En la temporada 1970-71, un joven extremo salido de la cantera del Dinamo de Kiev, se consolida como titular en el primer equipo. Aquella temporada juega veintisiete partidos y anota catorce goles. Apenas ha cumplido la mayoría y ya es una estrella rutilante. No tarda en convertirse en el mejor arma de un equipo que ama el vértigo y en el mejor reclamo de un país que trata de lamer las heridas del adiós de su gran mito Lev Yashin.

Como el comunismo prohibe el profesionalismo deportivo, Blokhin puede acudir como futbolista amateur a los Juegos Olímpicos de 1972. Sería el primero de los tres a los que acudiría, no jugando un mundial hasta que en 1982, la URSS por fin picó billete y pudo presentar al mundo a su rutilante estrella. Pero aquel Oleg Blokhin ya no era el mismo futbolista de sus inicios. Tras ganar por un gol a cero a Bélgica, la selección soviética se tuvo que marchar a casa, la misma Bélgica que, cuatro años más tarde, y bajo el abrasador sol de México, le cortó las alas tras un partido trepidante en el que merecieron más y obtuvieron menos.

Para entonces, Blokhin ya había ganado ocho veces la liga soviética e iba camino de batir el record de partidos con la camiseta de Dínamo de Kiev que finalmente establecería en quinientos ochenta y dos. Dejó, sobre todo, la estela inolvidable de un tipo que arrancaba buscando el espacio y, cuando recibía la pelota, era prácticamente letal. Y es que sus movimientos, siempre de dentro hacia afuera para buscar el balón y de fuera hacia adentro para conducirlo, le convertían en indetectable primero y en indefendible después.

Como buen hijo de atletas, comenzó su afición al deporte practicando velocidad en el tartán. Era rápido y asombró a sus entrenadores quienes le hubiesen preparado para ser un gran velocista si un balón no se hubiese cruzado en su camino. Resulta que lo manejaba bien y en edad infantil, el Dinamo de Kiev lo incorporó a sus filas. Lo pulió y sacó de él un brillante de luz incandescente. De 1970 a 1988, fue un jugador admirado por todos y reconocido por su propia federación quien le concedió, durante tres ocasiones, el premio a mejor deportista soviético del año.

Aunque su mayor distinción individual fue, sin duda, el Balón de Oro concedido en 1975. Cuando lo mostró a su gente, se convertía en el segundo futbolista soviético en conseguirlo y en el mejor jugador del mundo reconocido por todos. Ya, para entonces, la estrategia del Dínamo era clara; bloque unido, pierna fuerte y contragolpes con balones a Blokhin. El número once se encargaba de recibir, encarar, driblar y definir.

Como extremo y, esporádicamente como delantero, jugó como titular indiscutible durante dieciocho años en el Dinamo de Kiev, viviendo dos ciclos explosivos, justo a mitad de cada década, en los que el equipo se convirtió en santo y seña del fútbol soviético. Justo cuando su crepúsculo se hacía evidente, un accidente de coche le dañó la rodilla y comenzó a pedir a gritos una salida que el club y el gobierno le habían negado durante años por considerarle emblema del régimen y reclamo político ante el exterior.

Su madre, campeona soviética de Pentatlón y su padre, campeón de velocidad y oficial de policía, vieron con orgullo como el niño que quisieron que fuese atleta se convertía en el futbolista más importante de Europa. Con tan sólo veintitrés años, Blokhin era coronado como rey y era codiciado como nadie. Y es que muchos equipos quisieron comprar su libertad, pero ninguno se llevó el gato al agua.

Cómo no desearle viéndole hacer esos zigzags, viéndole correr y viéndole hacer goles. Hasta doscientos once anotó en la liga soviética, récord insuperable. Pero más allá del gol y el regate, deslumbraba su velocidad, hasta el punto de que muchos le han considerado el futbolista más veloz de la historia. Incluso le compararon con Cruyff, el gran tótem ofensivo de la época, pero se trataba de un futbolista más racial y menos cerebral, más corredor y menos participativo. Aún perdiendo en la comparativa, su 1975 fue tan apabullante que ganó la votación por el Balón de Oro obteniendo ciento veintidós votos de los ciento treinta posibles.

Schwarzenberg, colosal defensor del Bayern, que sufrió en sus carnes la potencia y cambio de ritmo infernal de Blokhin en la Supercopa Europea del setenta y cinco, diría tras el partido que jamás se había sentido tan humillado en un terreno de juego. Tras aquel partido, el Bayern lo quiso fichar igual que ya lo había querido fichar el Real Madrid dos años antes. Quizá sean muchos los que recuerden a García Remón, mítico portero blanco, con el sobrenombre de "El Gato de Odessa". Pues bien, aquel apodo lo ganó después de un partido a cara de perro en la ciudad ucraniana contra un Dinamo de Kiev liderado por Blokhin que hizo todo lo posible y lo imposible por ganar un partido que terminó en empate. La actuación del portero del Madrid ensombreció el partido del extremo que amargó por completo a los defensores madridistas. Justo dos años después de la jubilación de Gento, Santiago Bernabéu vio en aquel ucraniano al futbolista perfecto para reemplazarle, pero por más que lo intentó no logró que el Dínamo le escuchara. Incluso nombró consejero en su directiva a Ramón Mendoza, famoso comerciante español que había hecho fortuna gracias a su trato con los rusos y al que todos apodaban "El hombre de Moscú". Durante meses, pensó que las influencias de Mendoza con el gobierno ruso le abrirían las puertas de la negociación por Blokhin, pero ni por esas. Blokhin no se movió de Kiev, donde anotó doscientos sesenta y seis goles y se convirtió, por derecho propio, y junto al gran Valero Lobanovsky en un Dios pagano al que adorar cada domingo de partido.

Su personalidad era única y sus piernas eran tan fuertes que, por mucho que le pegaran, resultaba difícil tirarle al suelo. Jugó dos mundiales en los que anotó sendos goles a sumar al total de cuarenta y dos que marcó con la camiseta de la URSS. Pese a vivir el fin de la Perestroika, jamás vistió la camiseta nacional de Ucrania y sólo pudo cumplir sus sueños cuando, treinta años más tarde de caer eliminado ante Bélgica una soleada tarde junio, tuvo la oportunidad de dirigir a su país, ya independiente, durante los partidos del mundial celebrado en Alemania.

Junto a Vladimir Onishenko, formó una terrorífica dupla de ataque con la que conquistaron la Unión Soviética y parte de Europa. Blokhin, como extremo incipiente, ganaba la línea de fondo y ponía balones en forma de caramelo para que Onishenko los enchufara a la red. De esta manera, ganaron la Recopa de Europa de 1975 ante el Ferencvaros húngaro por un incontestable tres a cero. Resultado que repetirían once años más tarde en una nueva final de Recopa ante el Atlético de Madrid en el que un Blokhin más lento volvió a repetir gol y actuación estelar, haciendo de cicerone con los nuevos talentos del país como Zavarov, Belanov y Rats. Fue aquel partido en el que, en la previa, Luis Aragonés acudió con sus ayudantes a ver el entrenamiento del Dinamo y a los diez minutos recogió los bártulos y dijo a sus compañeros: "Vámonos, contra estos, mañana, no tenemos nada que hacer".

No es de extrañar pues, que durante el mundial del 2006, cuando España y Ucrania cruzaron sus caminos en fase de grupos, Luis Aragonés, preguntado por la selección ucraniana exclamase aquello de "¡Tienen a Blokhin!. Y es que Luis, que había sido coetáneo suyo, sabía el poder de reclamo que tenía aquel nombre. El nombre de un tipo que creció en las calles de Kiev, que se curtió en una pista de atletismo, que aprendió bajo el cobijo de Lobanovsky y que explotó cuando entendió que juego y velocidad sólo pueden conjugarse cuando se aprenden que conducción y espacio son conceptos que reducen el esfuerzo y aumentan la explosividad.

viernes, 13 de mayo de 2022

Un equipo grande

Suele ocurrir que, cuando un equipo carece del suficiente carisma, poder y talento para luchar por su verdadero objetivo, termine siendo engullido por la mediocridad y condenado al ostracismo de la inadvertencia. De esta manera, una generación de aficionados crecerán mirándolo de soslayo y escuchando alguna historia contada por su padre mientras que en su propia ciudad irá comprobando como el color de la afición va tornando en otra más vencedora por el simple hecho de que en España siempre nos asociamos más con la victoria que con la raíz.

Hoy en día parece difícil de asimilar, pero durante muchos años, mientras yo iba encontrando mi camino vital por las vicisitudes de la sociedad e iba creciendo practicando, escuchando, viendo y soñando fútbol, el Real Zaragoza era uno de los equipos más importantes de este país. No sólo hacía de  La Romareda un fortín casi inexpugnable, sino que convertía a su ciudad en un póster para el orgullo y en un lugar para el sueño de primavera.

Todos recuerdan, claro está, la famosa Recopa del 95, pues supuso el cúlmen de un equipo preciosista y efectivo que puso en pie a un país y situó en el mapa a una ciudad que no había dejado de soñar desde que cinco magníficos vistiesen su camiseta allá por los años sesenta, justo en el momento en el que se sembró una semilla que ramificó en años de esplendor en los que el equipo se codeaba con los grandes y conseguía, bien para la selección, bien para equipos de mayor calado, una serie de futbolistas que aún perduran en el imaginario colectivo de los que vivieron pegados a un transistor cada tarde de domingo.

En 1985, el Zaragoza fichó a Rubén Sosa. Valdano se había ido al Madrid y Amarilla había tomado el tren rumbo a Barcelona, por lo que había de buscar una solución en el extranjero y se contrató a un uruguayo que decían que la rompía en el modesto Danubio. Lo que parecía un simple parche se convirtió en una revolución, y en una primera temporada espectacular, el equipo no sólo se situó en las posiciones de arriba en la tabla de la liga sino que se plantó en la final de la Copa del Rey después de eliminar al Real Madrid en semifinales gracias a los goles de su espectacular delantero uruguayo.

Aquel Zaragoza, remozado en la delantera, juntó a Rubén Sosa junto a Miguel Pardeza, quien habría de ser gran estrella del club y en aquella temporada en condición de préstamo por el Real Madrid. Los dos, sobrados de calidad e inteligencia, formaron tridente ofensivo junto al más abnegado Pineda y escoltados por un centro del campo aún añorado formado por Güerri, Señor y Herrera. Un señor equipo apuntalado por Juliá y García Cortés en el centro de la defensa y Casuco y Juan Carlos en los puestos de marcador lateral. Vitaller, o bien Cedrún, guardaban la meta de un equipo que consiguió que los niños de la época lo pudiésemos recitar de memoria.

Aquella final de Copa no tuvo más historia que un gol trompiconado y la primera piedra de un fracaso que marcó al Barcelona durante muchos años. Clasificado para la final de la Copa de Europa, hizo parada en Madrid pensando en el doblete y se llevó su primera derrota ante un equipo a priori menor. Una conducción de Juliá fue frenada en seco por Esteban y, cuando Rubén Sosa puso el balón en el césped, los setenta mil aficionados que llenaban las gradas, supieron que aquello iba a suponer un disparo a la portería. Lo que nadie esperaba, y mucho menos Urruti, es que el balón golpease en la bota de Pichi Alonso y se dirigiese a la meta realizando un extraño que confundió al portero y terminó besando las mallas de la portería azulgrana.

Era el minuto treinta y cinco y, aunque quedaba un mundo, el equipo maño supo hacer de su tesoro un botín y de su campo un fortín. El Barcelona estrelló pelotazos una y otra vez contra el muro blanquiazul y, poco a poco, las gradas fueron tomando color baturro al tiempo que las gargantas iban celebrando un hito que hacía veinte años que no se lograba. Y es que diez años antes ya habían jugado una final en Madrid pero un cabezazo de Gárate les había borrado el sueño de la cabeza. Aquel era otro equipo, era otro partido y era un rival que comenzaba a desquiciarse mientras trataba de apaciguar su ánimo e intentar no obsesionarse con una temporada que terminaría en desastre.

Juan Señor levantó la Copa al cielo y Zaragoza comenzó un peregrinaje que terminaría con un equipo remozado y una afición plenamente orgullosa. Con el dinero recibido de Italia por Rubén Sosa, el equipo se reconstruyó poco a poco, de cocción lenta, pero allí llegaron Higuera, Gay, Aguado y Solana, más adelante Aragón, Poyet, Belsue y Darío Franco, se apuntaló con Esnáider y García Sanjuán y fichó a un tipo de Ceuta que había tenido la osadía de jugar en la Liga Inglesa cuando aquello era una historia de fútbol directo y cabezas duras. Aquel tipo, años después, empaló un balón desde Cuenca y dejó con el molde a David Seaman. El único que había jugado en un equipo inglés conocía la clave para ganar a otro equipo inglés. Y aquel gol de París, mientras todo Aragón ondeaba al viento su bufanda, dejó a las claras que el Real Zaragoza era un equipo verdaderamente grande.

miércoles, 4 de mayo de 2022

El fuego y la tormenta

El fuego es un fenómeno que precisa condiciones extremas para convertirse en incontenible. Sequedad, viento y, sobre todo, un elemento natural que le ayude a propagarse hasta lograr la devastación total del territorio. Por ello, cuando nos enfrentamos a él sólo podemos correr y agarrarnos al milagro, pues si esperamos a que nos alcance, mientras permanecemos impasibles, no seremos más que un pasto fácil de las llamas y una víctima más en el reguero de muescas de un ente incontrolable.

Por ello, como todo héroe o antihéroe que busca redimirse o enfrentarse a la adversidad, la naturaleza también fabrica sus némesis y también ofrece sus dotes de autodestrucción. Contra el fuego, el agua es un elemento purificador, aniquilador, sanador y a la larga, contra el desarrollo natural y artificial de la vida, termina siendo un elemento tan necesario como temible porque, gota a gota o en avalancha, es capaz de erosionar, arrastrar e incluso destrozar cualquier atisbo de vida.

Y es que el fuego arrasa a lo grande, pero sólo el agua es capaz de sostener un infierno por sí sola por más que su belleza nos parezca incluso hipnótica. Por ello, el Liverpool de Klopp, avalancha frecuente, riada incontenible y tormenta perfecta en cada una de sus apariciones, pareció ayer un arroyo a punto de perder su cauce ante el fuego irreverente de un Villarreal que salió a quemarlo todo, incluso sus naves, aún sabiendo que a la larga corría el riesgo de no regresar a puerto.

Comandados por Parejo y empujados por Capoue, el fuego amarillo amenazó con arrasarlo todo mientras el rojo se convertía en cenizas y la Cerámica entonaba, alegre, canciones de otros tiempos. Era imposible escapar de aquel incendio, no había espacio material ni natural por el que encontrar una vía de escape y así, Mané chocaba contra Albiol, Jota era un fantasma en manos de Foyth y Coquelin se acostaba a la izquierda para ayudar a Estupiñán en su trabajo de borrar del mapa al faraón Salah. Tiago perseguía fantasmas, Keita trataba de romper líneas y terminaba perdido en tierra de nadie y Fabinho intentaba apagar fuegos pero no había ventana por la que escapar aún tirándose al vacío.

No había hecho sino empezar el partido y Gerard Moreno ya le había ganado la espalda a Van Dijk para ponerle en bandeja el uno a cero a Boulaye Dia. Lo que parecía un aviso a navegantes se convirtió en un acto de fe en el que el Villarreal presionaba, el Liverpool se quemaba y el balón viajaba en una única dirección en busca del milagro. La batalla del centro del campo tuvo un dueño y mientras Parejo se erigía en comandante, Capoue, un tipo que aparece en cualquier sitio con tan sólos segundos de diferencia, ganó la línea de fondo y puso el dos a cero en la cabeza de Coquelin. Trabajo hecho, un mundo por delante y la duda de un penalti en el limbo que no empañaba la fiesta vivida en la grada. El descanso señalaba un ganador por KO, pero quedaba la mitad del combate y Klopp no pensaba permanecer callado durante los minutos que le dejasen gritar desde su rincón.

El primer cambio fue en el campo y el segundo en la actitud. Si una cosa quedaba clara es que el Villarreal no podría mantener el ritmo durante noventa minutos pero que si el Liverpool seguía esperando arrodillado a que el incendio no le achicharrase, quizá sólo era cuestión de dejar pasar el tiempo y que la lotería volviese a sacar su boleto en la portería de Allison. Pero no ocurrió lo esperado por la parroquia amarilla y el Liverpool que salió en la segunda parte fue el equipo de fútbol que todos habíamos esperado ver. De repente Tiago y Fabinho ocuparon la zona ancha, Keita sí encontró al compañero en su zona de nadie y Estupiñán comprobó que Luis Díaz no tenía nada que ver con Diogo Jota.

Y es que el colombiano, con su continua mordiente y afán por desbordar, fue el conducto eléctrico de un equipo que entró en conexión y empezó a arrinconar al Villarreal en su área hasta conseguir, poco a poco apagar el fuego que le había quemado durante el primer acto. Primero fue tormenta, más tarde huracán y terminó siendo avalancha que lo rebasó todo, incluido el marcador, dejando claro que hoy en día, salvando al Real Madrid, cualquier equipo de la Premier está muy por encima de los equipos de nuestra liga.

Para llegar lejos, e incluso aspirar a ganar una competición, hay que tener en cuenta dos condicionantes principales más allá de la necesidad de contar con una defensa férrea y un centro del campo con talento para el gobierno, y es que un buen delantero te ayuda a ganar títulos al mismo tiempo que un buen portero te ayuda a no perderlos. Durante los meses que ha durado la competición para el Villarreal, e incluso en los milagros perpetrados en Turín y Munich, Rulli se había mostrado como un portero sobrio e incluso tendiente a los milagros, pero al final la cabra, como la serpiente, tienden a tirar al monte y todos esperaban temerosos a que llegase el día en el que la caja de pandora extendiese sus vientos y la moneda en el área del Villarreal saliese cruz. Rulli eligió el peor día para dejar de fumar y entre sus piernas se escaparon parte de los sueños de un pueblo que puede estar muy orgulloso de su equipo y puede regresar a la cotidianidad con el pecho bien erguido y la cabeza bien alta.

Hace un año, el Liverpool era apaleado por el Real Madrid y sufría horrores para engancharse al tren de la Champions. Era el peaje a pagar después de un lustro amarrado a la máxima exigencia. Tras la depuración, tras el perdón y tras el borrón, viene esta cuenta nueva donde la redención es el objetivo y la excelencia es la cima que quieren alcanzar. Están en la final de la Champions y a tan solo un punto del Manchester City en liga. La tormenta perfecta puede arrasar con todo o puede que al final tan sólo se quede en lluvia de verano.

lunes, 25 de abril de 2022

Pedri y 'Don Fútbol' (Por Sergio Cortina)

Me fascinan los aficionados que se indignan cada vez que les cambian algo. Montan en cólera cuando retocan un escudo, maldicen cuando alguna marca bautiza el estadio y prenden fuego a la camiseta cuando el diseñador de turno le pinta cuatro rayas de más. Todos ellos están más que curtidos pero siguen ignorando que la única y verdadera tradición del fútbol es precisamente esa: cambiar sin ton ni son. Cambiar por cambiar. Por necesidad o solo por aburrimiento. Porque ya toca. Por ver qué sucede. No merece la pena hacerse cruces porque lo único importante en este deporte difuso es el talento, como el de Pedri. El resto es accesorio. Quién soy para afearle el veletismo al fútbol si me metí a correr maratones con cuarenta años y ahora quiero comprarme una moto.

Caretas fuera. Por esta afición loca vamos a tragar con lo que nos echen, empezando por este Mundial indigno en Qatar. Como aficionado lo sé. No me escondo. Me defino como experto en la genuflexión y doctorado en buenas tragaderas, pero sigue habiendo cambios que me descolocan. Por poner solo un ejemplo, me toca las narices abundantemente la desaparición de la regla del gol visitante. La norma nació para alentar el juego ofensivo, pero con el tiempo trajo precisamente lo contrario: racanería y contragolpe. Ahora la han cambiado pero me temo que el resultado será el mismo y ahí está el magnífico cholismo del Etihad para corroborarlo. El fútbol es una cabrita que tira al monte y está bien que así sea.

Lo que me engancha de este deporte es su esencia ingobernable. No se puede esperar menos de un juego que se practica con la parte menos noble del cuerpo. El fútbol es una cosa y el maquillaje con el que se empeñan en embadurnarlo cada día es otra. Y cuando acaba el día y se lava la cara frente al espejo, este invento siempre muestra la cara azarosa, burlona y propensa a las anomalías que nos enamoró. Y aquí quiero cerrar esta columna admirando a Pedri, que juega hoy en Frankfurt, y es el perfecto ejemplo de que lo único incontestable en esto es el talento. El fútbol cambia, está en su naturaleza porque es humano, pero no hay de qué preocuparse. Descansen los indignados. De alguna manera, Don Fútbol siempre encuentra el modo para mantenerse fiel a la esencia y recompensar lo bueno.


Publicado en As.