miércoles, 12 de junio de 2024

Pérdida de fe

Cuando uno cree en alguien, tiene siempre la certeza de que, tarde o temprano los hechos acabarán dándole la razón porque generalmente la lógica del talento termina sobreponiéndose a la lírica del esfuerzo. Cuando uno cree en alguien, tiene la sensación de que tras cada pequeño fracaso se va abriendo una herida que, poco a poco, se va agrandando hasta el punto de supurar dosis de pus desde el orgullo herido. Cuando uno cree en alguien, espera que el tiempo, como juez imparcial y severo, dicte sentencia a su favor porque no existen preguntas malintencionadas sino respuestas firmes. Cuando uno cree en alguien, es capaz de enfrentarse al mundo por defender su fe irrenunciable porque piensa que lo que ha visto lo puede volver a ver, que lo que ha contado puede volver a ocurrir y que lo que ha previsto es imposible que no termine aconteciendo.

Yo creía en Joao Félix. Le vi tirar desmarques y anotar goles imposibles con el Benfica y pensé que sería un delantero idóneo para el juego del Atlético. Creí en él y no me duelen prendas en reconocerlo pese a que hoy me estén dando en la cara todos los que sufrieron mi fe estéril en el portugués. Pero Joao nunca creyó en él. O al menos no creyó en el proyecto. Y ha decidido que competir es un verbo que prefiere conjugar dormido y que quizá un puñado de dólares sea suficiente motivo como para pintar su estancia de fracaso. Félix entró en el Atlético, pero el Atlético nunca entró en él. Difícil sostener la fe con esa premisa.

viernes, 17 de mayo de 2024

Prestidigitación

El prestidigitador es aquel capaz de hacer ver lo que no existe y de no ver lo que realmente existe, es aquel que es capaz de tomarte de la mano y llevarte a ciegas por el borde de un precipicio haciéndote creer que paseas por un prado de pura arcadia, el prestidigitador es aquel que consigue hacerte creer que los sueños son reales al menos durante un segundo.

En aquella temporada de presentación, a Zinedine Zidane le costó encontrar el juego y, sobre todo, el afecto. Tímido por naturaleza, hay quien cuenta que tuvo que subir al despacho oval para decirle a su presidente que su anterior estrella, Figo, no le pasaba el balón. Sea como fuese, como el tipo sabía lo que era el juego y tenía más clase que un colegio, decidió tomar las riendas de su propia vida y se ganó el respeto de la gente a base de golpeos increíbles y centro irrefutables.

Pero cuando el runrrún quiso hacerse notar, él supo que le hacía falta un momento, un click, para meterse a la gente en el bolsillo y hacerles saber que el precio que habían pagado por él había sido incluso barato. Sucedió en la visita del Deportivo de La Coruña, por entonces un auténtico outsider de la liga y uno de los equipos más potentes de Europa. En un increíble, y certero, ejercicio de prestidigitación, escondió la pelota tantas veces como pudo necesitar y, ante la mirada absorta de una defensa completamente vencida ante su ingenio, marcó un golazo que aún hoy muchos recuerdan como la auténtica carta de presentación de Zinedine Zidane en el Santiago Bernabéu.


lunes, 29 de abril de 2024

Protocolo Gerard López (por Miguel Gutiérrez)

Suele decirse que eso que ahora llamamos «El clásico» es el mejor anuncio de LaLiga para el mundo. El del pasado domingo se pareció bastante a los de esa empresa que desarrolla webs para pequeños negocios, como librerías y ultramarinos: tan chanantes que cuesta olvidarlos. Y no por el nivel futbolístico.

Mientras se sucedían las repeticiones, a cuál más estéril, del remate de Lamine Yamal y el despeje de Lunin, todos nos acordamos de la tecnología de gol, testadísima solución instantánea que LaLiga no quiere incorporar. Fue gracioso ver al propio Lamine Yamal o a Gündogan preguntar al árbitro si no le había vibrado el reloj, como sucede en la Champions cuando un balón rebasa la línea.

Me recordó al alirón del Real Madrid en La Rosaleda, allá por 2017, cuando Luka Modric preguntaba cuándo les entregaban el trofeo, y su incredulidad cuando sus compañeros le dijeron que a comienzos de la temporada siguiente, siempre que a Villar le viniera bien.

Todos nos acordamos de la tecnología de gol, sí, pero no todos pudieron decirlo. Es el caso de quienes narraron y comentaron el partido en LaLiga TV, que esquivaron con habilidad ese elefante en la habitación. Entre ellos, Joaquín, cuya aportación a las transmisiones es nula. No hace ni los chistes que suponíamos que iba a hacer, aunque no tengo claro que eso sea malo.

«¿Alguien tiene claro que el balón entre?», preguntó Juanma Castaño a los participantes en el llamado tertulión de Tiempo de juego (Cope). «Nadie lo puede tener claro», respondió Miguel Rico, que obviamente no había escuchado unos minutos antes, en Deporte Plus de Movistar+, la opinión de –hablando de no aportar nada– Gerard López. «Fíjate en esta, no hay ninguna duda», proclamaba Gerard mientras veíamos la imagen que según él resolvía el enigma: un plano en el que ni se veía el balón porque el cuerpo de Lunin lo tapaba por completo.

Movistar+ podrá reprochar a Tebas la ocurrencia de poner a comentar partidos a Santi Nolla, pero a Gerard lo han elegido ellos para sus propias producciones. Cuesta creer que no haya un candidato mejor, con mayores conocimientos y dotes para la comunicación. Pero, sobre todo, lo mínimo que se le debería exigir a un comentarista en pleno año 2024 es que tenga unos conocimientos mínimos de cómo funciona el VAR.

«Para mí es una jugada en el límite. Entiendo que Lucas Vázquez lo hace bien y provoca el penalti», dijo sobre otra de las jugadas polémicas del Bernabéu. «No hay intención de Cubarsí, evidentemente, pero lanza una pierna peligrosa, porque puede provocar que le contacten. Pero para mí es de las jugadas que el VAR, sin querer influenciar en el árbitro [sic] le puede decir: ‘Oye, lo has pitado en caliente, vete a verlo en frío y con calma, con tres repeticiones, decides». Siguiendo el protocolo Gerard caliente-frío, el árbitro debería ir al monitor después de cada caída en el área.

Seis temporadas, seis, llevamos con el videoarbitraje y gente como Gerard, que se dedica de forma profesional a comentar y explicar el fútbol para los espectadores, demuestra que no sólo no se ha molestado en conocer cómo funciona el invento sino que ni siquiera ha tenido ocasión de enterarse por alguna casualidad. Ni una mala conversación de pasillo, ni una triste tertulia en la que escuchar la expresión «error claro y manifiesto».

Sólo unos días antes, en la transmisión del Barcelona-PSG, expuso su ignorancia con mayor crudeza aún, tras la expulsión de Ronald Araujo: «Hoy en día, sobre todo en UEFA, se revisan estas jugadas rápidamente. Y si hubiera una mínima duda, el árbitro habría ido a verlo al monitor». Eché de menos que alguien, en alguno de los dos momentos, se atreviera a decirle a Gerard que el VAR no debe intervenir a la mínima duda, sino justo lo contrario, cuando no hay ninguna.

Por supuesto, no sucedió. Por supuesto, Gerard sigue sin saberlo. Y el próximo día volverá a soltarlo, claro. Es preferible desinformar a cientos de miles de espectadores que corregir educadamente a una estrellita.


Publicado en Jot Down.

martes, 23 de abril de 2024

La síntesis

Un buen equipo de fútbol debe ser lo más parecido a un grupo de amigos. Ya comentó Valdano, en una de sus más memorables frases, que un equipo de fútbol es un estado de ánimo y es ahí donde se conjugan las verdades del ser humano porque cuánto más cómodos estamos en un lugar, más felices somos y más capacitados nos sentimos para dar lo mejor de nosotros mismos.

Al trabajador de a pie, ese aficionado medio que se levanta cada día a primera hora de la mañana para ganarse el café del mediodía, le gusta vivir sin trabas y con recompensas ¿Cómo, si no, le iba a gustar al futbolista sentirse libre por más privilegiado que sea? Fuera de aquellos privilegios, todos lo que hemos nacido sin la varita del talento tocando nuestros empeines, buscamos una empresa que nos de flexibilidad de horarios, turnos continuos, jornadas de verano, días libres y pagas por beneficios. Si para nosotros, que trabajamos por un plato de lentejas, cuanta mayor es la implicación en la empresa, mejor rendimos, cuál no será el beneficio de un tipo que sale de entrenar en Ferrari si un entrenador le quita el corsé y le hace sentir el mejor futbolista del mundo.

El fútbol sin corsés es el fútbol más divertido del mundo, porque atrás quedan las preocupaciones y por delante sólo quedan los objetivos. Un lateral puede venirse al medio, un delantero puede caer a la banda y un defensa puede conducir hasta zonas de riesgo sabiendo que, tras ellos, no sólo hay un tipo que les respalda sino que les alienta.

El Girona de Míchel es la síntesis de un grupo fabricado para gustar y trabajado para disfrutar. Cierto es que la temporada se ha convertido en larga, pero ¿A qué olmo le pedimos peras? Este peral ha sacado frutos tan sabrosos que sólo por recordar el sabor de aquellos primeros bocados ha valido la pena saltarse la verja para llenar un cesto.

Todo lo que hace el Girona, en vertical, en horizontal o incluso en diagonal, responde a un plan de juego tan sencillo que parece poco sofisticado, pero todos hemos de saber que en fútbol, que parece sencillo es siempre lo más complejo y que los futbolistas, como los soldados, son más permeables a las órdenes destructivas que a las constructivas y que si antes de girar, Aleix García ya sabe que Savinho ha ganado la línea de fondo es porque primero hay talento y después, y sobre, todo, hay entrenamiento. Y hay un un discurso, y hay una compresión que conduce a la expresión. Una síntesis perfecta entre fútbol y espectáculo, si es que acaso en algún momento, ambos términos han querido estar reñidos.

martes, 16 de abril de 2024

A la gloria por el infierno

El infierno es un muro pintado de amarillo, miles de alemanes gritando consignas a favor de su equipo, la historia de un club que ha certificado victorias en casa como naves espaciales, leyendas de inframundo bajo un cielo oscuro y una derrota escondida bajo los focos relucientes de un estadio lleno hasta la bandera. El infierno, para el Atleti, estará en Dortmund durante un par de horas y para salir vivo de allí necesitará algo más que coraje y corazón ya que al fútbol se le combate con fútbol.

El Atleti, que cada vez tiene menos talento, tiene una cita con la historia bajo el muro amarillo del Signal Iduna Park, bajo un ambiente hostil dispuesto a dejarse el alma por su equipo, bajo una historia reciente que le coloca como un equipo débil fuera de casa y como un conjunto blando a la hora de defender balones cruzados y combinaciones en la frontal. En la incógnita aparece Oblak, tantas veces salvador de línea y últimamente un manojo de dudas ante la enésima oportunidad de mostrarse como una leyenda mayúscula y la resolución aparece un Griezmann que regresó para jugar partidos así y que sigue tirando del hilo invisible que une a su equipo con una afición indeleble.

Porque la gloria pasa por obviar el miedo, por sacar el pecho, por no dudar en los balones divididos, por dejarse el alma en las segundas jugadas, por no dejar que los delanteros te acogoten y que los extremos te ganen metros con desmarques en diagonal, con detener el juego tantas veces como sea posible, en aguantar los primeros envites, en mirar hacia arriba y en aprovechar las pocas oportunidades que se tengan porque esta competición ha demostrado, históricamente, que además de premiar a los más constantes suele terminar sonriendo a los más eficaces.

La gloria es un bocado de historia pintada de azul y blanco que saldrá con el culo prieto y las consignas claras, sólo hace falta hacer valer los preceptos y saber que se puede sudar, sangrar y llorar, que se puede hasta perder, algo que es probable, pero que nunca, nunca, nunca, se debe dejar en el muestrario de los horrores, ni la vergüenza ni el orgullo.

lunes, 8 de abril de 2024

Elogio del mérito

Suele suceder muy a menudo que la gente, más pendiente al resultado que al desarrollo, tiende a emitir juicios de valor totalmente sectarios en función del éxito o fracaso final de una contienda. Es por ello que fueron muchos los que, una vez vieron como el Inter de Milán cayó eliminado en el Metropolitano se precipitaron para hechir su pecho de sabelotodo y pronunciar aquello de "no son para tanto". Lo que ocurre es que la mayoría de las veces nos dejamos vencer por lo casual sin tener en cuenta lo causal y no somos capaces de desperezar las neuronas y analizar en frío cada contienda porque si lo hiciésemos sabríamos que si el Atleti jugó aquella noche por encima de sus posibilidades es porque el Inter le exigió al máximo y que, si consiguió ganarle, merece un elogio sublime a su mérito porque por más que lo proclamen los voceros de la rabia, el Inter e Milán sí que es para tanto.

El Inter, que ya el año pasado mereció ganar la final de la Champions ante el mejor equipo de Europa, es un equipo en la máxima expresión de la palabra que conjuga el juego en base a una memorización de conceptos que aplica a la perfección en el terreno de juego. Y es que cuando un equipo juega de memoria deja de entrar en juego la casuística para dar aparición y función al trabajo y es por ello que la figura de su entrenador, Simone Inzaghi, merece el elogio necesario puesto que fue él quien puso los cimientos a un proyecto que comenzó a volar con Conte y se consagró con un tipo de perfil bajo que ya mostró en Roma que la Lazio podía volver a ser unos de los mejores equipos de Italia.

El Inter alimenta su juego de dos laterales largos que buscan la espalda sin piedad, en tres centrales que sitúan la línea de ahogamiento en el límite de lo establecido y en el pie mágico de Çalhanoglu, pero si de algún pilar apoya la creatividad de su sistema es de Barella y Mkhitaryan, dos tipos de pie de seda y visión nocturna capaces de filtrar un pase en las peores condiciones y de conducir por un campo de minas como si pasearan por el jardín de su casa. En las áreas, Sommer es un asceta de sobrado cumplimiento y marcada trayectoria y Lautaro y Thuram forman un dúo perfecto en cuanto a manejo de los espacios, siendo el argentino el encargado de buscar el frente y el francés el encargado de encontrar las espaldas con vertiginosos desmarques al espacio que le suelen encontrar de cara con el gol.

Los neroazurro llevan sin perder un partido de liga desde septiembre, van a ganar el Scudetto con una ventaja sideral y se presentarán de nuevo ante el mundo mostrando un modelo vertiginoso conceptuado en una salida rápida y una combinación siempre concreta; la magia de la direccionalidad al servicio el espectáculo. Un equipo que gana con solvencia y que apenas recibe goles debe ser para tanto. Claro que es para tanto. Lo realmente increíble es que un equipo deslavazado como el Atleti fuese capaz de echarle de Europa. Eso es un mérito. O quizá un milagro. El tiempo y las eliminatorias pondrán cada ponderación en su lugar adecuado.

lunes, 11 de marzo de 2024

Lejos del ruido

Existen personalidades tan apabullantes que, en sí mismas, son capaces de aglutinar todos los conceptos derivados del resultado de sus operaciones. Si es el éxito quien llama a su puerta, entonces sacará pecho con un gallito erguido y proclamará su ego por encima del conjunto. Si, en cambio, es el fracaso quien viene a visitarle, entonces buscará entre la basura de los factores externos hasta encontrar ese motivo sobre el cual pueda cimentar su exculpación.

Los hombres ególatras raramente piden perdón y si lo hacen es para recordar que su figura vive siempre por encima de los hombres. Cuando implosionan, en cambio, es tanto el ruido que generan que resulta imposible mantenerse al margen e ignorar la presión que conlleva un discurso que, en general, va cayendo en desuso con el paso de los años. Suele ocurrir, además, que la onda expansiva es tan grande que, durante años va arrastrando a todo el que se cruce en su paso ignorando, a su vez, que la caída ha dado su primer paso hacia la involuntaria desgracia y que, si por un último momento, siguen en la picota es más porque la personalidad ha labrado un nombre en lugar de porque el presente reparta verdaderas cartas ganadoras.

La implosión de José Mourinho comenzó el día que aceptó volver a mirar a la cara a Josep Guardiola. Irritado por la perfecta conjunción de astros que suele acompañar a su némesis, firmó por el United con la promesa de volver a ser Ferguson sin darse cuenta de que jamás podría dejar de ser Mourinho. Aquella caída derivó en un fichaje por un equipo con menos aspiraciones como era el Tottenham y de aquel escarnio salió herido camino a Roma. Definitivamente, eran los equipos los que elegían al portugués y no el portugués quien elegía a los equipos a los que gustaba de hacer campeones.

Sucede en ciertos personajes que son incapaces de separar el ego de la realidad. El trabajo en Roma no fue tan malo si tenemos en cuenta los hechos; dos finales europeas con un triunfo y clasificaciones para Europa en todas la temporadas, pero la verdad decía que el equipo se estaba viciando de un discurso que, ni calaba, ni sabía interpretarse. Los sabios, cuando lo son de verdad, saben variar el discurso a medida que ven crecer el hilo de sus dificultades. Cuando el equipo comenzó a caer, Mourinho no dejó de tocar el violín; si había que hundirse, lo haría sin variar una sóla nota.

Apagado el concierto y liberado el caos, el silencio ha permitido a De Rossi, otrora leyenda y hoy apagafuegos, planificar el juego en base a sus piezas. Así, ha ido involucrando a los jugadores en una forma de jugar diametralmente distinta y los resultados están cantando bingo en las gradas del Olímpico. Dos buenas eliminatorias en Europa League y la sensación, en liga, de que el equipo va subiendo posiciones con la facilidad del escalador en los puertos de primera categoría.

De Rossi ha recuperado a Spinazzola para la profundidad, a Paredes para la jerarquía, a Aouar para la distribución, a Dybala para la magia y a Lukaku para el gol. El resto, piezas importantes de un engranaje que se va conformando como funcional, aportan su granito en un grupo que, lejos del ruido y los discursos antiguos, ha recuperado el ánimo, la velocidad, el hambre y, sobre todo, el fútbol. A veces un cambio de discurso es tan importante como asumir una derrota, porque en el pozo se encuentran los peores espíritus y los diablos interiores pueden hacerte saber cual es el camino correcto.


martes, 27 de febrero de 2024

Sin personalidad

El fútbol tiene factores que precisan del trabajo diario y el entreno constante porque la mejoría va adherida a la práctica como una suela va adherida a un zapato y apenas es capaz de despegarse por más que insistamos en caminar. Un tiro libre, un centro al área, un desplazamiento en largo, una presión a la salida del rival, un tackle, un despeje, una anticipación, todo ello se gana con la memoria y se perfecciona con la práctica porque lo innato ayuda a manejarse, pero nada como el ensayo y el error para ayudarnos a aprender.

Sin embargo, el fútbol tiene otros factores que dependen absolutamente de la inteligencia emocional del futbolista. Tales son la capacidad para visionar el espacio, la inteligencia para encontrar los momentos y, sobre todo, la motivación extraordinaria que te lleva a competir por encima de tus posibilidades. Porque un futbolista comprometido, si es además talentoso, vale por dos. Y es que en la capacidad de imaginarnos a nosotros mismos como héroes reside el verdadero valor del éxito, porque los regalos nunca hay que darlos por sentados y las recompensas gustan mucho más si los logros se alcanzan gracias al esfuerzo.

El Atleti que jugó en Almería no fue sino la prolongación del mismo Atleti que hemos vislumbrado, durante toda la temporada, cada vez que se pone la camiseta de visitante y trata de ganar aplicando la ley del mínimo esfuerzo. Puede que esa capacidad tan generosa con el aficionado que ha adquirido para ganar los partidos como local les haya llevado a la confusión de creer que todos los estadios son jauja y que nadie va a querer exigirte delante de su gente. De esta manera, cada equipo que recibe al Atleti obtiene una dosis de motivación extra; primero por enfrentarse a un grande de la categoría y segundo porque saben de antemano que le pueden y, ya puestos, hasta le deben ganar. Así, cada vez que el Atleti encuentra un equipo extramotivado, en lugar de sacar el puño y apretar los dientes, opta por asustarse, recular hacia su área y dejar que los goles le entren por inercia.

Primero fue Valencia, luego Las Palmas, después el mejor Barça de la temporada tras ser arrasados por un Athletic en alza, después no se había visto un Sevilla igual en dos años y ahora es el mejor partido del Almería como local después de encadenar dos meses sin hacer un solo gol en su estadio. Que todo sea contra el mismo rival deja de ser casualidad, que todo sea contra el mismo rival empieza a decir mucho de un equipo que quiere jugar a gustarse cuando se encuentra arropado por su gente pero que, cuando siente el frío del abandono, prefiere dejar pasar los minutos y esperar a que el chaparrón termine por escampar. Cuando lo hace, se va a casa empapado y aterido. Da igual, quizá piense, otra vez será ¿Pero cuándo será? La perspectiva indica que dentro de mucho porque jugando así no sólo no ganas al colista sino que mereces perder con creces. El siguiente partido es en Cádiz; seis meses sin ganar un partido. Los amarillos ya se frotan las manos.

miércoles, 14 de febrero de 2024

Aventura

Sobrevive un alto nivel de riesgo en la mente de los audaces, ese sentimiento extremo que conduce hacia la aventura, esa insistencia tan meticulosa que no se borra ni cuando el error hace acto de aparición, esas palabras que nunca viajan con el viento puesto que, más que promesas, son auténticos actos de fe que, cuando se hacen carne, son capaces de levantar en un impulso a toda una multitud.

El Barça enfrenta la peor crisis de sus últimos veinte años subido a lomos de un niño que no quiere dejar de lado la responsabilidad. Sabedor de que las oportunidades no se regalan, se ha empeñado en situarse por encima de todos y conducir a su equipo hacia la victoria por más trabas que sus propios compañeros le pongan al empeño. Tras un error grosero de Araujo, una inexplicable decisión de Kounde o una conducción sin sentido de De Jong, aparece siempre un desborde y un ingenio del joven Lamine Yamal, dispuesto siempre a corregir errores tanto propios como ajenos.

Yamal es un producto más de una inagotable cantera de valores que se ha aprovechado de un momento clave en la historia del club. En su última gran crisis, aparecieron tipos como Valdés, Puyol y Xavi primero para dar testigo al final del túnel a dos genios sin parangón llamados Lío Messi y Andrés Iniesta. En este camino de regreso al barro, visto que el club sólo se las puede ingeniar a base de palancas, Xavi ha decidido que morirá joven pero morirá con todo y ese todo incluye a una cuadrilla de niños que han saltado a la titularidad para sujetar la crisis con sus manos e incluso tratarla de borrarla con sus pies.

Entre ellos destaca el bisoño Lamine que, con tan sólo dieciséis años, se echa a la espalda al equipo cada vez que tira un desmarque pegado a la banda derecha. Desde allí ha aprendido que la mejor escuela es la improvisación y la mejor carta es el talento; por ello encara, dribla y, generalmente, gana el espacio suficiente para dejar atrás al defensor y provocar una ocasión de gol que, visto lo visto, cuesta mucho conseguir.

Desde el extremo, Lamine Yamal ha llegado al fútbol de élite para asentarse como una estrella, primero en el Barça y después, ya veremos, en la selección. De momento ya ha batido récords de precocidad y eso, más allá de lo llamativo, alcanza lo sustantivo, porque que esté jugando no es ningún capricho, como ya dijeron algunos, si lo hace es porque, ahora mismo, es el único jugador de Barcelona capaz de proponer algo distinto a los demás, algo ilusionante tratándose de un niño y algo preocupante tratándose de un club lleno de tipos con un currículum tan brillante que hasta serían capaces de deslumbrar.

miércoles, 7 de febrero de 2024

La pulga

Ahora que los flashes se apagan, que la cuesta a abajo parece un precipicio, que la lejanía nos envía ecos de enfermería, que las viejas amistades han llegado para arroparle en su penúltimo viaje, ahora que el mundial soñado está en la estantería de las promesas cumplidas, que los premios han vuelto a relucir el expediente, ahora que los críticos quieren trocear su decrepitud, que el fútbol sigue siendo sabio pero el tiempo desagradecido, ahora que no quedan tipos como él, ahora que sabemos que no veremos otro como él, es de merecida obligación rendir el homenaje porque lo póstumo suele llevar el aroma de cierta demagogia sentimental, pero lo sincero siempre es doblemente abrumador, primero porque cuenta la historia, segundo por la englosa.

Lionel Messi ha sido Dios sin necesitarlo y discípulo eterno sin pretenderlo. Porque lo suyo fue más allá del corazón; lo suyo fue un idilio con la pelota que empezó cuando no podía crecer y terminará el día en el que diga adiós entre lágrimas. Se marchó del Barça y el agujero que dejó fue tan grande que ni las viejas glorias de banquillo han sido capaz de taparlo. Y es que Messi fue al Barça, como la llegada del profeta llegado desde otra tierra, el tipo que les hizo creer inmortales, el hombre que, con su sóla presencia, condicionó el fútbol de todos los rivales a los que se enfrentaron.

Porque Messi fue tres jugadores a lo largo de su carrera. Primero un extremo inciso que driblaba por talento y definía por condición, después un nueve retrasado que abarcaba el espacio y dominaba los tiempos y, finalmente, un gobernador con puño de hierro que conseguía el propósito de que los partidos se jugasen dónde y cómo él quería. De esta manera llegó el título mundial, con un grupo de compañeros entregados a él y un último servicio a la causa de una majestuosidad tan grande que pasará el tiempo y se le comparará, esta vez sin miramientos, con los más grandes de la historia.

Porque el lugar de Messi es ese; el olimpo de los dioses del balón donde perviven las sinfonías de Di Stéfano, las invenciones de Pelé y el genio ingobernable de Maradona. El hombre que convirtió en oro lo que tocó también llegó de Sudamérica, tierra de ínfulas y sueños, de despechos y realidades, de pasión y gloria. Allí lo crió un potrero y el mundo aprendió su nombre desde que se presentó ante la gente volviendo loco a Mourinho y su plan defensivo el día que cayó el Chelsea y el ciclo del fútbol viró ciento ochenta grados buscando fortuna en el pie izquierdo de un niño que llegará a hombre colmado de honores.