jueves, 17 de junio de 2021

Paletos

Que somos un país de quijotes ya quedó claro desde que Cervantes retrató nuestra locura patria en las desvergüenzas de un pueblo que se reía de un pobre diablo. Porque aquí, la fuerza no reside en el grupo sino que se utiliza al grupo para medir las fuerzas y se utiliza la multitud para huir de la cobardía y dejarnos llevar por esa sorna tan sonrojante que nos delata como animosos ventajistas en lugar de como cuerdos analistas.

Empujados por la corriente de opinión nos apuntamos a las modas y nos aprovechamos de la inercia para jugar al pim pam pum con quien sea, porque aquí no hay más leña que la que arde pero a nosotros nos gusta hacer fuego con la madera ajena. Y claro, basta que el ínclito seleccionador haya cometido el pecado capital de no convocar a ningún futbolista del equipo que domina el espectro de opinión del país para que todas las miradas se hayan tornado en su contra y todas las palabras sean aguijones contra su espalda. Lo que no espera es que el tipo, con el lomo curtido y con más valor que intenciones, va a seguir jugando al suicido y se va a pasar por el forro todas las corrientes de opinión porque aquí él es el que manda y nadie le va marcar su hoja de ruta.

España no va a ganar la Eurocopa. Lo siento por el spoiler, pero no lo digo por el simple ejercicio de ser agorero sino porque, haciendo un sincero ejercicio de análisis, no tenemos los mimbres suficientes como para dar de nuevo este golpe en la mesa. Pero más allá del resultado, no se le puede negar a Luis Enrique el esfuerzo colectivo del grupo, las ganas por intentarlo y, sí, durante muchas fases de los partidos, las intenciones por jugar un fútbol bonito y de ataque. El problema es que falta contundencia atrás, carácter en el medio y puntería arriba, y sin los conceptos básicos de los equipos campeones resulta muy difícil salir campeón, algo que lo más seguro no ocurra y que, seguramente, tampoco hubiese ocurrido con jugadores del Madrid en la convocatoria.

No nos dejemos engañar; Ramos está convaleciente, Nacho ha hecho un temporadón pero no sube el nivel defensivo tantos puntos como para poder añorarle y Asensio e Isco, jugadores sobre los que hace tres años se podría haber formado un proyecto ganador, soy hoy sólo sombras de lo que aspiraron a ser. Luis Enrique no ha actuado con el corazón sino que lo ha hecho con la cabeza por más palos que quieran atizar en su espalda y por más desprecios que vaya acumulando con la suma de los resultados. Y es que tanto lo acontecido más allá del estadio como lo hecho en el mismo recinto nos refleja más como sociedad que como país, porque le damos al seleccionador por el antojo de una corriente de opinión y le damos a nuestro delantero por el antojo de una corriente de maldad. Llevamos más de un año pidiendo de rodillas que nos dejen entrar a un estadio y cuando se dan las circunstancias aprovechamos el regalo para insultar a uno de nuestros jugadores. Aún somos demasiado paletos.

viernes, 11 de junio de 2021

New Pross

Durante los primeros años, los ingleses se negaron a participar en los campeonatos del mundo porque aquello, más que una competición, era una manera de hacer creer al mundo que había un país mejor que ellos. Creer eso era una afrenta, claro está. Los inventores del juego se creían intocables y, por lo tanto, invencibles por el mero hecho de ser pioneros y por ello no quisieron poner en juego su prestigio mientras el resto de países se batían el cobre entre sí. No fue hasta que, en 1953, Hungría les puso de cara a la pared y con las piernas por el aire, cuando fueron conscientes de que su fútbol se había quedado obsoleto y que debían abrir las miras si no querían verse vapuleados tras la visita de cualquier equipo foráneo.

Tardaron más de diez año en cerrar aquella herida y, cuando fueron capaces de levantar el trofeo Jules Rimet en 1966, creyeron que el ciclo se había completado y que volvían a gobernar en el mundo. No sabían cuán equivocados estaban. A pesar de competir como animales en el mundial de México en 1970, el equipo inglés regresó a casa eliminado por los alemanes y, desde entonces, iniciaron un peregrinaje por tierras yermas que les llevó a saborear las mieles del fracaso un verano tras otro.

Desde entonces, tan sólo han sido tres las ocasiones que han sido capaces de superar la barrera de los octavos de final, no jugando la final en ninguna de ellas. En Italia, tras la conjugación de un centro del campo espectacular comandado por Platt y Gascoigne y secundado por Waddle y John Barnes, se toparon de bruces con la Alemania de Matthaus y Klinsmann. Seis años más tarde, fueron los mismos alemanes quienes les eliminaron en la Eurocopa que se celebraba en suelo inglés y no hay irse muy lejos en el tiempo para llegar al mundial de Rusia celebrado en 2018 donde los ingleses se toparon con la Croacia de Modric en sus ansias por alcanzar su primera final después de más de cincuenta años.

Lo que dejó aquel último fuego apagado por Mandzukic en los últimos minutos del partido, fueron unas brasas de calidad que prometen volver a dar guerra e incendiar de una vez un continente que siempre ha mirado hacia arriba con la creencia de que aquellos anglosajones prometían mucho ruido pero apenas traían nueces. Por ello, para dar el paso definitivo, la selección inglesa necesita, más que nada, empezar a creérselo de una vez y para ello cuenta con un puñado de jóvenes talentos algunos de los cuales ya llevan dominando en continente durante varios años en las categorías inferiores.

Aaron Ramsdale es un portero corpulento y de estatura mediana, no obstante tapa sus carencias con una agilidad felina y unos reflejos portentosos. Plástico en sus estiradas y valiente en sus salidas, el portero del Sheffield United se ha quedado a las puertas de la Euro pero, a sus veintitrés años, el chico de la eterna sonrisa, promete demasiadas tardes de gloria como para dejar de ser tenido en consideración.
Trent Alexander-Arnold no ha tenido, ni mucho menos, su mejor temporada. Las lesiones le han lastrado y ha arrastrado, durante todo el curso, una forma física demasiado alejada de su esplendor. Todo ello lo ha notado el Liverpool pues se trata, sin duda, del mejor lateral derecho del fútbol actual. Y es que Alexander-Arnold no es sólo un portento físico, técnicamente tiene un guante en el pie derecho y una visión de juego privilegiada. Cuando se viene al centro es un mediocampista más y cuando gana la banda es el mejor extremo de su equipo. Asistente y goleador, Trent puede ser el lateral de la próxima década. De momento, Inglaterra no podrá contar con él en esta Eurocopa y es que a este año aciago sólo le faltaba esta inoportuna última lesión.

Reece James no tiene el pie y el recorrido de Alexander-Arnold pero tiene una fortaleza defensiva de la que carece el lateral del Liverpool. Listo para defender y, sobre todo, para hacer las coberturas, se ha adaptado perfectamente al puesto de carrilero en el tres, cinco, dos de Tuchel, siendo tan polivalente que incluso ha llegado a adaptarse al puesto de central por el perfil derecho. Es rápido pero sobre todo es fuerte y con la ausencia de Alexander-Arnold, es posible que se haga con la titularidad en el perfil derecho de la defensa inglesa.

Ben Godfrey es un prodigio en velocidad. Es cierto que tiene que pulir muchos defectos defensivos, sobre todo los correspondientes a la colocación, pero cuando tiene el día bueno es todo un espectáculo. Suele ir como una bestia a por el balón y la falta de medida le juega malas pasadas, pero su velocidad le ayuda a corregir muchos de sus errores y sus aventuras conduciendo el balón tienen el poder de poner o bien en pie o bien un nudo en la garganta de los espectadores de Goodison Park. La presencia de defensores más veteranos como Maguire, Shaw o Stones le ha cerrado las puertas de la Eurocopa, pero no se sabe si Southgate terminará echando en falta a un defensor más rápido entre tanta lentitud.

Declan Rice será, en principio, el acompañante de Jordan Henderson en el doble pivote de la selección inglesa. Con veintiún años se ha convertido en el líder de un West Ham que ha cuajado una temporada espectacular y en el mediocentro de moda en el fútbol inglés. De aspecto algo tosco y maneras algo heterodoxas, Rice es un mediocentro puro de la antigua escuela. Siempre bien posicionado y sin arriesgar en el pase, es el hombre boya sobre el que gira el juego de un equipo que ha anotado sesenta y dos goles en este curso y que se ha quedado a dos puntos de la Champions. Por edad y sabiduría en el juego, el West Ham no tardará en recibir ofertas por su futbolista más prometedor.

Jude Bellingham es un mediocentro de un corte radicalmente distinto a Declan Rice, sin embargo, viven en él todos los conceptos que han aupado a la historia a los grandes centrocampistas. Cierto que es joven y tiene que ganar vuelo y algo de físico, pero tiene un talento descarado para la conducción, el regate y, sobre todo, el pase. Es el chico más joven en la lista de Southgate para la Eurocopa. Con tan sólo dieciocho años se ha ganado un puesto en el Borussia Dortmund y promete tardes de fútbol de mucho nivel.

Bukayo Saka es un extremo en la concepción más clásica del término. Es un jugador que vive de la velocidad y, como tal, vive más cómodo jugando al espacio que recibiendo al pie. Si cuenta con un buen lanzador, sus carreras son un compendio de velocidad y potencia. Más de un defensor ha acabado con la lengua fuera tratando de alcanzarle. No es un gran regateador, pero sabe salir por los dos perfiles y convertirse en un arma mortífera cuando su equipo puede contragolpear.

Mason Mount es, sin duda, el mayor talento creativo en la actual selección inglesa. Líder espiritual del actual campeón de Europa, se ha consagrado en su temporada más brillante gracias a su naturalidad para jugar al fútbol cómo los ángeles. Dotado de un sinfín de recursos técnicos, Mount conduce la pelota con la elegancia de los artistas y regatea con la facilidad de los bailarines. Normalmente acostado a la izquierda, gusta de tirar diagonales y combinar con sus delanteros para fabricar las jugadas más bonitas. Apunta a ser uno de los mejores jugadores de la Eurocopa.

Mason Greenwood se ha quedado fuera de la lista de Inglaterra para la Eurocopa, pero dada su calidad y su descaro, no tardará en formar parte de ese vivero de jóvenes talentos en el que se ha convertido la selección inglesa. Dotado de una magnífica técnica para la conducción en carrera, el ambidiestro Greenwood recuerda, a sus veinte añitos, al primer Ryan Giggs, aquel que desbordaba con facilidad a su par, ponía caramelos en el área y, además, tenía sentido de la colocación para llegar a gol en el instante preciso. Muchas de las aspiraciones de futuro del Manchester United pasan por las botas de este imberbe chavalito criado en la cantera del United desde los seis añitos.

2021 ha sido el año de la consagración en la élite de Phil Foden. El chico llevaba desde los quince años dominando los campeonatos de selecciones en categorías inferiores y, cuando le ha tocado dar el salto, no ha decepcionado a nadie porque tiene carácter y categoría de sobra para ser un jugador de época vistiendo la camiseta del Manchester City. Aunque Guardiola le sitúa como jugador en los costados, tiene alma de verso libre y calidad de sobra para jugar como segunda punta, puesto en el que quizá juegue en la Eurocopa como acompañante de ataque de Harry Kane. De ser así, Inglaterra contará con la mejor conducción en carrera del continente y con un chico que amenaza con destruir todos los registros de la Premier.

La irrupción de Haaland como el gran goleador de los próximos años nos haBimpedido disfrutar en pleno de la magnífica temporada de Jadon Sancho. Cuando eran niños, Sacho y Foden compartieron camiseta en las inferiores del Manchester City, pero escuchando promesas que se terminaron cumpliendo, Sancho decidió marcharse a Dortmund y terminar de formarse en un club que, desde hace tiempo, apuesta en grande por las jóvenes promesas. Sobrevive en Sancho el salvajismo del fútbol vertical que tanto nos ha hecho disfrutar toda la vida. Es fuerte, es rápido, es certero y tiene un guante en su pierna derecha. Si ganase en consistencia y terminase de aparecer en los partidos importantes sería, sin duda, uno de los mejores jugadores de la próxima década.

No sabemos cual será el papel de Inglaterra en esta Eurocopa, primero porque no deja de ser un buen outsider que aún no ha dejado atrás sus complejos y necesita un golpe en la mesa que no termina de dar, segundo porque todas sus promesas son niños imberbes que aún no han despuntado en serio en un campeonato de semejante categoría y tercero porque ganar en Europa significa un camino demasiado duro para una selección que hace más de cincuenta años no demuestra una capacidad competitiva de verdad como para darle la vuelta a los pronósticos. Pero si algo tenemos claro es que este equipo tiene mimbres para divertir, mimbres para ilusionar y mimbres para jugar muy bien al fútbol. Le toca a Southgate hacer un buen cesto.

lunes, 31 de mayo de 2021

Pichichis: Cayetano Re

Cuando le echaron del Barcelona, la afición se echó las manos a la cabeza y el mundo del fútbol miró perplejo. Aquella temporada, la 1966-67 ya había anotado cinco goles que, sumados a los cincuenta que había anotado en las tres temporadas anteriores, le colocaban en el escalafón de los goleadores más deseados. Y eso que era un tipo atípico, sólo medía un metro y sesenta y tres centímetros y tenía un aspecto achaparrado, no daba la impresión, de ningún modo, de demostrar autoridad dentro del área. Pero la demostraba.

Había debutado muy joven con la camiseta de Cerro Porteño en su Paraguay natal, casi cuando empezó a destacar, el seleccionador paraguayo se lo llevó al mundial del Suecia y fue allí donde se puso en el escaparate y llamó la atención de los ojeadores europeos. El chico era bajito, sí, pero veloz como un rayo y mostraba un hambre voraz dentro del área. Se comía cada pelota, mordía el aire si hacía falta. Su siguiente destino fue Elche. José Esquitino, presidente del Elche, fue informado por el ojeador Boghossian de que había un chico que les podía interesar. Le firmaron y en poco tiempo se convirtió en el ídolo de la grada. Era astuto, habilidoso y agresivo y tenía una media vuelta, perfeccionada gracias a su punto de gravedad bajo, que dejaba tiesos a la mitad de los defensores.

En el Elche anotó treinta goles en cuatro temporadas. Era listo, muy listo para encontrar el espacio y rápido, muy rápido como para tratar de alcanzarle una vez que había ganado un metro. Tenía siempre ese brillo en la mirada de los que buscaban comerse el mundo y mantuvo durante mucho tiempo esa habilidad para rematar en carrera y dejar secos a los porteros rivales. Tan bien lo hizo en Elche que en 1962 el Barcelona pagó más de seis millones de pesetas por su fichaje. Allí lo hizo bien, tanto que ganó la Copa en su primera temporada y la Copa de Ferias en la última. En la liga 1964-65 terminó con veintiséis goles en treinta partidos, lo que le convirtió en el máximo goleador de la temporada y en uno de los jugadores de moda. Eran años difíciles, el Barcelona se había empequeñecido demasiado con respecto al Real Madrid y poder rascar un título importante se había convertido en una misión casi imposible. No obstante, nunca dejaban de soñar en grande y para ello contaban con futbolistas importantes como Cayetano Ré, durante un par de años, el ídolo de la afición.

Pero entonces llegó aquella derrota en Elche y la bronca con el entrenador Roque Olsen. El argentino, hombre de carácter, chocó con Cayetano Ré y le acusó de no haber querido jugar bien contra su ex equipo. Aquello encendió al paraguayo y la bronca se escuchó al otro lado del Martínez Valero. Separados por los futbolistas, volvieron a Barcelona en silencio sabiendo que allí no había vuelta atrás. Pocos días más tarde, recibió una propuesta del Real Madrid, pero él quería quedarse en Barcelona y decidió firmar con el Español.

"En el Español jugué mi mejor fútbol", declararía Cayetano Ré años más tarde. Y es que allí encontró una familia, un lugar idóneo donde sentirse apreciado y un sistema que potenciaba todas sus cualidades. Junto a Amas, Marcial, Rodilla y José María, formó la delantera de los cinco delfines, aún venerada por los más nostálgicos del club y aún en el podio de los equipos que más alegría han dado a la afición perica. Porque ellos acogieron a Ré como a un hijo más y le hicieron sentir el jugador más importante del mundo. Su éxito abrió la puerta a otros jugadores paraguayos que, más tarde, terminarían aterrizando, y triunfando, en el fútbol español. Con él, en Elche, ya habían jugado Lezcano y Romero, y tras él, en otros equipos, terminarían triunfando Diarte, Fleitas, Amarilla, Osorio o Benegas.

Durante tres temporadas consecutivas fue el máximo goleador del Español. "Yo no corría, volaba". Era la manera de explicar cómo se sentía cada vez que se enfundaba la camiseta blanquiazul. Con ella anotó cuarenta y siete goles y, sobre todo, deleitó a la afición españolista con su repertorio de regates y arrancadas que dejaban siempre en pie a aquellos defensas tan hoscos de los años sesenta, esos tipos sin piedad que tenían la máxima de o pasa el balón o pasa el jugador y que terminaba casi siempre con el jugador camino del vestuario. Pero Cayetano Ré no tenía miedo y sabía buscarse la vida como nadie cuando se enfrentaba a alguien más alto y más fuerte que él. En total anotó ciento cuatro goles en Primera, colocándole en el puesto número setenta y tres de los máximos goleadore de la historia de la liga. Una cifra nada desdeñable para un tipo que, durante nueve temporadas jugó en equipos de propósitos menores.

Tras su adiós al Español, ya con treinta y tres años, recaló en el Tarrasa para jugar un año y retirarse con treinta y cinco en Badalona. Tras colgar las botas regresó a Elche, lugar donde había conocido a su esposa y comenzó una carrera como entrenador con muchas paradas pero sin mucho éxito. No obstante, acudió al rescate de Paraguay y clasificó a su selección para el mundial de 1986 siendo allí el primer entrenador expulsado en la historia de los mundiales tras una bronca con el árbitro. Como aquella que había tenido con Roque Olsen. Como tantas otras que había tenido por obra de su carácter irascible cuando se le calentaba la garganta. Un tipo con genio, un jugador especial, un goleador atípico, un delantero bajito pero gigante en su concepción del juego. El Delfín del gol, aún presente en la memoria de los escombros del viajo estadio de Sarriá.

jueves, 20 de mayo de 2021

Cañoncito pum

Extrapolar en un ejercicio imposible porque los tiempos han cambiado tanto que resulta impensable ponerse a imaginar hoy a un tipo gordo, lento y viejo marcando tantos goles como partidos disputa. Porque el fútbol hoy es más para atletas que para talentosos, más para fuertes que para oxidados, más para tipos con despliegue que para tipos con pegada. Pero no debemos olvidar que en el fútbol ha primado por encima de todo el talento y que por encima de la condición física han sobrevivido en la élite los que tenían ese toque de distinción en su condición técnica.

Cuando Puskas llegó a Madrid nadie creía en él salvo Santiago Bernabéu. Se generó un cisma de tensión tan notable que incluso Samitier, secretario técnico del club, salió por patas antes de ver venir el desastre. El equipo era el mejor y jugaba de memoria, no entendía por qué había que romper la armonía con la llegada de un tipo que llevaba dos años sin jugar y había engordado más de quince kilos. A primera vista, el hombre que salió a jugar vestido de blanco parecía un exfutbolista, a primera vista, aquel tipo con alma de artista había llegado allí para trincar su contrato, dar lustre al club y decir adiós por la puerta de atrás.

Puskas llegó a Madrid con treinta y un años y se marchó con treinta y nueve, doscientos cuarenta y dos goles anotados, diez títulos y la impronta de un tipo como no se ha visto igual. Porque en Puskas sobrevivía lo imposible y se imponía lo admirable. Dotado de una capacidad excelsa para el golpeo de la pelota, desde su pierna izquierda nacieron algunos de los goles más sorprendentes que vivió el Bernabéu en su época de máximo esplendor. No necesitaba correr, no necesitaba cuerpear, no necesitaba buscar la pelota porque la pelota siempre le encontraba a él en el lugar idóneo y en el momento preciso. En cuanto a prestaciones y control del juego, es posible que no haya existido, en la historia del fútbol, un jugador de ataque semejante a él.

Pero la historia de Puskas no se reduce a su periplo español, aquello fue el epílogo de una carrera admirable que había comenzado en Hungría durante los años duros del telón de acero, hasta que un grupo de valientes decidieron marcharse de allí y pedir asilo en occidente. Antes de aquello, Puskas fue el estilete de un equipo memorable, posiblemente la mejor selección de fútbol de la historia. Un equipo que humilló a Inglaterra, que conquistó el Olimpo, que tuvo una racha de imbatibilidad asombrosa y que perdió con honor una final de un mundial cuando todo el mundo esperaba su coronación.

Puskas fue un jugador improbable en el tiempo más probable; cuando la uve doble eme reconvirtió la anarquía en táctica, cuando las posiciones empezaron a representarse con números, cuando los goles se marcaban en el área pequeña, Puskas transformó el fútbol de ataque dotándolo de finura, elegancia y un golpeo de balón tan violento como nunca se había visto. Cañoncito Pum. Así le llamaban los castizos. Así le disfrutaron los clásicos. Así le recordaron los nostálgicos.

martes, 11 de mayo de 2021

Cuando la dignidad venció al miedo

La historia del fútbol está llena de jugadores buenos, malos y regulares, algunos con momentos puntuales de gloria, otros innovadores y muchos, la gran mayoría, tipos que el tiempo relegó al olvido y pasaron de temporales a desaparecidos. Sólo unos pocos, muy pocos, son capaces de jugar en la élite más pura y sólo unos pocos, muy pocos, son realmente recordados cuando el tiempo hace mella en la memoria y un gol nos invoca a momentos en los que supimos ser felices.

Antonio Calpe fue un gran defensa lateral, con un palmarés notable y un amor por el Levante fuera de toda duda. Pocos recordarán su nombre en los mejores momentos del Real Madrid, pero él estuvo en la plantilla que levantó la sexta Copa de Europa y él permaneció allí durante un lustro ganando ligas, copas y destronando a tipos históricos como Pachín y Santamaría.

Pocos le echaron de menos cuando se marchó porque, a pesar de ser importante y, durante muchos momentos, indiscutible, el Madrid es una máquina que funciona a todo vapor y va fabricando tipos legendarios de un año tras otro. Calpe regresó a su equipo, el Levante, cuando había sobrepasado la treintena y tenía las rodillas destrozadas. Aceptó jugar en tercera, volvió con el equipo a Segunda y la afición le adoró para siempre. Él ya había estado allí cuando el equipo ascendió a Primera en 1963 y volvía a estar cuando el equipo estaba en el pozo más profundo.

La admiración de su gente se la ganó con gestos, fútbol y altruismo deportivo. La admiración del pueblo la ganó con el tiempo cuando se conoció que el tipo, además de saber jugar al fútbol tenía memoria y, sobre todo, supo tener dignidad cuando el miedo le puedo haber vencido en el momento más crucial de su carrera.

El mes de mayo de 1966 tocaba a su fin y la temporada del Real Madrid se había convertido en exitosa después de haber conquistado la sexta Copa de Europa. A modo de homenaje, el dictador Franco invitó al equipo a una recepción en el Pardo donde serían colmados de honores por haber salvado, una vez más, el honor patrio de cara al exterior. El Madrid era la imagen de España y Franco se aprovechaba de ello para lucir escudo y sacar pecho. Por eso, cuando el capitán Ignacio Zoco entró en el vestuario y convocó a sus compañeros a una reunión, nadie pudo imaginar que la dignidad de Antonio Calpe iba a estar por encima del momento histórico.

"Mañana todos de punta en blanco que nos va a recibir el Caudillo". "Yo no pienso ir". Hubo un silencio, alguna cara extraña, algún ceño fruncido, pero pocas palabras. La mayoría de allí, los afectos al régimen y los que no lo eran tanto, sabían la historia familiar de Calpe. Su tío Antonio, quien le había otorgado el nombre de pila, había sido fusilado por el gobierno franquista una vez hubo terminado la guerra. Una manera de purgar la ideología contraria y una patada a la promesa de paz que hizo a cambio de rendición. Por ello Calpe, el lateral del Real Madrid, sacó pecho y se negó a asistir al lugar donde vivía el tipo por cuyos preceptos había muerto su tío. "No podía darle ese disgusto a mi abuela".

Y no se lo dio. Y permaneció en pie, en el Real Madrid y en el ideario colectivo de mucha gente. Primero, cuando vieron que regresaba a su rescate, de los aficionados del Levante. Y después, cuando supieron que había desafiado a los preceptos y a los convenios, del resto de españoles que se quisieron poner en pie para aplaudirle y ponerle como ejemplo de dignidad frente a la dictadura del miedo.

jueves, 29 de abril de 2021

Agonía y descuento

Ahora que vemos al Chelsea buscando de nuevo su sitio en la élite, ahora que viene rebotado de sus propios fracasos y sus innumerables intentos por reconstruirse, ahora que le vemos jugar bien y aspirar al trono, echamos la vista atrás y recordamos aquella temporada tan tenebrosa en la que, como en esta, prescindió de su entrenador a mitad de temporada para terminar, contra pronóstico, levantando la copa de todas las copas.

El día ocho de marzo de 2012, el West Bromwich asaltaba Stamford Bridge, se llevaba el partido y, de paso, se llevó por delante la efímera etapa de André Vilas-Boas como entrenador blue. El portugués, que había llegado con la vitola de ser el nuevo Mourinho tuvo que ver como el reto se le quedaba grande y, perdido en su propias dudas, terminaba por ser cesado después de que el equipo no encontrase el juego y la identidad. El Chelsea iba quinto y Abramovich le dio las riendas a Roberto Di Matteo, entonces segundo entrenador y, hasta hacía unos años, timón en guía del equipo, y con cierta ascendencia dentro del vestuario.

Como el equipo estaba roto anímicamente y físicamente no estaba lo totalmente entero como para repartir los esfuerzos, el italiano jugó sus bazas a la Champions y, si terminó saliendo ganador del envite fue más por las vicisitudes encontradas en momentos puntuales que por el mero juego desplegado. El equipo terminó sexto en liga, lo que para un equipo, como el Chelsea, que contaba los veranos por fortunas invertidas, era poco más que un fracaso. Pero todos los reveses, en fútbol, cuentan con la oportunidad de ser redimidos, y aquel Chelsea se redimió de la manera más espectacular.

El comienzo de la competición no fue malo. De los primeros tres partidos se ganaron dos con siete goles a favor y tan sólo uno en contra. Sin embargo, en la cuarta jornada empató a uno contra el Genk de un jovencísimo Kevin De Bruyne, a quien terminará fichando en invierno, y se complicó la clasificación después de perder en Leverkusen por dos goles a cero. En aquel momento, y debido a los malos resultados en la competición liguera, la cabeza de Vilas Boas ya pendía de un hilo. O se ganaba al Valencia o se quedaba fuera en fase de grupos. El equipo sacó más orgullo que fútbol y terminó venciendo por tres goles a cero. Match ball salvado.

Pero la auténtica agonía estaba aún por llegar. La despedida a la competición bien podría haber llegado en Nápoles. Allí, ante la borrachera de juego y goles de Lavezzi y Cavani, el Chelsea aguantó de pie gracias a un solitario gol de Mata y se llevó a Londres un preocupante dolor de cabeza y la obligación de remontar un tres a uno si se quería llegar vivo a los cuartos de final. El milagro estuvo a punto de no producirse ya que un gol de Inler estuvo a punto de darle la eliminatoria a los italianos, pero un penalti transformado por Lampard llevó el partido a la prórroga y fue allí cuando comenzó el idilio entre el Chelsea y los minutos de descuento.

En cuartos, Raúl Meireles ajustició al Benfica en el minuto noventa y dos del partido de vuelta. La eliminatoria ya estaba ganada, pero había que cogerle el gusto a los minutos de descuento porque iban a resultar decisivos. Por ello, cuando el Barça de Guardiola llegó a Stamford Bridge para pelear por su lugar en la final de la Champions, el Chelsea puso el modo roca y se dedicó a esperar su oportunidad. En un festival ofensivo del Barça en la primera parte con un disparo al larguero, un balón salvado bajo palos por Cole y tres buenas paradas de Cesc, el Chelsea encontró su oportunidad en el minuto cuarenta y siete. Drogba aprovechó un balón dentro del área y el Chelsea se marchaba al descanso aprovechando su ocasión. La segunda parte, a pesar del asedio, aguantó de pie y se llevó un uno a cero a Barcelona que, como todos sabemos le terminaría valiendo.

Porque lo que sucedió en Barcelona es una mezcla entre milagro y un ejercicio de resistencia sin igual. El Chelsea, con dos a cero abajo y con un hombre menos durante casi una hora, terminó empatando el partido a dos con dos goles, como no, en los minutos de descuento de cada una de las partes. Terminado el primer tiempo, un balón al espacio fue aprovechado por Ramires para picar la pelota por encima de Valdés con mucha maestría, y cuando el Barça, que incluso había fallado un penalti, estaba completamente volcado sobre el área del Chelsea, Torres bajó un despeje para plantarse solo ante el meta azulgrana y batirle después de un perfecto regate. Era el minuto noventa y dos. El Chelsea estaba en la final. Aún quedaba rizar el rizo.

Y es que la final era, ni más ni menos que en Munich y contra el Bayern. Tocaba ganar a lo grande. Y vaya si se hizo. De la manera más inverosímil posible. Un Chelsea diezmado por las bajas de Terry, Ivanovic, Ramires y Meireles, se presentó en cuadro y se dedicó a defender su área durante noventa minutos. El Bayern encontró el gol en el ochenta y tres y cuando el partido se iba a su fin y la copa se quedaba en Munich apareció la cabeza de Didier Drogba para darle al gato su séptima vida.

En la prórroga el Bayern falló ocasiones, falló un penalti y perdió los nervios. Parecía imposible hacerle un gol al sexto clasificado de la liga inglesa. Gatitos indefensos en la Premier y fieros leones en la Champions, competían como animales mientras la parte roja de la grada se echaba las manos a la cabeza y comenzaba a temerse lo peor.

Y lo peor llegó en la tanda de penaltis. No fue fácil, claro. Nunca lo fue, pero de nuevo las circunstancias y los momentos puntuales jugaron a favor del Bayern. Empezó fallando el Chelsea, porque aquella película de suspense no iba a ser de Óscar si el protagonista empezase resolviendo el caso desde el principio. Así que el Bayern anotó los tres siguientes y se quedó a las puertas del campeonato, pero entonces falló Olic y marcó Cole, y falló Schweinsteiger y marcó Drogba, y el Chelsea fue campeón, y lo que parecía una temporada horrible terminó en doblete, porque el equipo, despojado de complejos, le había ganado la final de la FA Cup al Liverpool diez días antes, y mientras los hinchas gozaban y los jugadores abrazaban muy fuerte al mejor jugador de su historia, en los ojos de Didier Drogba se reflejaba el sufrimiento de lo que había costado llegar allí. Una final perdida, en 2008, una oportunidad perdida en los pies de Iniesta, dos años de hombros caídos y una docena de momentos puntuales abrazados a los tiempos de descuento. Porque muchas veces los campeones necesitan el talento, otras necesitan el esfuerzo y, casi siempre, unas más que otras, necesitan siempre de esa dosis de suerte que convierta en placer los momentos de agonía.

jueves, 22 de abril de 2021

Pobres hombres ricos (Por José Sámano)

El sainete de la Superliga VIP ha concluido con una victoria inesperada, al menos para los oligarcas del faraónico proyecto. El pueblo ha ganado por goleada. Al menos en Inglaterra, donde los aficionados —mucho más que clientes y súbditos, como les presuponen los megalómanos del tinglado— han prendido la rebelión definitiva, la onda expansiva que ha mandado al garete a quienes por unas horas se creyeron la jet set del fútbol. Una victoria popular incontestable: por muy ricos que ustedes sean, el fútbol es nuestro, de nuestros antepasados y futuras generaciones, hinchas anclados década tras década por un sentimiento de naturaleza casi tribal. Un lazo perpetuo con el club de toda la vida, con el equipo bandera de tal o cual ciudad, de tal o cual país. Miren ustedes, no nos importa el dueño mientras el juego sea nuestro. Rectificaron en la Premier y no hubo adhesión de la Bundesliga y la francesa Ligue 1. Finalmente, Europa cerró el paso a la ensoñación de Florentino Pérez y Andrea Agnelli, a los que el apabullante eco interior del Real Madrid y la Juventus no les sirvió como locomotora fuera de sus fronteras. Mientras, el Barça agazapado a la espera de cualquier chute financiero que le permita quitar telarañas de la caja.


Antes lo entendieron políticos como Boris Johnson y Emmanuel Macron, con más sentido demoscópico que aquellos que pretendían autoproclamarse únicos y exclusivos dueños del cotarro. Presidentes, jeques e inversores que no comprenden que pueden adueñarse de un club, pero no comprar el fútbol. Bien lo saben exjugadores como Karl-Heinz Rummenigge o Uli Hoeness, rectores del Bayern opuestos desde el principio a convertir el fútbol en una autarquía. O Pep Guardiola, contrario a esa idea ultracapitalista de obviar la esencia vertebradora y transversal de un juego basado en la meritocracia. Un motor de emociones sin parangón, ya sea en un barrio periférico o en una distinguida capital. El fútbol no se juega en Wall Street o en la sala de juntas de JP Morgan.


El error de cálculo de ese reducto de dignatarios del poder financiero ha sido mayúsculo. En primer lugar, por creer que el dinero les hace invulnerables. Solo con la chequera por delante se lanzaron a decretar un proyecto que no estaba del todo atado. Ni mucho menos, a la vista está. Con muchas, muchas razones de fondo, a los ideólogos del reseteo de la Copa de Europa les faltó un dictado transparente, conciso y persuasivo. Y, por supuesto, no elitista. Sobran argumentos para poner en jaque a la UEFA y la FIFA, más predispuestas como entidades de recaudación de lo ajeno que de compenetrarse con los clubes que sostienen su andamiaje. A los que más de una vez torpedean con calendarios imposibles o trabas comerciales impositivas con un único beneficio propio.


Es hora de que los clubes, todos, tengan más voz y voto. Si la UEFA no afloja su cerco a los primeros actores de esta industria, que ella gestione su Eurocopa y los clubes su Champions. Ocurrió en su día con las federaciones. Ya fueran LaLiga, la Bundesliga o la Premier, el fútbol entendió que había llegado el momento de la autogestión patronal en detrimento de los entes federativos. Pero esta vez no se trataba de independizarse de forma unánime de la UEFA para alumbrar una liga profesional europea. Los poderosos 12 disidentes pretendieron cerrar la mesa de una partida de póker, solo con algunas caritativas invitaciones a capricho. Hubiera bastado con presentar un plan ecuménico para pobres, ricos y clase media. Un fútbol de todos mejor para todos.


No cabe apelar a las “ruinas” económicas. Resulta paradójico que quienes inflaron el mercado galáctico como nadie, que quienes camuflan su condición de clubes-estado o quienes han agrandado hasta el infinito la caja fuerte de los intermediarios pretendan ahora aliviar la tesorería a costa de dejar en la cuneta a los que no creen de su divina condición. Con el pueblo, sea del Brighton, del Crotone o del Eibar, no se negocia. Se puede dar la espalda a toda UEFA de este mundo, pero no a las gradas. Y ya es chocante que las protestas más airadas fueran de los fans del Chelsea y el Liverpool, dos de las entidades aceptadas en esa Superliga del frac.


Tras el desaguisado es fácil distinguir el latido de estos días en las entrañas de Stamford Bridge, Anfield: nada de fútbol entendieron esos pobres hombres ricos goleados por el pueblo.



Publicado en "El País".

jueves, 8 de abril de 2021

Imparable

La evolución de los jugadores se presenta en varias etapas donde la concreción juega un papel importante y la paciencia, más que nada, juega un papel relevante. Uno empieza siendo promesa, continúa siendo un jugador a tener en cuenta, más tarde es un tipo importante y, cuando ha alcanzado la cúspide de su rendimiento, se convierte directamente en indispensable. Porque no hay más razón que el talento y no hay más condición que el físico privilegiado, para saberse dueño de una élite y saber aprovechar el momento comiéndote el mundo a zarpazos.

Es fácil comprobar cuando un jugador está en el mejor momento de su vida. Es fácil adivinar ese brillo en sus ojos, ese hambre en su rictus, esa sonrisa de disfrute en cada definición, ese grito de rabia en cada celebración. Cuando un tipo está en su cúspide pueden ocurrir dos cosas: que se trate de un jugador sencillo y se le alabe el esfuerzo o que se trate de un jugador capital y termine las jornadas subido en el altar de los venerados.

Romelu Lukaku asomó la cabeza por vez primera en el fútbol profesional cuando apenas tenía dieciséis años. La primera vez que nos fijamos en él fue el día que el Athletic se enfrentó al Anderlecht en eliminatoria de dieciseisavos de final de la Europa League. Entonces tenía diecisiete y tardó cuatro minutos en anotar un gol. Los expertos en el análisis de jóvenes promesas nos anticipaban un futbolistas rápido, voraz y con un buen juego de espaldas. Lo que vimos aquel día fue a un niño gigante y flacucho que intentaba imponer su potencia ante los curtidos San José y Amorebieta.

Su viaje a la Premier fue tan esperado como precipitado. Apenas tenía veinte años y se veía obligado a competir con el mismísimo Didier Drogba como delantero del Chelsea. Vistas las hechuras y comprobadas las costuras, el chico fue cedido dos veces, una al West Bromwich y otra al Everton, pero entre las idas, las venidas y las nostalgias, el chico no llegó a cuajar como blue. Por ello fichó por el United y, a pesar de mejorar su rendimiento, se encontró en un equipo de entreguerras que no sabía si ir o venir, y mientras todos buscaban su lugar, Antonio Conte fichó por el Inter y su primera petición fue el delantero belga que el United había puesto en el mercado. Lo que nadie sabía entonces es que lo mejor estaba por venir.

Lukaku ataca los espacios con la verocidad de la pantera, se lleva por delante a los defensores como una manada de bisontes y se impone por arriba como un águila imperial. Chuta con el alma, rompiendo la pelota y ganándose a sí mismo en un duelo constante por ser cada día mejor. En Milan ha encontrado su hábitat; un equpo que juega a mil por hora y un entrenador que cree ciegamente en sus facultades. No en vano, el equipo, como una moto, va directo a conquistar su decimonovena liga y, sobre todo, a cortar de raiz la racha de la Juventus más ganadora de la historia del Calcio. Y todo ello subido a lomos del tipo que, un domingo tras otro, abre la lata y machaca a todos sus rivales.


martes, 23 de marzo de 2021

La ansiedad, el crucero y el tapado

La competición conlleva una motivación que implica un pinzamiento en el nervio motivador; todos, absolutamente todos, quieren llegar lo más alto posible. Los hay fuertes, débiles, altos, bajos, preparados e incluso tipos de vida disoluta que prefieren el hedonismo a la práctica, pero el punto común que les une es que, puestos a competir, todos lucharán por alcanzar su mejor posición.

Uno de los obstáculos habituales a sortear cuando te ves en lo más alto de la clasificación es la ansiedad. Cuando la inercia es positiva y te empuja hacia arriba con la facilidad del talento, te crees subido a la nube de la proyección. Por aquí bien y por aquí, también. Cuando ganas jugando bien, regular e incluso mal, llega el momento en el que el optimismo es compañero de viaje y la confianza es alimento regular. Por ello, cuando uno cree haber alcanzado la cima, es conveniente no llegar a confiarse y, sobre todo, no mirar hacia abajo porque puede sobrevenir el vértigo.

Cuando el Atleti afrontó su doble duelo contra el Levante tenía ocho puntos de ventaja y dos partidos atrasados pendientes por jugar. Mereció ganar en el Ciutat de Valencia y empató. Mereció ganar en el Metropolitano y perdió. Así son los designios del fútbol. Puedes estar picando piedra durante media temporada y en apenas cinco días toda la confianza se te va por el desagüe. Cuando sobreviene el vértigo primero desaparece la confianza, luego el gol y después del fútbol, y es entonces cuando llega la ansiedad. El Atleti necesita ganar esta liga porque, de lo contrario, se vería abocado a un escarnio histórico; nadie, jamás, había desaprovechado una ventaja similar. Por tanto, instigado por la obligación y atenazado por la ansiedad, empieza a jugar sus partidos en un alambre demasiado peligroso. Ayer le salvó Oblak, pero quedan diez jornadas y si sigue jugando con esa histeria probablemente no haya milagro que le salve.

El caso contrario ocurre cuando un equipo viene de perderlo todo y ya sólo puede empezar a ganar. Durante el primer tercio de la temporada, el Barcelona parecía un equipo roto, sin costuras, sin agallas, sin fútbol, en un patético estado de descomposición. La transición se adivinaba difícil y el futuro se veía demasiado borroso. Institucionalmente el club era un caos y, pendiente de que un nuevo presidente tomara las riendas, sin gobierno ninguno el equipo de fútbol parecía contagiado por la apatía institucional. El cero a tres que le endosó la Juventus fue el pozo del fondo y, aunque cuando el Paris Saint Germain cazó su particular botín del Camp Nou, el equipo parecía muerto, lo cierto es que llevaba semanas con la sensación de que algo en él había resucitado.

Agarrado al sempiterno fútbol de Messi, el Barcelona empezó a encontrar el gol, después el fútbol y,por último, la confianza. Y todo ello gracias al trabajo de un entrenador que entendió, por fin, que un equipo no puede ser preso de un esquema por simple tradición sino que es el esquema quien tiene que adaptarse a la plantilla. Con el tres, cinco, dos, los centrales juegan más seguros y ganan confianza y número para corregirse, los laterales ganan en su punto fuerte, la proyección ofensiva y sus carencias defensivas están protegidas por las coberturas de los de atrás, Busquets se siente más arropado, De Jong ha ganado vuelo y Pedri puede conducir y pasar con más tranquilidad. Y, sobre todo, Messi vuelve a ser el tipo por el que pasa todo. Ha perdido velocidad, regate, capacidad de definición e incluso tono físico, pero tiene tanto fútbol y es tan bueno que tres quintos de su mejor versión son suficientes para aupar al Barcelona a lo más alto y aspirar, ahora mismo más que nadie, a conquistar una liga que parece no querer tener dueño. El Barça ha cogido velocidad de crucero, quizá suficiente para alcanzar, rebasar y terminar ganando.

Y luego está el tercer eslabón. Porque ocurre muy a menudo que, cuando dos gallos se pelean por ser los dueños del corral, siempre aparece un tercero que les come el pienso y se queda con las gallinas. El tapado, casi siempre, juega con la comodidad de no verse bajo la lupa y no de no sentirse dueño de los casilleros de las casas de apuestas. Cuando todos dicen que la liga será un mano a mano entre el desquiciado Atlético y el inspirado Barça, el Madrid sonríe por lo bajini porque en peores se las ha visto. Y es que la fuerza del Madrid reside en su propia idiosincrasia. Gana por presencia, por el escudo, porque sabe conjurarse y porque, cuando los retos se ponen complicados, él se frota las manos porque le va la marcha más que a ninguno. 

El Madrid ha recuperado jugadores, gol y confianza. Y sobre todo ha recuperado esa solidaridad que le convirtió, durante una década, en el equipo referencia de Europa. No puede jugar a ritmos altos porque la edad de su plantilla no soporta el ida y vuelta, pero como antídoto, tiene a los dos mejores centrocampistas del mundo, capaces de dormir el partido a su antojo, poner cadencia, relativizar el tiempo y, sobre todo, dominarlo todo. Con ellos dos gobernando, Casemiro barriéndolo todo y Benzema en modo Dios, el Madrid, que tiene el calendario más sencillo de los tres de arriba y ha sido beneficiado con un sorteo benévolo en Champions, está en disposición de asaltar la banca y sorprender a los gallos del corral robándoles el pienso y quedándose con todas las gallinas.


viernes, 12 de marzo de 2021

Demolition Man

En 1993 Hollywood estrenó una de esas películas megalómanas con reparto llamativo en las que el argumento es algo totalmente secundario comparado con la capacidad de sus protagonistas para lucir músculo. Demolition man cuenta la historia de dos tipos criogenizados que, al despertar siglos después, vuelven a enfrentarse con el fin de evitar que corra más sangre.

Aunque la película, por su baja calidad, no dejó ningún poso, el título quedó en el aire con el objeto de poder calificar a ciertos individuos capaces de demostrar una alta competencia en algunos frentes. De esta manera, cuando empezó a asomar con la camiseta del Blackburn Rovers un chico rubio que le pegaba a la pelota con la fiereza de un cañón, la gente se precipitó para ponerle aquel sobrenombre.

Demolition man era un jugador de movimientos sencillos y definiciones abrumadoras. No le gustaba demasiado participar en la jugada, él la seguía con la mirada, buscaba el espacio y, cuando encontraba el momento, soltaba la pierna para marcar un nuevo gol. Así se convirtió en el máximo goleador de la Premier League, así se convirtió en el ídolo máximo de un país que se postraba ante él en cada torneo importante esperando que hiciese relucir el brillo de los tres leones. Y aunque anotó treinta goles con Inglaterra, no logró disolver la maldición que persigue a la selección desde tiempos inmemoriales, siempre más encima de la expectativa que de la realidad.

Alan Shearer fue un tipo íntegro, enamorado del Newcastle y goleador de oficio que llevó al Blackburn al mayor logro de su historia. Aquel año mágico, pegado a la bota mágica de Chris Sutton, anotó treinta y cuatro goles y llevó a su equipo a ganar la Premier por encima del Manchester United de Alex Ferguson. Aquel fue un triunfo efímero, porque el Blackburn no volvió a rozar la gloria, pero los que lo vivieron saben, igual que los que se lo contaron, que aquel tipo fue el mejor goleador que pisó Ewood Park y el mejor goleador que pisó los estadios de la era Premier.