lunes, 22 de octubre de 2018

El Real Madrid entra en barrena - por Juanma Trueba

Hay tres protagonistas. El primero es Lopetegui. Su continuidad en el cargo depende de la agilidad del club para encontrar un sustituto. Y no es un presagio, sino una deducción. Su destitución ya se barajó después de perder contra el Alavés y ahora cuesta imaginar un repentino ataque de paciencia; la pistola ya está cargada. El siguiente actor principal fue José Luis Morales. No se recuerda un náufrago tan entusiasta ni un fugitivo tan animoso. Morales se bastó para poner en jaque a la defensa del campeón de Europa (ganó la copa hace cuatro meses, aunque parezcan cuatro años), quién sabe si con la íntima motivación del niño que no fue seleccionado cuando hizo las pruebas para entrar en el Real Madrid. El último papel le corresponde a Oier Olazábal, un guardameta criado en el Barcelona y que en abril de 2015 recibió nueve goles en el Bernabéu, entonces como portero del Granada. También él ajustó cuentas con el pasado.

Antes que por el fútbol, el Real Madrid fue vencido por el destino, no hay tozudez como la suya. Todo lo que podía ocurrir sucedió en los primeros 16 minutos. Un gol de Levante, un penalti a su favor poco después tras consulta al VAR y un gol anulado al Real Madrid por el mismo procedimiento. En una frase resulta fluido (relativamente) pero no lo fue en absoluto. Las esperas de cada decisión se hicieron eternas y el partido se dejó de jugar en el Bernabéu para trasladarse a una habituación repleta de televisores. Es fácil imaginar el sofocón de los árbitros en la sala, los cafés derramados y las manos sudorosas. Tampoco es difícil solidarizarse con los aficionados que aguardaban a que alguien les autorizara a celebrar o deprimirse.

El primer gol del Levante fue una descripción de su escueta hoja de ruta: balones largos a Morales. En esta ocasión fue Postigo quien lanzó al delantero, que aprovechó la indecisión de Varane para batir a Courtois. El plan se repitió una y otra vez, y en cada repetición Morales sembró el pánico, porque además de correr sabe esperar, esto le diferencia de los galgos y las avestruces. Oirán que no dejó de dar carreras, pero en realidad no dejó de pensar. Su partido fue espléndido, manejado como lo hacen las grandes estrellas, consciente de las necesidades de su equipo y del paso del tiempo.

Los nervios merecen más líneas. Casi desde el primer instante, el partido estuvo condimentado con esa angustia que atenaza el cuello y luego se instala en los antebrazos, o en las piernas que de pronto sostienen mal. Ni siquiera cuando el Levante consiguió el segundo gol gracias a un penalti catódico existió la sensación de que el partido estaba resuelto; más bien al contrario. El marcador señalaba el nivel del desafío que debía afrontar el Madrid para completar la proeza, no tan lejana porque su rival, con 80 minutos por delante, daba inequívocas señales de ser endeble en defensa, especialmente en los balones altos.

No tardamos en recordar que el Real Madrid no tiene goles porque se los llevó Cristiano. De manera que los asedios deben ser recalculados. Las proezas quedan ahora mucho más lejos. Además, se ha instalado en las mentes de los jugadores una pesadumbre que afecta directamente a la confianza y que se manifiesta en los remates imprecisos y en los postes, en ese infortunio que se confunde con el desacierto sin que sepamos decir quién empezó antes. Y no resto méritos a las paradas de Oier. Aunque estuvo inseguro en el juego aéreo, tanto como sus defensas, repelió el resto de disparos, como si en lugar de nueve heridas hubiera ganado aquella tarde de 2015 nueve vidas que gastar en el Bernabéu.

El gol de Marcelo a falta de 20 minutos hubiera asegurado al menos el empate en cualquier otro momento. Pero ya digo que el pasado ha dejado de ser referente. La opulencia de antes es ahora una sequía que bate récords. El derechazo de Marcelo dejó la racha sin goles en 480 minutos, la más elevada en la historia del club.

Apenas se notó la intervención de Bale, falto de forma, que entró en el descanso por Odriozola. Más reseñable fue la aportación de Benzema, asistente de Marcelo y un peligro constante dentro del área, casi siempre como ideólogo y casi nunca como ejecutor. El problema es que había un muro más alto que el del Levante. Se ha construido en la propia cabeza de los jugadores que, por primera vez en muchos, años, se sienten expuestos a las desgracias que antes sufrían los demás.

Cuando el árbitro pitó el final del partido, el público no supo cómo sentirse, seguramente porque no encontró a quién echar la culpa. El entrenador no ha tenido apenas tiempo para equivocarse. Los jugadores son los de siempre y el delantero reclamado, Mariano, jugó de titular. No faltó actitud ni se bajaron los brazos. Es otra cosa. Algo extraño, indefinible. Tal vez fútbol, la otra cara.

viernes, 19 de octubre de 2018

Trabajo de Klopp

El buen entrenador siempre tiene algo de psicólogo eficiente. Es importante manejar los conceptos imprescindibles, eso se da por descontado; ser un genio en la táctica, en la estrategia y en el planteamiento de los partidos y, para que el plan se ejecute con precisión, contar con un magnífico preparador físico. Pero todo el plan se vendrá abajo si los futbolistas no están realmente convencidos de su valía.

Cuando el Liverpool contrato a Jurgen Klopp con el fin de reflotar una nave a la deriva, lo hizo teniendo en consideración el excelente trabajo realizado en el Borussia Dortmund. En Alemania, Klopp, que como jugador se había convertido en abnegada leyenda del Mainz 05, levantó a un equipo en horas bajas hasta devolverlo a la élite. Y lo hizo desde el trabajo táctico y psicológico. De esta forma fue convirtiendo a un puñado de jugadores de perfil bajo en excelentes futbolistas por los que se terminó peleando media Europa.

En estas circunstancias, faltaba por saber qué sería capaz de hacer Klopp en una liga más exigente y en uno de los equipos con más urgencias históricas del fútbol mundial. El Liverpool, que hacía solamente año y medio había rozado el título de liga, se desintegraba poco a poco después de perder a sus dos futbolistas referentes en ataque. Después de perder los goles que Suárez y Sterling habían asegurado durante un par de magníficas temporadas, el equipo cayó en una depresión alarmante. No sólo había perdido el juego, es que ni siquiera sabía a qué debía jugar. El naufragio se llevó por delante a Brendan Rodgers y hubieron de agarrarse a la tabla de Klopp como penúltima excusa para no ahogarse en el océano.

Si había un futbolista en la plantilla del que la afición había esperado una constante progresión que no llegaba, este era Philippe Coutinho. Hábil, rápido e inteligente, Coutinho pertenecía a una saga de futbolistas especiales que solamente sabe parir un país como Brasil. Fichado por el Inter de Milán cuando era un adolescente, pudo demostrar parte de su valía en su paso por la liga española vistiendo la camiseta del Espanyol. Aquello fueron pequeños detalles de un chico que prometía grandes tardes de fútbol. Engullido por la presión de un equipo en crisis constante, aterrizó en Inglaterra para cambiar de país, pero no de exigencia.

El Liverpool era un equipo que había dejado de ganar, pero con una historia detrás tan gloriosa que exigía un máximo de competitividad. Huérfano de goles y de juego, había perdido tres cuartos de su alma después del adiós de su eterno capitán. Si había un hombre en la plantilla capaz de volver a ilusionar a Anfield, este era Coutinho. El problema es que ya nadie creía en él. Nadie, excepto Jurgen Klopp.

En aquella historia que recomenzó con el trabajo psicológico de su entrenador, Coutinho encontró mil trampas que fue esquivando gracias a su talento. Nadie podía apostar su fortuna por un par de partidos cuando queda más de media temporada por delante, pero los que vimos su pequeño resurgir en el Liverpool, disfrutamos de un Coutinho sin corsés. Un tipo que se sentía importante y un futbolista con ganas de convertirse en la estrella que muchos le dijeron que podía llegar a ser.

Ya se sabe que un buen entrenador debe ser un buen psicólogo. Recuperar la autestima de los futbolistas es un paso fundamental a la hora de recuperar la pasión por competir. Este Barça de Valverde, como el Liverpool de Klopp, es un equipo que vive en el precipicio de la obligación, pero el tipo parece merecer tanto la pena que, durante un tiempo, mantendremos el deseo de verle crecer. Con Coutinho en el frente, junto a Messi, el Barça debe seguir queriendo ganarlo todo, porque hace años que vive obligado a alcanzar lo máximo. El problema de jugar junto a Messi es que, acostumbrarse a la resuloción ajena, suele conducir al acomodamiento. Ya les ocurrió a otro. Por ello, mientras termina de desperezarse, seguiremos esperando al futbolista que resurgió con Klopp.

jueves, 18 de octubre de 2018

Desde el silencio


El silencio es el lugar común donde se escriben los mejores guiones, donde se imaginan los mejores actos de amor y donde se interpretan las mejores melodías de seducción. Desde el silencio somos capaces de reflexionar, de inventar y de admirar. Hay tanto ruido en el exterior que, en ocasiones, somos capaces de sorprendernos a nosotros mismos cada vez que descubrimos una nueva partitura. El maestro de ceremonias nos ha puesto en pie y nos ha tocado el alma. Y nos llegamos a preguntar, pero ¿dónde estaba este tipo?

El genio siempre ha estado ahí, aunque no le hayamos visto. Aunque no le hayamos percibido. El tipo que todo lo hace bien pero no le importa ocupar el rol de secundario. El hombre silencioso que cuando tiene que dar un paso al frente lo hace sin traumas porque sabe que tiene el talento suficiente como para acaparar todas las miradas. Adiós al hombre gris. Hola al genio que enciende todas las luces y nos hace ver todo de diferente color.

Hoy poca gente se acuerda, pero a Andrés Iniesta le costó mucho afianzarse como titular en el Barcelona. Durante un lustro hubo de verse abocado a convertirse en complemento; un parche necesario ante la política de alineaciones consensuadas. Siempre por detrás de Xavi y Deco en el medio y acudiendo al rescate de las ausencias de Ronaldinho o Messi en la parte delantera, Iniesta se convertía en un chico de los recados que igual acudía al quite que lo hacía al regate. La gente solicitaba su presencia, pero siempre había un Edmilson, un Van Bommel o un Giuly que le cortaba el paso.

Cuentan que un día Guardiola acompañó a Xavi al campo de entrenamiento de los jugadores de categoría cadete. Desde la banda le señaló a un chico escuálido, de mirada huidiza y que arrastraba los pies mientras buscaba la pelota. “Tú me vas a retirar a mí”, le dijo. “Pero ese chico te retirará a ti”. El chico era Andrés Iniesta. Un niño que trataba de pasar desapercibido fuera del campo pero que dentro era un dechado de virtudes. Tantas que, pocas semanas después de aquello, el entrenador del primer equipo, Serra Ferrer, le llevó a entrenar junto a las grandes estrellas del equipo. Tenía quince años y apuntó algunos buenos detalles. Terminada la sesión, el propio Guardiola obligó a sus compañeros a saludar al chico. “Este es Andrés Iniesta. Deberíais darle la mano porque algún día estaréis orgullosos de haber podido entrenar con él”.

Ante semejante derroche de admiración no era de extrañar que fuese Guardiola el primer técnico en otorgar galones de verdad a Andrés Iniesta. El tipo que era indiscutible en la selección antes que de serlo en su club. El que había ganado el corazón de sus aficionados, pero no el de sus entrenadores. Para ello, su nuevo entrenador hubo de limpiar la plantilla de condicionantes y prescindió de Deco, de Edmilson, de Van Bommel, de Giuly y de Ronaldinho. Tenía claro que el futuro del equipo pasaba por la evolución de dos tipos que él consideraba como irrepetibles. Lío Messi y Andrés Iniesta. El primero aún tenía veintiún años, pero el segundo ya había cumplido los veinticuatro.

Desde aquel momento, Iniesta se convirtió en imprescindible. Asumió que Messi era la estrella en su equipo y que la selección tornaba alrededor de Xavi Hernández. Consagrado aquel y retirado este, se vio obligado a asumir el rol de protagonista y lo hizo con la mayor naturalidad del mundo. Han pasado ya diez años desde que nació aquel gran Barça de Guardiola, aunque a muchos les parezca un mundo, y aquel chico terminó convirtiéndose en el hombre a través del cual gravitaba el juego de una de las mejores selecciones del mundo. Y Andrés, que parecía seguir flotando en silencio sobre el césped, manejaba el tiempo y el espacio con la soltura de un Jedi. Adoctrinaba a sus jóvenes padawans y utilizaba la fuerza para hipnotizar a los contrarios. El hombre silencioso que jubiló a Xavi y del que muchos aún se sienten orgullosos por haber podido entrenar con él, se convirtió en el ídolo de toda una generación. Y lo hizo a su manera, sin estridencias y componiendo partituras de emoción. El silencio se hace grande cuando lo maneja Andrés Iniesta, y eso se observa en los ojos ensombrecidos de sus nuevos compañeros. Cuando él habla, los demás callan. Cuando ellos hablan él escucha. Y sigue jugando. Y sigue componiendo.

miércoles, 17 de octubre de 2018

Seña de identidad

La sublimación del arte se desarrolla en momentos de improvisación y se plasma en instantes de puro ingenio. Existen tipos capacitados para la batalla, otros nacen predispuestos al trabajo y los hay tan abnegados que terminan siendo ídolos por el simple hecho de la insistencia. Pero para la genialidad no sirve cualquiera. Para el asombro, para la inspiración más pura existen una serie de tipos tocados con la varita mágica de la condición.

Dennis Bergkamp fue un tipo demasiado frío para sufrir y demasiado talentoso para desgastarse en carreras incoherentes. Como el galgo que acechaba, enjuto, el momento de acechar, ahorraba sus esfuerzos para sus momentos de área grande. Allí, donde el nerviosismo convertía en pólvora la ansiedad, él detenía el mundo e inventaba barbaridades.

Rebotado del físico fútbol italiano de los noventa, recaló en el incipiente Arsenal de Wenger para recuperar su fútbol y entusiasmar con su causa. De estilete fino en Amsterdam, llegaba rebotado de Milán convertido en un sospechoso habitual. Las acusaciones eran tan falaces como incoherentes; incompetente, incapaz, insostenible. Intentaron exprimir sus defectos mientras obviaban cuales eran sus virtudes. El talento, como concepto implícito de su condición, desbordaba cada uno de sus actos. Sublimó el fútbol y puso en pie a Londres mientras debaja boquiabierta a toda Inglaterra. Y alcanzó su momento más sutil el día que enfrentó a la defensa del Newcastle e inventó un regate que, por inmortal, terminó convirtiéndose en una seña de identidad.

martes, 16 de octubre de 2018

También se puede perder

Cómo dijo el analista, ni antes éramos tan buenos ni ahora somos tan malos. En esta fea costumbre nuestra de analizarlo todo desde el propio ombligo, tendemos a olvidar que muchas veces nos jugamos los trastos contra otro equipo y que el otro equipo, igual que el nuestro, también juega y también tiene sus bazas. España, que murió por homicidio y no por inanición, se encontró enfrente a un equipo que había trabajado el partido y cumplió su plan a la perfección. Presión en el medio y juego directo tras recuperación. Muchas veces, los planes más sencillos resultan los más difíciles de ejecutar.

Como el fútbol es un juego de contrastes, se puede interponer una línea de tres atacantes dispersos para atormentar a una línea de cuatro zagueros en zona de nadie. Luis Enrique ordenó adelantar las líneas para no dejar respirar a los ingleses, y el plan hubiese surtido efecto si Saúl y Thiago hubiesen sabido gobernar la zona ancha, pero allí, en el campo de minas programado por Southgate, terminó implosionando el juego inglés. Cada pérdida era una contra letal que terminaba en un mano a mano contra De Gea. El portero, vendido ante la adversidad, no pudo sino mirar como el balón perforaba sus redes una y otra vez.

Lo que arregló España en la segunda parte fue más el problema coyuntural que el conceptual. Debió aprender, al menos, que si todos reman, el barco avanza. Inglaterra, con un botín suculento, se aculó en tablas y la roja supo que, para las remontadas sólo sirven los arrebatos de orgullo. Lo intentaron hasta el último suspiro y por ello no podremos reprocharles nunca nada. Hay una enorme diferencia entre morir nadando contra la marea a morir tan sólo con la pose. Aquella tarde en Rusia ante el anfitrión fue el ejemplo perfecto de cómo no se debe perder. Lo de anoche, en Sevilla, fue el ejemplo perfecto de que, por muy claro que lo tengas, también se puede perder.

lunes, 15 de octubre de 2018

Manu

La memoria es el lugar donde se instala la complacencia, el sitio común al que recurrir cuando la añoranza preside el desengaño. Una zurda mágica, un toque de distinción, una vaselina al portero adelantado. Nada más bello que una ejecución certera cuando los nervios aprisionan el estómago, nada más espectacular que una definición ajustada cuando el delirio se contrapone al deseo.

El Athletic que yo conocí era un equipo campeón por los cuatro costados. Competía como el león que representaba su imagen, sufría como un luchador en la arena, celebraba como un niño el día de su cumpleaños. Dirigidos por Javi Clemente, como una hueste imperial, arrasaba campos con victorias y críticas con jugadas conceptuales. Pelota directa, segunda jugada, balones cruzados y apariciones esporádicas. Y entre medias de aquel frenesí, un tipo que ponía la pausa.

Manu Sarabia jugaba con las medias caídas y el porte desgastado de quien parece no ponerle ganas. Era lo contrario a la furia que alimentaba al equipo y lo inherente a la clase que promulgaba el escudo. Jugaba entre líneas, tiraba paredes, abría al extremo y, en más de una ocasión, encontraba el lugar preciso para vacunar al portero con la precisión de un cirujano.

Fue héroe en Sevilla el día que España fue portada en el mundo tras arrollar a Malta con un arrebato de pasión y fútbol. Fue héroe en Canarias el día que el Athletic subió al cielo y regresó a la ría con un campeonato que se hacía de rogar. Y fue héroe en Bilbao después de que su gente le viese llorar como un niño después de cumplir el sueño de su vida. Un jugador de club que se marchó por la puerta de atrás después de un encontronazo con el tipo que se creyó más fuerte que él. Lo que Clemente no supo es que los héroes son tipos que dibuja la gente y contra el corazón no se puede provocar una lucha incontrolada.

lunes, 8 de octubre de 2018

Impaciencia

La impaciencia es la dueña del desgobierno, es la cerradura donde encaja la llave de la desilusión, la esencia del pesimismo. La impaciencia es un viaje escarpado porque todo lo queremos con premura, porque todo lo deseamos sin condición.

No hace más de veinte días, el Sevilla era decimosegundo, a un punto del descenso y a ocho de la cabeza. Surgieron los agoreros y afloraron los pesimistas. Renacieron los viejos fantasmas y se creyó que el proyecto, por viciado, ya se había podrido. Nadie quiso ver connotaciones más allá de la derrota y hubo que esperar a que el equipo se asentara para que se descubriese que, más allá del horizonte, había un camino correcto.

Más complicada es la misión en los equipos poderosos. Acostumbrados a ser caballo de Atila y quemar la hierba a su paso, cada pinchazo es un rejonazo en el orgullo y, sobre todo, es una brecha en la frente. Porque la soberbia, generalmente, les convierte en ciegos y, cuando el sol les deslumbra, creen que siguen en Ítaca y son incapaces de asimilar que lo suyo es una odisea.

No tardarán en retroactivarse porque al final, como vasos comunicantes, viven en constante conexión. Se alimentan de los fracasos del rival y, poco a poco, Messi mediante en un caso y talento abrumador en el otro, irán activando mecanismos para acomodarse en la zona alta de la tabla, pero a todos debería servir el ejemplo del Sevilla porque cuando la herida se infecta, nada mejor que apretar los dientes y buscar remedio. Los lamentos, como las excusas, son sólo pólvora para el viento.

jueves, 27 de septiembre de 2018

Pichichis: Mariano Martín

El chico no conocía el miedo, era el pequeño de cinco hermanos y había pasado su infancia buscando la manera de escapar de sus cachetes. Es por ello, que no sintió ningún tipo de temor el día que le dijeron que debía de dejar la escuela y ayudar a la economía familiar. En pocos años fue aprendiz en una fábrica de almidón, en una carpintería, una peletería y, por último, en un almacén de enseres eléctricos. Allí conoció a su mujer, era la hija del dueño. Como siempre, el valor por encima de la timidez.

Parecía que se estaba gestando la historia de un tipo normal, de uno de esos que encuentran una mujer, forman una familia y llegan a casa por la noche después de un largo día de trabajo. Pero lo que el joven Mariano no sabía es que le esperaba la fortuna más allá de las puertas del almacén.

Mariano Martín llegó a Barcelona con un año de edad. Sus padres, agricultores sin fortuna, decidieron dejar la tierra palentina que les vio crecer y se arriesgaron a la aventura en la gran ciudad. Allí, el padre, constancia mediante, consiguió un buen puesto como guardia municipal y pudo dar algo de estudios a sus hijos. Lo justo, las cuatro reglas y a trabajar. En el almacén había algunos muchachos que jugaban al fútbol en el Peña Font, un equipo de barrio. Mariano había dado algunas patadas y creía hacerlo bien. Un día, uno de los compañeros dijo que les faltaba un jugador para el siguiente partido y allí, valiente de nuevo, se ofreció voluntario. Le miraron con displicencia y le negaron la mayor. Sólo tenía quince años y era enclenque como un junco. Pero el chico insistió y, total, por probar no pasaba nada.

La rompió.

Así comenzó la historia del primer máximo goleador que tuvo el Barça en la liga. Fue en la temporada 1942-43 y terminó anotando treinta y dos goles. Era un delantero eficaz que atacaba el área con todo y hacía trabajar a los defensores. Ganó dos ligas y una copa y ganó la inmortalidad gracias a una marca de balones. Aquello fue cuando ya se había retirado del fútbol y se convirtió en empresario de material deportivo. Los balones "Nitram", diseñados, fabricados y comercializados por él, se convirtieron en los balones oficiales de la liga durante muchos años.

Su valedor deportivo fue Josep Planas. Planas había sido un futbolista exitoso en el Barça durante los primeros años del siglo y se había convertido, con los años, en un exitoso entrenador de equipos provinciales. En un amistoso entre el Sant Andreu y el Peña Font, Planas conoció a Mariano y enseguida supo que allí había un futbolista de verdad. Le fichó para su Sant Andreu e, impedido por la Guerra Civil, tuvo que soñar en verde mientras sufría por la vida de sus seres queridos y rezaba por el fin del conflicto. Cuando la guerra terminó, el Barça era un erial de jóvenes inexpertos dispuestos a reflotar el equipo. Se fichó a Planas como entrenador y Planas llamó a Mariano, aún en el Sant Andreu. Había un partido contra el Real Madrid en el horizonte y le ofreció debutar como azulgrana. "¿Te atreves?" "Por supuesto". Si había empezado a desollarse las manos con nueve años ¿Qué miedo le iba a tener a enfrentarse al Real Madrid? El partido terminó cero a cero y Mariano se afianzó en el once titular.

Pero era un Barça inestable. Tanto que en 1942, días después de ganar la Copa del Generalísimo, tuvo que jugarse la promoción de descenso ante el Murcia a un único partido. Cara o cruz. Historia o mala memoria. El Murcia se adelantó y todos lo dieron por perdido. Todos menos Mariano, un tipo que conocía las dificultades y sabía como superarlas. Sólo había que insistir. Como en el trabajo, como con sus compañeros, como con la hija de su jefe. E insistió. Tres veces. Tres goles que remontaron el partido y dejaron al Barcelona en la primera división. Nunca ha vuelto a verse tan expuesto y son pocos los que conocen la historia del tipo que les salvó del infierno.

Pero fue en sus mejores días, cuando todos glosaban sus gestas, cuando su carrera se truncó para siempre. Tenía veinticinco años y una forma física espectacular. Se apuntaba a todo, tanto que quiso acompañar a la selección catalana que se enfrentaría a la levantina en uno de esos amistosos festivos que se programaban de vez en cuando. Luchó por una pelota imposible, su rodilla hizo crack y hubo de retirarse llorando. Regresó demasiado pronto, sólo dos meses después y, en un partido de liga ante el Castellón, volvió a recaer. Después fue el golpe en Sabadell y, finalmente, un partido ante el Celta de Vigo en el que el menisco terminó por ceder. Entonces no había una cirugía avanzada y los futbolistas debían jugar con la rodilla inflamada y el alma dolorida.

No volvió a ser el mismo. Cuando dejó el Barça, cuatro años después, había anotado ciento ochenta y ocho goles en ciento sesenta y siete partidos. Un servicio más que admirable para un tipo que se partió el pecho y se dejó la rodilla. Atrás quedaban sus días de gloria, las dos ligas conquistadas ya con una participación menor y, sobre todo, el mes de junio de 1942 cuando, además de salvarle el cuello a su equipo, había liquidado al gran Athletic de Bilbao con dos goles, uno de ellos, el definitivo, en la prórroga, en una excelsa y emocionante final de Copa que terminó con un cuatro a tres a favor del Barcelona.

La gloria le había llegado en Chamartín, curiosamente en el estadio de su máximo rival. Allí había goleado al Athletic y allí había goleado al Murcia. Allí goleó más de una vez en partidos de liga y allí regresó, diezmado, antes de decir adiós y darle el relevo a un jovencito César Rodríguez. Igual que él había hecho con Vergara, fue César, a la postre ídolo incondicional del club, quien le obligó a hacer las maletas y buscar nuevas aventuras. Fichó por el Nástic de Tarragona, aún en Primera División, y le ayudó a permanecer en la categoría aportando ocho goles que valieron oro. Pero su lugar ya no estaba allí, tenía treinta años y habría de estar en su esplendor, pero su rodilla no le dejaba correr con gracilidad.

En 1950 regresa al Sant Andreu, ya en Segunda División, y completa dos extraordinarias temporadas en las que anota más de cuarenta goles. Es la punta de lanza de una delantera completada por Buqué y Tejedor. Sus compañeros harían carrera en Primera División, uno en Valencia, otro en el Español, pero ninguno llegaría a tener la trascendencia de Mariano Martín. Un temerario del gol al que apodaron "La Furia del área" y que no dejaba un sólo cabo por atar. "Mi secreto", confesó, "es que yo siempre veía el gol". Sabía donde colocarse, donde recibir, hacia dónde golpear. Fue internacional entre 1942 y 1946, año en el que dio el relevo a un bilbaíno llamado Telmo Zarra. Año en el que empezó a darse cuenta que la élite ya no era para él.

Dio igual, más allá de los traspiés de la historia, quedó, para siempre, la memoria. Y la estadística. Esa que dice que Mariano Martín es el octavo máximo goleador en la historia del Fútbol Club Barcelona, un dato nada baladí teniendo en cuenta la cantidad de grandes goleadores con los que ha contado uno de los clubes más grandes de nuestro tiempo. Cuando murió, en 1998, y con sesenta y siete años, ya no podía caminar pero aún podía recordar. Y como muestra gráfica de su memoria quedó una película, "Once pares de botas", en la que se cuenta la historia de un futbolista cualquiera y en la que Mariano Martín hace acto de aparición junto a las grandes estrellas de la época.

viernes, 21 de septiembre de 2018

La presentación de un ego


El veintiséis de febrero de 2004 el Oporto estrenaba como local, en la Liga de Campeones, su flamante nuevo estadio construido para la Eurocopa que se celebraría en Portugal durante el verano siguiente. Aquel no sería sino el primer episodio de una historia de amor y pasión que duró tres meses y que culminó con una copa levantada hacia el cielo y la consagración de un tipo con un ego tan grande como su personalidad.

Habría que ponerse en situación para rememorar aquella eliminatoria de octavos de final disputada entre el Oporto y el Manchester United. Aún en sus horas más bajas dentro del longevo proyecto liderado por Alex Ferguson, el United no había dejado de ser un equipo competitivo. En busca de una nueva identidad y un nuevo grupo que presentar al mundo, iba dejando al Arsenal escaparse en solitario en la Premier mientras apuraba sus últimas cartas para apostar por un órdago en la máxima competición continental.

El sorteo, a priori, parecía sencillo. El Oporto había pasado como segundo en un grupo liderado cómodamente por el Real Madrid. No era un gran equipo en apariencia, pero llevaba tiempo demostrando que era un grupo fuerte y competente. Nueve meses atrás habían ganado la final de la Copa de la Uefa en Sevilla y eso les situaba en un lugar suficientemente alto como para tenerles en cuenta. Su principal activo, decían los cronistas, era ese tipo de rictus serio que se sentaba en el banquillo y al que ya todos conocíamos por su etapa como segundo entrenador en el Fútbol Club Barcelona.

José Mourinho había sido, aquí, motivo de chanza puesto que su principal papel ante la luz pública era la de ejercer de traductor a su entrenador Bobby Robson cada vez que salía a dar una rueda de prensa en el Camp Nou. Se decía que el viejo Robson se había traído a su intérprete, pero entonces nadie sospechaba que el Barcelona tenía en su equipo técnico a uno de los tipos más perspicaces del fútbol mundial. Incluso cuando se marchó Robson y el portugués decidió quedarse como ayudante de Van Gaal, la gente le tomó con un mínimo de seriedad. Por ello, sus primeros éxitos como técnico del Oporto fueron considerados como una sorpresa. “Vaya, si resulta que ese tipo no era un traductor sino un entrenador competente”.

Aún con todo, nadie apostaba un euro por el Oporto en aquella eliminatoria contra uno de los mejores equipos del continente. No era el mejor Manchester pero su nombre era lo suficientemente importante como para generar temor en algunos de sus rivales. Sin embargo, durante el partido de ida, el Oporto fue mucho más enérgico y jugó mucho más convencido de sus posibilidades. El dos a uno final dejaba la eliminatoria abierta y la sensación que quizá, sí, el Oporto era un buen equipo y Mourinho podría llegar a ser un buen entrenador.

Lo que ocurrió en el partido de vuelta entra dentro de los momentos puntuales que cambian la historia de cualquier gran personaje. El United se adelantó con gol de Scholes, Van Nistelrooy pudo sentenciar y Baia le sacó un gol casi cantado a Giggs. Parecía un partido medianamente cómodo hasta que, a falta de veinte minutos, el Oporto empezó a aparecer en el juego. Se aprovechó de la falta de aire de su rival y percutió el área con cierto peligro. A falta de pocos minutos, Alenichev pudo empatar el partido pero Howard detuvo el disparo y el United tiró de oficio para dejar pasar el tiempo y conseguir una clasificación que estaba costando mucho más de lo esperado.

El tiempo de descuento se jugó sin sobresaltos hasta que el árbitro cobró una falta cerca de la frontal del área del Manchester United. Era el minuto noventa y uno y no quedaba tiempo para mucho más. Mientras todos esperaban un disparo de Deco, el excelso centrocampista líder del equipo, el sudafricano Benny McCarthy sorprendió con un golpeo seco y fuerte pero demasiado centrado. La pelota, sin embargo, debió hacer algún extraño en su trayectoria puesto que Howard, bien colocado para detener el disparo, hubo de rectificar e hizo un despeje suicida hacia el centro del área. Y allí apareció Costinha, el jugador más improbable puesto que apenas se permitía el lujo de pisar el área, para aprovechar el rechace y cruzar la pelota a la red ante la estupefacción de los setenta y cinco mil espectadores que abarrotaban Old Trafford.

En apenas un minuto, un instante, un rechace, el fútbol había cambiado. Aquel portugués, antaño traductor, se presentó al mundo con una celebración mítica, demostrando su alegría y expulsando su rabia, mientras Old Trafford guardaba un silencio sepulcral. De repente, el mundo había descubierto a un gran entrenador. Después del United cayeron el Olympique de Lyon, el Deportivo La Coruña y el Mónaco. El Oporto terminó levantando la orejona en Gelsenkirchen y Mourinho terminó firmando el contrato de su vida con el renovado Chelsea de Abramovich. En el día de su presentación en Stamford Bridge, eran pocos los que e acordaban de aquel momento en el que un gol de Costinha en el último minuto de un partido de octavos de final lo había cambiado todo.