jueves, 26 de enero de 2023

Con Dios en la memoria

No hay mejor ganador que aquel que ha sabido perder cien veces, porque lo que importa no es lo fuerte que golpeas sino lo que haces cuando logran golpearte. Estar acostumbrado al fracaso otorga una perspectiva frente al éxito de prudencia y, sobre todo, de certeza; los que no compran boletos ganadores han de agarrarse fuerte al timón y luchar contra el viento y la marea, porque aquí nadie regala nada y todo tiene un alto precio.

El Nápoles lleva amagando varias temporadas sin llegar a dar el zarpazo definitivo. Después de hacer primeras vueltas extraordinarias ha terminado con el bofe en la garganta y el carenado destrozado. Unas veces la Juve, otras el Inter e incluso el Milan terminaron por adelantarle por la derecha y diciéndole adiós con esa presuntuosidad que gastan los poderosos. Al año que viene lo intentas otra vez, si eso.

Y en ello anda de nuevo el equipo de Luciano Spalletti, en intentarlo otra vez. Esta vez ha subido la apuesta y ha puesto en riesgo todo su prestigio después de firmar una primera vuelta tan brillante que casi ha rozado la perfección. Agarrado al lomo de un núcleo duro fichado en los suburbios el fútbol modesto, Spalletti ha sabido dar con la tecla y otorgar a cada uno su rol necesario para que el equipo funcione como un reloj suizo. Y es que el Nápoles no sólo gana, también se divierte.

Clasificado como primero en un grupo donde estaban Liverpool y Ajax, mira su comparecencia en octavos de la Champions como un premio mientras sigue a lo suyo en la liga doméstica y ha dejado al Milan a doce puntos después de firmar una primera ronda de cincuenta puntos. Como cuando lleguen las curvas, es posible que sufran algún rasguño, se ha asegurado una ventaja lo suficientemente cómoda como para no llegar a sufrir de aquí a final de temporada. O eso es lo que deben creer, porque los escribientes de la memoria saben lo que ha pasado otros años y que todo punto de más es necesario sino se quiere caer de nuevo por el precipicio condenado por el miedo y acuciado por el vértigo.

Y es que todos lucen en su empleo a la hora de lucir la carrocería del coche más rápido del Calcio. Allí donde Lobotka y Anguissa hacen oficio, Zielinski obtiene beneficio, allí donde Rrahmani y Kim-Min Jae hacen muralla, Di Lorenzo y Rui saltan la valla y allá donde Politano y Kvaratskhelia hacen magia, Osimhen se encarga de volver a meter todos los conejos dentro de la chistera. Allí donde hay una sonrisa hay un napolitano porque desde aquellos años de Scudetto pegados al pie inmortal de Maradona, no han vuelto a ver un equipo tan completo. Solo falta que, además, también sea concreto.

jueves, 19 de enero de 2023

El número uno

Las mesas de debate suelen ser basureros de discusiones superfluas o peleítas de baja estofa por hacer saber quien la tiene más larga y, sobre todo, por tratar de potenciar lo que nos late en el corazón por encima de lo que nos dicta la cabeza. Por ello, el periodismo deportivo se convirtió en una barra de bar donde cada uno muestra su carné de simpatizante creyendo que así se acercaban más al pueblo mientras se alejaban cada más de la realidad.

Durante los años en los que Messi gobernó el juego con fútbol y goles, los predicadores de lo suyo se empeñaron en izar a Cristiano hacia lo más alto de los altares por la simple premisa de que vestía la camiseta que a ellos les gustaba. Sin menospreciar a Cristiano, quien ha sido un goleador implacable y con una alta dosis de decisión en los momentos clave, los soldados de la sensatez trataban de hacer saber que ser el segundo mejor jugador del mundo no tenía porqué ser una ofensa, pero ellos erre que erre, no queremos al enano y si hace falta nos inventamos un Chitalu para desprestigiarle.

Acabados los debates históricos tras el mundial, ahora empieza el debate de los forofos al otro lado del puente aéreo. Uno, que puede afirmar y confirmar, que Messi es lo más grande que ha visto sobre un terreno de juego, podría estar de acuerdo, en cierta manera, en que pudiese recibir un nuevo balón de oro, pero en lo que no estaría de acuerdo, ahora mismo, es que el argentino siga siendo, por más que pese, el número uno.

Y es que el jugador más decisivo del mundo juega en el Paris Saint Germain pero no viste el número treinta. Killian Mbappé tiene todas la virtudes de los mejores futbolistas de la historia y, sobre todo, tiene la capacidad competitiva de evitar que se descubran mucho sus defectos. Con una velocidad endiablada y un sinfín de recursos en el área, Mbappé ha llegado para quedarse y para decirle al mundo que los balones de oro se regalan en base a títulos pero que la capacidad para ser el mejor se gana en el campo y él lo lleva demostrando durante un par de temporadas.

Acicatado por la llegada de Neymar primero y la de Messi después, Mbappé no encontró presión sino motivación a la hora de jugar al lado de los mejores, lejos de apartarse, analizó aquello como un reto y no sólo se propuso ser complemento sino ser incluso mejor que ellos. Porque de eso trata la verdadera grandeza, la que vive en los pies de los privilegiados y en la cabeza de los elegidos; ser el mejor por hecho y por derecho.

Mbappe, que juega a mil por hora y vive con la mueca de Mona Lisa incrustrado en su rostro, presentó su mayor credencial ante el mundo llevando a Francia hasta la final en un mundial fastuoso, lleno de detalles y de jugadas para el recuerdo. Y aunque perdió, su sello quedó impregnado para siempre en forma de hat-trick en la final y, sobre todo, en la mirada pavorosa de todos los argentinos que se cruzaron con él durante el tiempo que duró la prórroga. Y es que respeto no se suplica, sino que se gana y los jugadores rivales ya saben de sobra quien es Killian Mbappé. Ese futbolista que mientras miraba a Messi recorrer el espacio que le separaba de la copa del mundo, pudo decirle con la mirada; tú ahora eres el campéon, pero yo ahora soy el número uno.

miércoles, 11 de enero de 2023

Una luz en el bosque

Cuando nos hayamos perdidos, cuando la oscuridad atrapa nuestros nervios, cuando la parálisis puede con las iniciativas, cuando tenemos miedo a fenecer y, sobre todo miedo a ser olvidados, cuando los pies se congelan y el bosque es oscuro, siempre miramos hacia el horizonte con la esperanza de encontrar una luz de guía; esa cabaña, aunque sea encantada, que siempre aparece en las películas, esa señal del destino que nos diga sígueme, ese motivo para la esperanza que nos haga enchufar la tele y volver a ver los partidos de tu equipo después de haber jurado en arameo que les iban a dar por donde amargan los pepinos.

El Atlético de Madrid es un equipo vacío, sin alma, sin espíritu, sin nervio, sin carácter, sin atisbo de salvación a corto plazo. Un equipo que se olvida de competir es como un reo que se olvida de vivir. La depresión crece, los fantasmas acechan cada noche y los miedos salen a relucir en cada partido. Es la actitud, sí, pero también es la aptitud. A Simeone le entregaron un Volkswagen que parecía un Skoda y al que finalmente sacó las prestaciones de un Audi. Poco a poco le fueron desguazando las piezas mientras los recambios eran de desguace y las solicitudes eran apiladas en el montón de los sueños imposibles. Aquel buen coche es hoy un utilitario de segunda y de los polvos, lodos y del lodo atasco. No hay jugadores, ni juego, ni pasión por reencontrarlo.

Y en este bosque de tinieblas, cuando la brújula se ha desimantado y las ganas de sobrevivir se marchan con la noche estrellada, de pronto parece distinguirse un destello. Nos conformamos con tan poco, que con sólo ver dos pases consecutivos entregados de manera correcta a un compañero, se nos enjugan los ojos y nos inclinamos para mirar mejor hacia el terreno de juego; parece que allí hay un buen centrocampista.

Pablo Barrios es joven y tiene un mundo de trampas por delante, pero parece valiente, dispuesto y, sobre todo, juega siempre con la cabeza levantada y la vista en el desmarque de sus compañeros. En una época de tristeza absoluta en la que Koke se ha dejado ir y los De Paul, Kondogbia o Witsel son simples complementos sin chicha ni limoná, la aparición de Barrios supone un soplo de aire fresco y, sobre todo, supone esa luz de guía a la que agarrarse para seguir aguantando en este bosque tenebroso en el que nos ha vuelto a sucumbir el tan cacareado gilismo.

jueves, 22 de diciembre de 2022

El Mineirazo

Hay momentos diseñados para la épica al igual que los hay para la más profunda tristeza y son estos últimos, los que apuñalan el corazón, los que quedan grabados a fuego en el corazón de una generación dispuesta a vengar la ofensa, pero nunca a olvida, porque aunque lo intentasen, el momento fatídico aparecerá siempre en sus cabezas para hacerles saber que las pesadillas también pueden ser muy reales.

Le generación que creció a la sombra del Maracanazo propiciado por Uruguay en el templo del fútbol brasileño, aprendió que la victoria no se regala y que la derrota, aún más por inesperada, puede ser el peor puñal y al mismo tiempo el mejor acicate para mirarle a los ojos al destino. Brasil salió de allí con la firme idea de ser lo que más tarde concertó: la mejor selección de todos los tiempos.

Cuando Brasil organizó su primer mundial, en 1950, no había sido capaz de ganar ni uno sólo de los tres campeonatos anteriores, cuando lo organizó por segunda vez en 2014, ya lo había ganado cinco veces y la verdeamarelha la habían vestidos tipos tan ilustres como Pelé, Garrincha, Rivelino, Zico, Ronaldo y Ronaldinho; una pequeña muestra en una constelación de estrellas que llevó al país sudamericano, cuna del Amazonas, hacia el lugar de honor del planeta fútbol.

En 2014 Brasil era una fiesta y no iba a dejar pasar la oportunidad de hacerle saber al mundo que estaban en el centro del foco. Tan sólo dos años más adelante, el país organizaría los Juegos Olímpicos de verano y aquel mundial no era sino el mejor escaparate posible para poder mostrarle al mundo que Brasil era fiesta y verano perpétuo. Por ello, sus habitantes, uno por uno, se pintaron la cara, se vistieron de futbolista y se dispusieron a acompañar a su selección en su camino hacia la gloria. Porque jugándose el mundial en casa no cabía otra opción que no fuese la victoria.

No era el mejor equipo posible, pero tenían a Neymar y tenían toda la ilusión de un pueblo cosida a su espalda. El partido inaugural comenzó con susto cuando Marcelo desvió a su propia portería un centro envenenado del incombustible Ivica Olic. Los corazones volvieron a latir cuando Neymar golpeó dos veces y Oscar sentenció en el descuento. La primera piedra estaba puesta, pero el edificio necesitaba muchos más cimientos.

El empate contra México no hizo sino llenar de dudas y desazón el ánimo del pueblo brasileño, pero cuando todo parecía dirigido a la crítica feroz llegó un balsámico cuatro a uno contra Camerún con otro doblete de un Neymar dispuesto a darlo todo para hacer feliz a sus compatriotas. En los octavos, ante Chile, la lágrima estuvo a punto de estallar cuando Hulk falló el cuarto penalti de la tanda y parecía que los fantasmas del pasado regresaban al vuelo, pero Neymar enfundó el quinto y Gonzalo Jara erró el suyo para darle a Brasil toda la vida que necesitaba.

Pero aquella manera de caminar dando bandazos no era la más prometedora. En la siguiente ronda tocaría otro equipo sudamericano igual de duro y correoso que los chilenos con el aporte de un James Rodríguez que venía haciendo el torneo de su vida. Aquel partido, Brasil lo solventó con carácter gracias a un gol de cada uno de sus centrales, pero fue una victoria agridulce que se cobró la lesión de Neymar, quien terminó el partido con una vértebra fisurada después de una terrorífica entrada de Zúñiga, además de la segunda tarjeta mostrada a Thiago Silva. Así pues, el peaje para pasar a semifinales era la baja de sus dos jugadores más importantes quienes tendrían que ver el partido ante Alemania lejos del terreno de juego y rezando para que aquella falta de referentes no se notase sobre el césped.

Pero se notó. Vaya si se notó. Lo que ocurrió aquel ocho de julio de 2014 es, como aquel Maracanazo uruguayo del cincuenta, historia pura del deporte y del fútbol brasileño. Historia negra, pero historia. Porque todos los que vimos la exhibición alemana quedamos perplejos ante la facilidad del baile y ante la nula reacción de un equipo brasileño que, cuando recibió el primer golpe, cayó a la lona cual niño débil de parvulario.

Y eso que Brasil trató de salir intenso, pero cualquier conato de apuro era solventado por el centro del campo alemán como ese tripitidor de Cou que juega con la chorra fuera en el patio del instituto. Khedira dio un máster, Kroos impartió un canon y Müller campó a sus anchas entre las líneas brasileñas. No iba ni media hora de partido y los brasileño, atónitos, observaban como estaban siendo derrotados por cero goles a cinco. Aquello volvía a ser el cúlmen de sus peores pesadillas. Si en el cincuenta, un grupo de escuálidos uruguayos se habían atrevido a dislocar el orden establecido, estaba vez era un grupo de fornidos alemanes quienes estaban lanzando por los aires todos los pronósticos. El uno a siete final no hizo sino dejar en claro que aquella Brasil no era fiera ni pintona y que Alemania había regresado de su infierno particular para demostrarle al mundo que fútbol más sencillo es el más difícil de jugar.

El dieciséis de junio de 1950 fue fecha negra por acción y el ocho de julio de 2014 lo fue por omisión. Y analizadas ambas vicisitudes queda el orgullo en una y la vergüenza en la otra, porque perder después de merecer ganar duele, pero no deja de ser un lance del juego, sin embargo, perder sin hacer hincapié en el intento de ganar, no sólo duele sino que avergüenza. Por ello, aquellos brasileños del cincuenta cosieron sus heridas sabiendo que el camino no era incorrecto, mientras que estos brasileños de hoy siguen buscando un sentido a su fútbol sin saber que si se han alejado de la victoria es, simplemente, porque se han alejado de su esencia. El Maracanazo les puso de frente con la mentira, pero el Mineirazo les puso de frente con la verdad y ocho años más tarde parecen no haber terminado de asumirla.

domingo, 4 de diciembre de 2022

Camino del abismo

Si algo debe tener claro un equipo de fútbol es que jugando mal no se llega a ningún sitio. Durante algún tiempo, se hizo extensible una falacia que, de tanto ser contada, terminó alcanzando tintes de verdad a medias, esa que, aplicada al análisis, termina siendo la peor de las mentiras. A medida que el Atleti iba ganando partidos, superando barreras y desmitificando populachadas, se dictó, por norma, que el juego del equipo era bronco, estúpido y aburrido. No siempre fue así. Mi
entras el equipo se instaló en la grandeza más absoluta, dejó en el tintero más de una docena de partidos memorables y gestas en estadios donde solamente los valientes son capaces de escribir páginas de memoria. Todo cambió el día que Simeone vio a su equipo agotado y decidió jugarse el cartucho de toda una final de la Champions League a la lotería de los penaltis. El derbi, el mismo duelo que le había coronado como estratega en partidos anteriores, se convirtió en su tumba mediática. A raíz de entonces, el equipo se contagió de la palabra ajena y se convirtió, durante muchos meses, en una conjugación más cercana a la nada. Aunque tuvo excesos de grandeza contagiándose del ánimo de su propio discurso, aquellos lodos fueron fabricando un barro tan pesado que cualquier paso, a lo largo de las temporadas, cuesta aún más que el anterior. Le cuesta combinar, le cuesta presionar y, por ende, le cuesta un mundo ganar. Una pésima señal es la de terminar dando la razón a tus detractores. Una señal aún peor es la de caminar cuesta abajo y sin frenos. O mejora su fútbol y, sobre todo, o mejora su condición física y anímica, o el Atleti se encamina al abismo.

lunes, 28 de noviembre de 2022

Desde el fondo del pozo

Cuando el marroquí Said Belgola pitó el final del partido entre Francia y Brasil que coronaba a los franceses como campeones del mundo en París, Ronaldo Nazario, el fenómeno creyó que allí terminaba la peor de sus pesadillas. Apenas veinticuatro horas antes, una voz de alarma sonó en los pasillos del hotel donde se concentraba la selección brasileña: Ronaldo se moría. Si jugó aquel partido no fue por prescripción medica sino por imperativo moral. No debió hacerlo. Brasil no compareció y Francia ganó por apabullamiento físico. Quedaban cuatro años para llegar a Tokio y debían volver a empezar. Lo que nadie sabía entonces es que el camino a seguir se iba a convertir en poco menos que una pesadilla.

Tras una primera temporada fabulosa en el Inter de Milán, Ronaldo siguió siendo el mejor jugador del mundo durante la temporada siguiente. El Balón de Oro fue para Zidane, el mago francés que ejerció de ejecutor en la final del mundial, pero el tipo más decisivo era brasileño y lucía el número nueve. Por ello, cuando comenzó la temporada 1999-2000 todos exigían ya que el Inter diese el paso definitivo hacia la gloria.

Sucede en el Inter una mal gestionada autoexigencia que, a menudo, le ha conducido hacia la autodestrucción. Durante los noventa y hasta muy avanzados los dos mil, el equipo invertía sin techo y cada año comenzaba un nuevo proyecto entregando las riendas a un entrenador diferente. Mientras Milan y Juventus crecían exponencialmente, el Inter miraba de soslayo como otros equipos, aparentemente menores como Lazio y Parma, no sólo le mantenían el pulso sino que, en muchas ocasiones, incluso le superaba. Por ello, cuando el enésimo proyecto estaba agotado, Moratti le dio las riendas a la desesperada a Marcelo Lippi y la hinchada respiró hondo creyendo que aquella iba a ser la definitiva.

Pero la idiosincrasia del Inter no es la misma que la de la Juve, menos dada la extravagancia y más a la concordancia. Lippi fracasó en el Inter y antes de hacer las maletas camino de regreso a Turín, hubo de ver como algunos de sus mejores jugadores se marchaban a sudamérica para iniciar la fase de clasificación de cara al mundial de Japón y Corea.

En el primer partido de la misma, Brasil se enfrentó a Colombia y rascó un punto en Bogotá ante Colombia. Ronaldo, que había tenido molestias musculares durante las últimas semanas, no fue convocado por Wanderley Luxemburgo quien formó con la dupla formada por Jardel y Elber, dos de los delanteros de moda del fútbol europeo y que nunca más volvería a coincidir en toda la fase de clasificación.

El siguiente partido sería en Toledo ante Ecuador. El comienzo no había sido el mejor y lo peor, más allá del resultado, había sido la imagen ofrecida. Un equipo plano, sin ideas y que terminó dando por bueno el empate. Luxemburgo hubo de sufrir la feroz crítica y apostó sus fichas a la carta del mejor jugador del mundo. Con Ronaldo será otra cosa.

Ronaldo reapareció el día doce de abril del 2000 en un partido ante el Lazio. Su objetivo era ponerse en forma de cara al sprint final de temporada y así ayudar a su selección en el objetivo de clasificarse para el mundial de Japón y Corea. Apenas seis minutos después de ingresar en el terreno de juego, mediada la segunda parte, encara a Fernando Couto en la frontal del área y cuando quiere tirar dos bicicletas siente un chasquido en su pierna derecha. La caída es instantánea, el dolor es escalofriante, acuden los médicos, los compañeros se echan las manos a la cabeza y el jugador es retirado en camilla entre lágrimas y aullidos. Los pronósticos, de primeras funestos, no pueden confirmarse de peor manera; rotura del tendón rotuliano y una baja tan prolongada como inestimable.

Doce días después, Brasil recibe a Ecuador fundida en la conmoción. Edilson y Marcio Amoroso forman la dupla de ataque y comienza a sumarse un jugador que resultaría decisivo a pesar del comienzo de su declive; Rivaldo. El partido es duro y el doblete de Rivaldo termina por decantarlo a favor de un Brasil que va con la lengua fuera. Ya sin Ronaldo, han de buscarse la vida goleadora por algún lado y es Zago, el central de la Roma quien, aprovechando un balón suelto, pone el cero a uno definitivo en Perú en un partido a cara de perro.

Siete puntos en tres partidos no es el peor botín, pero toca visita de Uruguay a Maracaná y eso siempre hace revivir viejos fantasmas. El partido es un dolor de muelas, Darío Silva marca nada más comenzar el partido y cuando apenas quedan unos minutos para el final, Rivaldo marca un gol que terminaría siendo decisivo. Empate, ocho puntos y toca visita a Paraguay.

Hablar del Paraguay de principios de siglo es hablar de un equipo fuerte, aguerrido, que no regala nada y que, sobre todo, no sabe dudar. Han dejado fuera a España en el anterior mundial y casi dejan fuera a Francia, a la postre campeona. Por ello, Brasil espera un partido incómodo, pero no cuenta con el volteo que le pega la selección paraguaya. Ante un público entusiasmado, Campos marca en los minutos finales y Brasil se ve derrotado por vez primera en la fase de clasificación. No sería la última. Empieza un camino de baches que le llevaría al límite de sus posibilidades.

La preocupación se agranda cuando son conscientes de que el próximo rival es Argentina. El equipo de Bielsa es un rodillo que ha ganado los cinco partidos del grupo y llega a Brasil sediento de sangre. Ante una hincha enfervorizada, Vampeta, hombre de confianza de Luxemburgo, hace el partido de su vida y anota dos goles que hacen respirar a Brasil. Llega la euforia, temida enemiga que juega una mala pasada en el siguiente partido. Brasil visita Santiago de Chile y se lleva un revolcón terrible. En un partido perfecto de los chilenos, los cariocas se ven borrados del mapa y se marchan a casa con un tres a cero harto doloroso. Han pasado siete fechas y el equipo es tercero empatado con Uruguay y Paraguay, todos con once puntos. Los dos siguientes partidos, en teoría, son los más fáciles; esperan Bolivia y Venezuela y Luxemburgo va a tirar de los clásicos.

Romario, como bien dijo Valdano, era un jugador de dibujos animados. Si Luxemburgo decide contar con él es más por necesidad, agobio y presión popular que por verdadera vocación. Su relación nunca fue fácil, pero tener en su casa al mejor goleador de Brasil mientras Ronaldo está lesionado, es un lujo que ningún entrenador se puede permitir. Romario ya es mayor, viene de vuelta y es un habitual en las noches de Río, pero, como decirlo con tres palabras; es un puto genio. Le marca tres a Bolivia y cuatro a Venezuela. De repente, Brasil es segundo, con diecisiete puntos y tiene otra cara. La gente es feliz pero la sonrisa se desdibuja cuando saben que llega Colombia para inaugurar la segunda vuelta de la fase de clasificación y no está Romario. Claro, que tampoco está Luxemburgo quien, harto de desplantes propios y ajenos, decide abrir la puerta y salir corriendo. El partido es un suplicio y Leao, nuevo seleccionador en espera de una asignación más mediática, alinea a França y Edmundo en la línea de ataque. También da minutos a un joven emperador llamado Adriano, pero el partido sólo se resuelve con un gol de Roque Junior en el minuto noventa y tres.

De repente, el equipo de Leao es aún peor que el de Luxemburgo y a esa apatía no escapa ni Romario. La vuelta de O Baixinho no resuelve los problemas y Brasil pierde en Ecuador para, seguidamente, dejarse dos puntos en casa ante Perú. La solución a los problemas debería estar en Luiz Felipe Scolari, pero el nuevo seleccionador no es capaz de ganar en Montevideo donde un gol de Magallanes termina con Brasil y la deja, en la jornada trece en el quinto puesto empatado con Uruguay, ambos con veintiún puntos y virtualmente fuera del mundial. Quedan cinco fechas y nadie sabe si la pesadilla terminará en tormenta o escampará en un despertar aliviante.

Paraguay está dos puntos por delante y se está mostrando como una selección muy competitiva. Por eso, cuando sale derrotado por dos a cero de Porto Alegre, nadie espera una mejora carioca tan significativa. La victoria es balsámica y Scolari comienza a crear un grupo fuerte con el que irá a la guerra. Allí están Lucio, Roque Junior, Roberto Carlos, Edmilson y Rivaldo. El incipiente Ronaldinho llama la puerta con fuerza y el fenómeno Ronaldo comienza a dar buenas noticias referentes a su recuperación.

A falta de cuatro fechas y con la clasificación en juego, Brasil visita Argentina en el que será, a priori, el partido más difícil de los que restan. Ayala marca en propia meta en el minuto dos y el ejercicio de resistencia se cae con el gol homónimo de Cris que supone la remontada argentina. Vuelve a jugar Elber en un sistema de tres centrales y dos carrileros que, aun siendo contranatura en el clasicismo brasileño, terminará dando sus frutos. A falta de tres partidos, Brasil es quinto empatado a puntos con Uruguay con Colombia con un punto por detrás. Ahora mismo jugaría la repesca contra un equipo de la zona oceánica y su única oportunidad pasa por ganar los tres partidos y que Uruguay y Colombia pinchen en alguno de ellos.

El siete de octubre de 2001, Rivaldo da la victoria a Brasil ante Chile al tiempo que Uruguay y Colombia empatan a dos en Montevideo. El suspiro de alivio es tan grande que se escucha en toda sudamérica. Quedan dos partidos, ante bolivia y Venezuela y Brasil depende de sí mismo. Queda viajar a Bolivia y esperar la visita de la cenicienta Venezuela para no ser infiel a la historia y seguir estando en todos y cada uno de los mundiales.

Dos días antes del partido ante Bolivia, Ronaldo reaparece en un Inter ya entrenado por Héctor Cúper. Son sólo unos minutos y en una carrera contra su ex compañero del Barça, Popescu, siente una molestia en la parte trasera de su muslo izquierdo. Es el precio que paga por la larga inactividad. Por precaución, vuelve a retirarse y estará otro mes en la enfermería.

Entre dudas y certezas, la selección brasileña llega a Bolivia y, como tantas otras selecciones anteriormente, se deja caer por la altura de La Paz. El resultado es terrible; tres a uno a pesar de comenzar ganando. Por suerte para ellos, Uruguay no ha pasado del empate en Ecuador, pero Colombia ha ganado a Chile y están empatados a veintisiete puntos con los uruguayos sólo un punto por detrás. La última jornada debe ser sencilla, ya que llega Venezuela a Brasil, última de grupo y Uruguay recibe a la intratable Argentina al tiempo que Colombia visita Paraguay. Una victoria y está hecho ya que la diferencia de goles con Colombia está ganada gracias a aquel gol postrero de Roque Junior en el comienzo de la segunda vuelta.

El catorce de enero de dos mil dos, apenas seis meses antes del comienzo del mundial, Brasil resuelve el trámite ante Venezuela en muy pocos minutos. Aquel partido deja alguna certeza, como es la inclusión de Ronaldinho y la esperanza de cara al futuro siempre que Ronaldo se recupere del todo, pues Scolari está dispuesto a esperarle. Su reaparición se había producido un mes antes, en un partido ante el Brescia en el que había anotado el único gol del partido, gran señal. Y es que de los genios no hay que dudar nunca.

En el primer parón de selecciones tras la clasificación para el mundial, Brasil recibe a Yugoslavia en un partido amistoso y, después de dos años. Prometí esperarte y te he esperado, le sonríe Scolari. Y Ronaldo, que también vive con la sonrisa perenne agradece el detalle y espera su momento. Aquel día es suplente y tiene que ver desde el banquillo como Luizao, con quien se tendrá que jugar las castañas, anota el único gol del partido. Pero Brasil está de fiesta; el héroe a vuelto y quedan tres meses para ese momento tan especial en el que cada cuatro años el país entero se paraliza.

Tras varias semanas de baja de nuevo por varias recaídas musculares, Ronaldo reaparece de nuevo en un partido contra el Brescia en el que anota los dos goles del Inter que sirven para remontar el partido. En un sprint final apoteósico, Ronaldo marca diez goles en siete partidos con el Inter y ya nadie duda de que estará en la lista de veintidós convocados para el mundial de Corea y Japón. No puede correr como antes, ha cogido peso y rehuye el choque, pero sigue teniendo ángel de cara a la portería. No se puede prescindir de un jugador así. Y para corroborarlo, Scolari le convoca para el amistoso que se jugará contra Portugal tres días más tarde. Vuelve a ser suplente, pero en los pocos minutos que juega deja muy buenas sensaciones, así que los pronósticos se cumplen y Scolari le convoca para el mundial, ya sólo falta saber qué Ronaldo se verá y, sobre todo, qué Brasil se verá.

El único amistoso previo al mundial es placentero. El rival es Malasia y Brasil gana tres a cero con un gol de Ronaldo que, por primera vez en mucho tiempo es titular con el nueve en la selección brasileña. Han tocado los tambores y se da el pistoletazo de salida. El último partido de Brasil en un mundial había sido, ni más ni menos, una final, pero desde entonces Brasil había empobrecido su juego al tiempo que el resto de rivales de sudamérica habían crecido exponencialmente. Por ello, no se esperaba mucho de la verdeamarelha en aquel mundial pero sí se espera, por el contrario, un buen mundial de Uruguay, Paraguay, Ecuador y, sobre todo, Argentina.

Pero los pronósticos se caen a la primera de cambio. Ni Uruguay, ni Paraguay, ni Ecuador, son capaces de ganar sus partidos y tan sólo Argentina y Brasil son capaces de salvar el honor sudamericano, algo que empeorará en la segunda jornada cuando Paraguay pierda con España, Ecuador con México y Argentina contra Inglaterra. Uruguay apenas rasca un empate contra Francia y vuelve a ser Brasil quien salva el honor de la zona latina goleando a China por cuatro goles a uno.

El desastre se consuma en la última jornada. Argentina y Uruguay no pasan del empate y caen eliminados, Ecuador gana a Croacia pero el empate de Italia le condena a la eliminación y Paraguay se clasifica con apuros después de ganar a Eslovenia. Brasil, mientras tanto, sigue a lo suyo, le marca cinco goles a Costa Rica y se clasifica con solvencia sumando nueve puntos con cuatro goles de Ronaldo. Se abre un mundo nuevo.

Los octavos dejan a Brasil como único representante sudamericano después de que Alemania se deshaga con muchos apuros de Paraguay gracias a un gol de Neuville a última hora. Brasil, por su parte, gana solventemente a Bélgica, con un nuevo gol de Ronaldo y va encontrando sensaciones y, sobre todo, alegría en su juego. No es la mejor Brasil, parapetada con tres centrales y dos medios defensivos, pero sus laterales son los mejores de la historia y por delante, la triple erre, Ronaldinho, Rivaldo y Ronaldo, se encargan de disipar cualquier conato de rebelión en el equipo rival.

Y son Ronaldinho y Rivaldo quienes se encargan de liquidar a Inglaterra en cuartos para que, en semifinales, una genialidad de Ronaldo tumbe a Turquía y catapulte a Brasil a su tercera final consecutiva en un campeonato del mundo. Aquel día, Ronaldo apareció con todo el pelo rapado excepto un pequeño mechón abultado en su flequillo. Creyó que todo el mundo iba a estar pendiente de su juego y para quitarse presión, decidió hacerse ese extraño peinado para que todo el mundo comenzase a hablar de su pelo. Así se quito presión y se consolidó, una vez más, como el mejor futbolista del planeta.

En la final espera Alemania. Para cualquier otro equipo, jugar la final de un mundial significaría un exorcismo completo, pero para Brasil no hay otra opción que la victoria o todo el trabajo de Scolari no quedará más que en anécdota y mal recuerdo. Ante una Alemania que aprieta y goza de las mejores ocasiones, Ronaldo vuelve a sacar su genio de la chistera para anotar dos goles y coronarse ante el mundo. Aquella Copa al cielo en manos de Cafú no es sólo un logro, es una redención, una promesa cumplida y, sobre todo, la certeza de que todo un pozo tiene fondo pero que el talento, la fe, la constancia y la valoración ajena, forman una cuerda más que sostenible a la que poder agarrarse no sólo para salir de allí sino para remontar el camino y poder demostrarle al mundo que las leyendas no se forman por casualidad.

martes, 15 de noviembre de 2022

Pica de confianza

La victoria ajena no es fácil de digerir. Aunque mucho menos lo es la derrota propia. Por más méritos que haga el Atlético, siempre habrá un sector que, escocido por motivos diversos, estará dispuesto a lanzar sus misiles contra la línea de flotación de Diego Simeone. Siempre habrá tipos dispuestos a encontrar una mota de polvo en el mueble impoluto, la mancha de tinta en el folio en blanco o el matiz inadecuado en el análisis posterior. La victoria ajena a veces duele tanto que no nos sentamos a confrontar los lugares desde los que se recorrió el camino. Siempre un pero, siempre una mueca de insatisfacción.

Peor aún es cuando la crítica llega desde el propio sector interno. No pretendo evangelizar el cholismo porque los resultados hablan por encima de la memoria reciente. Estar en desacuerdo con el entrenador no significa tirarlo a la basura, el problema es que hay demasiada gente que ha perdido la memoria y la noción de la realidad. Pretender ser el rey cuando hace dos días eras mendigo es como soñar por encima de las posibilidades. Después de las derrotas ante Cádiz y Mallorca no fueron pocos los que salieron a la palestra para rendir cuentas pendientes. La derrota duele, casi siempre en demasía. Lo innecesario es apelar al pequeño fracaso para justificar las ganas de revancha. Cuando se habla de falta de ambición se olvida que este equipo se convirtió en casi intratable, precisamente, porque se merendó, con grandes dosis de competitividad, a casi todos los rivales con los que se fue cruzando.

Sin ambición no se llega a ser uno de los mejores equipos del mundo. Deberíamos tener en cuenta esta última afirmación porque muchos, entre los que me encuentro, aún tenemos que frotarnos los ojos antes de pronunciar la frase. “Uno de los mejores equipos del mundo”. Para un equipo que hace una década se peleaba consigo mismo y había perdido la vergüenza y la identidad, llegar a ser algo así es como ser protagonista del cuento de la cenicienta. Solo falta esperar a que las campanas tarden mucho en anunciar la llegada de la medianoche, porque solamente entonces, cuando falte nuestro hada madrina, será cuando seamos capaces de valorar todo lo logrado. Más allá de jugar con un francés o hacerlo con un portugués, el debate debería centrarse en gracias a quién, el Atlético se ha consolidado en la cúspide. Cuando todos lo tengamos claro será el momento de empezar a autoexigirnos un poco de agradecimiento. El hambre voraz de este Atleti no ha tenido parangón en ningún momento de su más reciente historia.

sábado, 5 de noviembre de 2022

Pichichis: Amancio Amaro

Si entre miles y miles de futbolistas, la IFFHS te nombra el octavo mejor jugador español del siglo XX, es que has sido bueno o, directamente, muy bueno.

Amancio Amaro fue muy bueno. Con diecinueve años gobernaba los partidos vestido con la blanquiazul del Deportivo La Coruña y llegó a pasar hasta catorce temporadas jugando en el Real Madrid, lo que son palabras mayores. Allí, sus diagonales buscando el área y encontrando tesoros, se hicieron tan famosas que la gente dejó de ir al fútbol para ver a Di Stéfano y pasó a ir al fútbol para ver a Amancio.

Y eso que su fichaje no fue sencillo. El Deportivo pedía doce millones de pesetas, un dineral de la época y Bernabéu necesitaba llegar a la cifra más las arcas del Madrid estaban vacías. Por ello pidió un préstamo al directivo Lusarreta, dueño de varios cines de Madrid, asegurándole que aquella inversión le iba a salir rentable. Por ello, el chico, que siempre respondió en el campo, tuvo siempre el favor del presidente, quien le convirtió en uno de sus ojitos derechos. No era para menos; su explosividad en los últimos metros ganó muchos partidos y levantó muchas copas. Había nuevo ídolo.

Y eso que los comienzos no fueron fáciles. El runrrún del estadio siempre altera los impulsos y aquel chico, callado y tímido, también se dejó impresionar. A pesar de la insistencia de Bernabéu en que el chaval era un fenómeno, no todos lo tenían claro. El día que fue condecorado con la Real Orden del Mérito Deportivo, debió acordarse, sonrisa mediante, de esos momentos, porque la realidad fue la de un futbolista diferente, que puso en pie la tribuna y que se consagró en aquel partido en San Siro cuando, infierno mediante, fue capaz de acallar a las huestes anotando el gol que conducía al Madrid a su octava final de la Copa de Europa.

Dos años antes, en 1964, había ganado el Balón de Bronce y ya para entonces se discutía quién podía ser el mejor futbolista gallego; si el imperial Suárez o el chico que llegó al Dépor para hacerle olvidar, el tremendo Amancio Amaro. El hombre que, desde niño, se apostaba sobre la salida de vestuarios de Riazor, para ver salir a los futbolistas y soñar ser un día como ellos. Y lo fue. Debutó con un Dépor caído a segunda división y luchó con todas sus fuerzas hasta ascenderlo. Fue en la cuarta temporada, la de su consagración, la de decirle al mundo que allí había un futbolista de verdad.

El Madrid le hizo un homenaje el día tres de septiembre de 1975. Entonces seguía aún en activo, pero la normativa del club indicaba homenajear a aquellos futbolistas que habían permanecido al menos diez años en el club. No tardó mucho más en retirarse. Cuando lo hizo, se puso el chándal y tomó las riendas del Castilla desde el que, con su olfato e intuición, formó un grupo que no sólo fue campeón de Segunda sino que nutrió al primer equipo de una pandilla de jugadores extraordinarios conocidos como La Quinta del Buitre.

Como jugador del Madrid, ganó dos veces el trofeo Pichichi de máximo goleador de Primera División, ambos compartidos con los jugadores del Atlético, Gárate y Luis, lo que indica que, más allá de su pasión por el regate, también tenía mucho gol. Pero casi nunca se quitó de encima el sambenito de ser un chupón. "Amancio, te sobra un regate". Decían siempre en los mentideros. Y es que, claro, es muy fácil hablar a posteriori. Pero el ídolo de masas seguía a lo suyo, que era el ganar y dar espectáculo.

No tardó en hacerse con el número siete, dorsal que ya había glorificado Kopa y que, a partir de él, vistieron los mejores jugadores de cada generación. Era el número que portaba en La Coruña, allá donde se consagró  de donde no pensaba salir. Era feliz, simplemente. Por ello entró acojonado al Hotel Atlántico, donde le esperaba Santiago Bernabéu vestido de marino. El presidente blanco quería renovar el equipo y se había fijado en aquel joven gallego que era imparable con el balón en los pies y siempre sacaba algo a favor de su equipo en cada jugada; bien un gol, bien un penalti o bien una falta en el borde del área. Y sacar un penalti o una falta al borde del área, teniendo a Puskas en el equipo, era sinónimo de gol. El mismo Puskas con el que terminó formando pareja de ataque, el que se enfadaba con él si no se la tiraba al pie y el que le enseñó los secretos del lanzamiento a portería. El Puskas que dio un puñetazo en la mesa cuando Amancio descabalgó a Hungría del camino hacia la final de la Eurocopa del sesenta y ocho con un gol postrero, el Puskas que le felicitó cuando, ya retirado, vio como su pupilo tenía el honor de formar parte de la prestigiosa selección FIFA formada en 1968 como consecuencia de la conmemoración del décimo aniversario del primer título mundial de Brasil.

Con su característica peca, fruncida en una sonrisa, acudió a Río cargado de ilusión igual que había acudido a Ghana para jugar su primer amistoso con el Real Madrid en 1962. Allí, en un desvencijado vestuario, encontró una camiseta con el número siete pero sin el escudo cosido en el pecho. Cuando se acercó al capitán para comunicárselo, Di Stéfano, con pose de Don Alfredo, le dijo con la voz muy seria: "El escudo del Real Madrid no se regala, hay que ganárselo". Entonces entendió que a lo mejor tenían razón los que decían que era un futbolista demasiado grande para el Deportivo, pero aún era un futbolista pequeño para el Real Madrid. Pero la dimensión se gana en el campo y, sobre todo, en los grandes escenarios. En la Copa de Europa, Amancio hizo veintiún goles, uno de ellos en la final del sesenta y seis ante el Partizán de Belgrado, que consagró al Real Madrid bautizado como de los ye-yes.

Él ya tenía un idilio personal con el gol desde jovencito, y así consiguió ser Pichichi de Segunda División en la temporada 1961-62, el año de su consagración. Justo la temporada en la que el Madrid vende a Luis Del Sol a la Juventus y trata de sustituir su plaza con un jugador de perfil más bajo. Bernabéu le dice a Muñoz que Amancio es un interior fabuloso, pero Muñoz, que ya tiene a Félix Ruiz en la plantilla, opta por el navarro como interior, relegando al gallego al puesto de extremo diestro. Así que a Bernabéu le tocó esperar la explosión de su niño bonito, el mismo del que Emilio Rey, buen amigo y yerno del dueño de La Voz de Galicia, le había avisado que iba a fichar por el Barça, sí que tuvo que hacer de patriarca como cuando hubo de convencerle para que no aceptase la suculenta oferta del Milan en el verano de 1964.

Con la selección, Amancio jugó cuarenta y dos partidos y anotó once goles. Esas cifras, en una época en la que apenas había amistosos y torneos, son extraordinarias, como extraordinario era él sobre el campo; un artista de andares zambos que driblaba todo lo que se el ponía por delante. El gen ganador se lo entregó Di Stéfano, jugando más retrasado por la edad, le enseñó a buscar siempre la victoria. Y claro, costó, no mucho, pero costó. En su primer día contra el Anderlecht, quedó tan impresionado por el ambiente que le temblaron las piernas. En el entretiempo no sabía ni donde estaban los vestuarios. El Madrid empató a tres y cayó por uno a cero en Bélgica. Eliminados de la Copa de Europa a la primera. No era el mejor comienzo.

Pero pronto se rehízo. En la temporada 1969-70, doce años después de su debut con la camiseta del Deportivo, volvió a ganar el trofeo Pichichi. Para entonces ya le llamaban El Brujo, porque lo suyo eran brujerías, hechizos y fenómenos paranormales. Era imposible quitarle la pelota cuando conducía en zigzag dirección a la portería. Tres días después de su precipitado debut ante el Anderlecht, Amancio anotó uno de los goles de la victoria del Madrid en Sevilla ante el Betis. Empezaba a poner la primera piedra. Para entonces, en las concentraciones, aún no tenía galones y tenía que ver de lejos la mesa de los dioses donde se sentaban Di Stéfano, Puskas, Gento y Santamaría. Su lugar era más alejado del presidente, pero poco a poco fue ganando galones hasta convertirse en un líder silencioso.

Fue Fifo y fue Uefo, lo que quiere decir que formó parte de una selección Fifa, pero también de una selección Uefa, porque a la hora de elegir a los mejores, él siempre estaba de los primeros en la lista. Fue ganando peso en el equipo hasta que, al fin, pudo lograr su objetivo de jugar como interior derecha, mucho más cerca del área y más lejos de la banda. Fue su mejor época, sin duda, en la que mantuvo la mirada de niño travieso pero también comenzó a forjar la cabeza de un entrenador, pero fue, también, la posición en la que tuvo sus dos lesiones más graves, una en Barcelona y la otra, terrorífica, en Granada.

Joan Torrent era un jornalero del fútbol. La cábala, que no se dio, le podía haber cruzado con Amancio de otra manera, ya que el gallego estuvo a punto de firmar por el Barça antes de la irrupción de Bernabéu, pero el tiempo quiso se que se viesen como rivales y que el defensa del Barça se hubiese humillado en Chamartín. Como quiera que soportó todo tipo de críticas, cuando el Madrid devolvió visita a Barcelona, Torrent jugó con Amancio dado de la mano. Ni a respirar, se dijo. Y un mal golpe, más fortuito que causal, pero consecuente con la tensión acumulada, mandó al siete del Madrid, siete meses a la enfermería.

Pero peor fue lo de Granada. Bien es conocida la mala fama que gastaron los defensores del Granada en los años setenta. Allí estaban Aguirre Suárez, rebotado del Estudiantes argentino después de mil fechorías, Montero Castillo, uruguayo grandote que no hacía prisioneros y Pedro Fernández, uruguayo también y con menos fama que sus compañeros pero mucha peor leche. Resulta que los tres fueron un día a Chamartín y, a parte de salir goleados, Fernández se llevó un codazo de Amancio que le rompió la nariz. Su salida del campo fue concisa: "No vayas a Granada, porque si vas a Granada, te voy a matar". Y, claro, Amancio no quería ir a Granada. Se borró un año y se borró al siguiente, pero dio la circunstancia de que ambos equipos quedaron enfrentados en el sorteo de Copa del Rey y Amancio pensó que, o bien a Fernández ya se le había pasado el enfado o bien el entrenador no iba a contar con él en la partida. Y el caso es que ambos jugaron y que Amancio ganó un balón cerca del área y allí apareció Fernández para propinarle la patada más salvaje de la historia del fútbol español. Le desgarró todo; piel, músculos y huesos. Después de aquello, Amancio, que había sobrepasado la treintena, se convirtió en un ex futbolista que apenas fue capaz de jugar un puñado de partidos a segunda velocidad.

A raíz de ahí, llegaron los recuerdos; todos grandes o muy grandes. Campeón de Europa con el Madrid y con la selección junto a Suárez y Villa en la apoteosis del fútbol gallego, los veinticinco goles en veintiséis partidos la temporada de su consagración en La Coruña, aquel hat-trick al Barça que le valió el titular "De profesión extremo, de vocación interior", o las nueve ligas y tres copas ganadas vestido de blanco. Y eso que, cuando, con quince años debutó en el Victoria Club de Fútbol, equipo carismático donde se dio a conocer, no tenía mayor sueño que el de jugar al fútbol, sin parar, más allá de las copas y los reconocimientos.

Igual que había deslumbrado en Coruña con el Victoria, deslumbró en Madrid el día que vino a jugar una eliminatoria de Copa contra el Plus Ultra. Marcó un gol y todo el mundo se quedó con aquel delantero con cara de niño, un sambenito que le persiguió por siempre y que no se quitó ni en su intento de dejarse bigote; Bernabéu, a quien no gustaban los futbolistas con bigote, se acercó a él y le espetó; "Tiene aún más cara de niño". A afeitarse y a seguir jugando.

Curtido en la España de la posguerra, Amancio cultivó el regate como modo de supervivencia, en su primer año marcó quince goles y dejó muestras de lo que podía llegar a ser. Con el tiempo, una tonadilla recorrió el país y tomó mimbres de fama: "La raspa la inventó Amancio con el balón, Amancio pasa a Pirri y Pirri tira a gol". Era un Madrid nuevo, deslumbrante, joven, apoteósico, un Madrid liderado por Amancio, que jugó un total de quinientos setenta y nueve partidos y anotó doscientos veinticuatro goles. Unas cifras de leyenda, unas cifras de un tipo que se incrustó en la memoria colectiva y aún hoy resurge en las conversaciones de barra de bar, porque todos aquellos que le vieron, no le pudieron olvidar.


jueves, 20 de octubre de 2022

Ahora me ves

La Copa de la Liga fue un invento de José Luis Núñez en un intento desesperado por captar más ingresos y conseguir que el fútbol patrio se pareciese un poco al británico. Aquella idea no cuajó pero dejó cuatro ediciones que hoy son consideradas de lujo y que incluso permitió a un modesto como el Real Valladolid, estrenar su palmarés con una coma que reluce majestuosamente en su vitrina.

Una vez terminada la liga, todos los equipos de primera división, a lo largo del mes de junio, se enfrentaban en eliminatorias a doble partido hasta alcanzar la final que se jugaría en el mismo formato. En la primera edición, en 1983, la final soñada se jugó entre Real Madrid y Fútbol Club Barcelona. Como quiera que ambos ya se habían enfrentado en la final de la Copa del Rey tres semanas antes, aquel doble enfrentamiento tenía márchamos de revancha para los madridistas y ánimo de humillación para los culés.

El veintiséis de junio, en el Santiago Bernabéu, se vivió el momento más icónico del torneo y por el que valió la pena su corta duración cuando Maradona recibió la pelota en un contraataque conducido por el Lobo Carrasco. Lo que le quedaba por delante eran cincuenta metros y un portero, Agustín, que salió a tapar lo mejor que pudo. Pero entonces, el Diego, ya coronado como el tipo con más talento del planeta, ideó un truco de magia que dejó a los aficionados boquiabiertos y mantuvo al mundo expectante.

Porque, durante dos segundos, Maradona detuvo el tiempo. Fue el lapso que tardó, después de regatear al potero, entre abandonar lo fácil y entregarse a lo difícil. Porque los magos son así; ahora me ves, ahora no me ves. El truco de prestidigitation de Maradona se cobró a Juan José como víctima. Sandokan, comprobando como la pelota iba a terminar en gol sin remisión, se lanzó como un tigre malayo en busca de su presa, pero nunca llegó a entender cómo El Diez le escondió el balón. Pisadita, Juan José contra el poste y el Bernabéu aplaudiendo el gol de un jugador que no era de los suyos.

Y es que a los buenos magos, siempre hay que admirarlos.

Aquella Copa la ganó el Barça aunque, después de aquello, ya daba igual. El torneo apenas sobrevivió cuatro ediciones aunque, después de aquello, todo dio igual. Fue efímero, agotador y poco atractivo, pero gracias a él recurrimos al Diego cada vez que hay un clásico porque una calurosa tarde de junio, en el mayor escenario posible, ideó un truco de magia aún no igualado por nadie.

jueves, 13 de octubre de 2022

Virguería

La virguería es el asombro, la conciliación entre la imaginación y el arte, el grito de emoción, el espasmo en ojo ajeno, el atrevimiento, el ir más allá, el roce con el ridículo, el riesgo supremo y, sobre todo, una salida por la puerta grande de la memoria. Porque en la virguería sobrevive el espíritu del artista, el trago del bohemio, la sonrisa del soñador y la palabra del charlatán. Ahora me ves, dice el mago. Ahora no me ves.

El virguero es un futbolista en extinción, es un tipo mal mirado por atrevido y por iconoclasta, es un hombre pegado a una pelota de cuero, es un jugador de póker que siempre va de farol y en su mirada vive el secreto de los dibujos animados con los que creció de niño. El virguero es un espíritu libre y un comandante de su propia vida, se acuesta en la cal, donde menos molesta, y tira diagonales con driblings y pases imposibles, con regates y caños, con disparos al ángulo y con centros de gol que suenan a música clásica.

La virguería va asociada al aplauso, a una canción eterna en la grada, al eco del recuerdo, a la posibilidad eterna, a la expectativa continua y a la esperanza vital. Y el virguero, el ultimo virguero, se llama Khvicha Kvaratskhelia, juega en el Nápoles y me tiene totalmente embelesado.