martes, 29 de septiembre de 2026

Balones de oro: Kevin Keegan

Los hinchas de clubes pequeños pueden mantener su esencia y convertirse en ídolos de clubes grandes. Existen muchos ejemplos de sueños cumplidos y otros de sueños por cumplir que dejan siempre el poso del que hubiera sido sí. Pero cuando el recuerdo de lo logrado es mayor que la hipótesis, huelga decir que el camino elegido ha sido el correcto y por eso la sonrisa denota aún más alivio que satisfacción.

Kevin Keegan creció siendo un niño que soñaba jugar con la camiseta del Doncaster Rovers, tímido sueño para quien terminó levantando cuatro títulos nacionales y tres internacionales con la camiseta de un Liverpool que le entronó y que le convirtió en gran ídolo de un país que soñaba en grande y buscaba en su sonrisa y su imparable regate el motivo para expandir al mundo su imagen futbolística.

Sus primeros domingos de futbolista fueron aquellos de adolescencia en los que, aprovechando sus días libres, se juntaba con un grupo de locos que, como él, soñaban con jugar algún día en la primera división. Jugando para el Lonsdale Hotel consiguió su pasaporte para firmar su primer contrato profesional con el Scunthorpe United. Aquel fue sólo un primer escalón de un viaje hacia una azotea donde le esperaba un Liverpool ansioso de gloria. Y tanta gloria alcanzó que generó un trauma en la ciudad cuando, en 1977, y después de ganarlo todo, decidió marcharse a Hamburgo para aceptar una oferta y un nuevo reto personal. Por ello, cuando estuvo a punto de tocar del todo el cielo en aquella final de 1980 contra el Nottingham Forest de Clough, sintió que la derrota le pudo más que el deseo y comenzó un declive que, poco a poco, le fue poniendo la añoranza por encima del deseo.

Treinta y tres mil libras había pagado el Liverpool por su pase en 1971 y por quinientas mil lo vendió a Hamburgo para sanear una economía y ponerse en manos de un nuevo ídolo llamado Kenny Dalglish. Aquellas cifran asustaban a un tipo tímido que había aspirado a ser muy bueno y aún no había terminado de asimilar que se había convertido en el mejor. Porque aquel dinero hubiera sido demasiado para el niño que había visto a su padre llegar a casa completamente agotado después de trabajar en la mina o para aquel muchacho que se había empleado como chico de los recados en Pegler Brass Works, una pequeña empresa de su Armthorpe natal. Aquella humildad que nunca abandonó fue lo que le convirtió en el hijo predilecto de un país que lloró su muerte aquella calurosa tarde de julio de 2026 después de que un cáncer de estómago se llevase por delante a la persona y cincelase para siempre a un mito inolvidable.

Con aquella permanente de caniche en su larga cabellera, impuso un estilo de modernidad que se contagió en otras estrellas del fútbol inglés. En Alemania, mucho más sobrios con el aspecto y con el fútbol, le acogieron con escepticismo y le despidieron con honores. Él ayudó al crecimiento de un club que llegó a ser campeón de Europa con ya no estaba, pero aquella liga del setenta y nueve con Keegan impartiendo cátedra, sigue latente en la memoria de los miles de aficionados que añoran tiempos mejores. Porque nadie sabe más de sentimientos que aquellos que hinchan por un club que no está acostumbrado a ganar, algo que al joven Kevin ya le inculcaron tanto su padre como su tío quienes cada domingo se dejaban la garganta y el corazón por el Newcastle sin recibir mas recompensa que la de un puñado de victorias sin títulos que guardar en la vitrina. Pero qué mas da ganar cuando el sentimiento se antepone al raciocinio.

Keegan había nacido en febrero de 1951 en el corazón de un país que aún se relamía las heridas tras la cruenta guerra contra los alemanes. Aquella condición de niño necesitado le ayudó a anticipar los problemas antes de ser sugeridos "Estoy tranquilo porque sé lo que hay detrás de la esquina", llegó a decir, "el problema es que no sé dónde está la esquina", añadió como una forma de contar que los problemas pueden acuciar en cualquier instante y que, tanto como persona como futbolista, hay que estar preparados para saber regatearlos. Aquellas tardes de sábado en la que siendo un mozo vestía la camiseta aficionada del Einfield House, le enseñaron a regatear rivales y otros obstáculos, porque todos allí estaban para cumplir un sueño y nadie iba dejar que otro se le adelantara por muy hijo de la pobreza que fuese.

En Anfield aún recuerdan aquel estupendo tándem que formó con Steve Heighway y que resucitó a un equipo que venía de años recorridos en un desierto de intrascendencia. Heighway, con su peculiar bigotillo de dandy, arrancaba desde la izquierda y ponía centros de pura seda y Keegan, con su juguetona melena al viento, arrancaba desde la derecha y fintaba sin detenerse hasta encontrar el resquicio por el que colocar la pelota.  Porque Keegan siempre quiso ser Ron Ashman, el legendario delantero del Norwich City que levantaba de sus asientos a toda una ciudad cada vez que llenaban Carrow Road para verle montar un espectáculo. Y como un anticipo del gran Le Tissier que haría lo mismo en The Dell, Keegan decidió regresar a Inglaterra para regalarle a la ciudad de Southampton un puñado de pinceladas de buen fútbol.

Cuando el gran Alan Shearer le despidió con un "hasta siempre, jefe", todos supimos que se estaba refiriendo al gran referente de su carrera deportiva. Y es que Shearer, aficionado al Newcastle desde niño al igual que Keegan, supo recoger el testigo generacional de un país que necesitaba el gol como alimento y la ilusión como energía. Keegan, que había crecido junto a dos hermanos y se había hecho hombre junto a Jean Woodhouse, fue el ídolo de un país para el que sumó sesenta y tres internacionales y del que llegó a ser capitán. Tanta importancia alcanzó su figura que la empresa aeronáutica Havilland Canadá Dash, bautizó con su nombre a su arenonave Bombardier Q400. Demasiada recompensa para quien había soñado con algo más humilde, sobre todo después de haber ganado su primer dinero como apostante en las carreras de caballos con el fin de costearse una añoradas y gastadas botas de fútbol.

Antes de soñar con Newcastle, Keegan fue un pequeño hincha del Doncaster Rovers, el mejor equipo su región. Y tuvo la oportunidad de jugar con ellos, pero el destino le jugó una mala pasada al apuntar su padre mal la hora del día de la prueba. Cuando llegó al campo ya todos se habían ido y Keegan marchó a llorar a su casa para jurarse no volver a fallar. Por ello, la vez que, vistiendo la camiseta del Scunthorpe United, enfrentó al Woodfield Social, se dejó el alma y la piel. Aquella fue su verdadera prueba de fuego, ya que aquel día vieron en él el talento emergente de un chico que podía ser verdaderamente grande.

Su grandeza le llevó a jugar una copa del mundo, la de España en 1982. Aquel era un Keegan un poco más apagado y que hubo de ver como sus compañeros del Hamburgo le ganaban la partida clasificatoria. En aquella Alemania jugaba Félix Magath, el tipo con el que formó una mediapunta inolvidable que levantó de sus asientos cada domingo de partido a los aficionados del Volksparkstadion. 

Fue Harry Holland, defensor del Scunthorpe United el que avisó a sus entrenadores de que aquel chico tenía un talento especial para jugar al fútbol. Después de amargarle la tarde en aquel amistoso tan importante en la vida de Keegan, le quiso tener como compañero antes de como rival y así fue como el pequeño chico que practicaba en casa lanzando una pelota de trapo contra el cochecito de juguete de su hermano pequeño, firmó su primer contrato como profesional. Empezó como delantero y, poco a poco, se fue acomodando al costado derecho para terminar jugando como alma libre en todo el frente de ataque.

Cuando quiso dejar el fútbol dejó que el fútbol le dejara a él y por ello eligió un par de destinos exóticos para poder olvidarse de la pelota y centrarse en la vida. Probó en Nueva Zelanda y probó en Kuala Lumpur y allí, alejado del foco y de la presión, colgó sus botas y regresó a Europa para disfrutar de lo generado. Aún quedaban los ecos de aquel último año en Newcastle después de regresar a la élite y de aquellos veintiún goles que anotó con la camiseta de Inglaterra a lo largo de una década de asombro. Porque en la mirada de aquel niño que había crecido entre privaciones, se observaba el orgullo del hombre que posaba para la portada de France Football junto a los balones de oro concedidos en 1978 y 1979.

Keegan amó y defendió a Inglaterra pese a ser descendiente una familia de irlandeses que se arrojaron al país a principios de siglo dejando atrás las privaciones de una Irlanda descosida y buscando fortuna al otro lado del mar. Aquel nieto del legado irlandés llegó a ser seleccionador de Inglaterra después de haber sido ídolo y continuó siendo ídolo aún después de haberse topado con la realidad de una selección que, sesenta años después, sigue buscando su identidad.

El día que levantó al cielo la Copa de Europa ganada en 1977 con la camiseta del Liverpool, debió acordarse del tipo que le dijo que no valía para la élite después de darle su veredicto tras una intensa prueba para el Coventry City. Y es que la vida está cargada de decisiones erróneas que forman montañas de arena que juegan a favor de instituciones ajenas. En Liverpool, Keegan encontró su hábitat y al compañero perfecto para culminar las jugadas de gol. En un mítico reportaje de los salvajes años setenta, dos sonrientes Kevin Keegan y John Benjamin Toshack, se pasaban la pelota en un campo vacío con los ojos vendados, haciendo saber a la gente que eran capaces de encontrarse en cualquier lugar del frente de ataque aún no sabiendo donde estaban ubicados. Aquella sociedad hizo crecer al Liverpool y el crecimiento de aquel Liverpool hizo glorificarse a un chico que, cuando enfrentó a Argentina en un amistoso en Wembley de 1980, no sabía que, siendo el mejor del mundo se estaba enfrentando a otro que sería el mejor de la historia. Son momentos de de plenitud que quedan grabados en el tiempo como implosiones de la memoria y como hitos imprescindibles. Dos años más tarde, en 1982, cuando Keegan ya había decidido regresar a casa, aquel joven argentino volaba hacia Barcelona y la reina Isabel condecoraba al delantero inglés con la real orden del imperio británico.

Y es que la importancia de las personas se refleja en la sencillez de sus decisiones. Una vez hubo abandonado el fútbol, Keegan, junto a su familia, se asentó en Marbella para convertirse en un ciudadano anónimo y disfrutar de la vida tomando el sol y jugando al golf mientras dejaba que la añoranza se convirtiese en recuerdo y el recuerdo en párrafos de historia.

Cuando, a pesar de su escaso 1,73, le ganó un salto al fornido Bob Nellis, todos aquellos chicos supieron que estaban ante un caso excepcional. De aquellos amistosos de barro y polvo, se forjó el mito del hombre que saltaba por encima de la gravedad y cabeceaba con la fuerza de los puños de Hércules. Como además de rematar no paraba de correr, los defensores se cansaba de seguirle hasta que terminaban por perderle de vista y, cuando lo hacía, solían ver como su portero terminaba dentro de la portería para recoger una pelota que había sumado un nuevo gol en el marcador del equipo rival.

El mito de Kevin Keegan en Newcastle se inició cuando, en los albores de su carrera, decidió cumplir el sueño de su padre y afiliarse al club de las urracas para jugar como organizador en un equipo que había descendido a la segunda división. Allí estuvo dos años, el primero para devolverle a la élite y el segundo para mantenerle en ella. Su padre y su tío hubiesen soñado sólo con la mitad de aquello el día que le vieron nacer en la humilde Anthorpe, lugar al que había emigrado para trabajar en la mina, en la pequeña habitación de su hermana Nellie, una de los pocos lugares del pueblo que contaban con calefacción. Cuando fichó en 1971 por el Liverpool, aprendió, de su cuadro técnico, que el fútbol no era una cuestión de vida o muerte sino algo mucho más importante y que para jugar con la pelota hay que tratar muy bien a la pelota. Por ello, cuando se formó como entrenador y regresó a Newcastle para volver a ponerlo en el mapa, aquel equipo dirigido por Keegan se ganó el apodo de "The Entertainers" al convertirse en el equipo más bonito de ver de toda la Premier League.

Su padre, que jamás le vio jugar con la camiseta del Newcastle, hubiese llorado de emoción si hubiese visto su apellido corearse en las vetustas gradas de St James Park. No lo hubiese podido imaginar cuando, tras madrugar cada mañana para marcharse a la mina, le veía vestirse un pequeño uniforme para acudir a la vieja escuela St Peters donde obtendría una buena educación y una pasión infinita por la pelota.

Durante su carrera como profesional anotó doscientos cuatro goles, la mayoría a las órdenes de Bill Shankly y Bob Paisley, los tipos que le enseñaron a jugar al fútbol como profesional y a jugar a la vida como hombre adulto. Se lo debió todo; el éxito, la fama, la juventud y las grandes noches europeas. Aunque si hubo una que no pudo olvidar fue la vivida en Hamburgo el veintitrés de abril de 1980 cuando después de perder por dos a cero en un partido de ida horripilante, barrieron al Real Madrid para anotarle cinco goles y salir del estadio sabiendo que la historia podría estar de su parte. Pero no lo estuvo, porque aquella final volvió a ser ganada por el Nottingham, pero aún son muchos los mayores de Hamburgo que saben que, pese a la derrota final, aquel camino estuvo cargado de una gloria que para todos será inolvidable.

Al pequeño Keegan le apodaron Mighty Mouse, una suerte de superratón en una Inglaterra que adolecía de tipos ingeniosos como él. Su primer balón se lo había comprado su tío Frank y sus primeras botas, tras aquel botín ganado en las apuestas hípicas, las compró de segunda mano en la tienda del viejo ex futbolista Ray Harrison. Con aquellos útiles aprendió que la vida no regala los goles y que la velocidad es sólo una virtud para controlar. Kevin Keegan, entrenador en el campo y diablo pegado a la línea de cal, fue el tipo que levantó los cimientos de un club legendario y el hombre que regresó al lugar de los sueños para volver a ponerlo en el mapa. Jugó mucho, arriesgó demasiado y ganó lo suficiente para convertirse en inolvidable. Hoy en día la gente le recuerda con una sonrisa y eso, seguramente, es todo lo que él pudo haber pedido cuando golpeó una pelota de fútbol por primera vez en su vida.

jueves, 27 de agosto de 2026

La tierra prometida

Durante los últimos años se puso de moda desdeñar el fútbol italiano. Sólo porque ya no dominan el continente. Resulta curioso el poder de fascinación que el resultado tiene sobre el aficionado. Cuando imponían el físico sobre la pelota y lo ganaban todo, la gente se rendía a ellos. Cuando iniciaron el camino inverso a través del juego con balón, el público les dio la espalda porque dejaron de ganar.

Los partidos del Inter llevan tiempo dejando claro que Italia está cambiando y que hay una serie de entrenadores que han roto con el pasado y han convertido al Calcio en una liga mucho más entretenida. Dos finales de Champions en los últimos cinco años y la sensación de que, en cualquier momento, pueden volver a asaltar ese lugar común de los años noventa.

Mucho se ha hablado en las últimas semanas de los argumentos tácticos del Arsenal o del cambio de paradigma de Chelsea o Manchester City, pero poco se ha hablado del calado histórico que envuelve a aquellos entrenadores, más ocupados en el detalle que en la naturalidad, tratan de confeccionar equipos de autor en base a conceptos que hoy denominamos clásicos, justo aquellos que, durante décadas, fueron nota de distinción de los mejores equipos de la vieja Italia.

Más allá de la conceptualidad, queda la racionalidad. El Atlético de Madrid lleva años creciendo de la mano de un estilo más ortodoxo que heterodoxo y, hasta para regresar a la cima, el Madrid ha echado mano de un clásico antes que aventurarse con otra carta boca abajo. Y es que, cada vez que Italia se alejó más del estilo, el viejo mundo lo fue echando cada vez de menos.

Hoy el Inter, el Nápoles e incluso el Milan, han virado en redondo para dejar atrás las férreas líneas de cuatro para abonarse a los carrileros altos, los medios visionarios y las transiciones rápidas y, mientras ellos siguen buscando el talento perdido, tratan de evolucionar hacia afuera lo que muchos les piden que vuelvan a traer hacia adentro, porque aquello que les funcionó durante muchos años, es el concepto básico a lo que otros se agarran para tratar de impulsarse una vez conocida la derrota.

Las fórmulas mágicas no existen, pero abandonada la revolución conceptual, con muchos los que tratan de regresar al origen y establecer una nueva revolución coyuntural. El éxito suele estar donde está el dinero y si Luis Enrique sigue ganando, la excepción seguirá siendo la reina de la regla, pero cuando deje de hacerlo, todos mirarán atrás y asentirán orgullosos por haber regresado, mal que bien, a la tierra prometida.

miércoles, 12 de agosto de 2026

Antes de la idolatración

Los héroes son héroes porque son capaces de rebelarse ante el fracaso, porque saben mirar atrás antes de mirar hacia adelante, porque cuando son colmados de honores han conocido tanta derrota que son incapaces de saborear la gloria sin quitarse de la boca el amargor de las decepciones. Los ídolos, más allá de ser héroes reconvertidos a dioses por el imaginario popular, son olvidados en la miseria porque más allá de las causas, importan las consecuencias y más allá de los recuerdos, se imponen los olvidos. No hay que mirar siempre al dedo o siempre a la luna, sólo hace falta tener memoria y saber dónde estaba cada uno cuando la guadaña segaba de lágrimas todos los intentos por generar fortuna.

Y es que este Lío Messi de hoy, idolatrado por el mundo y vilipendiado por aquellos que viven con un infierno de bilis en el estómago, no es más que el fruto maduro de aquel chico que ayer fracasó una y mil veces en su intento por consagrar a su país como la mejor selección del planeta. Y es que primero llegaron las suplencias, después las goleadas, más tarde la peor de las derrotas y cuando estaba en el punto crítico de su carrera, la eliminación más contundente ante el rival más ovacionado, y es que nada le gusta más al mundo que presentar un nuevo ídolo cuando los pies del gran héroe parecen de barro.

A nadie puede engañar un resultado si ha sido capaz de disfrutar un partido y de guardarlo en la memoria como la exhibición física de aquella Francia contra una Argentina en plena crisis de identidad. Si Argentina logró estirar el chicle hasta el último minuto fue más por el talento de sus hombres de arriba que por la propia idiosincrasia de un equipo que se descosía en el medio y se desangraba en los laterales. Dirigido por un errático Sampaoli, la selección de Messi no supo encontrar el refugio para su estrella y volvió a chocar de frente contra una realidad constante y es que todos sabían que tenían al mejor jugador del mundo, pero pocos sabían como potenciar su juego con un grupo salvaje que le protegiese hasta en el túnel de vestuarios.

La guardia pretoriana que cuajó Scaloni aún jugaba a los cromos en campos de segunda y aquel equipo, descreído desde el primer día, se dio de bruces contra la modernidad de un fútbol que les atropelló casi sin querer. Griezmann, convertido en líder de las operaciones francesas, fue un dolor de cabeza para un Mascherano que no sabía cómo mantener su posición y un Banega que deambulaba como un fantasma sin sábana a la que agarrarse. Enzo Pérez no era ninguna sábana de salvación y tan sólo Di María dibujaba entre líneas con la intención de asociarse con un Messi que no sabía encontrar el camino para hacer feliz a un país agarrado al recuerdo de un barrilete.

Fue tras la enésima derrota cuando regresaron los reproches. Si ante Alemania, cuatro años antes, las voces se habían concentrado contra los errores individuales de alguno de sus delanteros, tras esta derrota en el frío verano ruso, la rabia salió disparada contra un tipo que había glorificado Barcelona pero que no estaba consiguiendo elevar a su país a lo más alto del pedestal. El equipo se cayó en octavos, ni un ápice de ilusión pudo regalar a un país hundido en lo social pero muy orgulloso en lo patriótico por lo que las calles se llenaron de reproches y las comparaciones regresaron para poner a Messi, una vez más, en el lugar más injusto de todos.

Aquellos insultos, sumados a las derrotas anteriores en tandas de penaltis fatídicas le hicieron pensar que aquella misión era imposible que si merecía la pena un último baile era más por orgullo personal que por causa natural. Y ocurrió lo que tantas veces ocurre cuando el fondo del pozo llega hasta las rodillas de los condenados y es que, por perder, ya no se puede perder nada. Tras aquella exhibición de fuerza de Mpabbé, Messi fue considerado un vulgar secundario obligado a ver cómo el verdadero rey ocupaba un trono que le correspondía por derecho. Y desde el incendio personal y el funeral colectivo, el Ave Fénix resucitó y, agarrado a sus nuevos guardianes del infierno, fue reescribiendo su historia al tiempo que iba ensalzando los méritos de un equipo que aprendió a jugar para él tal y como había pasado con el gran ídolo cuarenta años antes.

Y desde aquella final con los brazucas que volvió a ganar papá, el derrotado regresó para convertirse en héroe y el héroe victorioso levantó la gran copa para convertirse en ídolo. Y ahora que nadie le reprocha esta última derrota en su última gran aventura, conviene recordar que los lodos son polvos mojados y que las decepciones, casi siempre, son el cable a tierra que hace temblar el organismo porque cuando ya no hay nada que perder y aparece una chispa, el incendio es incontrolable.

lunes, 27 de julio de 2026

Astillas

De tal palo tal astilla suelen afirmar los conocedores de la certidumbre y los sabios de la magnificencia, aquellos que conocen la verdad sobre unos andares o la sensación opuesta a una postura; aquellos que analizan a fondo la cotidianidad de la sugerencia, son los que saben enfrascar los efectos porque en ellos sobrevive el caldo del análisis más certero y es que hay astillas que, por más que se empeñen en cuajar, son completamente diferentes al palo.

Los centrocampistas son la especie más multicultural de la fauna futbolística porque al igual que se les solicita el esfuerzo, muchos de ellos no pasan el corte exclusivo que les coloca en la élite y es que correr muchas veces, por más que sea necesario, no es suficiente y es ahí donde entra el botón que activa la alarma de los equipos contrarios porque si te enfrentas a un esforzado, el plan es saber flotarle y tenerle siempre detectado, pero si te enfrentas a un intuitivo, el plan es saber sacarle del mapa cuando él vive siempre fuera de tu radar. Difícil tarea.

Miguel Ángel Merino fue uno de aquellos futbolistas que hizo carrera en primera división dentro de la categoría de los esforzados. Sin dejar de reconocer que aquello tiene su mérito y que nadie llega a la élite sin saber darle una patada a un bote, las cualidades de Miguel no eran las suficientes como para hacerle un hueco en equipos de alta estirpe y, sin embargo, gracias a su capacidad de resistencia y su sentido de la colocación, supo hacer carrera en primera división que es algo con lo que muchos niños de hoy soñarían en voz baja.

Sucede en las estirpes que hay genes predestinados y otros espontáneos. Seguramente Mikel, el pequeño de Miguel Ángel, sea igual de educado que su padre pero en el campo es una astilla que parece de otro palo. Más allá del esfuerzo que, como el valor, se presupone, Mikel Merino aporta algo de lo que muchos futbolistas carecen y es inteligencia emocional. Con la pelota es sencillo pero certero y con los espacios es un tipo que juega como un ajedrecista; cuando no sabes como se va a mover él ya ha pensado en el jaque mate.

Esos dos goles a Portugal y a Bélgica, más allá de los logros de un oportunista, son el trabajo intuitivo de un tipo que sabe siempre donde va a terminar el balón antes de que su compañero lo saque de su bota y eso es algo que no todo el mundo tiene y que se cuantifica en millones de euros. El hijo del abnegado centrocampista es hoy un mediapunta con talento y con el suficiente conocimiento del juego como para haberse hecho un hueco en lo más alto de la élite y es que para llegar hace falta saber jugar y cuando el esfuerzo ya no es suficiente, aparece el factor diferencial más apegado al cerebro que al corazón. Y gracias a estas astillas rebeldes hemos vuelto a ser campeones del mundo.

martes, 23 de junio de 2026

La incertidumbre

La austeridad es una forma de sobrevivir asociada al aprovechamiento de los recursos, a la consciencia de lo posible y al asentimiento de la realidad. Dicen que no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita, pero más allá de las constantes vitales, existen las constantes sobrevenidas, aquellas que te sitúan en un medio común sin más recursos que el trabajo y la intuición y es ahí donde sobrevuelan los fantasmas de la duda, porque muchas veces los sueños no son más que fantasías y el premio no siempre se encuentra al final de la montaña.

El Getafe de Bordalás ha convertido la austeridad en un modo de vida y el aprovechamiento de los recursos en su caballo de batalla. Durante muchas jornadas de la temporada pasada, el plan se caía por sí mismo al no encontrar el trabajo un buen sastre que supiese dar la última puntada. Si sobrevivió en la jungla fue porque tuvo una pareja de mediocentros que sostuvieron al equipo con juego y energía, por ello, cuando el invierno le regaló un delantero aseado, el equipo despuntó hacia arriba hasta conseguir ese premio en forma de plaza europea.

El problema de vivir por encima de las posibilidades es que, tarde o temprano, el zarpazo de la realidad terminará llamando a tu puerta. La energía de Arambarri y el talento de Milla han tomado rumbos distintos y ambos lejos del Coliseum. La que durante un tiempo se convirtió en la pareja timón y guía del plan maestro de Bordalás, vuela hacia tierras lejanas para dejar un barco en la deriva a un equipo en la incertidumbre.

Seguramente, Toni Muñoz tenga que volver a poner el sombrero boca arriba y esperar a que le llegue alguna limosna en forma de ganga o de cesión. De acertar, el equipo seguirá compitiendo porque el gen de su entrenador ya se ha mimetizado en toda la ciudad, pero, de no conseguirlo, el trayecto puede hacerse demasiado largo para un equipo que, a falta de vértigo, había encontrado la estabilidad en su pareja de medios. Nadie sabe qué vida hay más allá del horizonte, lo que si se sabe es que ahora, más que un timón, hacen falta unos buenos remos para alcanzar el primer puerto de manera intacta.

miércoles, 3 de junio de 2026

Honrar un estilo

El éxito y la fama son dos caminos que discurren paralelos en un mismo tramo y que, en alguna ocasión, son capaces de cruzar su semítica en un punto dispar. Puede haber éxito sin fama, pero raramente fama sin una pequeña cuota de éxito. Queda la excepción del comportamiento execrable, de los medios que justifican un fin o del ridículo espantoso, pero si olvidamos aquello que incumple, irreverentemente, la regala, nos quedan el trabajo bien hecho, el talento bien administrado y el resultado victorioso que conduce siempre a la gloria. A aquel cruce de caminos, Arséne Wenger hubiese querido ser Frank Rijkaard como jugador y Frank Rijkaard hubiese querido alcanzar el estatus de Arséne Wenger como entrenador.

El francés, defensa algo torpe y pesado durante su poco exitosa carrera como futbolista, siempre jugó al tanteo de talentos y a aprenderse alineaciones de carrerilla. El espigado alsaciano, astuto y audaz, de verbo sencillo y ánimo directo, no fue un gran jugador, mal que le pesara, pero el tiempo le convirtió en un entrenador de época.

El holandés, por su parte, había sido otra cosa dentro del terreno de juego. Fuerte físicamente y bien dotado técnicamente, había sabido utilizar sus armas para hacerse respetar. Se le recordaba como un cerebro mandón, insistente y competitivo, un tipo de la zona trasera del campo que sabía achicar y salir, conducir y llegar.

Pero él también quería ser un gran entrenador y en ese aspecto, el francés ya le llevaba varios metros de ventaja. Y es que Wenger era ya toda una institución en Londres donde había llegado desde Francia, vía Japón, para sacar al Arsenal de su peor mediocridad. Enclaustrado en el estilo más clásico, al Arsenal empezaban a vérsele las costuras de la tradición del balón largo, la prolongación agónica y la búsqueda del rechace que, durante muchos años, había convertido en seña de identidad tanto propia como ajena, pues más allá de Highbury, era conocido como uno de los equipos más aburridos de Inglaterra. El Boring Arsenal.

Rijkaard había llegado a Barcelona en un peor momento, si cabe, pero al menos se había encontrado con un estilo más definido. Le costó mucho encontrar la tecla, pero cuando fue capaz de cerciorarse de que el legado de Cruyff habría de marcarle el camino, terminó por apostarlo todo al frenesí. Un cuatro, tres, tres que se convirtió en santo y seña de una afición que, gracias a él, reaprendió a mirar al mundo sin complejos y sin creer en conjuras ni en cavilaciones. El buen juego hizo olvidar persecuciones y las finales, como aquella, ayudaron a volver a recordar lo que un día fueron.

Wenger tenía a Henry y Rijkaard tenía a Ronaldinho. El francés era una onda expansiva, técnica pura a mil por hora y garantía de gol en el momento preciso. El brasileño era talento puro, imaginación absoluta y auténtico espectáculo. Ambos luchaban por ese galardón simbólico y que suele saciar tanto el orgullo como el interés y que el boca a boca venía a llamar como “mejor jugador del mundo”.

Eran tantos los motivos y tantas las expectativas generadas, que el gran estadio de Francia se quedó pequeño para tanto deseo de felicidad. París era para Henry la ocasión de regresar a casa, de volver a jugar en el escenario que le convirtió en gigante, la oportunidad de volver a demostrar que el fútbol mundial giraba en torno a un futbolista francés. Para Ronaldinho, en cambio, París significaba la oportunidad de volver a la ciudad que le había dado la bienvenida a Europa, de regresar al cielo de los inmortales donde había recogido el Balón de Oro, la ocasión de decirle a los franceses que no se habían equivocado otorgándole semejante honor.

Pero había otros partenaires invitados a la fiesta. Robert Pires era un tipo elegante de conducción majestuosa y golpeo eficaz, que había hecho carrera gloriosa en los gunners tras iniciarse como promesa en la liga francesa. Regresaba al hogar donde había dejado una infancia pegado a un balón en una familia enamorada del fútbol. Su padre, portugués, y su madre, española, habían enseñado al pequeño Robert a soñar en grande pateando una vieja pelota en las vetustas calles de Lens.

Samuel Eto’o era una devorador de momentos. En el área era un león que imponía el mandato de su reinado, fuera del campo era un tipo difícil que encontraba más polémica de la que buscaba y en el vestuario era un líder difícil porque su camino era único e inescrutable. Verbo directo, complexión atlética, reflejos de oro que convertían en gol todo lo que encontraba.

Cuando comenzó el partido, pocos fueron conscientes de la magnitud del espectáculo que se presentaba. Aquel partido era más una reivindicación que una final en sentido propio. Dos estilos, dos estilismos. Dos maneras de conseguir la ansiada sonrisa de satisfacción en el rictus del espectador.

El Arsenal era el paradigma de la velocidad. Gustaba de defender con orden, sin perder ninguna premisa, haciendo constar el ejercicio de su paciencia. Robar y salir como motos. Y cuando hacían constar el ejercicio de su paciencia, robaban y salían como motos convirtiéndose en una nueva dimensión del séptimo de caballería; batallón de ataque. Delanteros en banda, centrocampistas en el área, defensores en segunda línea. Imparables.

El Barça era otra cosa. Ni menos bella ni menos práctica, pero, de alguna manera, más rimbombante. El Barça era una apuesta por la posesión y el lujo. Eran pases en corto de manera constante, búsqueda del espacio, desmarques en diagonal. Salida aseada, centrales fuertes y ágiles y laterales de largo recorrido. En su haber se distinguían los aplausos cosechados y las portadas inolvidables. Aquella final, en definitiva, se presentaba como un choque de estilos propios y se pintaba como inolvidable.

Como inolvidable fue el comienzo arrollador del Arsenal. En dos ocasiones, Víctor Valdés, se vio obligado a detener las intenciones de Henry quien ganó la espalda a la zaga y se plantó en condiciones idóneas para marcar gol. Le costó mucho al Barça tomarle el pulso al partido y apropiarse, al fin, de la pelota, pero cuando lo hizo fue para decir basta y tratar de mandar a la lona a su rival. Lo hizo primero mediante una jugada profunda y lo consiguió, después, por la avidez de un colegiado que pitó antes de mirar.

Fue en un balón profundo en el que Eto’o cayó en la frontal arrollado por Lehman en su intento por salvar a su equipo y pudo ser otro el partido si el árbitro no hubiese sufrido un ataque de silbato y hubiese dado por válido el gol de Giuly en la ventaja y si el Arsenal, por ello, hubiese podido afrontar el reto de la remontada en igualdad de condiciones. Pero el empate se inmovilizó en el marcador y los gunners hubieron de jugar durante más de una hora con un jugador menos.

Ronaldinho lanzó la falta junto al poste y los equipos se reajustaron para unirse, nuevamente, en un mutuo parecer.

Primero pegó el Arsenal. Un cabezazo de Campbell tras un saque de falta lateral de Henry y gol. Pegó el Barça después, pero la media vuelta de Eto’o se estrelló en el palo y la frustración comenzó a aparecer en las miradas blaugranas. Se tiraron todos de los pelos y el árbitro, de nuevo convidado de piedra tras su innegable dosis de protagonismo, dio paso al segundo acto señalando el final de la primera parte.

Para jugar bien al fútbol hay que saber mover la pelota, pero para jugarlo muy bien hay que saber cómo moverla. Por ello, en el ritmo anodino y pastelón en el que había caído el Barça tras la expulsión de Lehman, residía gran parte del fracaso que estaba sufriendo su intento de remontada. Y fue por ello que Rijkaard recurrió al banquillo con el objetivo de sacar brillo a la circulación y aprovechar, metiendo una marcha más, una superioridad numérica que les estaba causando más inconvenientes que ventajas.

Recurrió primero a Iniesta, lúcido centrocampista y alumno aventajado. Cara de niño inocente y andares desgarbados, aprendió a sortear la fama desde que era un niño y en plena adolescencia había empezado a entrenar con el primer equipo hasta convertirse en figura y pilar del equipo, en señal y referencia dentro de un modelo donde primaban su fútbol, su estilo y su idiosincrasia.

Recurrió después a Larsson, viejo zorro del área y labriego histórico del desmarque y el remate a gol. Con él en el campo, el Arsenal, diezmado y asustado, dio el paso atrás que buscaba Rijkaard y con él en el campo, el Barcelona dio el paso hacia adelante que le condujo hacia la gloria.

Y recurrió, por último, a Belletti, héroe anónimo y jornalero a tiempo parcial. Estrella sin consideración en un Villarreal creciente y desatascador eventual en un Barcelona paradigmático, brasileño de día y futbolista de noche, defensa con miras de atacante y lateral con alma de delantero.

Era el momento para los héroes y para los dioses de la victoria. La grada gunner vivía pendiente de Henry; andanzas y alabanzas, goles y caramelos, vítores y aplausos. El héroe que tantas veces había sacado sus castañas del fuego. Podría haber vivido para siempre en un olimpo si no hubiese enviado al limbo sus dos encuentros, cara a cara, con Víctor Valdés, pero nadie quiso saber que aquel portero era héroe de días importantes. En la definición indecorosa, en el cansancio y en la ansiedad, se perdió Thierry Henry camino del infortunio. El partido seguía. El Arsenal se veía abocado a seguir.

Y siguió, aliento agotado, hasta que golpeó Eto’o. Y siguió, ya camino de la lona, hasta que golpeó Belletti. Y siguió, totalmente muerto, mientras millones de espectadores veían con Iniesta manejaba con soltura, como Larsson asistía con inteligencia y como Belletti sentenciaba con angustia. Benditos cambios. Bendito Frank. Pobre Arsenal; toda la vida fabricando un equipo para perder todas las piezas emocionales en los últimos minutos del partido más importante.

Para la historia quedan las letras doradas del vencedor. Para la emoción queda la carrera enloquecida de Belletti, brazos al aire, espalda mojada sobre el suelo y lágrimas en la comisura de los ojos. Durante años soñó con marcar un gol importante, durante años acumuló gritos de desencanto y ocasiones falladas. Jamás había anotado un gol compitiendo como azulgrana, jamás había anotado un gol importante, pero cuando el destino se pone caprichoso, ni el hombre más inocente es capaz de evitar ser bocado de su propia voracidad.

miércoles, 23 de abril de 2025

El barro

El barro es un lugar incómodo para los que han conocido el tupido verde de un césped recién cortado, para los que ha paseado su pecho erguido por los estadios más imponentes de Europa, para los que durante una temporada soñaron con algo grande que les fue incierto por el puro peso de la lógica, para los que vislumbraron la fama y sintieron el cosquilleo de la grandeza recorriendo el largo de su espina dorsal.

Y es que el barro es el lugar de los justos y, sobre todo, de los comunes. Porque la aristocracia es severa y, sobre todo, es selectiva y porque la nobleza aploma el verbo y puede discurrir por orillas peligrosas pero siempre termina alcanzando la orilla opuesta aunque tenga que remar contracorriente. Pero para los soñadores, para aquellos que llevan billetes en su cartera y no tarjetas de color oro ceñidas al forro de la chaqueta, el lugar común termina siendo el barro y es en la decisión de mancharse donde reside la capacidad de redención de cada uno de los errores.

Porque el Girona que durante la temporada pasada hacía fútbol de salón y goles de entusiasmo, de repente se ha visto con la persiana bajada y una amenaza de desahucio sobre su ostentosa mansión. Fuera del barrio, durante una temporada, se sintió importante acudiendo, de etiqueta, a las fiestas de los nobles y aristócratas, pero cuando ni la burguesía es capaz de sostener tu discurso, queda el recurso del orgullo y la capacidad de adaptación. El problema es cuando uno y otro se esfuman y el orgullo es una piedra pesada y la adaptación una colina imposible de escalar.

En esta duda, rebotado de las fiestas en lo más alto, llega el Girona a final de temporada y todos andan pendientes de si será capaz de quitarse el esmoquin y lanzarse al barro con las medias bajadas y la camiseta por fuera, como los gladiadores de toda la vida. Si no es capaz de adaptarse, puede convertirse en una víctima más de los sueños de grandeza, aquellos que atrapan a cualquier incauto y terminan por devorar en sus fauces cualquier atisbo de esperanza.

martes, 25 de marzo de 2025

Como Nick Hornby

Para quien no nos entienda les recomiendo leer Fever Pitch, esa magnífica glosa en la que Nick Hornby realiza un recorrido vital a través de sus experiencias como hincha del Arsenal de Londres. Es un libro que no habla de fútbol, sino de sentimientos. El tipo es un maestro con una vida normal y cuya máxima preocupación en la vida es el siguiente partido del Arsenal. La obra alcanza un momento cumbre en el que el protagonista regresa a casa apesadumbrado después de una derrota de su equipo y encuentra a su novia enfadada porque ese día todo le ha salido mal. El único argumento que él esgrime ante ella es que su día ha sido aún peor porque ha perdido el Arsenal.

Me gusta recordar este pasaje siempre que el Atleti consigue que me identifique con el protagonista de la historia. Durante los próximos, en mi monotonía laboral y cuando esté disfrutando de la incomparable compañía de mi mujer y mis hijos, mi cabeza estará irremediablemente en el partido de vuelta de semifinales de Copa. Es algo que no puedo evitar. Y cuando el Atleti caiga panza arriba, si se da el caso, no tendré ganas de escuchar problemas mayores porque como aquel, seré tan egoísta, que para mí no existirá un día peor que aquel en el que pierde el Atleti.

Es muy difícil de explicar. Casi imposible de entender. Pero necesito redimirme de alguna manera. Y si el pozo es aún más hondo, que nadie me venga con sus malos días porque los míos serán aún peores.

viernes, 28 de febrero de 2025

La delgada línea

Los juicios públicos nunca fueron el paradigma de la ecuanimidad, porque allí donde se necesitan análisis, pruebas y mesura, solamente afloran los sentimientos más viscerales y, generalmente, las fobias más arrebatadoras. Por ello, conviene ir con pies de plomo y cabeza fría antes de dictar una sentencia frente a una justicia, la real, que, por más tumbos que de y dudas que genere, finalmente es la que sienta la la cátedra de la opinión.

Otra cosa es, por otro lado, el blanqueamiento. Ese exagerado interés, que roza lo ridículo, por limpiar la imagen pública, desde los medios, de todo aquel futbolista que vista una camiseta de color blanco y juegue en la capital de España. Más allá de las vicisitudes de un portugués en Estados Unidos o los pleitos personales de un francés con un compatriota, conviene aclara que, condenado o no, el defensa canterano del Madrid está imputado por un supuesto delito de distribución de pornografía infantil y que por mucho que repitan que la menor no es una niña, su propia desvergüenza les colocará, para siempre, en el lugar de los tipos más despreciables del planeta.

Y es aquí donde entra la cacería popular hacia la persona. Está claro que si Asencio cometió el delito, debería ser imputado. Que no pasa nada por recordar el motivo de su imputación y que puede que, con el tiempo, haya madurado y se arrepienta de lo que hizo. No lo sé. Pero no caigamos a la altura del barro y nos revolquemos en él deseando la muerte, en plaza pública, de un chico que, pecados aparte, sólo trata de jugar al fútbol. Desear la muerte está feo, por más que el pecado sea del género vomitivo.

miércoles, 12 de febrero de 2025

La pantera

Como un díscolo que busca un minuto de silencio, como un relojero a punto de ajustar la manecilla, como un cirujano antes de perforar la carne, como un arriero que azuza al animal emprendiendo un camino incierto, el goleador vive de un momento de inspiración antes del grito o de un momento de frustración antes de agarrarse de los pelos, porque los tipos con hambre siempre buscan el momento aun cuando sea el fracaso el equipaje de sus fallidas incursiones.

La pantera vivía en el área al acecho de un balón llovido, atenta a la presa que debía dejarse sólo ante el peligro, revisando de reojo la circunstancia antes de ser atrapado por el cazador impío. Aquella pantera era salvaje a campo abierto, y como un goleador frugal, solía conducir la pelota en arrebatos de furia incontenibles. Piernas largas y fuertes, zancada poderosa, torso de madera y un talud en la cabeza donde poder rebotar todas las pedradas llovidas del cielo.

General de los ejércitos del sur, raza negra orgullosa de su sangre y ritual de tribu antes de soltar el zapatazo mortal. George Weah henchía el pecho, desgarraba la voz y los súbditos del cielo bajaban a la tierra para aplaudir cada una de sus genialidades. No gustaba de hacer prisioneros, ni de buscar aliados en el área, porque incluso más allá de los confines de la realidad, era capaz de arrancar desde cero y ponerse a cien en pocos segundos. Y allí, donde el motor y el viento se convertían en aliados del poderoso, era capaz de abrir bocas ajenas y de sellar los labios de sus enemigos, porque cada gol era un bocado de realidad y un proceso abierto hacia la locura.

Fue balón de oro cuando Europa dejó de ser un reducto propio y fue, sobre todo, embajador de un fútbol que dejó de ser exótico para convertirse en necesario. Aquella bestia que amargó la vida de tantos aficionados españoles cuando vivía su romance en París, se convirtió en exitoso rey del mundo cuando vistió la camiseta del poderoso Milan. Allí conoció lo máximo; la gloria, el anverso y el reverso. Después de aquello su luz se apagó despacio, pero dejando siempre la sensación de que podía haber sido el tipo más imparable del planeta.