miércoles, 25 de abril de 2018

Un loco junto a la cal

Aprendiz de todo y maestro de nada. La vida de los artistas es la vida de los tipos que miran al pasado
con ojos de futuro. Nada está escrito, todo está por escribir. La vida de los tipos que fijan nuestra memoria, es la vida de aquellos que, con mayor o menor empuje, disfrutaron su momento porque, en el filo de su condición, su único compromiso era el de hacer disfrutar a los demás.

A Houseman le apodaron "el loco" porque imaginaba lo imposible y ejecutaba lo elemental. Siempre con una pierna por fuera de la línea de cal, esperaba el momento para deslumbrar y deslumbraba por naturalidad antes que por talento. Como el talento, además, le sobraba, no le valía un detalle para acostumbrar al público, su verdadera condición le empujaba a seguir driblando incluso más allá del terreno de juego.

Bohemio, soñador y traficante de carcajadas, se perdió en la noche mientras intentaba buscarse en cada mañana. Se aferró al alcohol, como esos otros genios de la historia a los que llamaron incomprendidos y solamente se empeñaron en hacernos comprender lo puñetera que es la vida cuando no hay una tribuna que te arrope. Su caída a los infiernos fue lenta, pero sonora. La explosión, mientras duró, fue arrolladora, porque hacía mucho tiempo que no se veía un wing con sus condiciones. Porque ha pasado mucho tiempo y aún sigue sin haber un loco capaz de vivir de puntillas sobre la línea de cal.

El legado, más allá de su juego, vive en el recuerdo. Los artistas, como los bohemios, los locos o los juguetes rotos del destino, viven por delante y mueren por detrás. Y más allá de los errores, es cuando perdemos la referencia, cuando nos aferramos, firmemente, a los recuerdos. Huracán llora el adiós del mejor jugador de su historia. Y Argentina llora la muerte del tipo que, durante unos años, condujo la transición de un equipo que prometía sueños a un equipo que confirmó realidades.

martes, 24 de abril de 2018

Victimismo

El victimismo suele ser el recurso de los débiles para poner una venda antes de sufrir la herida. El victimismo, históricamente, ha ido asociado a entidades menores que veían como la injusticia de los poderosos se ceñía sobre su campo vital. Para ello, como plañideras, solicitaban árnica, aire y piedad. Los impíos solían salir victoriosos porque aprovechaban la inercia de su fuerza y la gravedad que generaba el miedo del enemigo. Así hemos vivido durante siglos, con una clase baja sometida a los caprichos de los poderosos.

En el fútbol, como en la vida, también impera la tiranía de los poderosos, con la salvedad de que el fútbol, al contrario de las cosas serias de la vida, no pasa de ser una banalidad que pone en juego millones de esperanzas. En el laberinto de pasiones que ha generado el deporte rey, es fácil reconocer la fauna de los desesperados, en cuyos rostros somos capaces de reconocernos. Es lógico ver como los equipos pequeños se quejan del trato recibido, en un juego donde el mejor postor se lleva el trozo más grande del pastel, los débiles se ven abocados a un papel tan secundario que en ocasiones llegan a ser hasta ninguneados. Ninguna reivindicación está de más cuando se solicita más atención mediática, mayor poder económico y una pizca más de respeto hacia sus pretensiones. Sin embargo, el mecanismo chirría en demasía cuando es un equipo poderoso el que pone en marcha la maquinaria mediática en forma de estúpida e incomprensible queja.

Durante muchos años Real Madrid y Barcelona disputaron una carrera tan poco equidistante que llegó a ser considerada como inexistente. En aquella disputa, más territorial e ideológica que puramente futbolística, el Real Madrid era el equipo que lo ganaba todo y el Barcelona el equipo que se lamentaba siempre. En cada lance, en cada gol y en cada victoria blanca quedaba el poso de amargura de un club que se quejaba del entorno, del centralismo, del poder y de los árbitros. Se generó una leyenda negra que corrió de boca en boca y que terminó por considerar al Madrid como el equipo favorito del régimen y al Barça como el cabeza de turco perfecto contra el que perpetrar las fechorías.

La gran obra extrafutbolística de Cruyff fue la de paliar el victimismo histórico azulgrana. Una vez el equipo hubo adoptado un estilo, una personalidad y un carácter propios, las victorias fueron cayendo por el peso del talento y con ellas llegaron los recelos ajenos. Ocurrió algo que muchos nunca hubieron imaginado y es que los complejos tomaron billete de vuelta en el puente aéreo. El Real Madrid siguió siendo el equipo más poderoso, el más mediático y el que más recursos tenía y, sin embargo, dejó de ganarlo todo. Y pasar de ganarlo todo a ganar algo menos de todo fue algo tan difícil de digerir que hubieron de poner la maquinaria mediática al frente del altavoz de denuncia.

Durante años, mientras el Barça deslumbraba al mundo con un fútbol excelso, los opinadores de cabecera se empeñaron en dar brillo al término del villarato. Se trataba de hacer creer al mundo que si el Barça ganaba tanto no era por su fútbol sino por los factores ajenos. Los que se encargaban de hacernos creer que el Barça ganaba gracias a los favores de la Federación e incluso de la UEFA, eran los mismos que durante años enterraban las teorías de la conspiración en las cuales se decía que el Madrid de Bernabéu lo ganaba todo gracias a Franco.

La realidad del fútbol es mucho más sencilla que todo eso. El éxito ajeno nos ha producido envidia siempre. Otra cosa es que esa envidia no sepa canalizarse y derive en rabia. El Madrid de la segunda mitad del siglo XX no ganaba por Franco de igual manera que el Barcelona de la última década no ha ganado por Villar. El éxito lo otorga el talento y el talento máximo, hoy en día, lo tiene el Madrid en el campo por encima de casi todos los equipos del planeta. Alrededor de él se han formado otros equipos temibles. El problema de ellos es saber cómo afrontar la rivalidad. Uno de los mayores enemigos históricos del Madrid es el Bayern de Múnich, y lo es por historia y por calidad. Nadie, excepto el propio club y sus portavoces, duda de que, aunque el Madrid sea el favorito número uno en las casas de apuestas, el Bayern sea un equipo temible, con recursos para ganarle al Madrid en el campo con argumentos futbolísticos.

Por eso no se entiende que antes de un partido de tal trascendencia como el de esta noche se esté apelando al miedo al árbitro en lugar de apelar a ese ente tan en desuso y casi extinguido como es el análisis futbolístico.

lunes, 23 de abril de 2018

Ave Fénix



En la lucha de clases, la persona que mira el mundo desde abajo se rebela contra la sociedad porque cree que está siendo privado de derechos y libertades respecto a los tipos que viven en la parte alta de la pirámide. Mientras ellos compran jueces, médicos y políticos, los pobres han de subsistir sin poder reclamar, al menos, un mínimo de atención.

Para los futbolistas que juegan en equipos pequeños, su particular lucha de clases consiste en castigar su físico y mantener su cabeza impregnada de ilusión cada fin de semana. Se trata de apretar los dientes y demostrar aún de lo que se es capaz de dar. El talento, si hay trabajo, siempre termina abriendo el camino de los sueños.

Existen varios factores que resultan determinantes a la hora de consagrar la explosión de cierto futbolista. Más allá de las aptitudes y actitudes que ya se presuponen como descontadas, el jugador debe contar con buenas referencias, agradar al entrenador de turno y tener la suerte de cara en algún momento trascendental. Pero, sobre todo, el futbolista debe encontrar su oportunidad en el momento y en el lugar oportuno. Y eso, desgraciada, o afortunadamente, no todos lo consiguen.

La vida, en los campos de barro, se ve desde otra perspectiva. Uno puede ver a sus ídolos por televisión y resignarse a creer que podría haber sido como ellos. O puede contar con el valor, la esperanza y la suerte suficiente como para concederse una segunda oportunidad. Los trenes, que normalmente sólo paran en cierta estación una sola vez en la vida, en ocasiones hacen una segunda parada y te invitan a subir a bordo. Cuando esto es así, el ansia es doble porque uno ha conocido la miseria y ya tiene poco que perder profesionalmente.

Las ligas inglesa y española son, por este orden, las que más glamour acumulan en cuanto al lujo de sus plantillas se refieren. Allí, porque el reparto ha facilitado una competición donde todos pueden competir contra todos sin complejos de inferioridad. Aquí porque existen dos transatlánticos que ocupan tres cuartas partes del puerto y el resto, en pequeñas barcas o alguna zodiac desinflada, deben apañárselas para arribar a la orilla y conseguir un pedazo de pastel en el grueso de la clasificación.

Ajenos a estos ambientes de impía competitividad, pero sin perder de vista el verdadero deseo a cumplir, crecieron Johann Berg Gudmundsson y Alex Granell. Ambos son productos del fútbol regional, aquel en el que el valor tiene más sentido que el talento y donde el instinto se agudiza a base de ser el más fuerte, correr más rápido que nadie y saber usar el cuerpo, los codos y hasta la cabeza con la pericia de un luchador. Quien ha pasado hambre conoce el verdadero valor de la comida. Quien ha pasado frío conoce el verdadero valor de un abrigo. Quien ha regresado a la ducha impregnado de barro y sangre, conoce el verdadero valor de un abrazo de gol. Es por ello que Gudmundsson y Granell juegan con el doble de intensidad que el resto de sus compañeros, porque en cada balón dividido, en cada desmarque y en cada pase vertical, rememoran aquellos días de campeonato inferior donde ganar una disputa era ganar una porción de terreno, respeto y autoridad. 

No todos tienen la ocasión de coger un segundo tren. No todos tienen la suerte de encontrar otra oportunidad a la vuelta de la esquina. No todos saben regresar a un lugar para llegar a él en el momento adecuado. Son pocos los elegidos. Menos aun los que son readmitidos en el club. Los que han estado inmersos en la lucha de clases y han regresado vivos de ella, son aquellos cuya sonrisa brilla en un plano superior al resto, porque, con su pequeña porción de gloria son más felices que el resto. Porque su mérito es el de regresar de entre los muertos, como el Ave Fénix que resurgió desde el volcán.