miércoles, 3 de junio de 2026

Honrar un estilo

El éxito y la fama son dos caminos que discurren paralelos en un mismo tramo y que, en alguna ocasión, son capaces de cruzar su semítica en un punto dispar. Puede haber éxito sin fama, pero raramente fama sin una pequeña cuota de éxito. Queda la excepción del comportamiento execrable, de los medios que justifican un fin o del ridículo espantoso, pero si olvidamos aquello que incumple, irreverentemente, la regala, nos quedan el trabajo bien hecho, el talento bien administrado y el resultado victorioso que conduce siempre a la gloria. A aquel cruce de caminos, Arséne Wenger hubiese querido ser Frank Rijkaard como jugador y Frank Rijkaard hubiese querido alcanzar el estatus de Arséne Wenger como entrenador.

El francés, defensa algo torpe y pesado durante su poco exitosa carrera como futbolista, siempre jugó al tanteo de talentos y a aprenderse alineaciones de carrerilla. El espigado alsaciano, astuto y audaz, de verbo sencillo y ánimo directo, no fue un gran jugador, mal que le pesara, pero el tiempo le convirtió en un entrenador de época.

El holandés, por su parte, había sido otra cosa dentro del terreno de juego. Fuerte físicamente y bien dotado técnicamente, había sabido utilizar sus armas para hacerse respetar. Se le recordaba como un cerebro mandón, insistente y competitivo, un tipo de la zona trasera del campo que sabía achicar y salir, conducir y llegar.

Pero él también quería ser un gran entrenador y en ese aspecto, el francés ya le llevaba varios metros de ventaja. Y es que Wenger era ya toda una institución en Londres donde había llegado desde Francia, vía Japón, para sacar al Arsenal de su peor mediocridad. Enclaustrado en el estilo más clásico, al Arsenal empezaban a vérsele las costuras de la tradición del balón largo, la prolongación agónica y la búsqueda del rechace que, durante muchos años, había convertido en seña de identidad tanto propia como ajena, pues más allá de Highbury, era conocido como uno de los equipos más aburridos de Inglaterra. El Boring Arsenal.

Rijkaard había llegado a Barcelona en un peor momento, si cabe, pero al menos se había encontrado con un estilo más definido. Le costó mucho encontrar la tecla, pero cuando fue capaz de cerciorarse de que el legado de Cruyff habría de marcarle el camino, terminó por apostarlo todo al frenesí. Un cuatro, tres, tres que se convirtió en santo y seña de una afición que, gracias a él, reaprendió a mirar al mundo sin complejos y sin creer en conjuras ni en cavilaciones. El buen juego hizo olvidar persecuciones y las finales, como aquella, ayudaron a volver a recordar lo que un día fueron.

Wenger tenía a Henry y Rijkaard tenía a Ronaldinho. El francés era una onda expansiva, técnica pura a mil por hora y garantía de gol en el momento preciso. El brasileño era talento puro, imaginación absoluta y auténtico espectáculo. Ambos luchaban por ese galardón simbólico y que suele saciar tanto el orgullo como el interés y que el boca a boca venía a llamar como “mejor jugador del mundo”.

Eran tantos los motivos y tantas las expectativas generadas, que el gran estadio de Francia se quedó pequeño para tanto deseo de felicidad. París era para Henry la ocasión de regresar a casa, de volver a jugar en el escenario que le convirtió en gigante, la oportunidad de volver a demostrar que el fútbol mundial giraba en torno a un futbolista francés. Para Ronaldinho, en cambio, París significaba la oportunidad de volver a la ciudad que le había dado la bienvenida a Europa, de regresar al cielo de los inmortales donde había recogido el Balón de Oro, la ocasión de decirle a los franceses que no se habían equivocado otorgándole semejante honor.

Pero había otros partenaires invitados a la fiesta. Robert Pires era un tipo elegante de conducción majestuosa y golpeo eficaz, que había hecho carrera gloriosa en los gunners tras iniciarse como promesa en la liga francesa. Regresaba al hogar donde había dejado una infancia pegado a un balón en una familia enamorada del fútbol. Su padre, portugués, y su madre, española, habían enseñado al pequeño Robert a soñar en grande pateando una vieja pelota en las vetustas calles de Lens.

Samuel Eto’o era una devorador de momentos. En el área era un león que imponía el mandato de su reinado, fuera del campo era un tipo difícil que encontraba más polémica de la que buscaba y en el vestuario era un líder difícil porque su camino era único e inescrutable. Verbo directo, complexión atlética, reflejos de oro que convertían en gol todo lo que encontraba.

Cuando comenzó el partido, pocos fueron conscientes de la magnitud del espectáculo que se presentaba. Aquel partido era más una reivindicación que una final en sentido propio. Dos estilos, dos estilismos. Dos maneras de conseguir la ansiada sonrisa de satisfacción en el rictus del espectador.

El Arsenal era el paradigma de la velocidad. Gustaba de defender con orden, sin perder ninguna premisa, haciendo constar el ejercicio de su paciencia. Robar y salir como motos. Y cuando hacían constar el ejercicio de su paciencia, robaban y salían como motos convirtiéndose en una nueva dimensión del séptimo de caballería; batallón de ataque. Delanteros en banda, centrocampistas en el área, defensores en segunda línea. Imparables.

El Barça era otra cosa. Ni menos bella ni menos práctica, pero, de alguna manera, más rimbombante. El Barça era una apuesta por la posesión y el lujo. Eran pases en corto de manera constante, búsqueda del espacio, desmarques en diagonal. Salida aseada, centrales fuertes y ágiles y laterales de largo recorrido. En su haber se distinguían los aplausos cosechados y las portadas inolvidables. Aquella final, en definitiva, se presentaba como un choque de estilos propios y se pintaba como inolvidable.

Como inolvidable fue el comienzo arrollador del Arsenal. En dos ocasiones, Víctor Valdés, se vio obligado a detener las intenciones de Henry quien ganó la espalda a la zaga y se plantó en condiciones idóneas para marcar gol. Le costó mucho al Barça tomarle el pulso al partido y apropiarse, al fin, de la pelota, pero cuando lo hizo fue para decir basta y tratar de mandar a la lona a su rival. Lo hizo primero mediante una jugada profunda y lo consiguió, después, por la avidez de un colegiado que pitó antes de mirar.

Fue en un balón profundo en el que Eto’o cayó en la frontal arrollado por Lehman en su intento por salvar a su equipo y pudo ser otro el partido si el árbitro no hubiese sufrido un ataque de silbato y hubiese dado por válido el gol de Giuly en la ventaja y si el Arsenal, por ello, hubiese podido afrontar el reto de la remontada en igualdad de condiciones. Pero el empate se inmovilizó en el marcador y los gunners hubieron de jugar durante más de una hora con un jugador menos.

Ronaldinho lanzó la falta junto al poste y los equipos se reajustaron para unirse, nuevamente, en un mutuo parecer.

Primero pegó el Arsenal. Un cabezazo de Campbell tras un saque de falta lateral de Henry y gol. Pegó el Barça después, pero la media vuelta de Eto’o se estrelló en el palo y la frustración comenzó a aparecer en las miradas blaugranas. Se tiraron todos de los pelos y el árbitro, de nuevo convidado de piedra tras su innegable dosis de protagonismo, dio paso al segundo acto señalando el final de la primera parte.

Para jugar bien al fútbol hay que saber mover la pelota, pero para jugarlo muy bien hay que saber cómo moverla. Por ello, en el ritmo anodino y pastelón en el que había caído el Barça tras la expulsión de Lehman, residía gran parte del fracaso que estaba sufriendo su intento de remontada. Y fue por ello que Rijkaard recurrió al banquillo con el objetivo de sacar brillo a la circulación y aprovechar, metiendo una marcha más, una superioridad numérica que les estaba causando más inconvenientes que ventajas.

Recurrió primero a Iniesta, lúcido centrocampista y alumno aventajado. Cara de niño inocente y andares desgarbados, aprendió a sortear la fama desde que era un niño y en plena adolescencia había empezado a entrenar con el primer equipo hasta convertirse en figura y pilar del equipo, en señal y referencia dentro de un modelo donde primaban su fútbol, su estilo y su idiosincrasia.

Recurrió después a Larsson, viejo zorro del área y labriego histórico del desmarque y el remate a gol. Con él en el campo, el Arsenal, diezmado y asustado, dio el paso atrás que buscaba Rijkaard y con él en el campo, el Barcelona dio el paso hacia adelante que le condujo hacia la gloria.

Y recurrió, por último, a Belletti, héroe anónimo y jornalero a tiempo parcial. Estrella sin consideración en un Villarreal creciente y desatascador eventual en un Barcelona paradigmático, brasileño de día y futbolista de noche, defensa con miras de atacante y lateral con alma de delantero.

Era el momento para los héroes y para los dioses de la victoria. La grada gunner vivía pendiente de Henry; andanzas y alabanzas, goles y caramelos, vítores y aplausos. El héroe que tantas veces había sacado sus castañas del fuego. Podría haber vivido para siempre en un olimpo si no hubiese enviado al limbo sus dos encuentros, cara a cara, con Víctor Valdés, pero nadie quiso saber que aquel portero era héroe de días importantes. En la definición indecorosa, en el cansancio y en la ansiedad, se perdió Thierry Henry camino del infortunio. El partido seguía. El Arsenal se veía abocado a seguir.

Y siguió, aliento agotado, hasta que golpeó Eto’o. Y siguió, ya camino de la lona, hasta que golpeó Belletti. Y siguió, totalmente muerto, mientras millones de espectadores veían con Iniesta manejaba con soltura, como Larsson asistía con inteligencia y como Belletti sentenciaba con angustia. Benditos cambios. Bendito Frank. Pobre Arsenal; toda la vida fabricando un equipo para perder todas las piezas emocionales en los últimos minutos del partido más importante.

Para la historia quedan las letras doradas del vencedor. Para la emoción queda la carrera enloquecida de Belletti, brazos al aire, espalda mojada sobre el suelo y lágrimas en la comisura de los ojos. Durante años soñó con marcar un gol importante, durante años acumuló gritos de desencanto y ocasiones falladas. Jamás había anotado un gol compitiendo como azulgrana, jamás había anotado un gol importante, pero cuando el destino se pone caprichoso, ni el hombre más inocente es capaz de evitar ser bocado de su propia voracidad.

miércoles, 23 de abril de 2025

El barro

El barro es un lugar incómodo para los que han conocido el tupido verde de un césped recién cortado, para los que ha paseado su pecho erguido por los estadios más imponentes de Europa, para los que durante una temporada soñaron con algo grande que les fue incierto por el puro peso de la lógica, para los que vislumbraron la fama y sintieron el cosquilleo de la grandeza recorriendo el largo de su espina dorsal.

Y es que el barro es el lugar de los justos y, sobre todo, de los comunes. Porque la aristocracia es severa y, sobre todo, es selectiva y porque la nobleza aploma el verbo y puede discurrir por orillas peligrosas pero siempre termina alcanzando la orilla opuesta aunque tenga que remar contracorriente. Pero para los soñadores, para aquellos que llevan billetes en su cartera y no tarjetas de color oro ceñidas al forro de la chaqueta, el lugar común termina siendo el barro y es en la decisión de mancharse donde reside la capacidad de redención de cada uno de los errores.

Porque el Girona que durante la temporada pasada hacía fútbol de salón y goles de entusiasmo, de repente se ha visto con la persiana bajada y una amenaza de desahucio sobre su ostentosa mansión. Fuera del barrio, durante una temporada, se sintió importante acudiendo, de etiqueta, a las fiestas de los nobles y aristócratas, pero cuando ni la burguesía es capaz de sostener tu discurso, queda el recurso del orgullo y la capacidad de adaptación. El problema es cuando uno y otro se esfuman y el orgullo es una piedra pesada y la adaptación una colina imposible de escalar.

En esta duda, rebotado de las fiestas en lo más alto, llega el Girona a final de temporada y todos andan pendientes de si será capaz de quitarse el esmoquin y lanzarse al barro con las medias bajadas y la camiseta por fuera, como los gladiadores de toda la vida. Si no es capaz de adaptarse, puede convertirse en una víctima más de los sueños de grandeza, aquellos que atrapan a cualquier incauto y terminan por devorar en sus fauces cualquier atisbo de esperanza.

martes, 25 de marzo de 2025

Como Nick Hornby

Para quien no nos entienda les recomiendo leer Fever Pitch, esa magnífica glosa en la que Nick Hornby realiza un recorrido vital a través de sus experiencias como hincha del Arsenal de Londres. Es un libro que no habla de fútbol, sino de sentimientos. El tipo es un maestro con una vida normal y cuya máxima preocupación en la vida es el siguiente partido del Arsenal. La obra alcanza un momento cumbre en el que el protagonista regresa a casa apesadumbrado después de una derrota de su equipo y encuentra a su novia enfadada porque ese día todo le ha salido mal. El único argumento que él esgrime ante ella es que su día ha sido aún peor porque ha perdido el Arsenal.

Me gusta recordar este pasaje siempre que el Atleti consigue que me identifique con el protagonista de la historia. Durante los próximos, en mi monotonía laboral y cuando esté disfrutando de la incomparable compañía de mi mujer y mis hijos, mi cabeza estará irremediablemente en el partido de vuelta de semifinales de Copa. Es algo que no puedo evitar. Y cuando el Atleti caiga panza arriba, si se da el caso, no tendré ganas de escuchar problemas mayores porque como aquel, seré tan egoísta, que para mí no existirá un día peor que aquel en el que pierde el Atleti.

Es muy difícil de explicar. Casi imposible de entender. Pero necesito redimirme de alguna manera. Y si el pozo es aún más hondo, que nadie me venga con sus malos días porque los míos serán aún peores.

viernes, 28 de febrero de 2025

La delgada línea

Los juicios públicos nunca fueron el paradigma de la ecuanimidad, porque allí donde se necesitan análisis, pruebas y mesura, solamente afloran los sentimientos más viscerales y, generalmente, las fobias más arrebatadoras. Por ello, conviene ir con pies de plomo y cabeza fría antes de dictar una sentencia frente a una justicia, la real, que, por más tumbos que de y dudas que genere, finalmente es la que sienta la la cátedra de la opinión.

Otra cosa es, por otro lado, el blanqueamiento. Ese exagerado interés, que roza lo ridículo, por limpiar la imagen pública, desde los medios, de todo aquel futbolista que vista una camiseta de color blanco y juegue en la capital de España. Más allá de las vicisitudes de un portugués en Estados Unidos o los pleitos personales de un francés con un compatriota, conviene aclara que, condenado o no, el defensa canterano del Madrid está imputado por un supuesto delito de distribución de pornografía infantil y que por mucho que repitan que la menor no es una niña, su propia desvergüenza les colocará, para siempre, en el lugar de los tipos más despreciables del planeta.

Y es aquí donde entra la cacería popular hacia la persona. Está claro que si Asencio cometió el delito, debería ser imputado. Que no pasa nada por recordar el motivo de su imputación y que puede que, con el tiempo, haya madurado y se arrepienta de lo que hizo. No lo sé. Pero no caigamos a la altura del barro y nos revolquemos en él deseando la muerte, en plaza pública, de un chico que, pecados aparte, sólo trata de jugar al fútbol. Desear la muerte está feo, por más que el pecado sea del género vomitivo.

miércoles, 12 de febrero de 2025

La pantera

Como un díscolo que busca un minuto de silencio, como un relojero a punto de ajustar la manecilla, como un cirujano antes de perforar la carne, como un arriero que azuza al animal emprendiendo un camino incierto, el goleador vive de un momento de inspiración antes del grito o de un momento de frustración antes de agarrarse de los pelos, porque los tipos con hambre siempre buscan el momento aun cuando sea el fracaso el equipaje de sus fallidas incursiones.

La pantera vivía en el área al acecho de un balón llovido, atenta a la presa que debía dejarse sólo ante el peligro, revisando de reojo la circunstancia antes de ser atrapado por el cazador impío. Aquella pantera era salvaje a campo abierto, y como un goleador frugal, solía conducir la pelota en arrebatos de furia incontenibles. Piernas largas y fuertes, zancada poderosa, torso de madera y un talud en la cabeza donde poder rebotar todas las pedradas llovidas del cielo.

General de los ejércitos del sur, raza negra orgullosa de su sangre y ritual de tribu antes de soltar el zapatazo mortal. George Weah henchía el pecho, desgarraba la voz y los súbditos del cielo bajaban a la tierra para aplaudir cada una de sus genialidades. No gustaba de hacer prisioneros, ni de buscar aliados en el área, porque incluso más allá de los confines de la realidad, era capaz de arrancar desde cero y ponerse a cien en pocos segundos. Y allí, donde el motor y el viento se convertían en aliados del poderoso, era capaz de abrir bocas ajenas y de sellar los labios de sus enemigos, porque cada gol era un bocado de realidad y un proceso abierto hacia la locura.

Fue balón de oro cuando Europa dejó de ser un reducto propio y fue, sobre todo, embajador de un fútbol que dejó de ser exótico para convertirse en necesario. Aquella bestia que amargó la vida de tantos aficionados españoles cuando vivía su romance en París, se convirtió en exitoso rey del mundo cuando vistió la camiseta del poderoso Milan. Allí conoció lo máximo; la gloria, el anverso y el reverso. Después de aquello su luz se apagó despacio, pero dejando siempre la sensación de que podía haber sido el tipo más imparable del planeta.


lunes, 13 de enero de 2025

Naturalidad

Partiendo de la lógica base de que para jugar en la élite has de contar unas aptitudes asombrosas, los que sabemos disfrutar el fútbol sabemos que el juego está compuesto por dos clases de futbolistas; los esforzados y los talentosos. Sin desdeñar su parcela de talento, en los primeros reconocemos a esos tipos circunflejos que chocan en cada disputa, que arrastran su cuerpo por el césped en busca de un gramo de gloria y que saben que, si dejan una gota de sudor en la frente, el puesto de titular puede ser entregado a otro compañero igual de ansioso por disputar cada gramo de juego.

Los talentosos, sin embargo, más allá de la premisa que dicta que sin trabajo no hay frutos, viven más del detalle, de la capacidad para manejar los tiempos, del golpeo mágico y del regate preciso. Entre estos, fieles abonados al aplauso y, muchas veces, injustos condenados por la duda, existe un pequeño círculo de jugadores a los que, de natural, les sale todo tan sencillo que llega a parecer hasta fácil.

En la naturalidad reside la verdadera magia del asombro. Entre esos tipos que jugaban tan bien que parecía que no les costase trabajo, hemos encontrado a prestidigitadores tan solemnes como Zidane, Iniesta, Ibrahimovic o Benzemá; tipos que casi sin mirar la pelota sabían donde terminar siempre la jugada. Entre ellos, fiel aspirante al olimpo de los dioses, se ha colado un talentoso extremo de raíces magrebíes que en apenas un año ha levantado tantas expectativas que ya todos le miran como el futuro dueño del juego.

Lamine Yamal no es un extremo al uso que busca la profundidad y el centro catedralicio, porque más allá de las condiciones innatas para la conducción y el regate, ha adquirido una capacidad ingobernable para entender el juego. En su parcela del terreno, escorado a la banda derecha, sabe iniciar el desmarque hacia afuera si se quiere profundidad o retrasar su posición hacia el centro si lo que se busca es el auxilio. Sabe moverse, filtrar, aparecer y ahora, ya, hasta anotar. Es un futbolista tan precoz que le ha bastado apenas un año en la élite para consagrarse como uno de los mejores. Una nueva perla cosechada en esa fábrica de urgencias que, una vez más, como ya lo hizo en el pasado, está dispuesta a rescatar al Barça de sus peores augurios.

jueves, 28 de noviembre de 2024

Los grises

Tras los partidos del Real Madrid nadie se detiene a analizar la distinta escala de grises. O todo es negro o todo es blanco. No hay medias tintas ni lugares de análisis en voz baja. O es el mejor equipo del mundo o es el desastre más absoluto. Nadie mira las circunstancias ni el desarrollo de las mismas. Solamente se mira el resultado y si este no es el adecuado, entonces empiezan los análisis. Pero nunca se habla de fútbol. O si se hace es para recriminar errores antes de posicionarse sobre el motivo de los mismos.

Resulta curioso el contraste en el análisis de los partidos en función de cómo hayan terminado los mismos. Contra Celta de Vigo o Villarreal, el Real Madrid hizo partidos flojos y sin apenas profundidad, viéndose, durante largos tramos, sometidos al dominio del rival. Todo aquello dio igual, el Madrid terminó ganando y se apeló a la contundencia, la mística y la testosterona. Y si lo hace sobre la bocina, aunque juegue igual de mal, se apela a la épica. Porque siempre hay una hipérbole a la que recurrir, siempre el resultado se pondrá por encima del juego. Por ello, resulta cuanto menos sorprendente comprobar cómo tras un partido en el que durante un buen tramo dominó los tiempos ante un rival de altura y en un escenario complicado, se le somete al cadalso de la crítica feroz después de rozar un empate que le hubiese aclarado ciertamente el camino moral hacia la siguiente ronda.

Y es que no existe el gris. El día que iguala un récord histórico se habla de equipo sin precedentes, el día que confirma su tercera derrota después de un año sin conocerla, se habla de un técnico sin la preparación suficiente para dirigir en la élite. El día que Vinicius se cuela entre tres rivales se habla de una cintura prodigiosa, el día que se va blasfemando se habla de caprichos de niño incomprendido. Nadie se convierte de bueno a malo en dos días. Y tampoco viceversa. Sería conveniente recordar esto porque es muy posible que esperen dos victorias consecutivas a la vuelta de la esquina y entonces, todos aquellos que hoy le niegan el pienso al gorrino, serán los primeros que se apunten a la fiesta, porque para ellos no importa el fútbol, solamente viven gracias al vaivén del resultado.

lunes, 11 de noviembre de 2024

La verdadera importancia

Nuestro día a día, como meros consumidores de un espectáculo, es demasiado ajetreado, demasiado monótono durante demasiados minutos, como para detenernos en el análisis y como para entretenernos en la interacción. Cuando el trabajo no arrolla el cerebro y lo único que buscamos, cuando llegamos a casa, es una diferenciación que nos entretenga o un chispazo que nos emocione y es por ello que tendemos a valorar más el espectáculo por encima del entretenimiento, por más que, la conjunción perfecta es el resultado de ambas percepciones agarradas de la mano.

El verdadero valor de un futbolista se calcula en base al peso que tiene en el juego del equipo. Durante años estuvimos glosando la importancia de tipos como De Bruyne o Rubén Dias en el juego del Manchester City, pero no fue menos cierto que, sin ellos, aún a raudales, el equipo fue ganando partidos, títulos y respeto. Sin embargo, nadie se había detenido a analizar el supuesto que hubiese resultado de una lesión grave de Rodri.

Desde que Rodri se lesionó, no sólo es que el Manchester City haya dejado de ganar partidos, es que, los que gana, los hace desde la agonía y desde la desesperación. Un remate de Haaland, un disparo de Foden, una arrancada de Savinho... y es que los sky blues tienen mimbres de sobra para regalarte un mal día, pero solamente tiene una pieza que no tiene recambio.

Y es que, desde la monotonía que nos aporta la vida diaria, es muy difícil perder un minuto en pararse a analizar el juego de un tipo que lo hace todo más fácil. Se coloca, recibe y se la da al compañero mejor situado. Eso que parece tan fácil y que Cruyff definió como lo más difícil del mundo. Sin perder el eje del rectángulo, los jugadores del City siempre encontraban auxilio en un tipo que aprendió a guerrear en su año de Erasmus con Simeone y aprendió a competir a las órdenes de Pep Guardiola, quien moldeó, en él, a su imagen y semejanza con la diferencia de que aquel Guardiola de pie prodigioso era un futbolista estático y este Rodri de visión periférica es un futbolista dinámico.

De los tres partidos que el City había perdido de los últimos ochenta, en dos de ellos había habido un denominador común: la ausencia de Rodri Hernández. Con un dato así, es fácil calibrar la importancia de un tipo que encajó como un guante en las necesidades de Guardiola y que creció mucho más allá de la importancia para un club, convirtiéndose en el mejor centrocampista del mundo capaz de liderar, desde atrás hacia adelante, la resurección de una selección española campeona de Europa.

Hasta aquí es fácil saber porqué los analistas encargados de votar, le otorgaron el premio del Balón de Oro, pero si lo que realmente nos ocupa en el sofá es la emoción y la magia ¿Es normal la reacción del lado más onírico del espectador? Porque, si Rodri es la pieza clave del Manchester City ¿Qué hubiera sido del Madrid sin la aportación estelar de Vinicius?

Vinicius no vive de estadísticas, ni de controles orientados, ni de momentos de pausa. Vinicius desparrama su talento tirándose el balón en largo y retando a los laterales en una carrera imposible. Su escenificación, siempre sobreactuada, en los partidos grandes, fue la puesta de largo de un futbolista imparable cuando quiere serlo y de un tipo indetectable cuando se pega a la línea de cal. Fue el mismo que desarmó al City en el Bernabéu, el mismo que desesperó al Bayern en semifinales y el mismo que apuntilló al Dortmund en la final. Porque en todos los instantes, en todos los momentos, estuvo presente para hacerse valedor del título de jugador más decisivo del mundo.

Es entonces cuando llega la disputa de pie de calle, porque el fútbol, tal y como se juega, se hace de la manera que lo ejecuta Rodri, pero el fútbol, tal y como se sueña, es muy parecido a como lo hace Vinicius. Y es por ello que el Balón de Oro sirve para calibrar la importancia por encima de la esperanza. Ambos lo merecieron porque ambos son capitales, la pregunta es si la eficiencia es más importante que la eficacia o si vale más un suspiro que un aplauso.

lunes, 21 de octubre de 2024

La manita de Ofori

Nadie puede explicarte el destino por más que estés sumido en la mediocridad, por más que el fondo del pozo sea un cenagal sin poder de maniobra o por más que el barro te manche las cejas en tu intento por reincorporarte, porque nadie puede explicar la vida cuando esta está compuesta de elementos de fricción que, conjugándose entre sí, son capaces de generar tal efecto mariposa que cuando crees que has perdido todo es justo el instante en el que has comenzado a ganar.

La historia de Costa de Marfil en la pasada edición de la Copa de África no se explica sin el abatimiento, sin la tristeza, sin el enfado y sin el poder de regeneración que otorga la segunda oportunidad, pero, sobre todo, no se explica sin la mano tonta de Richard Ofori, invitado ajeno en fiesta propia que produjo un salto espacio temporal desde la nada hasta el todo en apenas veinte días de absoluta convulsión.

Costa de Marfil, a parte del anfitrión del torneo, era el gran favorito dada su condición de local y su más que plausible plantel de futbolistas completado por tipos como Frank Kessie, Sebastien Haller, Serge Aurier, Seko Fofana o Simón Adingra, casi todos curtidos en las ligas mayores europeas y con el bagaje suficiente como para hacer creer a un país puesto en pie para recibir a los suyos.

Pero los suyos no parecieron estar por la labor de hacerles disfrutar durante aquellas primeras semanas infernales de campeonato. Y eso que las cosas no empezaron mal después de la victoria en el partido inaugural ante Guinea Bissau. Fofana y Krasso pusieron los goles en una cómoda victoria que los colocaba como primeros de grupo después del empate a uno entre Nigeria y Guinea Ecuatorial.

Mientras tanto, en aquel catorce de enero posterior a la inauguración, en el grupo B, Egipto empataba frente a Mozambique mientras que Cabo Verde le ganaba por dos goles a uno a Ghana, lo que colocaba a los ghaneses como colistas de su grupo con dos jornadas por disputar. La siguiente jornada deparó un choque entre Guineas en el Grupo 1, solventado con suficiencia por Guinea Ecuatorial y una cómoda victoria de Cabo Verde ante Mozambique que le colocaba ya como virtual campeón del grupo después de que Ghana y Egipto empataran a dos goles, poniendo a los ghaneses empatados con los mozambiqueños en el último lugar pero con una clara ventaja gracias a los menos goles recibidos.

En el grupo A, por su parte, el estadio Alassane Ouattara de Abiyán, se llenaba hasta la bandera para apoyar a su equipo en su partido ante Nigeria, el gran coco del torneo. Fue un partido feo y mal jugado que se llevaron los nigerianos gracias a un gol de penalti de Troost-Ekong. De aquella manera, Guinea Ecuatorial y Nigeria encabezaban el grupo mientras que Guinea Bissau quedaba ya virtualmente eliminada a la espera de los últimos resultados. Costa de Marfil, por su parte, se quedaba como tercera, con tres puntos y sabiendo que no lo tenía mal para clasificarse puesto que de los seis grupos, los cuatro mejores terceros pasarían a la fase clasificatoria y un empate en la última jornada le iba a servir para pasar a octavos de final.

Lo que nadie podía imaginar es que aquella derrota ante Nigeria iba a provocar una guerra civil en el vestuario costamarfileño. Acuciado por el gobierno e instado por su propia afición, su condición de locales más que espolearles, les produjo un estado de ansiedad tal que todo el plantel reventó tras aquel segundo partido en la fase de grupos. De esta forma, sin condición, sin ganas y sin juego, los locales fueron aplastados con estrépito por Guinea Ecuatorial. Aquel cuatro a cero y el uno a cero de Nigeria ante Guinea Bissau dejaba a los costamarfileños como terceros con un saldo de menos tres goles.

Los terceros clasificados para la siguiente ronda parecían claros; Guinea en el grupo C, Mauritania en el grupo D, Namibia en el grupo E y, si no se torcían las cosas, Ghana en el grupo B ¿Y cómo se iban a torcer? Tras el pacto de no agresión entre Cabo Verde y Egipto repartiéndose las dos primeras plazas del grupo, Ghana se iba a meter con derechos en la ronda final después de ganar a Mozambique por dos goles a cero en su último partido de la fase de grupos.

Pero entonces sucedieron las cosas más extrañas que nos podamos imaginar. En el minuto noventa, ya con el cartelón del añadido mirando hacia la grada, André Ayew tocaba con la mano dentro del área un intento de ataque del Mozambique. El penalti lo transformó Seny en el noventa y uno y, por algún, motivo, a Mozambique le dio por creer que aquello se podía remontar y que, porqué no, ellos también podían clasificarse como terceros. El árbitro había añadido siete minutos y quedaban seis por jugarse. Cuando ya estás muerto ¿Qué importa volver a morir?

Tras un arreón con más fe que juego, Mozambique cobró un córner que terminó en la nada al borde del área, fue allí donde Reinildo Mandava, trató de empalar con la izquierda, más lo que salió no fue un disparo sino un churro. El balón se perdía mansamente por la línea de fondo cuando a Richard Ofori, porte de Ghana, nadie sabe por qué, le dio por palmear la pelota con suavidad. Quizá creyendo que podía atajarla, quizá pensando que la pelota ya estaba fuera del terreno de juego. El caso es que corría el minuto noventa y cuatro y, ante aquella torpeza, el árbitro hubo de señalar el correspondiente saque de esquina tras el que, en un vuelo sin motor, Reinildo cabeceaba a la red el empate a dos.

Aquel empate final provocó un tsunami sin precedentes que corrió de un continente a otro y puso en pie a un país y a una ciudad cuyo equipo llevaba cuarenta años sin ganar un título importante. Pero a esto volveremos más tarde. Porque lo que interesa ahora, la clasificación para octavos, fue ganada por Costa de Marfil puesto que Ghana y Mozambique, con aquel empate, quedaron con dos puntos y clasificaron, de manera diferida, al anfitrión mientras todo su estadio les estaba abroncando con ferocidad y mientras los directivos ya se habían encargado de despedir al seleccionador Jean-Louis Gasset antes de esperar a que los otros grupos terminasen sus partidos.

El veintidós de enero de 2024, con Costa de Marfil en un puño cerrado, Emerse Fae, exjugador con carrera en Francia e Inglaterra, se hacía cargo como seleccionador interino del equipo anfitrión, al mismo tiempo que Iñaki Williams, delantero de Ghana y Reinildo Mandava, defensa de Mozambique, regresaban a España para incorporarse a las disciplinas de Athletic de Bilbao y Atlético de Madrid respectivamente.

El veintinueve de enero, las selecciones de Senegal y Costa de Marfil se enfrentaron en el sexto partido de los octavos de final. Aquella historia, que había empezado mal, tenía todos los visos de terminar mal ya que Diallo había adelantado a los senegaleses en los primeros minutos del partido y el equipo de Fae no demostraba ningún viso de mejora. Pero llegó una internada en el área a la desesperada, Nicolas Pepe dribló a Edouard Mendy y este le derribó en un penalti señalado por el árbitro y confirmado por el VAR. Kessie transformó la pena máxima en el ochenta y seis, el partido se fue a una prórroga en la que el miedo impidió que ocurriese nada y los penaltis sonrieron al anfitrión por primera vez en todo el torneo. Parecía que ya llovía menos.

El día tres de febrero, la ciudad de Bouaké abarrotó su estadio para animar a Costa de Marfil en su enfrentamiento de cuartos de final ante la potente selección de Mali. Y todo condujo al mismo guión del partido anterior; Dorgeles adelantó a los malienses y cuando todo parecía perdido apareció Adingra para empatar el partido en el minuto noventa. Otra prórroga, pensaron todos. Y otros penaltis, pues parecía que también. Pero en el minuto ciento veintidós, con todo el mundo pensando ya en el punto fatídico, Diakité la pegó con el alma y marcó el gol de todos los costamarfileños. Dos semanas antes estaban desahuciados y ahora, como por arte de magia, estaban clasificados para las semifinales de la Copa de África.

Pero antes de jugarse aquellas semifinales, en España se iban a jugar otras de distinto calado pero no menor importancia para los contendientes. En Madrid, dos equipos con necesidades urgentes, se enfrentaban en el partido de ida de las semifinales de la Copa del Rey. Ambos, Atlético de Madrid y Athletic de Bilbao habían eliminado, respectivamente, a Real Madrid y Fútbol Club Barcelona y se creían con fundado derecho a ganarse el puesto de favorito para ganar la competición. Después de aquella desafortunada mano de Ofori en la línea de fondo en el Ghana - Mozambique, Iñaki Williams y Reinildo había regresado a España y ambos fueron de la partida en aquel partido jugado como una partida de ajedrez. De haber ganado una de las dos selecciones aquel partido, probablemente uno de los dos no estaría jugando aquel partido, pero allí estaba y fue Reinildo el que, tras una torpeza inconcebible, cometió un penalti que sirvió al Athletic para marcar y ganar aquel primer duelo.

Aquel mismo día, el siete de febrero, Costa de Marfil y la República Democrática del Congo se habían enfrentado en el partido de semifinales de la Copa de África con un resultado de un gol a cero para los anfitriones. Aquel gol de Haller, el tipo que unos meses antes había estado a punto de dejar el fútbol después de haber sido intervenido de un cáncer de testículo, levantó a un país que se había visto en el fondo de un pozo y que, de repente, comenzó a creer que aquel cuento de hadas no era ninguna invención del destino.

Cuatro días más tarde, el domingo once de febrero, Costa de Marfil volvió a enfrentarse a Nigeria en el estadio Alassane Ouattara de Abiyán. Y como aquel día en el partido de la fase de grupos, Troost-Ekong adelantó a los nigerianos. Muchos creyeron que allí había acabado todo. Demasiado bonito como para creer que puede ser verdad. Pero cómo pensar que Richard Ofori había tocado aquella pelota si aquello no iba a terminar teniendo ningún sentido. Frank Kessie empató en el sesenta y dos y Sebastien Haller, de nuevo el hombre mágico, culminó la remontada en el ochenta y uno.

Lo que se había vivido en Costa de Marfil en aquel mes de infarto quedará grabado en la memoria colectiva y en las vicisitudes de un vestuario que, después de roto, supo recomponerse gracias a los golpes del destino. La vida les dio otra oportunidad y se aferraron al trofeo como la lapa que se aferra a la carne fresca. Aquella copa levantada hacia el cielo culminaba un milagro en el que nadie, pero nadie, había llegado a creer.

Y mientras tanto, en aquel mes de febrero, un Iñaki Williams pletórico tras no machacarse de más en la Copa de África, destrozó al Atlético de Madrid en el partido de vuelta y puso a su equipo en la final de la Copa del Rey un año más. Iban demasiadas finales perdidas como para poder confiar en la victoria por más que el rival, esta vez, no fuese tan potente como en las anteriores ocasiones. Tras un empate, una prórroga y una agonía, el Athletic ganaba en los penaltis y, como toda Costa de Marfil había hecho en febrero, toda la provincia de Vizcaya se echó a la calle en una bonita tarde de abril. En el fondo nadie quiso acordarse del detalle, pero sin aquella manita de Ofori quizá ninguna de las cábalas hubiese terminado por hacer tan feliz a dos pueblos.


lunes, 30 de septiembre de 2024

Milagro de cuota baja

El tránsito entre Maradona y Messi, para la selección argentina, fue bastante duro. Incluso para Lío, la sombra de Diego fue demasiado alargada durante más de una década. Quitarse de encima dos toneladas con aquel gol de Di María en Maracaná le sirvió para llegar más aliviado a los siguientes torneos y consagrarse, ahora sí, como el mejor jugador de la historia. Pero entre mundial y mundial hubo otros llenos de fracasos con pequeños milagros de cuota baja a los que se agarraba la memoria colectiva para hacerse creer que sí, que pese a caer eliminados una y otra vez, seguían siendo una potencia mundial a la que tener en cuenta.

El primer mundial de Messi fue en 2006. Lío, que ya apuntaba a jugador estelar en Barcelona, viajó a Alemania con diecinueve años y sin un puesto fijo en un once titular comandado por Juan Román Riquelme. Era un buen equipo, distinguido por Román y Aimar y apuntalado por hombres de reconocida valía como Cambiasso, Crespo y Carlos Tévez. El joven Mascherano ya apuntaba sus dotes de mando y el veterano Ayala ponía la cordura en un equipo que, anímicamente, se movía en tierra de nadie.

Los dos primeros partidos fueron prometedores. Un dos a uno a la Costa de Marfil de Didier Drogba y un seis a cero a Serbia el día que Messi se dio a conocer en una Copa del Mundo. Aquel día, el equipo fabricó una obra de arte colectiva culminada por Cambiasso pero, sin embargo, no fue el mejor gol del mundial.

Porque el momento de mayor éxtasis quedaba pendiente para el partido de octavos de final. Después de empatar a cero frente a Holanda y dejar pendiente una cuita que databa de 1998, Argentina se emparejó a México en el primer partido de eliminatorias. Fue un partido bronco y feo que se abrió y se cerró pronto. Márquez adelantó a México en el minuto seis y Crespo puso las tablas un par de minutos después. A raíz del empate, poco más pasó porque ambos equipos, conocedores de su historia más reciente, tenían más miedo a perder que a ganar.

La entrada de Messi revitalizó a Argentina y los albicelestes, durante un momento, parecieron acular a los mexicanos. Corría el minuto noventa y siete cuando Torrado, tras una conducción forzosa, jugó para Pineda quien avanzó salvando la entrada de Maxi Rodríguez pero no consiguiendo avanzar ante la interposición de Scaloni quien jugó rápido para Maxi para que este avanzase hacia un Messi recostado en la banda derecha. Messi condujo en diagonal hacia la línea de mediocampo y tocó al medio hacia Riquelme quien le tiró una pared para que Lionel abriese hacia la izquierda para Juanpi Sorín. Sorín, que tenía tiempo y espacio, decidió cruzar la pelota por arriba hacia el otro costado del área donde se encontraba Maxi Rodríguez al que la pelota le cayó con pocas opciones, pero en dos segundos realizó la maniobra que le catapultó hasta la inmortalidad.

Primero la paró con el pecho y después, ante el asombro de la defensa mexicana, la empaló con la izquierda en un golpeo monumental que se coló por la escuadra de Oswaldo Sánchez. Era, sin duda, el gol de su vida. Todos los argentinos, incluído Pekerman, corrieron como locos para abrazar a Maxi quien, en una maniobra inaudita, había marcado el gol del mundial y había puesto a los argentinos, una vez más, de cabeza hacia una nueva ronda clasificatoria.

Allí, en cuartos, y en el Olímpico de Berlín, Argentina hizo un partido digno y aguantó el uno a cero hasta el minuto ochenta cuando Klose, el martillo pilón, borró la sonrisa de los argentinos. Después llegó una nueva prórroga sin milagro y una tanda de penaltis que consagró a Alemania el día en el que Pekerman decidió que Lionel Messi no había merecido la oportunidad de jugar ni un sólo minuto.