
Hace treinta y dos años yo tenía un balón en las manos
y esperaba la hora del partido vespertino con mis amigos del barrio de San
Isidro. La tele refulgía en verde y aunque a mí me gustaba ver los goles de
aquellos magos del mundial de México, aún era un niño con ínfulas y prefería
imitar aquellas jugadas en el viejo descampado. Desgraciada o afortunadamente,
en lo que al fútbol se refiere, la vida terminó por ponerme en su sitio. Al
igual que les ocurrió a aquellos cinco ingleses que vieron pasar de largo a un
barrilete cósmico.
El balón permaneció en las manos, pero los ojos salieron de sus órbitas. Yo era un niño de diez años y en un instante desee ser un tipo mayor para correr y abrazar a Maradona. Recuerdo bajar emocionado a la calle. Todos los niños nos buscábamos, todos los niños nos preguntábamos ¿Lo habéis visto? Todos lo habíamos visto. Todos seguíamos asombrados.
Aquella tarde jugamos un partido con el viejo balón Mikasa descosido. Nadie pasaba la pelota, todos queríamos ser Maradona y repetir el recorrido memorable. Todos queríamos volver a hacer la jugada de todos los tiempos. Han pasado más de treinta años y, aunque me he convertido en un hombre, jamás he dejado de ser aquel niño que imaginaba jugadas imposibles en sus ratos de insomnio. Por culpa de los años he dejado de jugar. Gracias a Maradona, jamás dejé de soñar.
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