
No hace más de veinte
días, el Sevilla era decimosegundo, a un punto del descenso y a ocho de
la cabeza. Surgieron los agoreros y afloraron los pesimistas. Renacieron
los viejos fantasmas y se creyó que el proyecto, por viciado, ya se
había podrido. Nadie quiso ver
connotaciones más allá de la derrota y hubo que esperar a que el equipo
se asentara para que se descubriese que, más allá del horizonte, había
un camino correcto.
Más
complicada es la misión en los equipos poderosos. Acostumbrados a ser
caballo de Atila y quemar la hierba a su paso, cada pinchazo es un
rejonazo en el orgullo y, sobre todo, es una brecha en la frente. Porque
la soberbia, generalmente, les convierte en ciegos y, cuando el sol les
deslumbra, creen que siguen en Ítaca y son incapaces de asimilar que lo
suyo es una odisea.
No tardarán en retroactivarse porque al final, como vasos comunicantes, viven en constante conexión. Se alimentan de los fracasos del rival y, poco a poco, Messi mediante en un caso y talento abrumador en el otro, irán activando mecanismos para acomodarse en la zona alta de la tabla, pero a todos debería servir el ejemplo del Sevilla porque cuando la herida se infecta, nada mejor que apretar los dientes y buscar remedio. Los lamentos, como las excusas, son sólo pólvora para el viento.
No tardarán en retroactivarse porque al final, como vasos comunicantes, viven en constante conexión. Se alimentan de los fracasos del rival y, poco a poco, Messi mediante en un caso y talento abrumador en el otro, irán activando mecanismos para acomodarse en la zona alta de la tabla, pero a todos debería servir el ejemplo del Sevilla porque cuando la herida se infecta, nada mejor que apretar los dientes y buscar remedio. Los lamentos, como las excusas, son sólo pólvora para el viento.
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