
En junio, mientras las familias planeaban las vacaciones, miles de
entusiastas llegarían al país desde diversos rincones del mundo para
enarbolar banderas, ondear bufandas y enseñar mil gritos. Empezaba el
mundial de fútbol y Naranjito, con su bizarra hoja suspendida en la
cabeza, animaba a la juventud a practicar un deporte sano y respetuoso.
El mundial se jugaría en cuatro fases; dos de grupos, una elimatoria y
la decisiva final. Un premio gordo para uno de los veinticuatro
participantes cuyas aficiones llenaron las calles días antes del
espectáculo. El partido inugural se programó para el día trece de junio;
Argentina, como vigente campeón, se jugaría el orgullo ante Bélgica en
un partido trampa. Tan traumática fue la preparación, que el equipo
terminó perdiendo. Un día antes del partido, todas las selecciones ya
descansaban en sus respectivos hoteles. España era fútbol y para ello se
ideó una ceremonia de inauguración que mezcló lo hortera con lo
innovador. Un desastre rematado por Plácido Domingo y su canto al mundo
desde el centro del Camp Nou. Siempre nos quedaría, al menos, Pepe Da
Rosa y su estrambótico canto a un país dormido.
Un día más tarde, el gobierno argentino presentó armas y se rindió ante
Gran Bretaña en su desigual lucha por reconquistar el territorio de las
Islas Malvinas. La derrota militar, unida a la humillación futbolística,
sumió al país en una depresión de la que tardarían cuatro años en
salir, Maradona mediante. El mismo Tango que había dado nombre al balón
del mundial porteño, dio denominación a la pelota oficial del mundial de
España. Adidas obtenía, así, una supremacía deportiva por encima de sus
rivales y repartía beneficios al ritmo de las ventas de un balón de
costuras impermeables.
Fueron más los que compraron el balón que los que acudieron a España
para contemplar la primera fase de grupos. Salvo el anfitrión, con un
par de llenos al que correspondieron con un fútbol discreto, ningún país
logró reventar una taquilla en espera, quizá, de momentos mejores que
llegarían con el paso de los días. Entre los más bulliciosos se
encontraban los italianos, siempre tan pasionales y tan dados al ánimo
cuando se trata de animar a los suyos en el camino hacia un sueño. Los
tifosi venían de secar el agua de un cuello que habían puesto a remojo
después de verse contra la cuerdas en un partido de clasificación ante
Yugoslavia. Las dudas, como en todo gran campeonato, viajaron en el
equipaje de los italianos como una mascota incómoda de la que no se
pueden deshacer. Bearzot llevaba siete años en el cargo y aún había una
mayoría que no creía en él. Y eso que el tipo aguantó estoicamente y se
mantuvo en el cargo hasta que Francia le devolvió a la tierra en el
césped mexicano, pero en su contra había demasiados malos recuerdos como
para considerarle un tipo de fiar.
Los más viejos del lugar aún recordaban a aquel tipo silencioso que jugó
varias temporadas en el Torino como defensa central. Un tipo correcto
como jugador, un tipo correcto como entrenador. Nada más. Muchos
acuciaban su falta de méritos para echarle en cara su suerte a la hora
de obtener un caramelo tan jugoso como el puesto de seleccionador
italiano. Pero el tipo, viejo zorro, callaba y callaba. No había sido un
futbolista recordado, pero estaba seguro de que podía llegar a ser un
buen entrenador. Y para ello contaba con una buena base; ni más ni menos
que la del mejor equipo de Italia. Poco a poco, la columna vertebral de
la Juventus de Turin se fue haciendo un hueco en el equipo nacional.
Los comienzos fueron esperanzadores, con un buen cuarto puesto en el
mundial disputado en Argentina en 1978, pero la desesperanza hundió al
país en el pesimismo después de la desastrosa participación del equipo
en la Eurocopa de 1980 en la que Italia acudió en calidad de anfitrión.
Un ridículo así, y más ante tu gente, no es una buena carta de
presentación de cara a todo un mundial de fútbol. Pero Bearzot aguantó
el tirón y siguió contando con su bloque de acero. Peleó contra viento y
marea y desoyó mil consejos; volvió a convocar a Paolo Rossi, a pesar
de que el delantero llevaba dos años apartado del fútbol por un
escándalo de apuestas ilegales, prescindió de Pruzzo, el delantero más
querido del momento y se vio obligado a dejar en casa a Roberto Bettega,
víctima de una grave lesión. Vistos los precedentes, era casi normal
que cundiera el desánimo entre los aficionados italianos. Pero llegada
la hora, como siempre, los tifosi no fallaron y anduvieron detrás de su
equipo hasta el fin de los días.
Los primeros días dejaron goles y golpes. Los goles llegaron por parte
de Hungría que, con su diez a uno a El Salvador del por entonces
desconocido Mágico González, estableció la marca, aún vigente, de mayor
goleada de la historia de los mundiales. Y los golpes llegaron por parte
de la policía que, tras cada partido de Inglaterra, hubo de emplearse a
fondo para apaciguar los más que encendidos ánimos de los hooligans.
Perú empató a cero con Camerún e hizo saltar la primera sorpresa en el
grupo de Italia. Parecía que el camino iba a ser distinto al esperado si
aquellos correosos africanos mostraban el mismo entusiasmo en cada
partido. Bearzot dispuso un sistema en el que otorgaba libertad a sus
tres hombres en punta e imponía una disciplina férrea para los siete
hombres que formaban la defensa y el centro del campo. Marcajes
individuales, balones largos, defensa protegida y contraataque fugaz. No
dejaba de ser una variante del catenaccio de toda la vida. Y aquello no
dio para mucho. Tres empates en la primera ronda que pusieron al equipo
contra las cuerdas. Cero a cero contra Polonia en el primer partido.
Uno a uno contra Perú en el segundo, despúes de pedir la hora y buscar
resuello en el vestuario. No era un buen presagio. Camerún volvió a
empatar con Polonia y dejaba el grupo abierto. Si Polonia ganaba a Perú,
bastaba un empate con goles para eliminar a Camerún. Y Polonia ganó a
Perú por cinco goles a uno desatando una furia que le llevaría hasta las
semifinales.
Bastaba un empate a uno para pasar a la segunda fase e Italia comenzó
haciendo los deberes con el gol de Graziani en el minuto sesenta.
Quedaba media hora para guardar la ropa y empató Camerún cuando
solamente había transcurrido un minuto. Una larga agonía bajo el sol
vigués. Pero no ocurrieron más cosas; Italia se defendió, Camerún no
supo atacar y los años pusieron en duda aquel empate que puso a la
escuadra azzurra en la segunda fase de grupos. Los periodistas Roberto
Chiodi y Oliviero Beha destaparon un rumor tan solo un año más tarde:
aquel empate con Camerún pudo estar pactado de antemano. El asunto, que
no llegó a mayores por las amenazas de la Federación Italiana, puso en
entredicho un mundial que ya estaba manchado por la ignominia del
absurdo empate entre Austria y Alemania en Gijón. A partir de entonces,
todos los partidos decisivos de la fase de grupos se jugarían en
simultáneo, dejando al margen cualquier atisbo de duda y cualquier
denuncia por agravio.
No se libraron los futbolistas italianos, de igual modo, de ser
procesador por delito fiscal una vez hubieron regresado a tierras
transalpinas. Pero las anécdotas extrafutbolísticas quedan al margen de
una historia que se había detenido en Vigo y que transcurrió tormentosa
por los azares de la crítica. El fútbol había sido tan pobre que
resultaba imposible no detenerse a analizar el simulacro de ridículo que
había rozado Italia. Los periodistas, que se preguntaban qué hacía
Pruzzo en Roma mientras Rossi no era capaz de generar una sola ocasión
de gol, sumieron al equipo en un estado de sitio del que no salieron
hasta el día en el que pudieron sacar pecho. El caos se hizo dueño de la
situación, un titular exclamó "Putiferio Italia" tras uno de los
empates y la plantilla se puso seria de puertas para adentro para no
permitir una sola declaración de puertas para afuera.
Los más puntillosos quisieron ver el principio del fin en aquella
apertura de fronteras que había derivado en la internacionalización del
Calcio un par de años atrás. Se culpó una decisión que atrajo buenos
futbolistas extranjeros, adujendo que aquellos le habían cerrado el
sitio a los jugadores locales. La apertura que hubo de hacerse por
sentencia del tribunal europeo, importó en el Calcio a una docena de
fabulosos futbolistas que hicieron creer que otro juego era posible.
Pero ese no era el juego de la Italia de Bearzot, más preocupado de no
encajar un gol que de hacerlo en la meta rival. No revolucionario ni
involucionario. El italiano de toda la vida.
Pero la tradición solamente gusta en Italia cuando se gana. Cuando se
pierde, se tiende a señalar un culpable y hacer pasear su cabeza por el
foro. Pero los jugadores de Italia no estaban dispuestos a permitir que
se mancillase el nombre de su seleccionador. Amotinados en un hotel de
vigo, el capitán, Dino Zoff, con el gesto compungido que siempre le
había caracterizado, hizo saber que la plantilla rompía todas las
relaciones con la prensa. Bearzot, respaldado por su plantilla, salió a
la palestra y se dejó ningunear mientras sabía que, tras cada crítica,
él se iba haciendo más fuerte. Y es que Bearzot era lo más parecido a un
padre que aquellos jugadores tenían a mano. Bérgomi aún recordaba el
día en el que celebró gol que cerraba una goleada ante un equipo
inferior; le llamó al orden y le explicó la humildad como elemento
esencial de la condición humana: "Hay que respetar a todos, en especial a
los más débiles". Y Bearzot era el más débil en aquellos momentos ¿Cómo
no protegerle ante la animadversión? Causio tomó las riendas e hizo de
enlace entre la plantilla y la prensa. Era un tipo respetado, ídolo de
la Juventus y futbolista venido a menos que aglutinaba sobre sus hombros
todas las frustraciones del vestuario. "No le peguen más al
entrenador", suplicó. "Si esto no sale adelante, nosotros seremos los
culpables".
Mientras las portadas asomaban con el esperpéntico espectáculo del jeque
de Kuwait o el pasteleo ofrecido entre Alemania y Austria en la
denominada "vergüenza de Gijón", Italia lamía sus heridas y miraba al
frente encontrando el horizonte más oscuro posible; en la segunda fase
quedaría encuadrada con Argentina y Brasil. Ni más ni menos que la
actual campeona por un lado y la máxima favorita por el otro. Tocaban
los clarines y las faenas se presentaban en un ominoso cartel.
El equipo viajó a Barcelona tocado pero no hundido. Aún quedaban
esperanzas en el equipaje y una buena ración de fármacos de los que
hicieron uso en los días previos a las grandes citas. La caritina les
permitiría aguantar una hora y media de esfuerzo bajo el insolente sol
español. Había que buscar un medio y encontraron un modo. Aquello, la
táctica y el talento. Todo cuenta, claro está. Sin talento no vale lo
demás. Y eso lo sabía Bearzot quien, con su inseparable pipa, divisaba a
sus jugadores analizando cual sería la manera más sencilla de
desesperar al rival. No hubo descanso del guerrero. Mientras algunas
selecciones aprovecharon el día de parón para hacer turismo, los
italianos se encerraron en el césped de Sarriá y se comprometieron a
ganar a costa de perder el último aliento.
Ante Argentina, Bearzot alineó el equipo base que el mundo terminó
aprendiendo de carrerilla: Zoff, Gentile, Collovati, Scirea, Cabrini, Oriali,
Tardelli, Antognoni, Graziani, Rossi y Conti. Los goles los marcaron
Tardelli y Cabrini, pero el partido se ganó en el vestuario con una
orden que terminó en leyenda negra para uno de los más duros marcadores
de la historia del fútbol. "No te separes de Maradona", le dijo Bearzot a
Gentile. Y Gentile se lo tomó a pecho. Persiguió a Maradona, le
cuerpeó, le pegó, le insultó y le anuló después de comerle la moral
bocado a bocado. El dos a uno final representó la realidad de dos
equipos; uno quería ganar, el otro tenía miedo de perder.
El problema con el gol se había solucionado, el problema con el delantero seguía vigente. Nadie podía entender qué seguía haciendo Rossi en el equipo titular cuando adolecía de una falta de instinto asesino más que preocupante. Uno miraba a los otros delanteros del campeonato y se asombraba con la pasmosa facilidad del alemán Rummenigge para generar pánico en las defensas rivales. A simple vista, había una gran diferencia entre uno y otro.
Pero el problema defensivo ya estaba más que ajustado. Allí el líder era Scirea y aquel era uno de aquellos mandamientos de equipo y que no se debía romper por nada del mundo. Scirea era listo, fuerte, elegante. Un líder silencioso que barría su zona, jugaba con la facilidad de un centrocampista y de vez en cuando se incorporaba al ataque para hacer goles por sorpresa. En el banquillo, como si de un máster acelerado se tratase, un joven Franco Baresi asistía asombrado a las clases de brillantez que exhibía el mejor defensor de Europa. Más allá, el viejo Bearzot, pipa en ristre, sonreía satisfecho seguro de sí mismo por contar en sus filas con semejante talento defensivo.
El siguiente partido, ante Brasil, significó la explosión del frágil y vilipendiado Paolo Rossi. Más allá de aquel campeonato, Rossi no había demostrado muchas más cualidades que la de ser el típico oportunista; un ratón del área que rehusaba el cuerpo a cuerpo pero que buscaba las espaldas sibilinamente. Un buen puñado de goles en área chica le catapultaron al puesto de titular en la selección azurra y no fue hasta aquella tarde de Sarriá cuando vacunó tres veces al portero Valdir Peres cuando alcanzó la categoría de leyenda mundial. Los niños que crecimos un verano asombrados por la samba futbolística brasileña, quedamos aterrorizados ante el nombre de un tipo flaco que marcaba goles con la facilidad del ejecutor impío. Una parada a bocajarro de Dino Zoff a Paulo Roberto selló el final de un equipo fabuloso que perdió un partido ante Italia pero que ganó el mundial de millones de corazones. Los que habían dudado de la capacidad competitiva de Italia se iban a comer, una vez más, los puños y las palabras. Roma entera se echó a la calle, el resto de Italia le siguió en su fiesta y las tras las gafas oscuras de Enzo Bearzot, reflejando un estadio bajo un sol de justicia, se escondía la mirada de orgullo del padre que ve crecer a sus hijos.
Con la eliminación de los favoritos Argentina y Brasil a manos de la, a priori, débil Italia, el mundial quedó en manos de los equipos europeos. Igual que ocho años antes, en Alemania, lo que indicaba un cambio de tendencia en el mundo futbolísitco. La agresividad, el orden, la táctica y la técnica le estaban ganando al toque, la improvisación, la libertad, el baile. El feo le estaba ganando al bueno. Solamente faltaba saber si el vencedor final iba a ser el más malo. Y entre los malos destacaban la hosca Alemania y la eficaz Italia. Más allá del Brasil fantástico, el mundo se había enamorado de la bella Francia comandada por Platini. Pero los sueños de grandeza siguen siendo sueños rotos si se despierta antes de tiempo. Alemania le ganó a Francia en el último asalto e Italia le ganó a la loca Polonia por k.o. técnico. De nuevo apareció Paolo Rossi y aquella tarde del Camp Nou pocos dudaron ya de que se encontraban ante el mejor delantero del campeonato. El rodillo alemán tendría rival en la dudosa Italia que había llegado desde el infierno con visos de querer alcanzar el cielo. De menos a más, como un Ave Fénix, con furia de león y carácter de campeón.
Gentile había anulado a Maradona y a Zico. Quedaba una santidad para hacerse con el poder de la trinidad. No tenía Alemania un armador específico pero sí un tipo que aglutinaba el talento en las incursiones de último pase. Bearzot iluminó su pizarra para cumplir el sueño de una noche de verano y puso el nombre de Littbarski en el lugar de las prioridades. Gentile captó el mensaje y supo que Alemania sufriria si quería reivindicar sus aspiraciones a ser campeón del mundo. En la tele refulgía el verde del partido por el tercer y cuarto puesto. Polonia le dio la puntilla a una afligida Francia y el mundo se preparó para el final del espectáculo.
El día fue soleado, más que caluroso, como debiera haber correspondido a cualquier buen día de verano en España. Madrid respiraba fútbol; mitad blanco, mital azul. Alemanes e italianos, antiguos aliados de guerra que volvían a verse las caras para disputarse una batalla deportiva. En el cielo, las nubes flotaban en busca de un sol brillante. En el campo, veintidós valientes formaban con el rictus serio de quien quiere hacer historia. En el palco, Sandro Pertini y Helmut Schmitd, se ajustaban la corbata y franqueaban al rey de España con los nervios a flor de piel y el deseo en la punta de la lengua.
Cabrini falló un penalti. Era la primera vez que aquello ocurría en la final de un campeonato del mundo. Era un preámbulo de pasión que indicaba qué equipo buscaba y qué equipo guardaba. Italia dejaba de ser Italia y Alemania parecía un zorro asustado ante la escopeta de un cazador. El tres a uno final quedó sellado con una carrera inolvidable de Tardelli que aún perdura en el imaginario de todas las celebraciones de la historia del fútbol. Una jugada de Scirea en asociación con el mundo y un disparo con el alma de Marco Tardelli que se coló a la derecha de la portería de Schumacher, convertido días antes en villano del mundial tras un lance terrorífico con el francés Battiston.
No menos ostentosa fue la celebración de Sandro Pertini a medida que los goles iban cayendo uno detrás de otro en el ínfimo espacio de veinte minutos. Don Juan Carlos, atónito, y el señor Schmitd, circunspecto, asistían al baile del simpático presidente de la República italiana que se coló en los corazones de millones de espectadores. Rossi, que volvió a cerrar la boca de los agoreros, y Altobelli, ídolo interista, cerraron un resultado que solamente pudo maquillar Breitner desde el punto de penalti, repitiendo la escena de ocho años antes en Alemania pero con un resultado diametralmente opuesto. Italia, pese a los golpes, las palabras y las dudas, se convertía en la segunda tricampeona del mundo y el capitán Zoff, con su rictus de seriedad, se convertía en el jugador de más edad en levantar una copa de campeón mundial con cuarenta años.
Las controversias del mundial se reflejaron en dos fotografías que indicaban la solemnidad de quien se sabe triunfador en una batalla desigual. Nada más terminar el partido, el defenestrado Bearzot fue levantado en hombros y en su mirada se pudo descubrir la felicidad de quien se sabe poseedor de todos los secretos del triunfo. Meses más tarde, un elegante Paolo Rossi posaba junto a su Balón de Oro y en su mirada se pudo descubrir la satisfacción de quien sabe que ha regresado del infierno pese a que nadie le echó una cuerda para regresar al cielo en una escalada tormentosa. El triunfo de aquel equipo fue el triunfo de la fe, y como tal fue reconocido en un país acostumbrado a la exageración y en el que millones de personas dejaron sus planes para otro día y se echaron a la calle para recibir a los futbolistas que les habían hecho saborear la gloria.
Decenas de capitales del mundo se vieron invadidas por inmigrantes italianos, ávidos de ilusión y empachados de felcidad. Y cientos de ciudades, pueblos y barrios de Italia se llenaron de tifosis; los balcones de banderas, las calles de canciones, las casas de sonrisas, las instituciones de orgullo. Y en el avión de regreso a casa, mientras un grupo de jóvenes brindaban y un grupo de veteranos se hinchaban de satisfacción, cuatro personas se reunían alrededor de una mesa para disputar una partida de cartas que sellaba el final de un viaje con final feliz. Franco Causio, Dino Zoff, Enzo Bearzot y Sandro Pertini miraban sus naipes y los depositaban con la ilusión de quien quiere ganar hasta en los juegos de jardín. Bearzot, el hombre al que habían incapacitado para ganar un solo partido, recogió los naipes en señal de ganador. "Caramba", le espetó el Presidente de la República. "Ni a esto se deja usted ganar". Nadie ganó a Bearzot aquel verano. Nadie pudo con Italia cuando Italia quiso demostrar que no eran una banda sino un equipazo en toda la extensión de la palabra.
El problema con el gol se había solucionado, el problema con el delantero seguía vigente. Nadie podía entender qué seguía haciendo Rossi en el equipo titular cuando adolecía de una falta de instinto asesino más que preocupante. Uno miraba a los otros delanteros del campeonato y se asombraba con la pasmosa facilidad del alemán Rummenigge para generar pánico en las defensas rivales. A simple vista, había una gran diferencia entre uno y otro.
Pero el problema defensivo ya estaba más que ajustado. Allí el líder era Scirea y aquel era uno de aquellos mandamientos de equipo y que no se debía romper por nada del mundo. Scirea era listo, fuerte, elegante. Un líder silencioso que barría su zona, jugaba con la facilidad de un centrocampista y de vez en cuando se incorporaba al ataque para hacer goles por sorpresa. En el banquillo, como si de un máster acelerado se tratase, un joven Franco Baresi asistía asombrado a las clases de brillantez que exhibía el mejor defensor de Europa. Más allá, el viejo Bearzot, pipa en ristre, sonreía satisfecho seguro de sí mismo por contar en sus filas con semejante talento defensivo.
El siguiente partido, ante Brasil, significó la explosión del frágil y vilipendiado Paolo Rossi. Más allá de aquel campeonato, Rossi no había demostrado muchas más cualidades que la de ser el típico oportunista; un ratón del área que rehusaba el cuerpo a cuerpo pero que buscaba las espaldas sibilinamente. Un buen puñado de goles en área chica le catapultaron al puesto de titular en la selección azurra y no fue hasta aquella tarde de Sarriá cuando vacunó tres veces al portero Valdir Peres cuando alcanzó la categoría de leyenda mundial. Los niños que crecimos un verano asombrados por la samba futbolística brasileña, quedamos aterrorizados ante el nombre de un tipo flaco que marcaba goles con la facilidad del ejecutor impío. Una parada a bocajarro de Dino Zoff a Paulo Roberto selló el final de un equipo fabuloso que perdió un partido ante Italia pero que ganó el mundial de millones de corazones. Los que habían dudado de la capacidad competitiva de Italia se iban a comer, una vez más, los puños y las palabras. Roma entera se echó a la calle, el resto de Italia le siguió en su fiesta y las tras las gafas oscuras de Enzo Bearzot, reflejando un estadio bajo un sol de justicia, se escondía la mirada de orgullo del padre que ve crecer a sus hijos.
Con la eliminación de los favoritos Argentina y Brasil a manos de la, a priori, débil Italia, el mundial quedó en manos de los equipos europeos. Igual que ocho años antes, en Alemania, lo que indicaba un cambio de tendencia en el mundo futbolísitco. La agresividad, el orden, la táctica y la técnica le estaban ganando al toque, la improvisación, la libertad, el baile. El feo le estaba ganando al bueno. Solamente faltaba saber si el vencedor final iba a ser el más malo. Y entre los malos destacaban la hosca Alemania y la eficaz Italia. Más allá del Brasil fantástico, el mundo se había enamorado de la bella Francia comandada por Platini. Pero los sueños de grandeza siguen siendo sueños rotos si se despierta antes de tiempo. Alemania le ganó a Francia en el último asalto e Italia le ganó a la loca Polonia por k.o. técnico. De nuevo apareció Paolo Rossi y aquella tarde del Camp Nou pocos dudaron ya de que se encontraban ante el mejor delantero del campeonato. El rodillo alemán tendría rival en la dudosa Italia que había llegado desde el infierno con visos de querer alcanzar el cielo. De menos a más, como un Ave Fénix, con furia de león y carácter de campeón.
Gentile había anulado a Maradona y a Zico. Quedaba una santidad para hacerse con el poder de la trinidad. No tenía Alemania un armador específico pero sí un tipo que aglutinaba el talento en las incursiones de último pase. Bearzot iluminó su pizarra para cumplir el sueño de una noche de verano y puso el nombre de Littbarski en el lugar de las prioridades. Gentile captó el mensaje y supo que Alemania sufriria si quería reivindicar sus aspiraciones a ser campeón del mundo. En la tele refulgía el verde del partido por el tercer y cuarto puesto. Polonia le dio la puntilla a una afligida Francia y el mundo se preparó para el final del espectáculo.
El día fue soleado, más que caluroso, como debiera haber correspondido a cualquier buen día de verano en España. Madrid respiraba fútbol; mitad blanco, mital azul. Alemanes e italianos, antiguos aliados de guerra que volvían a verse las caras para disputarse una batalla deportiva. En el cielo, las nubes flotaban en busca de un sol brillante. En el campo, veintidós valientes formaban con el rictus serio de quien quiere hacer historia. En el palco, Sandro Pertini y Helmut Schmitd, se ajustaban la corbata y franqueaban al rey de España con los nervios a flor de piel y el deseo en la punta de la lengua.
Cabrini falló un penalti. Era la primera vez que aquello ocurría en la final de un campeonato del mundo. Era un preámbulo de pasión que indicaba qué equipo buscaba y qué equipo guardaba. Italia dejaba de ser Italia y Alemania parecía un zorro asustado ante la escopeta de un cazador. El tres a uno final quedó sellado con una carrera inolvidable de Tardelli que aún perdura en el imaginario de todas las celebraciones de la historia del fútbol. Una jugada de Scirea en asociación con el mundo y un disparo con el alma de Marco Tardelli que se coló a la derecha de la portería de Schumacher, convertido días antes en villano del mundial tras un lance terrorífico con el francés Battiston.
No menos ostentosa fue la celebración de Sandro Pertini a medida que los goles iban cayendo uno detrás de otro en el ínfimo espacio de veinte minutos. Don Juan Carlos, atónito, y el señor Schmitd, circunspecto, asistían al baile del simpático presidente de la República italiana que se coló en los corazones de millones de espectadores. Rossi, que volvió a cerrar la boca de los agoreros, y Altobelli, ídolo interista, cerraron un resultado que solamente pudo maquillar Breitner desde el punto de penalti, repitiendo la escena de ocho años antes en Alemania pero con un resultado diametralmente opuesto. Italia, pese a los golpes, las palabras y las dudas, se convertía en la segunda tricampeona del mundo y el capitán Zoff, con su rictus de seriedad, se convertía en el jugador de más edad en levantar una copa de campeón mundial con cuarenta años.
Las controversias del mundial se reflejaron en dos fotografías que indicaban la solemnidad de quien se sabe triunfador en una batalla desigual. Nada más terminar el partido, el defenestrado Bearzot fue levantado en hombros y en su mirada se pudo descubrir la felicidad de quien se sabe poseedor de todos los secretos del triunfo. Meses más tarde, un elegante Paolo Rossi posaba junto a su Balón de Oro y en su mirada se pudo descubrir la satisfacción de quien sabe que ha regresado del infierno pese a que nadie le echó una cuerda para regresar al cielo en una escalada tormentosa. El triunfo de aquel equipo fue el triunfo de la fe, y como tal fue reconocido en un país acostumbrado a la exageración y en el que millones de personas dejaron sus planes para otro día y se echaron a la calle para recibir a los futbolistas que les habían hecho saborear la gloria.
Decenas de capitales del mundo se vieron invadidas por inmigrantes italianos, ávidos de ilusión y empachados de felcidad. Y cientos de ciudades, pueblos y barrios de Italia se llenaron de tifosis; los balcones de banderas, las calles de canciones, las casas de sonrisas, las instituciones de orgullo. Y en el avión de regreso a casa, mientras un grupo de jóvenes brindaban y un grupo de veteranos se hinchaban de satisfacción, cuatro personas se reunían alrededor de una mesa para disputar una partida de cartas que sellaba el final de un viaje con final feliz. Franco Causio, Dino Zoff, Enzo Bearzot y Sandro Pertini miraban sus naipes y los depositaban con la ilusión de quien quiere ganar hasta en los juegos de jardín. Bearzot, el hombre al que habían incapacitado para ganar un solo partido, recogió los naipes en señal de ganador. "Caramba", le espetó el Presidente de la República. "Ni a esto se deja usted ganar". Nadie ganó a Bearzot aquel verano. Nadie pudo con Italia cuando Italia quiso demostrar que no eran una banda sino un equipazo en toda la extensión de la palabra.
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