jueves, 5 de julio de 2007

El año que morimos peligrosamente

1950 no fue un año demasiado agitado a nivel internacional. Las grandes potencias aún se relamían las heridas de una guerra que había destrozado el mundo y los que lo habían perdido todo buscaban reencontrarse con sus raíces en la tierra prometida. La ONU dividió Jerusalén y la molesta Palestina comenzó a ver crecer el germen que desembocaría en decenas de miles de cadáveres sobre la infamia. Las monarquías europeas se agitaron con la renuncia al trono del rey belga y la coronación de Gustavo VI en Suecia. En Inglaterra, el partido laborista obtenía el fruto del poder y en Alemania, Klaus Fuchs era detenido por sus favores secretos a la Unión Soviética; era el comienzo de lo que durante décadas fue conocido como "Guerra Fría". Hollywood se vestía de gala con el estreno de "El Crepúsculo de los Dioses", la literatura lloraba la muerte del galáctico George Orwell y la Fórmula 1 nacía para convertirse en el rey midas del deporte.

Pero aparte y en instantes paralelos a algunos de estos acontecimientos, en 1950 se disputó en Brasil el tercer campeonato del mundo de fútbol y para muchos, significó el principio del fin y fin del principio de dos países que durante años lloraron sus fortunas y sus miserias.

No se le pusieron mal los intereses al anfitrión en vísperas de comenzar el campeonato. La mayoría de países del este, encabezados por la Unión Soviética, rechazaron disputar un campeonato que consideraban politizado por occidente. Brasil se quedaba, sin derrochar esfuerzo alguno, libre de disputar sus partidos más difíciles. Comenzaba a limpiarse el camino hacia la gloria.

Un camino en el que pudieron encontrarse a Inglaterra. El país que sirvió de cuna y origen al fútbol, participaba por vez primera en un mundial y lo hacía como un único país; separada del rigor olímpico, dejó atrás cualquier unión con Escocia, Gales e Irlanda, y se presentó en Brasil con la intención de demostrar que nadie le había arrebatado la corona honorífica. Pero Inglaterra se había convertido en una nación desquiciada por una guerra que si bien la había fortalecido estatalmente, había desquebrajado todas sus infraestructuras. Brasil ganó un duelo ficticio en lo competitivo pero alentador en lo moral y continuó firme un camino prediseñado.

Y fue un británico, el árbitro Mervin Griffihs, quien se encargó de aplanar de una manera más sibilina ese camino de rosas que entre todos habían plantado para rendir pleitesía al anfitrión. Instantes antes del partido que enfrentó a Brasil contra Yugoslavia, el medio volante balcánico, Rajko Mitic, golpeó su frente violentamente contra el marco de la puerta de acceso al terreno de juego. Inmediatamente, la sangre manada provocó una alarma general. Las normas de la época, demasiado estrictas para la competición, impedían realizar cambio alguno una vez confirmado el once titular. Los yugoslavos solicitaron una demora de quince minutos, el tiempo suficiente para que su organizador recuperase la conciencia y pudiese estar a punto para disputar el choque. Los brasileños, por su parte, y conscientes de la relevancia que otorgaba Mitic a su rival, impusieron la necesidad de jugar y el colegiado, demostrando un inexistente sentido del decoro, ordenó a los equipos saltar al terreno de juego.

Mitic regresó al cuarto de hora, justo el tiempo de cortesía que sus compañeros habían solicitado, pero en aquellas circunstancias, haber jugado quince minutos en inferioridad ante la imparable selección brasileña suponía poco menos que un suicidio. Ademir marcó a los cuatro minutos y más tarde Zizinho repetiría faena goleadora.

Ya con el partido a favor de Brasil y con una Yugoslavia exhausta por el esfuerzo, el inolvidable Griffihs rizó el rizo aplicando la normativa con una demora que rozaba el esperpento. Medio partido fue lo que tardó el juez en cerciorarse de que el jersey blanco que lucía el portero yugoslavo, era tan similar a las zamarras brasileñas que a alguien podría inducir a cometer un error de percepción. Mrkusic cambió el blanco por el negro y saltó de nuevo al terreno de juego, pero en el aire siempre quedó una pregunta ¿Hacen falta cuarenta minutos para darse cuenta de algo tan evidente?

Minutos antes de la final ante Uruguay, el presidente de la federación brasileña se introdujo en el vestuario brasileño para obsequiar a cada jugador con un reloj de oro grabado con una leyenda que se convirtió en maldita: "Para los campeones del mundo". De igual manera, preparó once limusinas en la puerta del estadio para que se encargasen de devolver a los héroes a sus hogares tras el partido. Las imprentas del país ya tenían las prensas calientes para imprimir la portada de los campeones, las carrozas de carnaval esperaban impacientes en las calles de Río, la Casa de la Moneda brasileña acuñó una colección de monedas conmemorativas con el nombre de cada jugador nacional, la banda de música nacional acudió a Maracaná para tocarle al campeón sin una partitura del himno uruguayo y el presidente de la F.I.F.A, Jules Rimet, guardaba en su bolsillo un discurso de homenaje escrito en portugués. Todo estaba escrito de antemano.

El gol del empate, marcado por Schiaffino, no amedrentó a un estadio abarrotado de brasileños alborozados por la victoria. El empate era bueno para Brasil y el campeonato, por tanto, era cuestión de minutos. Por eso, el gol de Ghiggia significó una puñalada en el corazón de cada espectador. Maracaná enmudeció. Y Ghiggia, que anticipó una década la presencia de los sonidos del silencio que intentaron describir Simon y Garfunkel, describió así la jugada del gol: "Me fui derecho al arco con poco ángulo. Cuando un defensor me salía a cruzar y Barboza se abría para cortar el centro, tiré al arco y entró. Barboza hizo la lógica y yo la ilógica". Así de simple.

Minutos antes del final, antes del segundo gol de Uruguay, Jules Rimet se retiró a las dependencias del estadio para preparar el protocolo de homenaje al campeón. Cuando le dieron el visto bueno para entrar en el césped, Maracaná estaba mudo y el presidente sospechó que algo raro había ocurrido. Tomó la copa y se dirigió al capitán brasileño para entregársela en el ejercicio de su lógica al tiempo que comprobó como se precipitaban los acontecimientos. Obdulio Varela se acercó con el pecho alzado y le arrebató la copa de las manos para levantarla hacia el cielo. Fue el único grito que se escuchó en Maracaná; las doscientas mil personas restantes guardaban un doloroso silencio.

La historia, a pesar y en consecuencia de todo, fue injusta tanto para los vencedores como para los vencidos. Miles de brasileños, sumidos en un proceso depresivo optaron por morir a afrontar la derrota, algunos jugadores, mención especial para el portero Barboza, fueron acusados de malditos y el color blanco fue declarado improcedente y desapareció para siempre de las equipaciones cariocas.

Al negro Varela no le fue mucho mejor. Tras alcanzar la gloria y el estatus de Dios para sus paisanos, el tiempo fue demacrándole y olvidando todo lo que entregó por Uruguay. Vivió rico en honores pero murió en la más absoluta miseria, agarrado a un recuerdo brillante y suplicando una limosna que nunca le llegó. Pese a la victoria, no hubo medallas de oro para los ganadores. El reparto fue tan vergonzoso como la injusticia que desprendía; para los directivos uruguayos el metal dorado, para los futbolistas medallas de plata. Puede que los acontecimientos se hubiesen concentrado para jugar en contra del gran Obdulio, pero él nunca callaba ni nunca calló. Con la copa en las manos y sentado en el avión que les había de devolver a Montevideo, el piloto indicó que el aparato no despegaría hasta aligerar su peso. El capitán se levantó y sujetó el hombro del dirigente que les había ninguneado durante todo el torneo. "Usted abajo", le ordenó. Genio y figura. Hasta la sepultura.

Más historias y anécdotas sobre este y otros mundiales en próximos capítulos de esta nueva sección.

10 comentarios:

Paolo Maldini dijo...

Ahí está la muestra de que no hay que ser prepotentes, ni considerarse favoritos.

Excelente lo de Uruguay, que a partir de ahí ha decaído enormemente en mundiales.

piterino dijo...

Tre-men-do. Gran post, me ha encantado, una historia que da muchísimo de sí la del Maracanazo y el Mundial del 50.

Enhorabuena!

Alvaro Cabrera dijo...

Pablo, excelente el post esta historia la conozco bien como todo Uruguayo. En 10 días se cumplen 57 años de la hazaña en Maracaná y posiblemente para el informe de mi blog cite información de tu post si es que no te molesta.

"Sólo tres personas en la historia han conseguido hacer callar Maracaná con un solo gesto: el Papa, Frank Sinatra y yo"
Alcides Edgardo Ghiggia

Un abrazo
Alvaro
www.blogcarbonero.blogspot.com

Alvaro dijo...

Qué bonito Pablo, precioso, me ha encantado, de verdad.
Había oído eso del Maracanazo, pero nunca supe como sucedieron los hechos.
Los has explicado magnífica y espléndidamente bien. Ha sido el mejor post que te he visto escribir. Felicidades, de verdad.
Saludos.

zaragocista dijo...

Buenísimo el post. Había leído de parte de Julio maldonado algun trozo de lo ocurrido aquél día, pero tu lo haces con mucho más detalle. Lo cierto es que significó un cambio de la manera de pensar en Brasil.


Saludos.

Javi dijo...

Sencillamente eres el puto amo. Y con la capacidad que tienes, espero próximos post de este tipo, sublime.

Me siento muy afortunado de poder leerte, gracias una vez mas.

Un abrazo

Pablo dijo...

@ todos

Me faltarían palabras para agradeceros todas vuestras palabras. Vuestros ánimos me ayudan a seguir escribiendo. Gracias a vosotros por seguirme. Gracias por todo, de corazón.

Anónimo dijo...

Hubo devolución de atenciones, poco recordada: en 1970, la FIFA cambió su propia programación, y en vez de hacer viajar a Brasil de Guadalajara a México para la semifinal contra Uruguay, hizo lo contrario. Ganó Brasil y fue la última actuación destacada de la celeste en un Mundial de adultos.

Stubbins dijo...

Excelente post Pablo. Muy buena la introducción con los hechos históricos a nivel politico-social para entender la época. Me sumo a todas las felicitaciones. Muy grande!!

Una vez leí en un libro sobre los mundiales, que al finalizar el partido, hubo seguidores que se tiraban desde 2a grada hacia abajo, ocasionándose la muerte, claro está. Tu has apuntado algo así en el post (morir o afrontar la derrota). Me parece muy fuerte, no se hasta que punto se trataba de adornos periodísticos de un macabro excepcional, o bien, sucedió así realmente.

Shankly decia aquello de "El futbol es algo más importante que la vida o la muerte" pero tampoco hay que tomárselo al pie de la letra.

Lo del Capitán charrua en el avión es dignísimo.

Suca dijo...

Muy bueno, sí señor. Lo has explicado de forma magnífica sin ser demasiado largo. A mí me ha enganchado el post desde luego. Me uno a quien dice que ha sido tu mejor post (creo que es Álvaro). Enhorabuena.