
Desde ahora sabemos que en Boston y en Puerto la Cruz también se juega al fútbol, sabemos que los titulares del campo están muy lejos de la excelencia de nuestros internacionales, que poco a poco se van cerrando las heridas por los recientes regalos en forma de prestigio y que, además de para hacer ricos a un par de federativos, estos amistosos no sirven para nada.
Sirvieron, al menos, para engrosar las estadísticas, para darnos cuenta, si es que se nos había olvidado, de que Silva es un jugador extraordinario, que Xabi se siente más libre sin Xavi, que Busquets es el amo del terreno y que Villa sigue sin tener límites. Aparte de lo que ya sabíamos, hemos ratificado a Cazorla como el gran ausente de nuestro mundial, a Negredo como una amenaza para Torres y a Borja Valero como una alternativa más que válida a lo mucho y bueno que tiene por detrás.
Más allá de lo anecdótico nos quedamos con lo cotidiano, y es aquí donde lo normal se convierte en sorprendente. Hace tres años, divagábamos por el planeta sin rumbo ni sentido, cualquier buen partido era consierado como pan para hoy y hambre para mañana, cada gol era un dato y cada victoria era el alargamiento de una agonía. Ahora jugamos tan bien que a nadie le extraña que marquemos siete goles en dos partidos, aunque sea contra dos selecciones de un par de escalones por debajo de nuestro nivel. España ha encontrado su ADN y ahora le toca a la genética de nuestra cantera trabajar para que la herencia no sea un papel que se pierda con el viento.
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