
Los Beatles, que habían tomado su
nombre de un cruce entre un escarabajo (Beetle en inglés) y el ritmo musical
conocido como “Beat” que arrasaba en Inglaterra a principios de los años
sesenta, se había convertido en poco menos que mitos en tan solo cuatro años
dentro de la escena musical. En Inglaterra fueron elevados a la categoría de
Dioses al tiempo que sus canciones se convertían en auténticos himnos de la
noche, en España, sin embargo, el régimen franquista consideró sus melenas
alborotadas y su música desenfrenada, como un pecado mortal y fueron
considerados como cuatro enviados del infierno a los que había que exorcizar de
cualquier manera. Pero España, igual que Inglaterra y el resto de Europa,
incubó sus fans y la música beat fue haciéndose poco a poco un hueco hasta
terminar por imponerse.
Los Beatles lanzaron su primer éxito
en 1962, y ese mismo año, Bob Bishop, ayudante de Busby en el Manchester
United, envió a la sede del club un telegrama escueto pero claro desde una
oficina de Belfast: “He encontrado un genio”. Busby no tardó en viajar a
Belfast y buscar en sus calles a aquel chico del que Bishop había quedado
totalmente prendado, cuando lo encontró se frotó los ojos y dio gracias al
cielo por aquel regalo; a fin de cuentas, el cielo, el fútbol y el destino aún
le debían una.
Busby cogió al chico del brazo y se
lo llevó a Inglaterra sin apenas pedirle opinión; estaba claro que para reinar
en el fútbol hacía falta alinear a muchos jugadores buenos y a un jugador como
él, rápido, hábil, valiente y decisivo, con el aliciente de ser, de entrada, el
mejor, en el mismo significado de su apellido: Best.
George Best viajó a Manchester un
par de semanas después de la mano de su buen amigo Eric McMordie, probaron con
el United, fueron elegidos y dos semanas después regresaron a casa derrotados
por la nostalgia. Best
regresó a las calles y Busby regresó a Belfast, tenía clara la intención de
convertir en estrella a aquel muchacho desgarbado y no iba a aceptar un “no”
por respuesta. Y le costó. Le costó tanto que fue el propio padre del muchacho
quien tuvo que hacerle la maleta y obligarle a buscar un futuro esplendoroso
que en Belfast no iba a encontrar nunca.
Así fue como Best se convirtió en
futbolista para, poco después, convertirse en genio e ídolo de toda una
generación de jóvenes ingleses que habían dejando atrás su adolescencia para
soñar con ser un Beatle o convertirse en un futbolista imparable como George Best.
Mientras tanto, en España, Santiago
Bernabéu intentaba regenerar de nuevo al Real Madrid después de varios fracasos
consecutivos en la Copa
de Europa. Para un equipo que se había acostumbrado a la victoria como un
millonario se acostumbra al lujo diario, perder una final de la máxima
competición se convirtió en una decepción sin límites, cuando mucho más la de
perder dos. Así, tras caer derrotado ante el Benfica en la final de 1962,
Bernabéu considero que había que imponer un nuevo estilo y contrató a Amancio,
Zoco, Muller y Yanko para intentar darle un aire de juventud y desparpajo a un
equipo que comenzaba a notar el peso de los años. Aunque la derrota que más
dolió a Don Santiago fue la sufrida ante el Inter de Milán en la final de 1964
tras la cual mantuvo una dolorosa discusión con Alfredo Di Stéfano que terminó
con un irrepetible ciclo de once años de “La saeta rubia” con la camiseta
blanca del Madrid y al equipo vacío de un líder y una seña de identidad.
Pero ni Santiago Bernabéu ni George
Best eran dos personas que se arrugasen ante las derrotas, el destino y los
rivales. Al primer jugador que contrató Don Santiago para suplantar a Di
Stéfano fue Grosso, a quien heredar la camiseta de su ídolo le iba a costar un
poco más de lo que le había costado asegurar decenas de goles visitiendo la
camiseta del Atlético de Madrid. Y al primer rival al que se hubo de enfrentar
Best fue Graham Williams, el mismo defensa que años después le pidió por favor
le dejase ver su cara durante unos segundos porque durante todos sus
enfrentamientos lo único que había podido ver de él era su trasero desaparecer
pegado a la banda.
Al tiempo que todo esto ocurría, una
canción de los Beatles se había introducido en España incubándose como un
pequeño himno de juventud debido a la sencilla pronunciación de su estribillo.
Toda la modernidad española se compilaba en aquellas dos simples sílabas que
dejaban caer los cuatro chicos de Liverpool siempre que entonaban aquel rítmico
“She loves you”… “Yeah Yeah”. Un Yeah Yeah que creció como un canto de rebeldía
y terminó bautizado como un españolizado “ye-yé” que marcó un antes y un
después en el panorama musical español. Y mientras la popular Conchita Velasco
suplicaba a su amor para que buscase su particular chica ye-yé, el joven equipo
del Real Madrid demostraba su desparpajo e implicación con la victoria en cada
partido disputado hasta terminar convirtiéndose de nuevo, como años atrás, en
el símbolo de identidad de todo un país. Para los más castos era el vivo
ejemplo de una juventud disciplinada y entregada a la causa de defender el
nombre de su país, para los más rebeldes era la imagen donde reflejar sus
sueños de juventud; un grupo de jóvenes desgarbados que jugaban para divertirse
y para demostrar que el progreso podía enfrentarse a los valores tradicionales.
Y para la prensa, era el reclamo perfecto en el que ensalzar sus titulares, y
fue la prensa, y no los españoles de a pie, quien fotografió a los jugadores
del Madrid con una peluca al estilo Beatle y quien, a raíz de aquello, bautizó
al equipo como “Real Madrid ye-yé”, en honor al cambio generacional que estaba
abriendo, poco a poco, los ojos a todo un país.
La delantera del equipo ye-yé la
formaban cinco hombres: Amancio, Serena, Grosso, Velázquez y Gento, y Los
Beatles estaban formados por cuatro miembros: John, Paul, George y Ringo. Por
lo tanto, hacía falta la elección de un quinto miembro para que la famosa banda
de música igualase en número a la imparable delantera del Real Madrid, y,
curiosamente, fue el fútbol y no la música la que aportó a Europa aquel quinto
miembro tantas veces buscado y añorado. El Real Madrid ganó aquella edición de la Copa de Europa logrando que
once españoles engrandecieran al valor de una patria que comenzaba a pudrirse,
pero unos meses antes, el Benfica portugués, donde Eusebio seguía haciendo
magisterio, sufría su primera derrota en casa en toda la historia de la Copa de Europa por un
doloroso uno a cinco ante el Manchester United. En aquel partido destacaron la
elegancia de Bobby Charlton y la excesiva dureza de Nobby Stiles, pero por
encima de todos, destacó la imparable figura de George Best, autor de dos goles
y de más de una docena de jugadas inverosímiles.
Toda Europa se levantó impresionada aquella mañana
de invierno; Inglaterra despertó con titulares de grandeza y el resto del
continente se despertó con titulares de asombro y admiración, y entre todos
ellos destacó el titular aclaratorio de la prensa portuguesa que había sufrido
en sus carnes la humillación del equipo más condecorado de su país. Un titular
que incluía a Best en el olimpo de los dioses, un titular que dictaba los
valores de un jugador llamado a convertirse en ídolo de masas, un titular que
hablaba claro sobre la revolución que había supuesto la aparición de aquel joven
en el césped del Estadio de La Luz,
un titular que decía: “El Quinto Beatle”.
1 comentario:
En mi blog habló de jugadores conocidos por sus hazañas nocturnas , quien mejor que Best "el quinto Beatle " como referente principal allá por los 60 .
Un saludo
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