Si
algo debe tener claro un equipo de fútbol es que jugando mal no se llega a
ningún sitio. Durante algún tiempo, se hizo extensible una falacia que, de
tanto ser contada, terminó alcanzando tintes de verdad a medias, esa que,
aplicada al análisis, termina siendo la peor de las mentiras. A medida que el
Atleti iba ganando partidos, superando barreras y desmitificando populachadas,
se dictó, por norma, que el juego del equipo era bronco, estúpido y aburrido.
No siempre fue así. Mientras el equipo se instaló
en la grandeza más absoluta, dejó en el tintero más de una docena de partidos
memorables y gestas en estadios donde solamente los valientes son capaces de
escribir páginas de memoria. Todo cambió el día que Simeone vio a su equipo
agotado y decidió jugarse el cartucho de toda una final de la Champions League
a la lotería de los penaltis. El derbi, el mismo duelo que le había coronado
como estratega en partidos anteriores, se convirtió en su tumba mediática. A
raíz de entonces, el equipo se contagió de la palabra ajena y se convirtió,
durante muchos meses, en una conjugación más cercana a la nada. Aunque tuvo
excesos de grandeza contagiándose del ánimo de su propio discurso, aquellos
lodos fueron fabricando un barro tan pesado que cualquier paso, a lo largo de
las temporadas, cuesta aún más que el anterior. Le cuesta combinar, le cuesta
presionar y, por ende, le cuesta un mundo ganar. Una pésima señal es la de
terminar dando la razón a tus detractores. Una señal aún peor es la de caminar
cuesta abajo y sin frenos. O mejora su fútbol y, sobre todo, o mejora su
condición física y anímica, o el Atleti se encamina al abismo.
Ecuaciones
Hace 3 días
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