lunes, 20 de diciembre de 2010

El principito

Había un tipo con la cadera ancha, las piernas poderosas y una pierna izquierda que era un regalo de los dioses. Solía arrancar desde la línea de tres cuartos y, generalmente, terminaba la aventura en la celebración de sus propios goles. Fue santo en Zaragoza, patrón celeste en Roma y rey neroazurro en Milán. No había medias palabras en su juego, solamente verdades, disparos a la escuadra, redes tambaleantes y carreras inalcanzables.

Parecía físicamente poco dotado pero cuando se le veía parar la pelota era cuando nos dictaba el texto de nuestra equivocación. Muchas veces le admiramos y muchas más veces le consideramos como el tipo con el que siempre habíamos soñado. Después de batir a Urruti con aquel disparo lejano y después de pasear su gloria ante los aplausos sinceros de la afición zaragocista, emigró a Italia para hacer fortuna allá donde los grandes tipos se ganaban el pan, el prestigio y los galones.

Le apodaron "El principito" porque en su tierra ya había un principe. Él no era Francescoli, no tenía su ingenio a la hora de pensar en espacios cortos, la inventiva del pase, la iniciativa del sosiego en el centro del campo. Pero más allá de las comparaciones, el tipo supo hacer fortuna sobre los terrenos de juego. Era más que un centrocampista, era un huracán que arrancaba desde la segunda punta, un torbellino que regateaba en largo y disparaba a los ángulos como un delineante de celebraciones. Han pasado ya algunos años desde que alzó la mano para despedirse y los que le vimos sabemos que resultará muy difícil olvidarse de él.