jueves, 10 de marzo de 2011

La sirena

La gente acudía alborozada a Parkhead porque les habían dicho que existía un jugador capaz de saltar como una pulga y rematar como un oso. La gente, vestida de verde y blanco, llenaba las calles del este de Glasgow imaginando un nuevo vuelo, un nuevo remate, un nuevo gol. Fueron muchos sueños hechos realidad y muchos aplausos arrancados desde el corazón de las viejas gradas del Celtic Park. Allí jugaba un tipo de escasa estatura y enorme ímpetu. Se movía en el aire como un pez puede hacerlo dentro del agua; con soltura, agilidad y descaro. Fue por eso que le apodaron "La sirena" y fue por sus goles que la historia le recuerda como uno de los mejores futbolistas escoceses de todos los tiempos.

Jimmy McGrory es, sin duda, una de las tres mayores leyendas de la historia del Celtic Football Club de Glasgow. Como jugador levantó dos ligas y cinco copas y como entrenador sumó otros cinco títulos más. Era un tipo generoso en el esfuerzo y listo como pocos. En el área no tenía rival y fuera del césped no tuvo pensamiento para otra cosa que no fuese el Celtic.

McGrory se crió jugando en las calles de Glasgow y en cada partido de fútbol soñaba con ser delantero del Celtic. Su sueño se cumplió pronto, pero antes de dar rienda suelta a sus ilusiones, hubo de pasar por una dura infancia y una difícil adolescencia. Su madre, mujer entregada a la educación de sus hijos, murió cuando él sólo tenía doce años. Episodios así marcan el carácter de cualquier persona. Madurar como un adulto le supone a un niño adelantar varios años su ciclo intelectual. McGrory debutó siendo un adolescente como jugador profesional, pero en sus hechuras se adivinaba el carácter de un veterano de guerra.

Durante dieciocho años, de 1922 a 1940, Jimmy McGrory fue la gran estrella del Celtic. Jugaba de nueve, de ariete clásico. Lo suyo era desmarcarse de la jugada, buscar el área y rematar los centros. Parecía un trabajo sencillo, pero no todos lo sabían hacer y él convirtió su tarea en un manual para los futuros aspirantes a delantero centro. Ellos, sus admiradores y también sus críticos, hubieron de asombrarse enormemente mientras vieron discurrir el mes de diciembre de 1927. En el espacio de treinta y un días, el Celtic jugó ocho partidos, Boxing Day incluido, y McGrory anotó veintiún goles. Algunas cifras simplemente hablan pero hay otras que asombran.

La estela de mito viviente le persiguió más allá de su carrera como futbolista. Una vez hubo dejado los pantalones cortos en la caseta y se hubo enfundado el traje de entrenador, la gente siguió adorándole porque lo suyo fue dictar lecciones de vida a lo largo de su carrera. Hubo una final de la Scottish FA Cup en la que el Celtic ganó al Rangers por siete goles a uno. Fue en 1957 y McGrory dirigía, desde el banquillo, al equipo de sus amores. Desde la grada surgió un cántico; "Hampden in the sun". Desde entonces, los aficionados del Celtic entonan la misma letra en cada partido como homenaje al primer hombre que les hizo realmente felices.

A pesar de su contrastada fama como aniquilador, McGrory solamente vistió en siete ocasiones la camiseta de Escocia. Eran tiempos en los que las convocatorias se limitaban a once hombres, tiempos en los que los cambios no estaban permitidos, tiempos en los que la competencia era feroz y tiempos en los que el calendario impedía jugar más de un par de partidos internacionales al año. A McGrory, como a tantos otros, le tocó ser contemporáneo de un jugador fuera de serie. En su caso, el delantero que le cerraba las puertas del equipo nacional, se llamaba Hughie Gallacher, un tipo de cuatrocientos goles en su currículum y una lágrima de emoción en el recuerdo de cada viejo aficionado del Newcastle.

Gallacher había sido un joven que, como McGrory, se había visto obligado a trabajar desde pequeño para salir adelante. Quizá fuese por el recuerdo de las épocas más difíciles, el no haberse podido negar al brillo de las libras inglesas. Fichó por el Newcastle para hacer fortuna y forjar una leyenda mientras en Escocia, cientos de buenos futbolistas se veían obligados a vender caro su esfuerzo por un puñado de billetes.

Como la de Gallacher, la fortuna de McGrory también hubiese podido incrementar si hubiese aceptado la tentadora oferta que el Arsenal le puso sobre la mesa: un sueldo diez veces mayor al que cobraba en el Celtic y la oportunidad de jugar en el equipo de moda en las islas. Pero McGrory prefirió ocho a ochenta, prefirió seguir jugando a dos manzanas de su casa y prefirió seguir cumpliendo todos los sueños que había ido anotando en su libreta de asuntos pendientes desde que era un niño.

El pequeño Jimmy había aprendido a forjar su carácter en las calles de Glasgow y no quería salir de allí mientras le quedase un soplo de vida. Mientras veía a su padre marchar a la fábrica de gas y acudía a recibirle doce hora más tarde, aprendió que el sudor no se regala y que el esfuerzo es el principal camino hacia la meta. No tuvo tiempo para navegar en lecciones de matemáticas, ni para estudiar anatomía. Lo suyo fue trabajar y jugar al fútbol. No tuvo recursos para nutrirse como un niño sano y hubo de conformarse con un metro sesenta de estatura. Pero nunca le puso reparos al destino. Aunque bajito, era valiente, aunque poco formado, era listo. Jugando para el Celtic y luchando por el Celtic llegó a romperse la nariz y la mandíbula. No había defensa que le amilanase, no había balón que no rematase.

Tenía sólo dieciséis años cuando firmó su primer contrato como profesional. En el barrio se hablaba de un diminuto juvenil que, en cada partido de barro y descampado, hacía goles como rosquillas. El San Roque Juniors, modesto equipo de Glasgow, le firmó un contrato y apenas un año más tarde ya era propiedad de Celtic. Atrapado en su propio sueño, Jimmy hubo de despertar durante un primer año difícil. Debido la desconfianza expresada por su entrenador a causa de su corta edad, el equipo de los católigos de Glasgow le cedió a préstamo al Clydebank. No pasó mucho tiempo allí porque apenas media temporada y una docena de goles después, el Celtic le recuperó para la causa. Fue una gran noticia que se disipó con las horas. Poco antes del debut, McGrory recibía el varapalo de la muerte de su padre debido a un colapso cerebral en una de las horas de descanso en la jornada laboral. Sin tiempo apenas para afrontar el hecho y con el cuerpo recién enterrado, Jimmy McGrory vestía por vez primera la camiseta del Celtic de Glasgow. Aquella tarde anotaría el primero de sus quinientos cincuenta goles como profesional, goles que, poco a poco, fueron cicatrizando una herida en el alma y que, con el tiempo, forjaron el corazón de un mito inolvidable.

Aquella fue la primera piedra de un monumento al fútbol que fue erigiendo durante casi dos décadas. En 1927 anotó cuarenta y nueve goles en liga y, en 1929 fue más allá en su hazaña perforando las porterías contrarias en un total de cincuenta ocasiones. Era, junto a Dixie Dean, el gran goleador británico de la época. Un tipo pequeño pero rudo, menudo pero listo, no muy rápido en carrera pero fugaz en la ejecución. Un pequeño diablo que, pese a no superar el metro setenta de estatura, anotó casi doscientos goles de remate de cabeza. Son las cifras de un jugador que se convirtió en mito y un entrenador que se convirtió en leyenda.

Cuando abandonó el fútbol, fue sucedido por una generación ilusionante, comandada por el irlandés Tully, que supuso una transición entre épocas de cifras inolvidables y épocas de gloria inolvidable. Y cuando abandonó el banquillo, fue sucedido por un tipo llamado Jock Stein y que el tiempo situó en el olimpo de los dioses más venerados de la zona este de Glasgow. Ambos, McGrory y Stein fueron prácticamente contemporáneos hasta en la hora de la muerte. El corazón de McGrory se paró en octubre de 1982 y el de Stein, que había aprovechado a la perfección el trabajo de su predecesor, lo hizo en septiembre de 1985, minutos después de dirigir la victoria de Escocia sobre Gales en partido valedero para la clasificación para el mundial de México.

Ambos, instituciones inmortales, serán recordados en el Celtic como dos de los pilares más importantes de la historia del club. Pero si hay que hablar de un goleador, el nombre perfecto es el de James McGrory, el hijo de inmigrantes irlandeses que anotó cuatrocientos diez goles en liga vistiendo la camiseta del equipo de su vida y que engrosó las estadísticas hasta convertirse en uno de los mayores goleadores de la historia del fútbol británico.