Barcelona
era una ciudad acomplejada futbolísticamente. Atrás quedaban los años de fuego
bajo la batuta de Kubala. Quedaba la añoranza y el pesimismo. El aficionado
culé comenzó a convertirse en un tipo que nacía escéptico y moría pesimista. No
había motivo para la satisfacción y, lo que es peor, apenas quedaba un motivo
para la alegría. Pero entonces llegó él; tan flacucho, tan ágil, tan veloz, tan
perspicaz. Se presentó en sociedad en la víspera de Nochebuena, hacía frío, pero la gente estaba ansiosa por verle. El rival, el
Atlético de Madrid, no era el mejor socio de fatigas. La mayoría se veía
regresando a casa con el mismo frío con el que llegaron, pero, además, con una
nueva derrota en el zurrón. No había sido un gran comienzo de temporada. Habían
perdido mucho y solamente, una semana atrás, habían arrancado una victoria en
Granada gracias al trabajo bien culminado por su nueva estrella. Recibieron a
Cruyff con aplausos; la expectativa les incitaba a ser optimistas, al menos
durante los cinco minutos previos al partido, y le despidieron con vítores; el
asombro les había obligado a ponerse un nuevo ídolo por montera. Mediado el
partido habían sido testigos de un hecho sin precedentes: un balón largo, a
ninguna parte y el salto de un gamo rematando a contracorriente. Lo llamaron
“el gol imposible”, y quien tuvo la oportunidad de verlo aún lo sigue
aplaudiendo.
Ecuaciones
Hace 2 días
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