
Lo más duro de saberse mejor que el resto es no
terminar de encajar que puede que alguien sea mejor que tú. Durante sus dos
ciclos como presidente del Real Madrid, Florentino Pérez no ha escatimado en
gastos; con mayor o menor fortuna, los mejores futbolistas del mercado han
terminado jugando en el equipo blanco. La gloria, hablando en liga, algo más esquiva durante esta segunda etapa, fue mucho más sonora en sus inicios, cuando de
la mano de los conocidos como galácticos, el equipo conquistó en dos ocasiones
la competición doméstica.
Nadie puede negar el esfuerzo económico realizado por
el presidente del Real Madrid para conseguir que un puñado de extraordinarios
futbolistas vistiese la camiseta del equipo. Cristiano Ronaldo es un futbolista
superlativo que en ocho temporadas y media ha dejado la escalofriante cifra de cuatrocientos
cincuenta goles. Kaká llegó como el último balón de oro terrenal. Ozil era el
futbolista alemán con mayor proyección. James contenía una zurda de dibujos
animados. Isco llegó después de convertirse en el mejor futbolista del Europeo
sub 21 que España terminó ganando por la vía del aplastamiento. Varane es el
mejor defensor joven del momento, Kroos llegó después de convertirse en
flamante campeón de Europa y el mundo, Modric y Bale llegaron después de ser
considerados como los mejores futbolistas de la Premier League. Xabi Alonso,
Albiol y Arbeloa, formaban parte del grupo español que había conquistado el
mundo. Y otros, como Benzema, Di María o Khedira llegaron como algunos de los
mejores futbolistas jóvenes del momento. Entonces, después de tal cantidad y
calidad en los fichajes ¿Qué ha podido pasar para que los resultados en liga no
hayan sido exactamente los previstos? La respuesta es fácil de decir y quizá no
tan sencilla de asumir. Lo que ha ocurrido se llama Lío Messi.
Durante los años cincuenta, un suceso en el planeta
fútbol cambió el sentido de la victoria haciéndole tomar un casi eterno puente
aéreo. El Barcelona, que durante el comienzo de la década había formado un equipo
vistoso y casi temible, encadenó cinco victorias consecutivas en la Copa del
Rey y se alzó con los campeonatos de liga en 1952 y 1953. Eran años prósperos y
felices, pero entonces en Madrid aterrizó una Saeta Rubia y el equipo blanco de
la capital comenzó a ganar ligas como quien gana partidas de póker con las
cartas marcadas. Desde la ciudad condal, se quería hacer ver que su jugador
fetiche, Ladislao Kubala, era realmente el mejor futbolista del mundo. Incluso
el gran Joan Manuel Serrat se encargó de glosar en una canción su preferencia
por el húngaro. A Kubala se le sumaron los magníficos Kocsis y Czibor, llegó
Luis Suárez y se mantuvieron los eternos Gensana, César o Evaristo. Hubiese
sido un equipo temible de no haber contado con un rival superior y el único
trofeo que pudieron gobernar fue la Copa de Ferias. Justo el torneo que el Real
Madrid no jugaba.
Siempre nos han hablado Di Stefano como el hombre
orquesta que gobernaba los partidos de cabo a rabo. Nos decían que era capaz de
iniciar la jugada desde su área, combinar tirando paredes, dejar sentados a un
par de rivales y lanzar a un compañero de cara a puerta o terminar el mismo
rematando la jugada dentro del área. Uno ve a Messi en cada lance, emulando el
mismo partido que ya ha jugado unas doscientas veces, y no puede sino evocar
todo aquello que le contaron los más viejos del lugar. El tipo que gobierna el
juego, que se asocia con todos, que lanza a sus delanteros, que inicia con un
dribling, una pared o un robo y que, en muchas ocasiones, culmina su propia
jugada con un remate, casi siempre, junto al palo, el lugar más dañino para un
portero.
Éste, como aquel, no da tregua a la derrota. Éste,
como aquel, contagia a todo a su equipo, quien se ve obligado a ganar por la
vía del aplastamiento con tal de no dejar atrás tamaño derroche de virtudes.
Éste, como aquel, convierte a sus compañeros, algunos buenos futbolistas, en
futbolistas extraordinarios. Porque éste, cómo aquel, convierte cada partido en
historia y cada temporada en portada de la épica del fútbol.
Tipos así nacen cada cincuenta años. Son
interacciones planetarias o designios de algún Dios. Nacerá otro igual, o quizá
mejor. No se sabe. Volverá a jugar aquí o quizá lo haga en otro lugar, lo que
seguramente ocurra es que dejará a todos sus rivales por el camino; quien
quiera destronarle gastará una fortuna y reiniciará sus proyectos una y otra
vez. Alguna vez caerá, pero se levantará más fuerte y quienes lo disfruten le
recordarán para siempre. Quienes le sufran no tendrán otro remedio que esperar
a que la llama se apague, se inicie un nuevo ciclo y, con la tecla de reinicio
pulsada, esperar a que una nueva etapa comience de cero. Entonces, cualquier
fortuna, probablemente, volverá a valer un puñado de títulos.
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