
Nada ofrece mayor compostura moral que las victorias. De este modo, el gol postrero de Ceballos en el Villamarín supuso una especie de lanzadera desde la que el Madrid encontró el impulso necesario. De verse muy lejos pasó a verse, como mínimo, igual, y eso era demasiado premio para un equipo que había vagado por el desierto durante el primer tercio de la temporada.
El Madrid ha encontrado el juego, la alegría y ha recuperado el vigor que, cada fin de temporada, le pone en el primer lugar del escalafón del favoritismo. Es un equipo que, cuando juega con fe, es casi imparable. Bien es cierto que las últimas victorias han llegado ante equipos de escalón bajo y en forma decreciente, pero contra equipos así ha jugado los anteriores cuatro meses y ha tropezado, una y otra vez, con la misma piedra.
La recuperación se ha cimentado en la recuperación para la causa de los tres viejos pistoleros. Ramos se ha eregido en capitán, Modric en timonel y Benzemá en artista. Cada uno, en su papel, ha ido contagiando el ánimo a sus compañeros y es que tener a los mejores del mundo implica que, quienes no lo son, terminen siendo aún mejores jugando a su lado. Vinicius, Ceballos, Llorente, Reguilón. Sangre joven al servicio de la veteranía. En la batalla, los galones son consecuencia de la implicación.
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