Los análisis en caliente conllevan reacciones extrapolables. Uno puede
mirar al resultado y hacerse cruces con la pataleta o puede analizar las
fases del partido y encontrar un motivo para la esperanza. El gran
error del Madrid, más allá del desborde mental de los últimos minutos,
fue el de regalar cuarenta y cinco minutos. Más allá del arranque de
furia y orgullo de los primeros veinte minutos del segundo tiempo, jugar
a remar contra uno de los mejores equipos del mundo es como
salir a correr después de haberte disparado en el pie. El Barça,
durante el primer acto, entendió el juego de presión como el camino de
baldosas amarillas. Inocuo en el juego y extrañamente incompetente, el
Madrid miraba e intentaba buscar a Bale sin saber, aún, si el galés
entró en el partido. Pero, más allá de la manita, quedaron veinte
minutos de apogeo en los que el equipo arrancó el cuajo y soltó la
anarquía. El problema de jugar a cara o cruz contra el Barça es que, por
más que domines, siempre habrá un momento en el que te encuentren la
espalda. Valverde interceptó el éxtasis con los cambios y supo que, si
había que correr hacia adelante, nadie mejor que Dembelé para dar
frenesí al ataque. Era un cara o cruz. Modric y Suárez dispararon al
palo, Benzema cabeceó fuera en posición favorable y Suárez cabeceó
dentro en posición forzada. Los días, como los bombones de la caja de la
película, son dispares y caprichosos. El día que entran, entran. Hace
días comenté, ante el mal estado de forma de Suárez, que los futbolistas
se recuperan jugando. El uruguayo había reencontrado las sensaciones y
ayer reencontró el gol. El marrón de Lopetegui acabó en el peor
escenario posible. Pero los que hemos visto muchas veces esta película
sabemos de sobra que, cuanto peor está el Madrid en noviembre, más
favorito se convierte de cara a marzo.
Ecuaciones
Hace 2 días
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