viernes, 12 de noviembre de 2010

Una copa prostituída

Recitaba el gran poeta del Siglo de Oro, Don Francisco de Quevedo, aquel estribillo que se estableció en el vocabulario popular y que rezaba aquello de "poderoso caballero es don dinero". "Madre, yo al oro me humillo...", "Grandes clubes de nuestro fútbol, vuestros deseos sean órdenes". Aquello es lo que cantaba el poeta y esto es lo que parecen decir los dirigentes de una Federación que han dejado que una de las competiciones más antiguas y bonitas del mundo caiga en la deshonra.

"Madre, yo al oro me humillo...". Mirando hacia la expansión futbolística del continente, miramos (algunos) con envidia la maravillosa liturgia que, tradicionalmente, se ha organizado en torno a los torneos coperos de las principales potencias. Huelga hablar de esa FA Cup en la que el vencedor consigue tanta gloria como el campeón de liga o de esa copa alemana en la que, a menudo, un cabeza de ratón se escurre entre los tablones del vagón de las sorpresas. En Francia, el torneo sigue respirando aquel aire romántico que ni el drama de Furiani pudo deshacer, un torneo de cientos de equipos, profesionales y aficionados, en busca de un bocado de gloria y esperanza.

"Él es mi amante y mi amado...". No hace mucho de aquellas eliminatorias en el frío otoño español en las que un pequeño campesino con maza de hierro destrozaba al poderoso ejército de un general poderoso. Aquellas humillaciones, más que servir como ejemplo y motivo de admiración, fueron tenidas en cuenta como castigo a evitar. "Qué no vuelva a suceder", dijeron los jefes de la guardia real. Y no sucedió jamás.

"Pues de puro enamorado, de continuo anda amarillo...". Eliminatorias a doble vuelta en campo del grande, equipos de primera con el privilegio de entrar a jugar en las últimas rondas, diferencias económicas y deportivas insalvables, sueños rotos a media noche, ilusiones en el pozo de la cruel realidad.

"Que pues doblón o sencillo hace todo lo que quiero...". Lograron sus propósitos los grandes, la Federación prostituyó la Copa del Rey, el Madrid goleó al Murcia, el Barcelona arrasó al Ceuta, el Sevilla humilló al Real Unión de Irún y al Atleti le sobró un partido ante el Universidad de Las Palmas. Solamente Betis y Córdoba defendieron el orgullo de la Segunda División e hicieron saltar la caja, con un aplauso, aparte, merecido para un Portugalete que se marcha a casa sin perder ningún partido y dejando la sensación de que el Getafe estuvo más cerca del ridículo que de la misión cumplida.

Es lo que hay y es lo que seguirá habiendo. No habrá más finales entre el Mallorca y el Recreativo que colmen los sueños de dos ciudades fabricadas de una materia futbolística de bajas aspiraciones, no habrá más semifinalistas de segunda, ni más segundas b que gusten de emular el sueño de aquel Numancia del noventa y seis. Habrá un Barcelona, un Madrid, un Atleti, un Valencia, un Sevilla que engorden su palmarés. Ellos engordan con el dinero y los demás no tienen ni migajas. "Poderoso caballero es don dinero". Y que usted lo diga, Don Francisco.