
Competir, extendida la definición a un término pasional, se convierte en un ejercicio de fe cuando la pelota rueda y el público se vuelca, incesante, en ese laberinto de pasiones que representa el juego. Anfield encendió su mecha para remolcar a su equipo hacia la proeza, no necesitó de su gente el Tottenham para grabarse a fuego su condición de gladiador y pelear cada balón como si fuese el último. Cuando lo fue, la incredulidad pintó la mirada de los jugadores del Ajax y el éxtasis dibujó sonrisas de asombro en cada uno de los Spurs, porque tan sólo una hora antes eran carne de cañón y, gracias a la fe, terminaron convirtiéndose en héroes por derecho propio.
Esa tormenta perfecta que descargó el Liverpool sobre la moral azulgrana y ese torrente de idiosincrasia que derramó el equipo de Pochettino sobre el Amsterdam Arena no fueron sino la confirmación más palpable de que la Champions es el torneo de los torneos, que la gloria espera al más fuerte y que, más allá de la vistosidad, existe una competitividad tan salvaje que convierte en bello cualquier lance, porque nada nos gusta más que ver derrochar a cualquier tipo hasta la última gota de su sudor.
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