
Acudí a la
Casa de Campo en transporte público; metro, Lago, destino,
Expo Atleti. Mi amigo “el Rubio” llevaba la misma cara de ilusión que yo, pero
además llevaba colgada, por una cinta, del cuello, su cámara fotográfica,
dispuesto a inmortalizar momentos inolvidables. Nuestras sonrisas delataban
esperanza y nuestras miradas tenían un hilo de inquietud que sólo los que
desean ver algo saben entender.
Indi
correteaba con los niños mientras el hombre que sostenía su disfraz querría
haberse ahogado por todas antes de disimular semejante esfuerzo. Las banderas
oteaban el viento y las fotos de viejas glorias le daban un aspecto de añorada
grandeza a aquella exposición colchonera. Paseamos nuestras piernas por los
tenderetes y gastamos nuestras pocas pesetas de estudiantes en dos pequeños
posters del doblete. Vimos primero llegar a Vieri. Venía sonriente y charlando
amistosamente con Andrei Frascarelli. Los niños corrieron a su encuentro y las
niñas rompieron sus gargantas vitoreando su porte de latin lover. Pero nadie
consiguió nada. Primero porque la seguridad impedía a todo aficionado acercarse
a los jugadores y segundo porque Vieri se fue por el mismo lugar por el que
llegó. Entró, paseó, sonrió y se marchó por la puerta de atrás; nadie volvió a
saber de él a lo largo de la mañana. Y junto a él, Caminero y el propio Andrei
repitieron paseíllo. Infausto paseo para quien se levanta con un ídolo en la
cabeza y se duerme con una decepción sobrevolando sus sueños.
Pero
muchos otros niños pudieron hacerse eco de su orgullo en el patio del colegio
durante las semanas siguientes. Algunos consiguieron el autógrafo de Kiko,
otros el de Aguilera y hubieron otros que se llevaron la rúbrica de Juninho
junto al corazón. Aún puedo verme estrechando la mano de mis ídolos y dándoles
aliento en su camino hacia la gloria. Bejbl puso cara de no entenderme ni jota
y Toni sonrió cuando le llamé torero. Aquellos se estaban convirtiendo en
minutos de gloria.
Fue
entonces cuando miré hacia el fondo y descubrí a Radomir Antic envuelto en
multitud y vistiendo un cómodo traje de color oscuro. Mantenía en su rostro un
gesto de paciencia y en sus pequeños ojos se podía observar la ilusión de quien
añora conseguir un éxito que algún día tuvo en la punta de sus dedos. Le habían
comunicado que no seguiría el año siguiente en el club y él, aparentemente
ajeno a tal circunstancia, pero incómodo en su papel de aspirante a la gloria,
paseaba su bolígrafo por cada papel en blanco que le rogaba una firma.
Aguilera
nos dijo adiós a todos y Molina se marchó, con el semblante torcido, por la
misma puerta por la que antes se había marchado Christian Vieri sin inmutarse y
sin apreciar el ánimo que emanaba de cada uno de los corazones allí presentes.
El recinto quedó vacío en veinte minutos y todos los que habíamos acudido allí
para encontrar una imagen de portada para nuestros recuerdos, tuvimos que
conformarnos con un par de sonrisas y media docena de fotos aderezadas con un
puñado de autógrafos rubricados con presura.
Pero
el hilo de un rumor sobrevoló aquella parte de la Casa de Campo. Radomir, aquel
al que le debíamos gran parte de nuestros éxitos más recientes, se había
resistido a abandonar el calor que todos los allí presentes le estábamos
brindando a la luz del sol de primavera.
Nuestro
entrenador no cesaba de sonreír y en cada gesto se descubría un segundo de
disfrute cada vez que comprobaba que los atléticos le queríamos para siempre.
Unos estrechaban su mano con firmeza, otros palmeaban su espalda con confianza
y algunos otros lloraban sobre su hombro. Nadie entendía su marcha y todos
comprendíamos su triste semblante.
Poco
a poco conseguí abrirme paso entre la multitud y perseguí su figura como quien
persigue una palabra dentro de su cerebro. “El Rubio” acompañaba mis
intenciones y, cámara en mano, soñaba con realizar la foto de su vida. Antic
paseaba despacio, buscando un respiro entre tanta mirada ajena y se refugió
entre dos casetas. Le vimos charlar con alguien amigablemente y por sus gestos
adivinamos que aquella se trataba de una interesante conversación. Esperamos
impacientes la hora del abordaje y planeamos un encuentro que ninguno queríamos
olvidar en la vida.
Nadie
más conocía su paradero, pues la multitud, aunque bullía con fuerza en pos de
empaparse de pura información e historia en rojiblanco, no se percató en ningún
instante de que entre dos de los stands, en un ínfimo hueco que daba paso a la
privacidad y el sosiego, Radomir Antic, el entrenador de todos los atléticos,
discernía, amablemente con algún compañero de inquietudes.
Cuando le vimos estrechar la mano de su contertuliano,
“el Rubio” cargó la cámara como un pistolero carga su revólver y nos dispusimos
a abordarle. Nos encontró de frente y sus ojos delataron sorpresa y yo me
acordé de aquella mirada perdida en la nebulosa la misma noche en la que el
Ajax nos ganó en el Calderón y nos mandó al limbo por la vía de la injusticia.
Era la mirada de alguien que siente perder su deseo y arde en ganas de quitarle
al mundo su dolor. “El Rubio” y yo nos sabíamos de memoria las alineaciones del
doblete, pero nunca imaginamos que nos chocaríamos de frente con el Leonardo Da
Vinci que dio forma a tan majestuosa obra. Molina, Geli, Santi, Solozábal,
Toni, Vizcaíno, Caminero, Simeone, Pantic, Kiko y Penev. Y Radomir Antic.
Mirada firme, aquel día algo perdida, gesto afable y formas de ganador. Y
nosotros, fieles pecadores de la gloria, nos abalanzábamos hacia su figura para
suplicarle un retrato para la posteridad.
Rememoro
desde entonces, y cada día, ese instante en el que rodeé su espalda con mi
brazo y me presté al recuerdo. La cámara disparó dos veces, una para mí y otra
para “el Rubio”. Los dos estrechamos su mano y recuerdo con soltura que le miré
a los ojos y le dije: “mucha suerte, vayas donde vayas, porque la mereces”. Él
me contestó con un escueto gracias que sonó “gasias” en su acento eslavo y
cortés. Nos dedicó una última sonrisa y continuó caminando en espera de que lo
abordasen el resto de atléticos que se habían ofrecido aquella mañana de abril
al sacrificio de la primavera madrileña en la Casa de Campo.
El no recordaría un solo ápice y seguramente tuviese una vaga noción de todo lo que ocurrió aquel día en la Expo Atleti de la Casa de Campo, pero yo aún conservo en mi memoria y en mi álbum de fotos el instante en el que estreché la mano del entrenador que nos devolvió la felicidad a todos los atléticos.
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