
El dolor es una ventana abierta donde entran el frío y los insectos. Devorado por las alimañas de lo imposible, me tumbo en la cama intentando buscar un motivo para seguir soñando. Lo leí en Twitter a un viejo conocido de este mundo de blogs: ni la ganaremos ni la merecemos. Así no, desde luego. Y da la impresión de que el momento, aquel instante en que el sueño estuvo en la cima de los deseos cumplidos ya pasó para siempre y que, probablemente, jamás perderá.
Nos acusan de haber lanzado las campanas al vuelo demasiado pronto. Es posible pero, joder, es que el partido de ida fue un subidón tan extremo que resultó imposible no ponderarlo en su merecido valor. Aquel fue un Atleti crepuscular pero fue el Atleti que quisimos reconocer como nuestro. El Atleti del Cholo, ese que no tenía miedo, que moría porque a morir los suyos mueren, que hacía de la competitividad un ejercicio de supervivencia salvaje. El Atleti que nos volvió a ilusionar. Fueron tres semanas. Pasión y gloria. Desolación y memoria.
Porque lo que espera ahora es un desierto de dudas y un mar encrespado de esperanzas. Entre las aguas reside la resistencia de un grupo que se forjó como salvaje y hoy siente como el escudo pesa por encima de las botas. El problema de autoexigirse es que desaparece la red y las caídas terminan siendo catastróficas. Para poder autoexigirse un título hay que creer que de verdad puede ganarse y hace un tiempo que el Atleti corre una carrera contra sí mismo en la que no hay más trampas que el palo que él mismo se pone en cada rueda.
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