martes, 15 de julio de 2008

El primer partido de mi vida

No hace mucho que el gran Stubbins me pasó esta foto. Me calificó como Dieguista debido a mi admiración futbolística por el Diez y me instó a ingeniar un texto sobre la imagen. Me evocó grandes recuerdos y grandes nostalgias. Era el fútbol de mi niñez y aquel fue el primer partido del que tengo recuerdo.

Recuerdo las palomas sobrevolando el Camp Nou, una marea de gente simbolizando la paz sobre el césped y la aparición del que decían era el mejor jugador del mundo. Maradona había fichado por el Barça y todo el mundo hablaba de él. Yo no conocía el fútbol más allá de unas efímeras patadas a un balón de goma que me había comprado mi abuela. No conocía la existencia de tantos países, tantas banderas y tantos buenos futbolistas. El verano del ochenta y dos cambió mi vida.

El Diego hubiese sido capaz de regatearlos a todos. Entonces no lo sabía. Viví aquel partido junto a mi padre y por sus expresiones de asombro comprendí que la victoria belga fue toda una sorpresa. Argentina había sido campeona la edición anterior y se marchó de España con más pena que gloria. Aprendí a citar a jugadores como Kempes, Ardiles o Passarella. Matador, pitón y cacique. También lo fueron Rossi, Zico y Platiní. Aunque más bruto fue Schumacher rompiendo el alma de Battiston y más brutal fue el partido entre Italia y Brasil cuyos goles pude cantar de emoción frente al televisor en color de la casa de mis vecinos.

Los chicos que crecieron con ese mundial aprendieron a soñar de otra manera. En las calles, los niños queríamos volver a ser Platiní, Zico y Rossi. Los del Madrid jugaban a cabecear como Santillana y los del Atleti íbamos al suelo como Arteche. Entonces Hugo goleaba de rojiblanco y los partidos nocturnos de la UHF me descubrieron a un escocés de mirada astuta y pelo alborotado que vestía de rojo y se llamaba Kenny Dalglish. Mi barrio era un descampado y jugábamos un gol regañao o una eliminatoria por parejas. Si iba con Óscar él era Valdano y yo Maradona. Si iba con Chemi, él era Cabrera y yo Hugo Sánchez. Como el Madrid nos robó al goleador, tuvimos que optar por Paco Llorente y Polilla Da Silva, justo antes de que los blancos volviesen a dejarnos sin nuestro mejor extremo.

Mis padres me compraron un balón Mikasa serigrafiado con el nombre de Luiz Pereira. Durante años lo guardé como un tesoro hasta que desapareció con el rastro de los muebles viejos. Con él jugábamos a las faltas cuando plantaron dos porterías en el descampado. Los partidos allí eran conglomerados de confusión entre los que nos distinguíamos por instinto. En cada portería tres porteros y en el campo treinta y tantos niños jugando tres partidos distintos e ingeniándonos para no confundirnos de compañero. Cada gol se celebraba buscando al amigo y entonces no existían las camisetas levantadas ni el dedo en la boca. La pegabas fuerte y te anulaban el gol porque no valía tirar a trallón. Si la portería eran dos montones de chaquetas de chándal y el portero era más bajito de lo normal no podías tirar a más de metro y medio de altura porque te la cantaban como alta. Las faltas las pitábamos nosotros mismos y nadie protestaba, protestábamos al más chupón y cada golazo era repetido con el balón volando sobre una mano e imitando una cámara lenta.

En verano jugábamos sin camiseta y nos llenábamos de tierra. Mucho más negras se ponían las rodillas cuando jugábamos con entusiasmo nuestras liguillas de chapas. Durante el otoño, recién empezada la liga, nos dedicábamos a recortar los cromos que nos sobraban de la colección después de redondear la cabeza de los futbolistas con una moneda de cinco duros. Buscábamos las chapas más lisas para hacer un equipazo y no dudábamos en ir al bar a pedirle al Chano un puñado de chapas. La de Pepsi molaba un montón, la de Mirinda se convirtió en un clásico y la de tónica Finley era la estrella. Durante el verano, la estrella era el Tour de Francia. A mí siempre me gustó pedirme el Reynolds y mientras hacíamos carreteras con dos manos sobre la arena dibujábamos un circuito y soñábamos con hacer la ruleta perfecta con la chapa de José Luis Laguía o Ángel Arroyo. Y ya se sabía de antemano; pique por fuera es fuera.

Otros juegos populares eran los tejos; donde ponías en juego el orgullo y buen taco de cromos repetidos, las canicas; donde tener una bola de nácar te convertía en rey, y la peonza; donde romper el trompo de un rival de juego era tan excitante como comprobar quien había decorado mejor su pieza y tenía una forma más artística a la hora de bailar. Para ello valía colorearla con rotuladores Pelikán, con témperas o con aquel pintauñas rosita claro de tu madre. Los bocatas del recreo eran de chorizo Pamplona y los de la tarde eran de Nocilla. A los que teníamos madres ahorradoras nos engañaban con Pralín cuyo sabor, con el tiempo, hemos llegado a mitificar. Nos daban sólo un Petit-Suise porque costaban muy caros y los donuts se compraban en la tienda de la Felisa donde se distinguían entre blancos y negros y los envolvían en un papel marrón que igual servía para un donut, como para un cuerno o una pistola de pan.

A los que veíamos la tele por la tarde en familia y por la noche a escondidas, nos sonaba igual de familiar un “adentro” de Luis Miguel López que un “ding, dong” de Ramón Trecet. La NBA era un duelo eterno entre los Lakers de Magic y los Celtics de Bird, un pique brutal entre Michael Jordan y Dominique Wilkins en los concursos de mates y una aventura esporádica del gran Fernando Martín. Las finales ACB eran Madrid contra Barcelona y la Cibona de Petrovic maravillaba tanto como la Jugoplastica de Kukoc. Aquella plata de Los Ángeles nos retrae a las carreras imposibles de nuestro José Manuel Abascal contra el monarca Sebastián Coe, a los records imposibles de Carl Lewis y a las carreras de vallas de Edwin Moses.

Nuestra pista de atletismo era el barrio de San Isidro y cronometrábamos excitantes vueltas a la manzana. El más rápido se convertía en un ídolo y siempre te le pedías para tu equipo de rescate si ganabas la apuesta de pares o nones. Unaaa, dooos y tres. Nos manteníamos en forma porque crecimos en la calle. Los niños de aquella generación supimos después que los buenos futbolistas crecían en descampados como el nuestro, que los mejores amigos se hacían en el barrio y que los mejores partidos se jugaban doce contra doce y aunque perdieses siempre había una nueva tarde en la que pedirle la revancha al líder de la pandilla rival.

Aquel partido de la foto me sabe a fútbol auténtico, a ídolos de verdad, al mundial de España y a promesas cumplidas. Como esta que hoy cumplo con Stubbins. Para él, su Liverpool fue aquel que empezaba en Bruce Grobelaar y terminaba en John Barnes. Para mí, mis sueños empezaban en Arconada y terminaban en Hugo Sánchez. Todos teníamos ídolos y todos bajábamos a la calle para imitarlos. Era el fútbol de verdad, porque el fútbol, cuando lo sueñas es mucho más bonito que cuando lo despiertas. Porque el fútbol visto con la ilusión es mucho más bonito que el fútbol visto con el resultado.

7 comentarios:

Suca dijo...

Qué gran relato. Dejando de lado un poquito el fútbol por momentos, pero en realidad, en el centro de todo. Quizá me ha gustado más porque conozco el barrio donde sucedieron todas esas cosas. Genial. Un saludo.

piterino dijo...

Mucho que comentar de tu post, sobre todo esa evocación a los 80: a mí me cogieron muy niño, pero tengo recuerdos imborrables tanto deportivos como familiares. No cambio mi infancia por nada del mundo y tu post me ha hecho reflexionar una vez más.

Si alguna vez cae en mis manos una foto con tanto significado como la de Maradona que ilustra tu blog, no dudes que pensaré en ti y te la enviaré para que la acompañes de un gran texto coo Dios manda.

Saludos, crack!

Stubbins dijo...

Pido la palabra por alusiones. jajaja.

EXCEPCIONAL relato Pablo!!! Increíble!!! Ya pueden estrujarse los sesos los guionistas de "Cuéntame" para tratar de igualar un guión como éste.

Si Señor. Cuanta razón llevas en cuanto a la educación de nuestra generación. La calle, los juegos y nuestra ilimitada imaginación nos educó. Yo me entristezco al ver a los chavales de hoy en dia con una psp en las manos obviando correr tras un balón de futbol y chutar a las porterias compuestas por las carteras a la salida del cole. Carteras Perona de combinación, ¿las recordáis? Al citar los estuches Pelikán, me han venido las carteras Perona a la memoria,

Por no hablar del mítico José Luís Laguía que también has mencionado!! Eterno maillot rojo de vencedor del GP de la Montaña en la Vuelta. Y Trecet no solo con la NBA y su "Cerca de las estrellas" los viernes night. Yo recuerdo sus retransmisiones del 5 Naciones de rugby como algo mítico.

Ay! La generación del Naranjito.....

Gran relato Pablo. Sabia que le podrias sacar unas emotivas líneas para ponerle vida a esa foto.

Un abrazo Mestre!!

Edgar García-Alonso dijo...

Añoro esos años en los que nos pegbamos dia y noche en la calle jugando a cualquier juego inventado... ahora yo no sabría que hacer sin videojuegos o saliendo de fiesta... pero entonces todo era diferente, con que poco eramos felices, que emocionantes eran aquellos partidillos... en fin que buenos tiempos me has recordado, aunque los mios fueron en los 90 se parecen bastante a tus 80

FERNANDO SANCHEZ POSTIGO dijo...

Yo también viví esa época. Nací en 1973 así que compartó muchos recuerdos. Mi primer recuerdo fue la Liga perdida por el Atleti en 1981 y luego el Mundial de España'82 con el empate de España ante HOnduras en el primer partido y la Brasil de los Zico, Eder y compañìa. Un abrazo.

Jesús Sousa dijo...

Que gran post, amigo.
Yo, el que recuerdo como el primer partido de fútbol que ví es un Racing-Valencia en el Sardinero. Ahora lo miro y veo que fue un 27 de mayo de 2001, una jornada 36 y que ese gol de Mendieta en el descuento nos mandaba a segunda. Yo no tenia ni idea de todo eso.
Un abrazo

Javi dijo...

Este relato tambien me recuerda a mi infancia, yo jugaba como tú y ahora parece que se está perdiendo, a mi como a Stubbins me da pena ver a niños jugando todo el dia a la play. Eso si, a mi madre, le traía de cabeza que siempre llevara los pantalones rotos, las piernas llenas de moratones y las zapatillas desgastadas.

Que bueno todo lo que has contado, me has hecho ponerme nostálgico jeje. un saludo crack