martes, 12 de febrero de 2008

La Máquina

La memoria, en fútbol, es tan selectiva como la voz de nuestros abuelos o como el impacto televisivo tiene el don de concedernos. Desde la mitad del siglo pasado hacia acá, la magia de la imagen en movimiento, el esplendor de los grandes títulos y la majestuosidad de las grandes biografías han ensalzado a media docena de equipos como los únicos poseedores de la verdad y el talento. Desde que los mágicos magiares húngaros le diesen la vuelta al clasicismo hasta que Sacchi cerró el ciclo para darle un último apretón a la tuerca de su Milan, la historia se vistió de grandes gestas que corrieron por el mundo en un boca a boca legendario. El Real Madrid de Di Stéfano, el Brasil del setenta, el Ajax de Cruyff y el Liverpool de Paisley fueron verdaderos anagramas donde asentar las bases del balompié, pero antes de ellos existió un equipo que maravilló a un país, que se hizo dueño de las historias de un continente y que pasó a la historia con un sobrenombre que dignificó una manera aplastante de ganar partidos; vestían con una franja roja atravesando la zamarra blanca de su pulcritud, se habían mudado al opulento barrio de Núñez y les llamaron "La Máquina".

Todo comenzó un seis de junio de 1942. Mientras Europa se peleaba por un puñado de capitales y las grandes potencias intentaban reestablecer su orgullo, en el joven estadio Monumental de Buenos Aires, River goleaba a Chacarita y Ricardo Lorenzo "Borocotó", afamada pluma de la época, escribía: "Jugó como una máquina el puntero". A partir de entonces, los estadios del país se llenaron para recibir a una delantera que jugó un puñado de partidos y ganó un reguero de títulos y cuya denominación tuvo un orden que se aprendió tan a la carrera como ellos mismos eran capaces de fabricar el fútbol: Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau.

La Máquina era la forma más afortunada de definir una manera distinta de jugar al fútbol. No se trataba de golear, se trataba de bailar. No se trataba de ganar de cualquier manera, se trataba de hacer que el balón tomase protagonismo por encima incluso del gol. Como fabricaban el fútbol desde atrás, pase a pase, regate a regate y adorno a adorno, la llegada a gol se tomaba más como una causalidad que como una precipitación. Tardaban en llegar, tardaban en marcar, tardaban en ganar. Por ello, alguien, en el renacimiento de su pasión y con el corazón en la garganta prendido por el ánimo y la esperanza, tuvo la intuición de llamarles "Los caballeros de la angustia".

Pero lo suyo era ganar. Y ganaron. Aquel año, por ejemplo, conquistaron el título ante Boca y La Bombonera tuvo que morderse los nudillos mientras observaba como sus máximos rivales daban la vuelta honorífica de campeones. Fue el primero de los muchos desplantes que dejaron aquellos años de mutuo dominio; a una victoria épica de River, Boca respondía con otra muestra de orgullo. Si la rivalidad ya tenía semillas de eternidad, fue en aquellos años de mutualidad donde la enemistad acuñó hitos de enemistad irreconciliable.

Y es que La Máquina no ganó siempre y en el recuerdo de sus derrotas queda impregnada también la grandeza de sus logros. Fueron cinco años de alternancia y propuestas futbolísticas distintas. Quizá no fue un equipo arrollador, pero fue irrepetible. Quizá no fue un equipo invencible en concrección, pero fue incomparable en esencia.

Desde Avellaneda había llegado un pequeño y escuálido gambeteador que hacía de su estilo una forma diferente de jugar. Eludía a los rivales pegado a la cal y buscaba el centro con precisión. Gambetear dos veces podía ser un recurso, hacerlo tres o cuatro, se convertía en pura diversión. No era veloz, pero era hábil, tenía una culebra en la cintura y el balón cosido al pie. Se internaba por la derecha y regalaba goles en el área chica. Debutó en 1939 y jugó once años en River. Disputó ciento ochenta y cuatro partidos, anotó treinta y nueve goles y festejó cuatro campeonatos. Se llamaba Juan Carlos Muñoz y llevaba el número siete.

Desde el barrio de La Boca había llegado un jovencito despechado y entrado en carnes. En su sonrisa bohemia escondía las anécdotas de cientos de noches de parranda, en su prominente barriga delataba el placer de sus excesos y su manera de tocar el balón hizo de él un futbolista irrepetible. Vividor de noche y futbolista de día. Rechazado por Boca en su juventud y reclutado por River para convertirse en leyenda. Goleador, filtrador y peculiar. Nunca le gustó correr pero hizo del fútbol un arte, tocaba el balón como si fuese un ángel y cabeceaba con la seguridad de un huracán que arrasa con todo. Dicen que fue el mejor de los cinco, que jugó más por diversión que por ambición y que sus goles fueron obras de arte. Disputó trescientos veintiún partidos, anotó ciento setenta y nueve goles y festejó cinco campeonatos. Se llamaba José Manuel Moreno y llevaba el número ocho.

Desde las inferiores de Huracán había llegado un chico de mirada despierta y obsesivo amor por la victoria. Empezó como wing izquierdo y alguien convenció a su entrenador de que lo pusiera en el centro de la delantera. Y es que era un delantero con alma de organizador, un nueve de tiempos modernos, un carrerista infatigable y un estratega inigualable. Tenía alma de lanzador y lanzaba el balón al espacio vacío, era socio y cómplice para sus compañeros y un tormento para los rivales. Dicen que sin él no hubiese existido la máquina porque él era la pieza clave del engranaje. El que generaba, el que inventaba, el que permitía la definición. Le apodaron "el maestro" e impartió lecciones en la cancha. Se convirtió en santo y seña y fueron muchos los que trataron de imitarle. En su cabeza solamente había fútbol. Disputó doscientos ochenta y cinco partidos, anotó ciento treinta y un goles y festejó cinco campeonatos. Se llamaba Adolfo Pedernera y llevaba el número nueve.

Desde el cercano barrio de Alvear había llegado un muchacho de ojos pequeños y rostro desagradable. Era feo, tosco y torpe en apariencia, pero todo lo que tocaba lo convertía en oro. Remataba curvado, festejaba enloquecido y volvía al área para marcar. Sus compañeros no le dejaban defender porque en su descanso residía la resolución y en sus botas vivía el gol. No era veloz pero era listo, no era ortodoxo pero era imparable, veía el espacio, lo ocupaba, recibía y marcaba. Así fue su vida; gol a gol, festejo a festejo. Odiado por Boca porque despreció sus valores y amado por River porque dio su vida por sus colores. Disputó quinientos dieciseis partidos, anotó doscientos noventa y dos goloes y festejó nueve campeonatos. Se llamaba Ángel Labruna y llevaba el número diez.

Desde las inferiores de Racing llegó había llegado un chico huesudo, pequeño y de mirada caída. Había empezado como defensor pero tenía alma de centrojás. Era veloz y listo, hábil e insistente, futbolista y goleador. Jugó como wing por la izquierda y dejó momentos memorables. Le gustaba recibir atrás, buscaba el balón antes que el espacio y arrancaba desde su posición de parada. Tenía andares desgarbados y gestos confusos, lo apodaron "Chaplin" e hizo honor al mentor de su sobrenombre. Parecía que no iba a regatear y regateaba, parecía que no iba a llegar y llegaba, parecía que no sabía que hacer con el balón y regalaba un gol a la platea. Disputó trescientos sesenta y cinco partidos, anotó ciento un goles y festejó ocho campeonatos. Se llamaba Félix Loustau y llevaba el número once.

Solamente jugaron dieciocho partidos juntos. Lo que pudo ser una escasez se convirtió leyenda. Si hay más de mito que de verdad en las palabras solamente lo pueden decir los números y la memoria. Quienes les vieron se rindieron a la evidencia, quienes no les vieron desearon comprar la máquina del tiempo y regresar atrás. Crearon escuela y definieron el fútbol como un nuevo concepto. Fueron grandes, fueron maestros y fueron futbolistas de verdad. En su legado duerme el compromiso de un club que lleva décadas intentando imitar el estilo de los campeones más alabados y en su herencia dejaron la huella de futbolistas tan inolvidables como Di Stéfano, Pippo Rossi, Sívori o Walter Gómez. Quizá mejoraron a sus maestros, quizá ganaron en celebridad lo que aquellos habían ganado en satisfacción. Los que vinieron después anduvieron tras las huellas de La Máquina porque Lá Maquina fue la primera. Después vinieron muchos más.

9 comentarios:

Sergio Cortina dijo...

Lo de Moreno debía de ser mucho, Lángara y Di Stefano dicen que era el mejor.

Oye Pablo, recibiste en su día aquel texto que me habías pedido?

Nico dijo...

Increíble el post....un equipo totalmente desconocido para mi...una magnífica historia...equipos como estes son los que hacen del fútbol un deporte inigualable y divertido...

Salu2.

Pablo dijo...

@ sergio cortina

Siempre escuché a Di Stéfano su admiración hacia Moreno. Para que el tipo que cambió el fútbol diga eso es que debió ser muy bueno. Sin embargo, Di Stéfano siempre se pareció más a Pedernera que a Moreno.
Recibí tu texto, amigo. No te preocupes, muy prontito lo verás publicado aquí.

@ nico

Me alegra mucho haberte descubierto la existencia de este equipo. Como este ha habido muchos otros grandes equipos que intentaré ir descubriendo poco a poco.

Juan José Mateo Socorro dijo...

Desconocía este equipo pero, al parecer, fue de leyenda.

Un abrazo Pablo.

Christian dijo...

pues siempre e oido ablar de este eqipo, pero nunca e podido verlo ¿no existen partidos enteros de ellos, verdad? creo q no e imagenes en movimiento... muy pocas. los mas veteranos dicen q es el mejor eqipo de la historia del futbol, por encima del madrid de di stefano, del ajax de cruyff o del milan de sacchi (curioso destacar aqi al etrenador, e, pero es algo q acemos todos si te das cuentas)
el post, pues nada, soberbio, me fiaré de ti.

jejeje

un abrazo, crack

piterino dijo...

La verdadera pena es que de este equipo no existan prácticamente más que testimonios escritos y relatos que han llegado a nuestros días. Respecto a fenómenos así, tengo la sensación de que nosotros nunca los viviremos, el fútbol ahora es otra cosa.

Otro post memorable, saludos Pablo!

FERNANDO SANCHEZ POSTIGO dijo...

Una vez más, te superas con un gran post. Aquel River Plate amaba el fútbol y jugaba tan bonito que daba gusto verle jugar. He tenido la oportunidad de ver varios reportajes de aquel equipo y uno se queda sin palabras ante tan excelsa calidad.

un abrazo.

Dale pelota dijo...

Magnifico el post, increible. Aquel equipo hizo del futbol un arte. Como hincha de River conocia esta historia, pero tu me la has detallado de una manera genial.
Muy bueno, un abrazo!

Stubbins dijo...

La primera vez que oí hablar de "la máquina" fue cuando se comparaba al River de Salas, Saviola, Aimar, Almeyda, etc. con aquel equipo memorable que tan brillantemente nos has presentado en este post.

Gracias por incluir al Liverpool de Paisley como uno de los equipos que ha creado época a nivel mundial. Merecido homenaje a Sir Bob en la semana del 12 aniversario de su muerte. Cheers!