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lunes, 13 de enero de 2025

Naturalidad

Partiendo de la lógica base de que para jugar en la élite has de contar unas aptitudes asombrosas, los que sabemos disfrutar el fútbol sabemos que el juego está compuesto por dos clases de futbolistas; los esforzados y los talentosos. Sin desdeñar su parcela de talento, en los primeros reconocemos a esos tipos circunflejos que chocan en cada disputa, que arrastran su cuerpo por el césped en busca de un gramo de gloria y que saben que, si dejan una gota de sudor en la frente, el puesto de titular puede ser entregado a otro compañero igual de ansioso por disputar cada gramo de juego.

Los talentosos, sin embargo, más allá de la premisa que dicta que sin trabajo no hay frutos, viven más del detalle, de la capacidad para manejar los tiempos, del golpeo mágico y del regate preciso. Entre estos, fieles abonados al aplauso y, muchas veces, injustos condenados por la duda, existe un pequeño círculo de jugadores a los que, de natural, les sale todo tan sencillo que llega a parecer hasta fácil.

En la naturalidad reside la verdadera magia del asombro. Entre esos tipos que jugaban tan bien que parecía que no les costase trabajo, hemos encontrado a prestidigitadores tan solemnes como Zidane, Iniesta, Ibrahimovic o Benzemá; tipos que casi sin mirar la pelota sabían donde terminar siempre la jugada. Entre ellos, fiel aspirante al olimpo de los dioses, se ha colado un talentoso extremo de raíces magrebíes que en apenas un año ha levantado tantas expectativas que ya todos le miran como el futuro dueño del juego.

Lamine Yamal no es un extremo al uso que busca la profundidad y el centro catedralicio, porque más allá de las condiciones innatas para la conducción y el regate, ha adquirido una capacidad ingobernable para entender el juego. En su parcela del terreno, escorado a la banda derecha, sabe iniciar el desmarque hacia afuera si se quiere profundidad o retrasar su posición hacia el centro si lo que se busca es el auxilio. Sabe moverse, filtrar, aparecer y ahora, ya, hasta anotar. Es un futbolista tan precoz que le ha bastado apenas un año en la élite para consagrarse como uno de los mejores. Una nueva perla cosechada en esa fábrica de urgencias que, una vez más, como ya lo hizo en el pasado, está dispuesta a rescatar al Barça de sus peores augurios.

miércoles, 14 de febrero de 2024

Aventura

Sobrevive un alto nivel de riesgo en la mente de los audaces, ese sentimiento extremo que conduce hacia la aventura, esa insistencia tan meticulosa que no se borra ni cuando el error hace acto de aparición, esas palabras que nunca viajan con el viento puesto que, más que promesas, son auténticos actos de fe que, cuando se hacen carne, son capaces de levantar en un impulso a toda una multitud.

El Barça enfrenta la peor crisis de sus últimos veinte años subido a lomos de un niño que no quiere dejar de lado la responsabilidad. Sabedor de que las oportunidades no se regalan, se ha empeñado en situarse por encima de todos y conducir a su equipo hacia la victoria por más trabas que sus propios compañeros le pongan al empeño. Tras un error grosero de Araujo, una inexplicable decisión de Kounde o una conducción sin sentido de De Jong, aparece siempre un desborde y un ingenio del joven Lamine Yamal, dispuesto siempre a corregir errores tanto propios como ajenos.

Yamal es un producto más de una inagotable cantera de valores que se ha aprovechado de un momento clave en la historia del club. En su última gran crisis, aparecieron tipos como Valdés, Puyol y Xavi primero para dar testigo al final del túnel a dos genios sin parangón llamados Lío Messi y Andrés Iniesta. En este camino de regreso al barro, visto que el club sólo se las puede ingeniar a base de palancas, Xavi ha decidido que morirá joven pero morirá con todo y ese todo incluye a una cuadrilla de niños que han saltado a la titularidad para sujetar la crisis con sus manos e incluso tratarla de borrarla con sus pies.

Entre ellos destaca el bisoño Lamine que, con tan sólo dieciséis años, se echa a la espalda al equipo cada vez que tira un desmarque pegado a la banda derecha. Desde allí ha aprendido que la mejor escuela es la improvisación y la mejor carta es el talento; por ello encara, dribla y, generalmente, gana el espacio suficiente para dejar atrás al defensor y provocar una ocasión de gol que, visto lo visto, cuesta mucho conseguir.

Desde el extremo, Lamine Yamal ha llegado al fútbol de élite para asentarse como una estrella, primero en el Barça y después, ya veremos, en la selección. De momento ya ha batido récords de precocidad y eso, más allá de lo llamativo, alcanza lo sustantivo, porque que esté jugando no es ningún capricho, como ya dijeron algunos, si lo hace es porque, ahora mismo, es el único jugador de Barcelona capaz de proponer algo distinto a los demás, algo ilusionante tratándose de un niño y algo preocupante tratándose de un club lleno de tipos con un currículum tan brillante que hasta serían capaces de deslumbrar.

miércoles, 11 de enero de 2023

Una luz en el bosque

Cuando nos hayamos perdidos, cuando la oscuridad atrapa nuestros nervios, cuando la parálisis puede con las iniciativas, cuando tenemos miedo a fenecer y, sobre todo miedo a ser olvidados, cuando los pies se congelan y el bosque es oscuro, siempre miramos hacia el horizonte con la esperanza de encontrar una luz de guía; esa cabaña, aunque sea encantada, que siempre aparece en las películas, esa señal del destino que nos diga sígueme, ese motivo para la esperanza que nos haga enchufar la tele y volver a ver los partidos de tu equipo después de haber jurado en arameo que les iban a dar por donde amargan los pepinos.

El Atlético de Madrid es un equipo vacío, sin alma, sin espíritu, sin nervio, sin carácter, sin atisbo de salvación a corto plazo. Un equipo que se olvida de competir es como un reo que se olvida de vivir. La depresión crece, los fantasmas acechan cada noche y los miedos salen a relucir en cada partido. Es la actitud, sí, pero también es la aptitud. A Simeone le entregaron un Volkswagen que parecía un Skoda y al que finalmente sacó las prestaciones de un Audi. Poco a poco le fueron desguazando las piezas mientras los recambios eran de desguace y las solicitudes eran apiladas en el montón de los sueños imposibles. Aquel buen coche es hoy un utilitario de segunda y de los polvos, lodos y del lodo atasco. No hay jugadores, ni juego, ni pasión por reencontrarlo.

Y en este bosque de tinieblas, cuando la brújula se ha desimantado y las ganas de sobrevivir se marchan con la noche estrellada, de pronto parece distinguirse un destello. Nos conformamos con tan poco, que con sólo ver dos pases consecutivos entregados de manera correcta a un compañero, se nos enjugan los ojos y nos inclinamos para mirar mejor hacia el terreno de juego; parece que allí hay un buen centrocampista.

Pablo Barrios es joven y tiene un mundo de trampas por delante, pero parece valiente, dispuesto y, sobre todo, juega siempre con la cabeza levantada y la vista en el desmarque de sus compañeros. En una época de tristeza absoluta en la que Koke se ha dejado ir y los De Paul, Kondogbia o Witsel son simples complementos sin chicha ni limoná, la aparición de Barrios supone un soplo de aire fresco y, sobre todo, supone esa luz de guía a la que agarrarse para seguir aguantando en este bosque tenebroso en el que nos ha vuelto a sucumbir el tan cacareado gilismo.

jueves, 13 de octubre de 2022

Virguería

La virguería es el asombro, la conciliación entre la imaginación y el arte, el grito de emoción, el espasmo en ojo ajeno, el atrevimiento, el ir más allá, el roce con el ridículo, el riesgo supremo y, sobre todo, una salida por la puerta grande de la memoria. Porque en la virguería sobrevive el espíritu del artista, el trago del bohemio, la sonrisa del soñador y la palabra del charlatán. Ahora me ves, dice el mago. Ahora no me ves.

El virguero es un futbolista en extinción, es un tipo mal mirado por atrevido y por iconoclasta, es un hombre pegado a una pelota de cuero, es un jugador de póker que siempre va de farol y en su mirada vive el secreto de los dibujos animados con los que creció de niño. El virguero es un espíritu libre y un comandante de su propia vida, se acuesta en la cal, donde menos molesta, y tira diagonales con driblings y pases imposibles, con regates y caños, con disparos al ángulo y con centros de gol que suenan a música clásica.

La virguería va asociada al aplauso, a una canción eterna en la grada, al eco del recuerdo, a la posibilidad eterna, a la expectativa continua y a la esperanza vital. Y el virguero, el ultimo virguero, se llama Khvicha Kvaratskhelia, juega en el Nápoles y me tiene totalmente embelesado.

viernes, 11 de junio de 2021

New Pross

Durante los primeros años, los ingleses se negaron a participar en los campeonatos del mundo porque aquello, más que una competición, era una manera de hacer creer al mundo que había un país mejor que ellos. Creer eso era una afrenta, claro está. Los inventores del juego se creían intocables y, por lo tanto, invencibles por el mero hecho de ser pioneros y por ello no quisieron poner en juego su prestigio mientras el resto de países se batían el cobre entre sí. No fue hasta que, en 1953, Hungría les puso de cara a la pared y con las piernas por el aire, cuando fueron conscientes de que su fútbol se había quedado obsoleto y que debían abrir las miras si no querían verse vapuleados tras la visita de cualquier equipo foráneo.

Tardaron más de diez año en cerrar aquella herida y, cuando fueron capaces de levantar el trofeo Jules Rimet en 1966, creyeron que el ciclo se había completado y que volvían a gobernar en el mundo. No sabían cuán equivocados estaban. A pesar de competir como animales en el mundial de México en 1970, el equipo inglés regresó a casa eliminado por los alemanes y, desde entonces, iniciaron un peregrinaje por tierras yermas que les llevó a saborear las mieles del fracaso un verano tras otro.

Desde entonces, tan sólo han sido tres las ocasiones que han sido capaces de superar la barrera de los octavos de final, no jugando la final en ninguna de ellas. En Italia, tras la conjugación de un centro del campo espectacular comandado por Platt y Gascoigne y secundado por Waddle y John Barnes, se toparon de bruces con la Alemania de Matthaus y Klinsmann. Seis años más tarde, fueron los mismos alemanes quienes les eliminaron en la Eurocopa que se celebraba en suelo inglés y no hay irse muy lejos en el tiempo para llegar al mundial de Rusia celebrado en 2018 donde los ingleses se toparon con la Croacia de Modric en sus ansias por alcanzar su primera final después de más de cincuenta años.

Lo que dejó aquel último fuego apagado por Mandzukic en los últimos minutos del partido, fueron unas brasas de calidad que prometen volver a dar guerra e incendiar de una vez un continente que siempre ha mirado hacia arriba con la creencia de que aquellos anglosajones prometían mucho ruido pero apenas traían nueces. Por ello, para dar el paso definitivo, la selección inglesa necesita, más que nada, empezar a creérselo de una vez y para ello cuenta con un puñado de jóvenes talentos algunos de los cuales ya llevan dominando en continente durante varios años en las categorías inferiores.

Aaron Ramsdale es un portero corpulento y de estatura mediana, no obstante tapa sus carencias con una agilidad felina y unos reflejos portentosos. Plástico en sus estiradas y valiente en sus salidas, el portero del Sheffield United se ha quedado a las puertas de la Euro pero, a sus veintitrés años, el chico de la eterna sonrisa, promete demasiadas tardes de gloria como para dejar de ser tenido en consideración.
Trent Alexander-Arnold no ha tenido, ni mucho menos, su mejor temporada. Las lesiones le han lastrado y ha arrastrado, durante todo el curso, una forma física demasiado alejada de su esplendor. Todo ello lo ha notado el Liverpool pues se trata, sin duda, del mejor lateral derecho del fútbol actual. Y es que Alexander-Arnold no es sólo un portento físico, técnicamente tiene un guante en el pie derecho y una visión de juego privilegiada. Cuando se viene al centro es un mediocampista más y cuando gana la banda es el mejor extremo de su equipo. Asistente y goleador, Trent puede ser el lateral de la próxima década. De momento, Inglaterra no podrá contar con él en esta Eurocopa y es que a este año aciago sólo le faltaba esta inoportuna última lesión.

Reece James no tiene el pie y el recorrido de Alexander-Arnold pero tiene una fortaleza defensiva de la que carece el lateral del Liverpool. Listo para defender y, sobre todo, para hacer las coberturas, se ha adaptado perfectamente al puesto de carrilero en el tres, cinco, dos de Tuchel, siendo tan polivalente que incluso ha llegado a adaptarse al puesto de central por el perfil derecho. Es rápido pero sobre todo es fuerte y con la ausencia de Alexander-Arnold, es posible que se haga con la titularidad en el perfil derecho de la defensa inglesa.

Ben Godfrey es un prodigio en velocidad. Es cierto que tiene que pulir muchos defectos defensivos, sobre todo los correspondientes a la colocación, pero cuando tiene el día bueno es todo un espectáculo. Suele ir como una bestia a por el balón y la falta de medida le juega malas pasadas, pero su velocidad le ayuda a corregir muchos de sus errores y sus aventuras conduciendo el balón tienen el poder de poner o bien en pie o bien un nudo en la garganta de los espectadores de Goodison Park. La presencia de defensores más veteranos como Maguire, Shaw o Stones le ha cerrado las puertas de la Eurocopa, pero no se sabe si Southgate terminará echando en falta a un defensor más rápido entre tanta lentitud.

Declan Rice será, en principio, el acompañante de Jordan Henderson en el doble pivote de la selección inglesa. Con veintiún años se ha convertido en el líder de un West Ham que ha cuajado una temporada espectacular y en el mediocentro de moda en el fútbol inglés. De aspecto algo tosco y maneras algo heterodoxas, Rice es un mediocentro puro de la antigua escuela. Siempre bien posicionado y sin arriesgar en el pase, es el hombre boya sobre el que gira el juego de un equipo que ha anotado sesenta y dos goles en este curso y que se ha quedado a dos puntos de la Champions. Por edad y sabiduría en el juego, el West Ham no tardará en recibir ofertas por su futbolista más prometedor.

Jude Bellingham es un mediocentro de un corte radicalmente distinto a Declan Rice, sin embargo, viven en él todos los conceptos que han aupado a la historia a los grandes centrocampistas. Cierto que es joven y tiene que ganar vuelo y algo de físico, pero tiene un talento descarado para la conducción, el regate y, sobre todo, el pase. Es el chico más joven en la lista de Southgate para la Eurocopa. Con tan sólo dieciocho años se ha ganado un puesto en el Borussia Dortmund y promete tardes de fútbol de mucho nivel.

Bukayo Saka es un extremo en la concepción más clásica del término. Es un jugador que vive de la velocidad y, como tal, vive más cómodo jugando al espacio que recibiendo al pie. Si cuenta con un buen lanzador, sus carreras son un compendio de velocidad y potencia. Más de un defensor ha acabado con la lengua fuera tratando de alcanzarle. No es un gran regateador, pero sabe salir por los dos perfiles y convertirse en un arma mortífera cuando su equipo puede contragolpear.

Mason Mount es, sin duda, el mayor talento creativo en la actual selección inglesa. Líder espiritual del actual campeón de Europa, se ha consagrado en su temporada más brillante gracias a su naturalidad para jugar al fútbol cómo los ángeles. Dotado de un sinfín de recursos técnicos, Mount conduce la pelota con la elegancia de los artistas y regatea con la facilidad de los bailarines. Normalmente acostado a la izquierda, gusta de tirar diagonales y combinar con sus delanteros para fabricar las jugadas más bonitas. Apunta a ser uno de los mejores jugadores de la Eurocopa.

Mason Greenwood se ha quedado fuera de la lista de Inglaterra para la Eurocopa, pero dada su calidad y su descaro, no tardará en formar parte de ese vivero de jóvenes talentos en el que se ha convertido la selección inglesa. Dotado de una magnífica técnica para la conducción en carrera, el ambidiestro Greenwood recuerda, a sus veinte añitos, al primer Ryan Giggs, aquel que desbordaba con facilidad a su par, ponía caramelos en el área y, además, tenía sentido de la colocación para llegar a gol en el instante preciso. Muchas de las aspiraciones de futuro del Manchester United pasan por las botas de este imberbe chavalito criado en la cantera del United desde los seis añitos.

2021 ha sido el año de la consagración en la élite de Phil Foden. El chico llevaba desde los quince años dominando los campeonatos de selecciones en categorías inferiores y, cuando le ha tocado dar el salto, no ha decepcionado a nadie porque tiene carácter y categoría de sobra para ser un jugador de época vistiendo la camiseta del Manchester City. Aunque Guardiola le sitúa como jugador en los costados, tiene alma de verso libre y calidad de sobra para jugar como segunda punta, puesto en el que quizá juegue en la Eurocopa como acompañante de ataque de Harry Kane. De ser así, Inglaterra contará con la mejor conducción en carrera del continente y con un chico que amenaza con destruir todos los registros de la Premier.

La irrupción de Haaland como el gran goleador de los próximos años nos haBimpedido disfrutar en pleno de la magnífica temporada de Jadon Sancho. Cuando eran niños, Sacho y Foden compartieron camiseta en las inferiores del Manchester City, pero escuchando promesas que se terminaron cumpliendo, Sancho decidió marcharse a Dortmund y terminar de formarse en un club que, desde hace tiempo, apuesta en grande por las jóvenes promesas. Sobrevive en Sancho el salvajismo del fútbol vertical que tanto nos ha hecho disfrutar toda la vida. Es fuerte, es rápido, es certero y tiene un guante en su pierna derecha. Si ganase en consistencia y terminase de aparecer en los partidos importantes sería, sin duda, uno de los mejores jugadores de la próxima década.

No sabemos cual será el papel de Inglaterra en esta Eurocopa, primero porque no deja de ser un buen outsider que aún no ha dejado atrás sus complejos y necesita un golpe en la mesa que no termina de dar, segundo porque todas sus promesas son niños imberbes que aún no han despuntado en serio en un campeonato de semejante categoría y tercero porque ganar en Europa significa un camino demasiado duro para una selección que hace más de cincuenta años no demuestra una capacidad competitiva de verdad como para darle la vuelta a los pronósticos. Pero si algo tenemos claro es que este equipo tiene mimbres para divertir, mimbres para ilusionar y mimbres para jugar muy bien al fútbol. Le toca a Southgate hacer un buen cesto.

lunes, 14 de diciembre de 2020

Un jugador de los de antes

Los ojos grandes, avispados, el rostro enjuto, incluso hasta arrugado cuando esprinta, porque parece un

tipo mayor a pesar de tener tan sólo diecinueve años y conducir el balón como si fuese un genio de los de antes, un tipo de extremo ya en desuso que gusta de encarar, driblar y poner el balón al área, como aquellos número once que nunca faltaban en los equipos de chapas de nuestra niñez, siempre colocados junto a una raya pintada con tiza, siempre dispuestos a correr con agonía hasta la ganar la línea de fondo.

Bryan Gil es un jugador de los de antes. Con esa delgadez extrema podríamos imaginarle incluso con un pitillo en los labios después de cada partido, sonriendo satisfecho por el trabajo bien hecho y mordiéndose una uña pensando en el siguiente partido. Porque con esa manera tan natural que tiene de correr, cualquier diría que no piensa en el rival sino simplemente en regatearle, en seguir viviendo en forma de zig zag, llegar hasta el final y levantar la cabeza para poner un centro de gol.

Porque de eso han vivido siempre los extremos, de ganar duelos, de aprender recursos, de tirar de manual y de forzar, hasta el último suspiro, al lateral del equipo contrario. Bryan Gil amaga con salir hacia adentro y rompe hacia afuera, si se cae se levanta y cuando recupera el equilibrio sigue siendo vertiginoso porque en su manual solamente se conjuga el verbo atacar. La verticalidad es una virtud y la pelota en los pies es la mejor manera de manejarla.

martes, 13 de octubre de 2020

Oro, plata y bronce

La carrera por ser el mejor destapa todo tipo de filias pero, sobre todo, destapa todo tipo de fobias. Siempre hay que posicionarse porque si no lo haces eres un simple tibio o un simple ignorante, pero si lo haces, has de saber que si tienes un elegido, automáticamente estás despreciando a los demás, porque así se mueven ellos, sólo les vale su punto de vista y este, generalmente, está siempre relacionado al color de la camiseta por la que tifan.

Durante varias temporadas hemos disfrutado, en exclusiva, del show interminable de los dos tipos que han devorado las estadísticas del fútbol mundial. Los que se alineaban con Messi por estética eran reprendidos por los fans de Cristiano, quienes, estadísticas en mano, machacaban cualquier intento de defensa de La Pulga. Los que, sin embargo, optaban por admirar a Cristiano por encima del resto, eran considerados unos ineptos. En lugar de alabar las virtudes se dedicaban a destacar los defectos; no gana nada con su selección, sólo mete goles de penalti, no es nadie sin Xavi e Iniesta, sólo sabe empujar balones. Y así, mientras el tiempo devoraba a sus ídolos, se fueron haciendo daño por dentro sin terminar de disfrutar a dos jugadores que jamás volverán a ver.

Para poder meter en el juego a un tercero en discordia y poder, al mismo tiempo, lanzarle al abismo de lo inasumible, el factor mediático se sacó a un Griezmann de la cartera después de que Simeone le hiciese rendir por encima de sus posibilidades. Que aquello era más trabajo de un técnico y exceso de confianza de un jugador, más que talento puro por el juego, se demostró el día en el que el francés dejó Madrid para convertirse en siete de copas de una baraja sin ases. En ese momento, juguete roto por la inmediatez del relato, pasó a convertirse en comparsa de tipos que buscaban a alguien nuevo a quien engrandecer. Con Cristiano fuera del Madrid, Griezmann fuera de juego y Messi fuera de forma, tocaba reinventar el cuento y encontrar nuevas piezas para componer su nuevo podio en el olimpo de los dioses.

Para el reparto de medallas, han fabricado tres ídolos de metal que, en apariencia parecen sólidos y que sólo el tiempo será capaz de dilucidar si son de cartón piedra y terminan abandonados en el basurero del olvido. En el Barcelona asombra Ansu Fati, un príncipe de ébano que aprende a mil por hora y ejecuta sin miedo al vértigo; sabe jugar al espacio y sabe jugar con el espacio, tiene gol, verticalidad y ese toque mágico de los llamados a marcar época. En el Atlético se frotan los ojos cada vez que Joao Félix se apunta al festival del fútbol; mermado por la irregularidad, su juego es tan sencillo que sólo necesita recurrir a la visión de juego para fabricar caramelos en sociedad. En el Madrid, por su parte, siguen incidiendo en la capacidad de desarrollo de Vinicius; un tipo que ha convertido el regate en razón de ser y que, si termina encontrando el gol, gobernará partidos con la camiseta más importante de la historia, lo que no es poca razón de ser.

De tal manera se presenta el podio de lo que puede ser y quizá no sea, porque más allá de lo nuestro no nos interesa nada; no queremos M'bappe, Halaand o De Bruyne que estropee nuestro relato. La Liga necesita vender un producto devaluado y, para ello, centra sus esfuerzos en tres adolescentes con pinta de cañón y pólvora dispuesta. De los tres, Félix saldrá por patas en cuanto el Atleti huela el negocio y Mendes dicte ordeno y mando, pero Fati y Vinicius querrán mantener un mano a mano que volverá a dividir a un país, a dos aficiones y, sobre todo, a una parte de la prensa que está deseando volver a fabricar una trinchera. Ya saben, o conmigo o contra mí, nada de con ambos a la vez.

martes, 14 de enero de 2020

El pájaro

Es extraña la capacidad de algunos futbolistas para adecuarse en un entorno, generalmente, seducidos por la falda corta de la sencillez, son muchos los que destacan en equipos menores sin ser capaces de dar el salto cuantitativo porque para ellos, la exigencia no pasa más allá de los meros objetivos. Nada que reprochar, la historia de cada club está llena de auténticos héroes que hicieron carrera en casa o tuvieron que regresar a ella cuando fueron conscientes de que sus capacidades, tanto mentales como competitivas, no casaban con las máximas exigencias.

Otros, sin embargo, quizá los menos, han seguido el camino opuesto sin demasiados traumas. De haber fracasado en su intento de consolidación, han dado el paso al frente con la seguridad de los que saben que las puertas se derriban con aplomo y, sobre todo, con constancia. En este lugar, ningún ámbito ha sido históricamente tan particular como el Real Madrid. Trufado, históricamente, por los mejores talentos que han visto los tiempos, sus espectadores, más ávidos por el mordisco que por la degustación, han encumbrado a tipos que, en principio, parecían de lo más improbables.

Así, entre la omnipresencia de Di Stéfano, la genialidad de Amancio o la asombrosa improvisación de Juanito, sobrevivieron, durante décadas, el trabajo de Zárraga, la incansable consistencia de Pirri o la pierna constante de Camacho. Del Bosque tuvo a su Stielike, La Quinta a su Chendo y hasta los galácticos gozaron del favor de Makelele para que pudiesen flotar mientras él corría. En este Madrid de nuevo cuño ha aparecido un tipo que sube y baja con la cabeza flotante y las piernas incansables y que ha dotado de oxígeno a un centro del campo que respira fútbol desde el vestuario.

La improbabilidad de Fede Valverde radica en su pasado más reciente. Cedido al Deportivo La Coruña hace un par de temporadas, no sólo no fue capaz de derribar la puerta sino que se mostró como un futbolista tímido y sin radio de acción. Le pudo el debut en la élite y le pudo, sobre todo, la desidia de un equipo que caía en barrena hacia el pozo. Con esa carta de presentación no parecía que el Real Madrid tuviese un futbolista apto para su primera plantilla, pero el tiempo, la paciencia y la recuperación anímica del equipo han dado con un futbolista brillante que no sólo brilla sino que hace brillar a todos sus compañeros.

Se adivina en Valverde un despliegue físico que, a simple vista, parece improbable en un jugador de aspecto tan liviano, pero no sólo tiene físico sino que muestra una potencia en la conducción capaz de romper líneas al enemigo. Le apodaron "pajarito" porque, de pequeño, volaba por el campo. De mayor, con mayores alas y mayor rango de alcance en el vuelo, el pajarito es todo un pájaro rapaz que, garras mediante, roba pelotas y las conduce, en vuelo rasante, hacia las inmediaciones del área contraria.

viernes, 12 de julio de 2019

La experiencia como valor

En todo campeonato de selecciones inferiores se juntan la bisoñez con el talento y la pretensión con la falta de rodaje. Es por eso que muchas veces, chicos que destacan con mucho ruido en campeonatos inferiores, terminan sorbidos por su propia expectativa y, sobre todo, por la realidad que le coloca ante hombres formados y tipos que se ganan el pan en cada lance. A medida que los niños crecen, sólo los que conocen su cuerpo y saben jugar con él a competir, son los que terminan asentándose en la élite como dueños de su propio destino.

En la categoría sub21, sin embargo, cuenta mucho más la experiencia que el talento improvisado, porque los niños se han visto obligados a crecer y, sobre todo, a tomar responsabilidades. En ese sentido, España acudía a Italia con la seguridad de partir como favorita, porque no sólo partía con un equipo talentoso sino que partía con un equipo más que experimentado.

Dejando a un lado la bisoñez de los defensores, las líneas de ataque y creación estaba formada por tipos con más de cien partidos en primera. Y eso sólo con veintidós años. Marc Roca es el eje bisagra sobre el que pivota el juego de contención, es el tipo que ayuda en los espacios, el que socorre a los laterales, el que oxigena al cerebro. Porque el cerebro, Fabián, es el tipo de futbolista excelso del que siempre hemos presumido. Aseado en el juego y firme en la conducción, entiende el fútbol como un juego de conceptos: no arriesgar en la salida y buscar siempre la mejor situación en el ataque. Allí enlzaba con Ceballos, otro artista de la escuela bética que tiene un manual de claqué en cada pie y un regusto por lo fino en la cabeza.

Dani Olmo es seda en tres cuartos y Fornals es decisión improvisada. Oyarzábal, que pone la guinda al pastel, es de la estirpe de los futbolistas que saben jugar al fútbol sin que la definición signifique perogrullo alguno. Conoce los lugares donde recibir y, sobre todo, conoce los lugares donde no molestar. Ataca el espacio con inteligencia y suele verse libre de contraindicaciones porque generalmente encuentra el desmarque correcto.

Todos ellos apoyados, desde fuera, por otros tipos de semejante calado e importancia trascendental. El ya veterano emigrante Aaron, el buscafortunas Mayoral o el futuro capitán del Valencia Carlos Soler, entre otros. No les hizo falta la presencia de Rodri o Asensio, quienes, obligados por sus clubes o instados por cuenta propia, prefirieron vacacionar antes que comprometerse. Dio igual, porque estuvieron los que quisieron y cumplieron los que debieron. Porque deber y querer es el mismo juego cuando el talento y la experiencia se conjugan en un mismo verbo: ganar. Jugaron como quisieron, ganaron como debieron.

miércoles, 13 de marzo de 2019

Bruneleschi

La Eurocopa sub 21 de hace dos veranos supuso el despegue mediático de un grupo de futbolistas que venían pegando fuerte en los equipos importantes del país. Asensio, por condición y Ceballos, por distinción, se convirtieron en piezas de museo acaparadas por el Real Madrid. Más allá de la retórica, Saúl puso la distinción, aniquilando en semifinales a Italia en un partido colosal consagrándose como el gran referente del futuro.

En aquella Italia, enquilosada por su pasado, destacaba la figura imponente de un futbolista que entonces era de la Fiorentina y acabaría fichando por la Juventus. El diamante a pulir se llamaba Federico Bernardeschi y, en una apocopación de su apellido, quisieron bautizarle como Bruneleschi porque era el arquitecto perfecto de un equipo había empezado a soñar de nuevo.

La manera en que la España de Saúl se comió a la Italia de Bernardeschi nos hizo perder la perspectiva y nos hizo perder, sobre todo, de vista a un futbolista descomunal. Atrapado por el radio de acción de Dybala, se ve obligado a vivir de las pequeñas oportunidades y a encontrar un hábitat en la jungla de asfalto en la que se ha convertido este fútbol físico. Anoche, mientras Saúl y los suyos deambulaban por el césped, Bernardeschi gobernó un partido dibujado para él. Muchos metros para pensar, libertad para moverse, un radio de acción ilimitado y la posibilidad de tirar siempre una pared.

El Atleti ni hilvanó ni mordió, en ese escenario, Bernardeschi tomó escuadra y cartabón y dibujó un monumento al fútbol. El arquitecto, por fin, apareció en un partido grande de verdad. Desde las derrotas, como en aquel europeo, se pueden divisar nuevos horizontes y dibujar nuevas esperanzas. De ello bien podría tomar nota el Atlético.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Lo intangible

Hay elemento intangible que diferencia a los buenos futbolistas de los mejores, algo inherente al talento pero que vive más allá de él, algo separado de la cotidaniedad que resurge en el cuerpo más improbable porque, generalmente, vive en el cerebro más preparado.

El fútbol es un juego que se ejecuta con los pies pero que se juega con la cabeza. Con una premisa tan sencilla, futbolistas, que a primera vista se vieron como víctimas del agravio físico, hicieron carrera en un deporte que, a priori no era para ellos. Es el don de los elegidos, aquellos tipos que conocen el misterio del juego y, por ello, saben descifrar cada jugada con el pase más sencillo. Es el juego del rompecabezas; primero buscar el espacio vacío, después colocar la pieza.

En el juego del pragmatismo más eficiente, triunfaron hombres como Guardiola, Xavi e Iniesta, generaciones escalonadas que pusieron firma a un modelo futbolístico que creían haber patentado en la Masía azulgrana. Nada más lejos de la verdad, lo que ellos sublimaron, hubo otros que también lo supieron manejar. Así, en la coetaneidad de Guardiola, creció Paul Scholes, junto a Xavi, Pirlo se convirtió en alter ego y la frecuencia mágica de Iniesta fue replicada con el magisterio de Modric. Todos, directores de juego en un mundo de lobos, se convirtieron en corderos indomables que terminaron doblegando a la manada. Importa ser el más fuerte, el más hábil o el más rápido. Importa mucho ser el más certero. Pero ante, todo, impera ser el más listo.

La capacidad para manejar el espacio y el tiempo es el terreno minado sobre el que se depositan las esperanzas de Riqui Puig. Tal es el anhelo de lo que perdieron, que en Can Barça prefieren rasgarse las vestiduras y apostar, en el ideario colectivo, por un chico al que han visto en tres lances pero que parece destilar un fútbol de alto grado. No es fuerte, ni rápido, tampoco especialmente hábil, aunque tiene un enorme margen de mejora, pero es listo como pocos y sabe pasar la pelota, siempre, al compañero mejor colocado.

Hay algo en el pase en corto que recuerda a Guardiola, algo en el giro cuando recibe de espaldas que recuerda a Xavi y algo en la manera de conducir que recuerda a Iniesta. Todo son recuerdos y comparaciones y esta será la gran barrera que tenga que saltar Puig cuando alguien decida darle, de verdad, la camiseta del primer equipo. Si llega, si se afianza y si triunfa, deberá hacerle saber al mundo que no existen las copias perfectas y que solo un jugador es sí mismo si consigue imponer aquello tan insustancial, pero tan esencial, como es lo intangible. Ese halo de misterio que vive en las botas de los elegidos y que consiste en saber jugar al fútbol sin necesidad de tener un cuerpo de atleta.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Vino bendecido

El aspecto físico, en muchas ocasiones, sirve como hilo conductor del reconocimiento. En esta nueva era en la que el Arsenal ha de rediseñar su estilo y viajar en busca de su identidad perdida, son muchos los que comenzamos preguntándonos quien era ese tipo de aspecto circense y pelo abultado que juega en el centro del campo de los gunners.

Matteo Guendouzi es un tipo improbable en un fútbol de avasalladores. No es el más rápido, ni el más fuerte, ni siquiera el más preciso, pero tiene una cualidad y es que sabe posicionarse. Al más puro estilo del mediocentro de toda la vida, ofrece una salida limpia de la pelota con la simple elección de colocarse en una posición entre los centrales. Ahí comienza a jugar, generalmente en corto y ahí comienza su juego de desahogos.

Está demasiado verde, no lo vamos a negar, aún no tiene asimilados los conceptos defensivos que requiere un tipo en su posición y debe ganar en fortaleza para convertirse en el amo de los balones divididos. Pero todo jugador tiene un comienzo. El de Guendouzi comienza con la confianza de un entrenador que ha obviado el fichaje de Torreira para confiar en un imberbe de diecinueve años. Su experiencia no iba más allá de un puñado de partidos en la segunda división francesa. Y ahora, de repente, se ve como titular en la élite de la élite. Como dijeron los sabios: algo tendrá el vino cuando lo bendicen.

miércoles, 13 de junio de 2018

El chico de las fotocopias

Conocer el oficio conlleva la ventaja de vivir un metro por delante de los demás, percibir la instancia un segundo antes, celebrar antes de ejecutar, ejecutar antes de recibir. Conocer el oficio es el instrumento cognoscitivo que otorga la ventaja porque en el conocimiento impera la razón y en la razón imperan las soluciones.

Un delantero que sabe lo que debe hacer es un tipo que vive en la seguridad del tiempo. Alemania ha sido cuna, casi inmortal, de tipos que sabían al dedillo su cometido y lo ejecutaban como quien hace el trabajo más sencillo de la oficina. El chico de las fotocopias; recibe, se acomoda y anota. Para qué más rodeos, para qué más distracciones. Si además, la velocidad acompaña como factor añadido, encontramos a un tipo que en la mayoría de las ocasiones parte con ventaja.

El chico de las fotocopias alemán de esta generación se llama Timo Werner. No tiene nada especial; no es demasiado fuerte, ni demasiado hábil, ni demasiado plástico, pero conoce el oficio al dedillo. Vive en la línea del fuera de juego, busca la espalda con habilidad y, generalmente, remata de primeras. Si lo hace en carrera golpea fuerte, buscando el palo, como los grandes ejecutores de sentencias. Un nueve que afronta su primera gran cita en la selección que, generalmente lo abarca todo; competitividad, favoritismo y constancia. El hombre a temer, el chico de las fotocopias.

viernes, 13 de abril de 2018

La pátina del descaro

Aplicar el descaro, en la mayoría de las ocasiones, implica un ejercicio de audacia y de un conato de
fe que debe estar dispuesto a mover montañas. Porque en el descaro se aplica, en iguales proporciones, una muestra de valor y otra de voluntad. Es mirar a los ojos del enemigo y hacerle saber que allí, donde el balón pisa la hierba y los dientes de apretan como amoladoras, piensas ser más rápido que él.

Los tipos hábiles, aunque livianos, suelen obtener ventaja de su fluided corporal. Suelen anticipar para adelantar el giro y, sobre todo, saben buscar la línea de cal porque allí, en el punto de encuentro de los clásicos extremos, es donde suelen jugar al gato y al ratón; allí donde saben que el terreno es más fértil y las cinturas son más frágiles.

Christian Pulisic juega a mil por hora y vive sonriendo tras cada pelota. Es hábil, porque maneja la cintura como un bailarín ruso, es rápido, porque su tren inferior está trabajado para la explosividad y, sobre todo, es descarado, porque busca matar desde el espacio, correr a la espalda y conducir en busca de un centro definitivo. Es jóven, audaz y valiente. Le falta aprender que, dosificando los esfuerzos, aprendiendo a desaparecer y controlando los espacios con la memoria, se puede convertir en uno de esos tipos por los que merece la pena pagar una entrada.

martes, 13 de marzo de 2018

Vacío de poder



Toda gran competición genera una gran expectativa. Es tan cierta la capacidad para deslumbrar los
focos de las grandes celebraciones, como doloroso puede llegar a ser el comprobar que desde atrás no viene nadie con la capacidad suficiente como para derribar la puerta y presentarse en sociedad de cara a los próximos lustros.

Han pasado catorce años desde que Grecia saltó la banca en Lisboa. Catorce años entre los que Portugal ha vivido en el sendero de dos aguas. Por un lado, existía la nostalgia de la generación de oro que se marchó sin nada, y en el otro transcurría la eterna expectativa de un grupo de hombres que arropaban a una gran estrella. El día que Portugal perdió la final de su Eurocopa no solamente perdió un título, también ganó un líder para la siguiente década.

No ha quedado claro quién puede dominar el fútbol europeo en los próximos años tras lo ocurrido en la pasada Eurocopa. Griezmann y Pogba están llamados a liderar a Francia, Cristiano seguirá siendo el tótem de Portugal y España seguirá bebiendo a sorbos los años que le queden a Iniesta, pero ¿Qué verdadero crack nació en el último torneo? Realmente ninguno.

Si habría de destacar a dos tipos por cuyos pies pasarían muchas de las letras que se escribiesen en el futuro, habría que detenerse en Renato Sanches o en Joshua Kimmich. El primero se veía como un todoterreno que abusa de la conducción pero que tenía condiciones sobradas para convertirse en un centrocampista completo. El segundo se intuía como un futbolista mucho más fino, un alumno aventajado que había sabido aprender las palabras de cada uno de sus maestros. Guardiola le había fichado como centrocampista y había terminado jugando como defensa central en el Bayern y como lateral derecho en la selección alemana. Entre sus virtudes se encuentran la velocidad y el entendimiento del juego. Se daba la circunstancia de que ambos compartirían equipo durante los próximos años y que en torno a ellos debía construirse un nuevo y temible Bayern. Ocurrió que ninguno cumplió sus promesas. Kimmich, al menos, se ha mostrado como un tipo paciente capaz de esperar su momento. Lo de Renato parece tener peor solución, mientras no entienda el juego, no entenderá la élite. Mientras no entienda la élite, seguirá sin entender qué, para ser un grande de verdad, el fútbol se juega de una manera mucho más sencilla de lo que él pretende.